SIENDO POLÍTICAMENTE INCORRECTOS. LA OTRA CARA DE LA HISTORIA: PAUL RASSINIER Y SU OBRA “LA MENTIRA DE ULISES”-47-

CAMPOSDECONCENTRACIONENCHINAYLAURSS

PAULRASSINIERPor Paul Rassinier

Sin duda alguna, la psicosis creada en Francia desde la liberación par ciertos relatos, discutibles en su mayoría más por lo que tienen de interpretación que de testimonio, permite escribir impunemente: «… al leer los testimonios de antiguos detenidos, no se encuentra en los campos soviéticos el sadismo, etc.»

Pero esta psicosis sólo asegura la tranquilidad de conciencia a aquéllos cuya actitud es generalmente anterior a toda reflexión y que, por añadidura, no han vivido ninguna de ambas experiencias. De una parte, no puede olvidarse que en Francia y en el mundo occidental los supervivientes de los campos soviéticos son mucho menos numerosos que los de los campos nazis, y que si bien no se puede decir a priori de sus testimonios que están inspirados en una mayor veracidad o en un sentimiento más aceptable de la objetividad, no se puede sin embargo negar que han sido dados a conocer en tiempos mejores. De otra, todos los internados que han vivido junto a los rusos en Alemania, han expuesto la convicción de que esta gente tenía una larga experiencia en la vida de los campos.

MARGARETTEBEUBERNEWMANNPor mi parte, durante dieciséis meses me he encontrado entre algunos millares de ucranianos en el campo de concentración de Dora: su comportamiento probaba que en su gran mayoría no habían hecho más que cambiar de campo, y en sus conversaciones no ocultaban [313] que el tratamiento era el mismo en ambos casos. ¿Tendría que decir yo que el libro de Margaret Buber-Neumann, (foto a la izquierda) recientemente publicado, no tacha como falsa esta observación personal? Por lo demás, hay que dejar a la historia el cuidado de explicar cómo los campos alemanes, concebidos también según «las fórmulas de un socialismo edénico» se convirtieron de hecho – pero de hecho solamente – en campos de exterminio.

La realidad sobre este punto es que el campo de concentración es un instrumento del Estado en todos los regímenes donde el ejercicio de la represión garantiza el de la autoridad. Entre los diferentes campos de un país u otro, sólo hay diferencias de matices – que se explican por las circunstancias – pero no esenciales. Los de Rusia se asemejan punto por punto a los que había en la Alemania hitleriana porque independientemente de las posibles similitudes o no de régimen en ambos casos el Estado tropezaba con dificultades de igual magnitud: la guerra en Alemania, la explotación de la sexta parte del globo con medios improvisados en Rusia.

Si Francia llegase económicamente al mismo punto que la Alemania de 1939 o que la Rusia de hoy en día – lo cual no se puede excluir – Carrère, la Noé, la Vierge, etc., se parecerán también y punto por punto a Buchenwald y Karaganda: hoy ya está comprobado además que el matiz es casi el mismo (55).

El error llama al error y se multiplica con el artificio en un razonamiento viciado en la base por una primera afirmación gratuita. De lo particular se pasa a lo general y del examen del efecto al de la causa. Así es natural que se llegue a escribir a propósito del sistema ruso: « Cualquiera que sea la naturaleza de la actual sociedad soviética, la U.R.S.S. se encuentra situada a grosso modo en el equilibrio de las fuerzas, del lado de las que luchan contra las formas de explotación conocidas por nosotros.»

O también: «El fascismo es una angustia ante el bolcheviquismo, del cual toma la forma exterior para destruir con mayor seguridad el contenido: la Stimmung internacionalista y proletaria. Si se concluye que el comunismo es el fascismo, se realiza posteriormente el deseo del fascismo que ha sido siempre el de ocultar la crisis capitalista y la inspiración humana del marxismo.»  [314] O, finalmente: «Esto significa que nosotros no tenemos nada de común con un nazi y que tenemos los mismos valores que un comunista.

La primera objeción carece de valor. Una parte importante de la opinión pública, invirtiéndola en sus términos anticipadamente, pensaba ya que  «Cualquiera que sea la naturaleza de la sociedad norteamericana, los Estados Unidos se encuentran situados a grosso modo en el equilibrio de las fuerzas, del lado de las que luchan contra las formas de explotación desconocidas por nosotros…»  Y para justificarse añadía: «… comportándose de tal manera que los demás sean cada vez menos sensibles.»

