SIN RELEVO COMBATIVO

ESTEBITAESTAESAHORALABUENACARAJOPor, Esteban Fernández

Constantemente nos quejamos de la inactividad bélica de nuestros conciudadanos internamente. Con dolor vemos que muchísimos pueblos se rebelan contra la opresión mientras los cubanos permanecen esclavos.  Desde luego, del lado de acá tampoco podemos presumir de tener un relevo en la lucha porque eso lo hemos evitado a rajatabla.

Si bien el exilio  cubano desde el mismo 1959 ha desarrollado una valiente lucha contra el castrismo siempre la inmensa mayoría ha esquivado involucrar a nuestros muchachos -con mucha razón, lógica e instinto protector- en toda acción violenta contra la dictadura. Aquí hay muchos que están muy orgullosos de las carreras bien remuneradas obtenidas por el hijo o el nieto, pero no conozco a casi ninguno alardeando de los preparativos militares contra la dictadura que intentan realizar sus herederos.

Lo cierto es que hoy en día podemos conseguir 100 jóvenes naturales de otros países listos para luchar violentamente contra el régimen mucho antes que podamos lograr en Miami que 100 de nuestros descendientes mayores de 18 años se incorporen a la guerra “justa y necesaria” contra los Castro. Y al que intente esa gestión proselitista le recomiendo que ande con mucho cuidado porque hasta el anciano anticastrista más activo puede romperle el hocico a quien trata de involucrar a su adorado nietecito  en esta contienda.

Y esto lo sé de buena tinta debido a que en  los trabajos que he realizado durante muchísimos años en California he estado en contacto con cerca de, por lo menos, 120 muchachones nacidos muy lejos de Cuba. Hasta uno proveniente de Rawalpindi que es el más aguerrido.

Sobre ellos he vertido una verborrea incansable contra el castrismo. He dedicado cientos de horas a explicarles la situación en Cuba y la maldad de la tiranía. En algunos o casi todos los casos he tenido que inicialmente convencerlos porque muchos veían a Fidel Castro como un David peleando contra Goliat o como un verdadero Robin Hood  quitándoles a los ricos para dárselos a los pobres. Al final de la jornada absolutamente todos han coincidido -y todavía al pasar los años insisten- en decirme: “Oye, chico, y ¿cuándo vamos a cortarle la cabeza al viejo barbudo ese?” Y lo de “chico” siempre se les ha pegado de mí,  igual que el “coño”.

Muchos llegaron hasta a odiar a los hermanos Castro, y cualquier cubano que se ha dedicado a convencerlos de lo justo de nuestra causa coincidirá conmigo en esta realidad. Claro que hay miles  y miles de fidelistas dentro de las filas de la gente que no ha sufrido en carne propia la maldad del castrismo, pero en su inmensa mayoría es porque nadie se ha dedicado a abrirles los ojos al respecto. O ¿ustedes olvidan que las últimas bombas que sonaron en La Habana las pusieron unos extranjeros?

Mientra tanto trate de convencer a un turista cubano para que les tire un hollejo de naranja a unos guardias en Marianao o Bauta. Por lo tanto, yo dudo mucho que sea cierta aquella historia del Ministerio del Interior sobre los cuatro infiltrados cubanos. Si hubieran sido  unos polacos o unos libaneses  me hubiera tragado el cuento mucho más fácil.

Porque les voy a decir una cosa: Los cubanos -en términos generales- hasta los más patriotas, les hemos inculcado a nuestros hijos amor por nuestra tierra y desdén por la tiranía.  Pero no nos ha interesado ni hemos querido ni tratado que participen o inicien una pequeña escaramuza contra el castrismo. Al contrario, como les dije recientemente: Que admiren a Martí y a Maceo sin imitarlos.

¿Dónde están -y donde han estado- nuestros herederos? En las escuelas y en planteles educativos. Hasta los combatientes más perseverantes les han exigido a sus muchachos una sola cosa: que dediquen todos sus esfuerzos a estudiar, que saquen buenas notas y que logren tener excelentes títulos.

Usted vaya y dígale al patriota cubano más abnegado del exilio: “Vengo a verte porque estoy preparando unos ataques comandos contra la Isla, dame el número de teléfono de tu hijo para tratar de incorporarlo” Y ahí mismo el famoso combatiente lo va a mandar a usted a freír espárragos.

¿Usted nunca ha escuchado a un viejo cubano diciendo con tremendo orgullo: “Mis muchachos son tremendos cubanazos”? Y cuando usted le pregunta: “¿Por qué dices eso?” responde: “Muy sencillo, porque les encantan los frijoles negros, los pastelitos de guayaba, bailan rumba y tienen un montón de discos de Celia Cruz y del Benny Moré”.

Y esto -se los digo de todo corazón- no es una crítica contra los padres cubanos. Al contrario, creo que este escrito está dedicado a exaltar el gran espíritu protector de nuestros mayores evitando a toda costa que sus hijos corran peligros.  Vivo convencido de que si en lugar de haber llegado aquí solo hubiese venido con mis padres no hubiera realizado ni la quinta parte de las actividades anticastristas que llevé a cabo. Una buena prueba de eso es que cuando estaba haciendo entrenamientos militares junto a Vicente Méndez un día se apareció allí mi tío Enrique Fernández Roig y metió un gran escándalo tratando de sacarme de lo que el consideraba una muerte segura.

Y, de paso, considero honesto asumir mi responsabilidad actual y lanzar un “mea culpa”: tengo dos hijas que nacieron aquí sin embargo antes de decir “papá y mamá” las enseñé a cantar la melodía de Roberto Torres: “Yo  soy güinero”. Sin embargo, si alguien me dice que las va a reclutar para ir simplemente de enfermeras a una guerra de guerrillas que se va a reiniciar en El Escambray lo mando a casa de yuca.

Para terminar les pido que no tomen este escrito  como una generalización, eso sería injusto porque han existido magníficas y honrosas excepciones como algunos hijos de dirigentes del exilio que participaron en la invasión de Girón y y más tarde un hijo de Aurelio Nazario Sargén desembarcó en Cuba. Y supongo que en el pasado existieron otros buenos ejemplos.

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