SIENDO POLÍTICAMENTE INCORRECTOS. LA OTRA CARA DE LA HISTORIA: PAUL RASSINIER Y SU OBRA “LA MENTIRA DE ULISES”- 7-

CAMPODECONCENTRACIONALEMANPAULRASSINIERPor, Paul Rassinier

El bloque está dividido en dos castas: por un lado los recién llegados, por el otro los once individuos, jefe de bloque, escribiente, peluquero y Stubendienst, germanos o eslavos, que forman su aparato administrativo, con una especie de solidaridad que elimina todas las discrepancias, todas las diferencias de condiciones o de concepciones y les une a todos incluso en la reprobación contra los demás. Ellos, que también son presos como nosotros, pero desde hace más tiempo, y que conocen todas las bribonadas de la vida penitenciaria, se comportan como si fuesen nuestros amos, nos mandan con el insulto, la amenaza y el garrote. Nos es imposible considerarlos como agentes provocadores o esbirros de la S.S. Yo entiendo al fin lo que son los «Chaouchs», esos carceleros y sus hombres de confianza en los presidios, de los cuales nos habla la literatura francesa sobre prisiones de todo tipo. Desde la mañana hasta la noche, los nuestros, arqueando el torso, alardean del poder que tienen para enviarnos al crematorio a la menor salida de tono y con una simple palabra. Y, también desde la mañana hasta la noche, comen y fuman lo que insolentemente, visto y sabido por todos, nos roban de nuestras raciones: litros de sopa, rebanadas de pan con margarina, patataes guisadas con cebolla o con pimiento picante. Ellos no trabajan. Están gordos. Nos repugnan.

En este ambiente he conocido a Jircszah. Jircszah es checo. Abogado. Antes de la guerra fue teniente alcalde de Praga. Lo primero que hicieron los alemanes al entrer en Checoslovaquia fue detenerlo y deportarlo. Hace cuatro años que vive en los campos. Los conoce todos: Auschwitz, Mauthausen, Dachau, Oranienburg… Un incidente trivial le salvó hace dos años y le ha traído a Buchenwald en un transporte de enfermos. A su llegada, uno de sus compatriotas le ha encontrado el puesto de intérprete general para los eslavos. Espera poder conservarlo hasta el fin de la guerra que, aunque no lo cree próximo, siente que finalmente llegará. Vive con los «Chaouchs» del bloque 48 que le consideran como uno de los suyos, pero él nos da a continuación garantías que nos permiten considerarlo como uno de los nuestros: sus raciones que distribuye, los libros que se procura y nos presta.

Jircszah toma por primera vez contacto con los franceses. Nos [60] contempla con curiosidad. También con compasión, ¿son éstos franceses? ¿Es ésta la cultura francesa de la que tanto se hablaba en sus tiempos de estudiante? Está decepcionado, no vuelve más. Mi escepticismo y la manera casi sistemática con la que me mantengo al margen de la bulliciosa vida del bloque, le aproximan a mí.

— ¿Es ésta la resistencia? Yo no respondo. Para reconciliarle con Francia le presento a Crémieux.

El no aprueba ciertamente el comportamiento de los «Chaouchs», pero no se escandaliza por ello ni tampoco les desprecia.

— He visto cosas peores – dice -. No hay que pedir a los hombres demasiada imaginación en el camino del bien. Cuando un esclavo gana un galón sin salir de su estado es más tirano que sus propios tiranos.

Me cuenta la historia de Buchenwald y de los otros campos: — Hay mucho de verdad en todo lo que se dice sobre los horrores de los cuales son escenario, pero también hay mucho de exageración. Hay que contar con el complejo de la mentira de Ulises que es el de todos los hombres, y en consecuencia también de todos los internados. La humanidad tiene necesidad de lo maravilloso, tanto en lo malo como en lo bueno, en lo feo como en lo bello. Cada uno espera y desea salir de la aventura con la aureola del santo, del héroe o del mártir y cada uno adorna su propia odisea sin darse cuenta de que la realidad ya se basta ampliamente a sí misma.

No tiene ningún odio hacia los alemanes. Para él los campos de concentración no son específicamente alemanes y no denotan instintos que sean propios del pueblo alemán.