Se ve el peligro: si se admite que las formas de explotación «desconocidas por nosotros» son más mortíferas y más numerosas que las que gozan del privilegio de sernos «conocidas», si se puede probar que las primeras están en progresión constante y las segundas en regresión o simplemente a un nivel constante, hay que reconocer que esta importante fracción de la opinión pública está abundantemente provista en el terreno de la justificación moral. Ella lo estará tanto más cuanto que no hace más que recibir sus medios de uno de los autores de la objeción, Merleau-Ponty, que en su tesis sobre el humanismo y el terror escribía poco más o menos esto que cito de memoria: «Lo que puede servir de criterio en la apreciación de un régimen, en el terreno del humanismo, no es el terror, o su manifestación, la violencia, sino el hecho de que ambos estén en progresión y llamados a durar, o, por el contrario, se encuentren en regresión y llamados a desaparecer.»

¿Por qué lo que es verdad del terror y de la violencia no habría de serlo de los campos, que no son más que uno de sus resultados pero que por su número prueban más o menos terror y más o menos violencia? Y, por tanto, ¿por qué este distingo en favor de Rusia? Esto para permitir medir hasta qué punto hubiese sido a la vez prudente y más conforme a la tradición socialista el anticiparse a David Rousset declarándose contra todas las formas de explotación, sean conocidas o desconocidas por nosotros.
[315]

La segunda objeción, introducida bajo la forma de un perfecto silogismo, procede de la confusión de los términos: «El fascismo es una angustia ante el bolcheviquismo», dice el mayor. «Si se deduce que el fascismo es el comunismo», dice el menor… En la pluma de un retórico de segunda fila la astucia provocaría a lo sumo un encogimiento de hombros. Cuando se la encuentra en las de Merleau-Ponty y J. Paul Sartre uno no puede abstenerse de pensar en las reglas imperativas de la probidad y en la violación que se hace de ellas (56).

Es al bolcheviquismo al que sus detractores identifican con el fascismo, y no al comunismo. Además no lo hacen más que en sus efectos, y tomando la precaución de definir al fascismo por unos caracteres que hacen de él otra cosa, algo más que una «angustia» ante el bolcheviquismo.

Esto quiere decir que si se restablece en ambas proposiciones la propiedad de los términos, la conclusión se descarta por sí misma, y que, por tanto, del silogismo sólo queda la perfección de su forma. Si se quisiese establecer un silogismo aceptable sobre el tema, el único válido sería el siguiente:

1.– «El fascismo y el bolcheviquismo son una angustia ante el comunismo (o el socialismo) del cual toman las formas exteriores – ¿no hablaba Hitler de nacional socialismo, y no sigue hablando Stalin de socialismo en su solo país? – para destruir con mayor seguridad el contenido: la Stimmung internacionalista y proletaria.»

2.– «Si se saca como conclusión que el fascismo y el bolcheviquismo son el comunismo (o el socialismo)»

3.– «Se realiza posteriormente el deseo del fascismo y del bolcheviquismo, que es el de ocultar la crisis capitalista y la inspiración humana del marxismo.»

Lo cual, si se quisiese refutar la identificación del fascismo y del bolcheviquismo, que el silogismo establece aparentemente en principio, haría venir las cosas muy sustanciales que, tomando otras unidades de medida, dice sobre esto James Burnham en L’Ere des organisateurs (impr. Calmann-Lévy, colección «La liberté de l’Esprit», págs. 189 y siguientes).

No diré nada sobre la tercera objeción, que según las apariencias peca de la misma confusión de los términos, a menos que sus autores no precisen después que lo que han querido decir es que “nosotros tenemos los mismos valores que un bolchevique”. No diré nada tampoco sobre esta afirmación extrañamente mezclada a la controversia y según la cual el comunismo chino sería “lo único capaz de hacer salir a China del caos y de la pintoresca miseria en que le ha dejado el capitalismo extranjero”. Ni de la suscripción abierta por Le Monde “para que no se dijese que era insensible a la miseria” de un obrero comunista, ni de la electrificación en la U. R. S. S. ni de las fructíferas conversaciones que se pueden tener con los obreros de la Martinica,
[316] ni… ¿Por qué no de las pirámides de Egipto o de la gravitación universal? (Continuará)

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