SOBRE LA DEMOCRACIA Y AMÉRICA LATINA

Por, Jorge Riopedre

El mundo se enfrenta a un cambio de Era, signado por una conversión cada vez más relativista del concepto democrático universal heredado de los griegos, génesis de la formidable cultura que salvó al mundo occidental de la conquista persa. No por lejano ese antiguo conflicto ha desaparecido; la importancia política de Europa en detrimento de Asia y en particular de Irán son broncas milenarias a la espera del momento propicio para saldar cuentas. Lo predijo el decano de la política exterior norteamericana, George Kennan, quien pronóstico que en boca suya adquiere rango axiomático: “el mundo no va a ser democrático en nuestro tiempo… quizá la democracia no es hoy ni siquiera lo más conveniente para muchos países”.

Mientras tanto, en su laberinto, Latinoamérica experimenta un cambio de Época, un cambio de moda político que pretende vestir de largo a la primigenia cultura del caudillismo con los modales exquisitos de un populismo que prefiere las artes del materialismo dialéctico al modelo bárbaro de los Facundo Quiroga y los Mariano Melgarejo. Sin embargo, como advirtiera Arthur Schopenhauer en su obra El mundo como voluntad y representación, las cosas no llegan por meros caprichos verbales. Puesto que el hombre en su totalidad es sólo la manifestación de su voluntad, nada puede resultar más absurdo que, partiendo de la reflexión, querer ser algo distinto de lo que se es”.

De modo que, al parecer, estamos entrando en una nueva Era, una suerte de recta final entre un proceso ya agotado de distensión global (Détente) y la probable catástrofe parcial de un planeta superpoblado sin más salida que la emigración sideral, viaje previsto por la gente que piensa sin hacer ruido, para el que ya la ciencia diseña discretamente las carabelas del futuro; los Cristóbal Colón del mañana con escafandra e instrumentos surrealistas colonizando el mundo exterior. Un proyecto intenso alimentado desde la prehistoria por la curiosidad humana en su gran marcha universal, agilizado ahora por la urgente necesidad de ganarle la partida a los jinetes de la Apocalipsis antes de que llegue la medianoche irremediable en el reloj simbólico de la ciencia. El ex presidente soviético Mijaíl Gorbachov, figura autorizada por la historia contemporánea para emitir una opinión responsable, lo ha deslizado con toda sencillez:

“La situación actual es muy peligrosa; parece que el mundo se estuviese preparando para la guerra”, juicio certero pero inexacto, porque hace mucho tiempo que se viene guerreando en el mundo bajo el rótulo “conflictos de baja intensidad”. La guerra es inherente al ser humano y a todos los organismos que habitan la Tierra en consonancia con la naturaleza de las cosas. Nada tiene de nuevo que el centro tradicional del mundo moderno esté a punto de desaparecer como ha ocurrido desde la prehistoria hasta nuestros días, con la variante de que las condiciones parecen estar dadas para una convulsión violenta inédita de la transición hacia el futuro.

En esta encrucijada, América Latina continúa luchando por definir su identidad ante un vecino poderoso que desde el presidente Jimmy Carter ha buscado mejorar las relaciones con Latinoamérica haciendo concesiones políticas arbitrarias. Sin embargo, pocos parecen recordar a leales aliados como el venezolano Rómulo Betancourt y el puertorriqueño Luis Muñoz Marín, figuras históricas que gozaban de muchos respeto internacional, pero desdeñadas por la nueva corriente populista de la región, caudillismo moderno que ha entorpecido el desarrollo regional.

En febrero de 2001, el presidente de Estados Unidos George W. Bush designó el siglo XXI como el Siglo de las Américas, el comienzo de una nueva era fundamentada en la integración hemisférica a través de un pacto económico denominado Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Tal vez el último proyecto integral estadounidense en largo tiempo creado con el fin de promover el desarrollo económico y la estabilidad política en América Latina. Dos fueron las causas que dieron al traste con el prometedor propósito. Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y el fracaso de las negociaciones en la IV Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, Argentina, en noviembre de 2005. Soeren Kern, investigador del Real Instituto Elcano, observa que el 11-S, “relegó a Latinoamérica prácticamente al último escalón de las prioridades de política exterior estadounidense”. Lugar donde permanece desde entonces con pocas probabilidades de cambio en la presente revisión estratégica de Washington, más receloso que la anterior administración de las actividades abiertamente antidemocráticas de cubanos y chavistas en la región.

¿Qué democracia podemos esperar en América Latina y el Caribe? La misma organización jurídica que hundió a Simón Bolívar en su laberinto. Una democracia mediatizada como la de Cuba, China y Rusia. Relativa libertad de movimiento, expresión y comercio, siempre sujeto a la voluntad de un partido único o el continuismo político, donde no hay poder judicial independiente y la desigualdad y la corrupción ahogan cualquier intento moral y cívico. ¿Por qué la mayor parte del mundo, no solo América Latina, no puede ser o no le conviene la democracia como sostiene George Kennan?

La democracia liberal norteamericana es irrepetible. La clave ético, económica, religiosa propuesta por Max Weber consiste en la creación de la riqueza como un imperativo moral, pero tropieza de lleno con dogmas enraizados de culturas que se aferran a sus costumbres y tradiciones. ¿Justifica esto acaso el principio relativista? No, todos tenemos la libertad de conservar nuestros modos de vida, costumbres, recuerdos, vestidos y comidas, pero no podemos ser ajenos a los derechos universales. El relativismo político es la clave de la opresión.

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