— Los campos – los Lager, como él dice – son un fenómeno histórico y social por el que pasan todos los pueblos cuando llegan a poseer la conciencia de nación y de Estado. Se les ha conocido en la Antigüedad, en la Edad Media, en los tiempos modernos, ¿por qué quiere usted que sea la época contemporánea una excepción? Ya mucho antes de Cristo los egipcios en su prosperidad no encontraron más que este medio para hacer inofensivos a los judíos, y Babilonia sólo conoció su apogeo maravilloso gracias a los internados. Los propios ingleses tuvieron que recurrir a los campos con los desgraciados boers, tras Napoleón que ya había [61] inventado Lambessa. (16) Actualmente hay campos en Rusia que no tienen nada que envidiar a los de los alemanes; hay de ellos en Italia e incluso en Francia: aquí encontrará españoles y verá lo que le cuentan por ejemplo del campo de Gurs, en Francia, donde se les encerró al día siguiente de la victoria de Franco.

Yo me atrevo a hacer una observación: — En Francia, después de todo, se ha recogido a los republicanos españoles por motivos humanitarios, y no sé nada de que hayan sido maltratados.

— También en Alemania es por motivos de humanidad. Los alemanes cuando hablan de la institución emplean el término «Schutzhaftlager» que quiere decir «campo para detenidos protegidos». En el momento de llegar al poder, el nacionalsocialismo ha querido impedir a sus adversarios, en un gesto de mansedumbre, el que le puedan perjudicar, pero también protegerles contra la cólera del público, acabar con los asesinatos en las esquinas de las calles, regenerar las ovejas descarriadas y llevarlas a una concepción más sana de la comunidad alemana, de su destino y de la tarea de cada uno en su seno. Pero el nacionalsocialismo ha sido rebasado por los acontecimientos, y sobre todo por sus agentes. En cierto modo es la historia que se cuenta en los cuarteles sobre el eclipse lunar. El coronel dice un día al comandante que habrá un eclipse de luna y que los jefes harán observer y explicarán el fenómeno a todos los soldados. El coronel lo transmite al capitán y la noticia llega por el cabo al soldado en la siguiente forma: «Por orden del coronel esta noche a las veintitrés horas tendrá lugar un eclipse de luna; todos los que no participen en él quedarán arrestados durante cuatro días». Lo mismo sucede en los campos de concentración; el estado mayor nacionalsocialista los ha concebido, y ha fijado el reglamento interior que antiguos parados ignorantes hacen aplicar a través de unos «Chaouchs» escogidos entre nosotros. En Francia el gobierno democrático de Daladier había concebido el campo de Gurs y había fijado el reglamento: la aplicación de este reglamento fue confiada a unos gendarmes y guardias móviles cuyas facultades de interpretación eran muy restringidas.

«Es el cristianismo el que ha introducido en el derecho romano [62] el carácter humanitario que ha sido conferido al castigo y le ha asignado como primera finalidad el lograr la regeneración del delincuente. Pero el cristianismo no ha contado con que la naturaleza humana no puede llegar a la consciencia de sí misma más que sobre un fondo de perversidad. Créame, hay tres clases de seres que permanecen invariables, cada uno en su género, durante todas las épocas de la historia y en todas las latitudes: los policías, los sacerdotes y los soldados. Aquí tenemos que ver con los policías.

Evidentemente, tenemos que ver con los policías. Yo no he tenido luchas más que con los policías alemanes, pero he leído y he oído decir frecuentemente que los policías franceses no se distinguen por una dulzara particular. Recuerdo que en este momento de la charla de Jircszah me vino a la memoria el asunto Almazian. Pero Almazian estaba implicado en un crimen de derecho común, mientras que nosotros somos «políticos». Los alemanes no parecen establecer diferencias entre el derecho común y el derecho político y esta promiscuidad de unos y otros en los campos…

— Vamos, vamos – me dice Jircszah -, usted parece olvidar que ha sido un francés, un intelectual del que Francia está orgullosa, de esmerada formación, un gran filósofo, Anatole France, quien escribió en cierta ocasión: «Soy partidario de la supresión de la pena de muerte en materia de derecho común y de su restablecimiento en materia de derecho político.»

Al acabar la cuarentena, como la S.S. nunca se había mezclado en la vida interna del campo, que parecía de este modo confiado a sí mismo y señor de sus leyes y reglamentos, estaba convencido de que Jircszah en gran parte tenía razón: el nacionalsocialismo, la S.S., recordaba este medio clásico de coerción y los detenidos lo habían transformado empeorándolo.

Tratamos juntos otros problemas, en especial el de la guerra y la postguerra. Jircszah era un burgués demócrata y pacifista.

— La otra guerra dividió al mundo en tres bloques rivales – me decía -, los anglosajones como capitalistes tradicionales, los soviets y Alemania, esta última apoyándose en el Japón e Italia: sobraba uno de ellos. La postguerra conocerá un mundo dividido en dos, la democracia de los pueblos no ganará nada con ello y la paz no será menos precaria. Ellos creen que luchan por la libertad y que la edad de Oro nacerá de las cenizas de Hitler.

[68] Será terrible después: los mismos problemas se plantearán para dos en vez de para tres, en un mundo que estará material y moralmente arruinado. Bertrand Russell tenía razón en la época de su briosa juventud: «Ninguno de los males que se pretende evitar con la guerra es tan grande como la guerra misma.» Yo era de la misma opinión, e incluso iba más allá. Posteriormente he pensado con frecuencia en Jircszah.

* * *
10 de marzo, las quince horas: un oficial de la S.S. entra en el bloque. A formar en el patio. — Raus, los! Raus, raus!

Tenemos que partir y empiezan las formalidades. Desde hacía ocho días corría el rumor sobre este transporte y las suposiciones seguían su curso: a Dora, decían unos, a Colonia para descombrar las ruinas y salvar lo que se pueda todavía, recuperar lo aprovechable, decían otros. Es esta última suposición la que se abre camino en la opinión. La gante bien informada munifiesta que ahora, al sentir que ha perdido la partida, la jefatura del nacionalsocialismo suprime el comando de Dora, considerado como el infierno de Buchenwald, y no envía allá a nadie más. Añaden que al ser empleados en adelante en los peligrosos trabajos de descombro se nos tratará bien. En cualquier momento habrá el peligro de que explote una bomba, pero se comerá abundantemente, primero la ración del campo y luego lo que se encuentre en los sótanos, algunos de los cuales están repletos de comestibles.

Nosotros no sabemos qué es Dora. Ninguno de los que hasta ahora han sido enviados allí ha regresado. Se dice que es una fábrica subterránea en perpetuo estado de instalación y en la que se fabrican armas secretas. Se vive allí dentro, se come, se duerme y se trabaja sin salir nunca a la luz del día. Diariamente, camiones cargados de cadáveres los llevan a Buchenwald para ser quemados, y por estos cadáveres se deducen los horrores del campo. Felizmente, no iremos nosotros allá abajo.

Las dieciséis horas: nos encontramos todavía ante el bloque, en la posición de Stillgestanden, (17) bajo la mirada de la S.S. El jefe de bloque pasa por entre las filas y hace salir a un anciano o un mutilado así como a los judíos. Crémieux, que reúne en sí
[64] esta triple condición, está en el grupo. El pequeño cojo también, y algunos rostros que no pertenecen a ancianos, mutilados, ni judíos, pero de los que sabemos todos que sus propietarios se han hecho pasar por comunistas o realmente lo son, están entre los favorecidos por el jefe de bloque.

Las dieciséis y media: en dirección a la enfermería para la inspección sanitaria – inspección sanitaria por llamarlo así -. Un médico de la S.S. fuma un enorme puro, arrellanado en un sillón; pasamos ante él uno tras otro en la fila, y ni siquiera nos mira.

Las diecisiete treinta: en dirección al Effektenkammer, (18) se nos viste de nuevo, pantalón, chaqueta y capote, todo a rayas, zapatos ad hoc (de cuero, con suelas de madera) para reemplazar los chanclos impropios para el trabajo.

Las dieciocho treinta: formación que dura hasta las veintiuna. Antes de acostarnos, tenemos todavía que coser nuestros números sobre las prendas que acabamos de recibir, en la parte izquierda del pecho para la chaqueta y el capote, bajo el bolsillo derecho en el pantalón.

11 de marzo, las cuatro treinta: diana. Cinco treinta: formación hasta casi las diez. ¡Estas formaciones! En marzo, en el frío, llueva o haga viento, tenemos que permanecer de pie horas y horas para ser contados una y otra vez. Esta es una formación general para todos aquellos, sin distinción de bloque, que han sido designados para el transporte, y tiene lugar en la plaza, ante la torre. A las once, la sopa. A las catorce horas, nueva formación que dura hasta las dieciocho o las diecinueve: hemos perdido la noción del tiempo.

12 de marzo: nos despertamos como de costumbre, formación de cinco y media a diez. Formaciones, siempre formaciones. Quieren volvernos locos. A las quince, abandonamos definitivamente el bloque 48 y, tras una estancia de algunas horas en la plaza, somos conducidos al bloque del cine, donde pasamos la noche, los más favorecidos sentados, la mayoría de pie.

Al día siguiente, nos despertamos a las tres y media, una hora antes de lo habitual. Se nos lleva junte a la torre, donde esperamos de pie, para ser embarcados, en la noche, en el frío, sin [65] nada en el vientre desde el día anterior a las once. Entre las siete y las ocho subimos a los vagones.

CAMPODECONCENTRACIONDEDORAViaje sin nada de particular. Nos ponemos cómodos y charlamos. Tema: ¿adónde iremos? El tren toma la dirección oeste: a Colonia, eso es. ¡Hemos ganado! Alrededor de las dieciséis para en pleno campo, en una especie de apartadero donde bajo la nieve, chapotean en el lodo unos seres desgraciados, pálidos, sucios, con unos harapos rayados al igual que nuestra ropa nueva. Descargan vagones, cavan en unas obras de canalización, transportan la tierra extraída. Unos individuos con brazalete y un número bien vestidos, rebosantes de salud, les aguijonean con amenazas, injurias y porras de goma. Está prohibido hablar a los que trabajan. Al pasar a su lado, si casualmente están fuera del alcance de la vigilancia, nos atrevemos a preguntarles en una voz lo más baja posible: — Dime, ¿dónde estamos? — En Dora (foto de arriba a la izquierda), amigo, no has terminado de estar en la m…

Fernando y yo, nos miramos. Difícilmente llegamos a creer al charlatán optimista de Colonia. Sin embargo, un gran desánimo nos invade, los brazos nos cuelgan lacios, sentimos pasar la sombra de la muerte.
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1 / Aparecido en 1948 con el título de “El paso de la línea”.
2 / ¡Atención, atención!… No intenten evadirse! ¡Fusilados en el acto!
3 / ¿Voy a tener que matarte?
4 / ¡Tienes suerte!.., Idiota!… ¡Bribón!
5 / Personaje de una obra de Romain Rolland (N. Del T.)
6 / Campo del Servicio del Trabajo.
7 / No, respira todavía…
8 / Desde que se escribió este, se ha probado que ellos tampoco recibieron la orden: véase el preámbulo para la 2ª y 3ª edición, página 296.
9 / ¡Silencio!
10 / Cour des Miracles: asilo de los mendigos y maleantes parisinos. (N. del T.)
11 / Gueules de Vaches: hocicos de vaca, insulto que se suele lanzar a los policías franceses. (N. del T.)
12 / Durante el sitio de Arras, los jóvenes soldados protestan por la falta de víveres. Uno de ellos toca la flauta y entonces callan sus compañeros, en los que hace revivir nostálgicamente los recuerdos y las canciones de la región. (N. del T.)
13 / ¡Aquí estamos en Buchewald, granuja! ¡Mira, allí está el crematorio!
14 / Ernst Thälmann, jefe del Partido comunista alemán tras la caída de Ruth Fischer en 1925. al subir al poder el nacionasocialismo fue internado en Buchenwald, donde murió en agosto de 1944. Al firmarse en 1939 el tratado de no agresión germanosoviético, el gobierno ruso pidió y obtuvo la entrega de unos cincuenta jefes comunistas que estaban en campos de concentración alemanes. Wilhelm Pieck, refugiado en la Unión Soviética y enemistado con Thälmann por viejas rencillas, intervino cerca de Stalin para que el jefe del K. P. D. no fuese reclamado. (N. del T.)
15 / Al ser liberado en mayo de 1945, cuando todavía me encontraba en Alemania y en el camino de regreso, oí una charla radiofónica de un deportado Gandrey Retty, si no recuerdo mal, en la que ofrecía esta interpretación. Así nacen los bulos.
16 / Colonia de castigo en Argelia bajo el gobierno de Napoleón III. (N. Del T.)
17 / Firmes.
18 / Vestuario..
(Continuará)

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