SOCIAL-APÁTRIDAS. SEGUNDA PARTE Y FINAL. ¿Para qué asumir responsabilidades familiares si ya vienen de África y Asia millones de ángeles dispuestos al reemplazo?

Por Sertorio-  El Manifiesto, España

Los alemanes distinguen entre alta traición (Hochverrat) y traición a la patria (Landesverrat). La primera se produce cuando, por ejemplo, hay un golpe de Estado y se traiciona al gobierno al que se quiere derribar, pero no se daña ni a la nación ni a los compatriotas. Un caso típico sería el 20 de julio de 1944. La intención de los conspiradores no era hundir a Alemania, sino salvarla e incluso ganar la guerra en el frente oriental. Aunque fueron desleales al gobierno, Stauffenberg y los suyos –por cierto, aristócratas y reaccionarios– eran fieles a Alemania. Hay momentos en los que frente a una dirigencia nefasta la alta traición es necesaria. Ya juzgará la Historia quién tuvo razón. Lo que sí puede saber el lector es que a Stauffenberg, a Witzleben o a Tresckow nada les ofendería más que el ser puestos al nivel de un Reichspiet o de un Sorge.

Por otro lado, la traición a la patria, o lo que denominaríamos delito de lesa patria, es una actividad que produce daño a la nación en beneficio de un enemigo. El ejemplo típico lo tenemos en el espionaje al servicio de una potencia hostil. Es, por lo tanto, lógico que Alemania homenajee a los conjurados del 20 de julio, pero no lo es el que aplauda y encomie a quienes trajeron la muerte a decenas de miles de sus propios hijos. Sin embargo, entre la izquierda alemana, cada día más radicalizada por la corrección política, Sorge, Arvid Harnack o Schulze-Boysen son héroes, mientras que Dietl, Galland o Günther Prien son unos criminales. Para los marxistas y sus herederos actuales, la patria no existe, es un invento burgués, y, por lo tanto, nada importa traicionarla. Sólo una patria contaba: la del proletariado, la URSS. En nuestros días, la Rusia bolchevique ha sido sustituida por la democracia. Recordemos que los comunistas de toda Europa (Alemania y Francia incluidas) sólo iniciaron la resistencia tras el ataque alemán a la Unión Soviética. Después de 1945, los tiranos rojos de Europa oriental, los infames Rakosy, Pieck, Ulbricht, Dimitrov y demás ralea, no tuvieron el menor empacho en actuar como verdaderos procónsules del ocupante soviético, sin ningún asomo de dignidad nacional o personal. Hoy, uno se hace cruces cuando ve en Dresde manifestaciones de la izquierda extrema festejando el bombardeo aliado.

Sin embargo, al otro lado del Telón de Acero, los occidentales idearon todo un colosal lavado de cerebro que se basaba en implantar un complejo de culpa colectiva en los alemanes, pese a que los crímenes nazis los habían cometido individuos concretos y no todo el país. A ello se unió la condena de un pasado que no era más militarista, más agresivo ni más imperialista que el británico, el francés, el ruso o el americano. Pero en ese pasado también existió una brillante tradición artística y literaria, una excelente formación educativa y un pensamiento aristocrático que tenía sus raíces en Goethe y se extendía hasta Jünger: la alta cultura; algo que se ha desterrado de Alemania, primero, y de Europa, después, en favor de la industria intelectual democrática: del rancho educativo, artístico y literario de nuestro tiempo; de la herencia misérrima de las vanguardias. Con todo ello también llegó la degradación de pueblos y élites en medio de una ola de prosperidad que ya se está acabando, a medida que Europa se empobrece frente a los nuevos poderes mundiales. Por culpa, entre otros factores, del cada vez peor nivel intelectual de los alumnos educados con la pedagogía progresista.

La socialdemocracia es el mainstream, la corriente ideológica principal posterior a 1945, donde los europeos hemos renunciado a protagonizar la Historia para disfrutar del bienestar y de una creciente serie de derechos que miman al individuo pero aniquilan a la persona. Me explico: todo aquello que favorece nuestra posición social como elemento aislado, egoísta, que vive para el cultivo de sus placeres, es inmediatamente fomentado por el poder, que sabe que esta línea de menor resistencia hace más fácil el gobierno de sus súbditos. Una población malcriada con una serie exorbitante de derechos, sin apenas deberes y sin más sentido de lo social que su propio goce y hasta su propia realidad virtual, forma un pueblo sumiso, una simple adición de unidades de trabajo y consumo subvencionada abiertamente por los poderes públicos. Se producirá así un individuo dependiente, emotivo y simple, que estará dispuesto siempre a creer lo que se le ordene desde los medios de comunicación, agentes indispensables a la hora de degenerar y adoctrinar a las naciones en vías de devenir simple masa demográfica. La socialdemocracia consiste en la administración de esta sociedad, donde el concepto nación se desvirtúa en un simple espacio de derechos, que lo mismo puede tener una identidad que otra y que es intercambiable por otro espacio de las mismas características, igual que los contenedores de los barcos pueden pasar a los camiones y los trenes. La nacionalidad sería nada más que un certificado de origen.

Semejante aglomeración atomizada, sin más cohesión que el dinero, tiene que administrarse por una multitud de funcionarios que intentan gestionar el caos que ella misma produce, ya que no es una sociedad orgánica la que se origina con estas políticas, sino toda una serie de entidades artificiales sostenidas por los fondos públicos y que son una especie de seguro que compra el capitalismo para disfrutar de la tranquilidad social, tan importante en la economía de mercado. Pero su coste creciente y la competencia de otros bloques geopolíticos empiezan a hacer inviable este modelo, que ha arrasado la tradición europea y ha creado un tipo humano dependiente, ignorante e irresponsable. Por eso no son sólo socialdemócratas los seguidores de Willy Brandt u Olof Palme; Merkel y Rajoy también lo son, igual que toda la cúpula de la Unión llamada “Europea”. De ahí que nos parezca, con buen motivo, que todos los partidos son lo mismo.

El enemigo de esa sociedad abierta, centrada en lo puramente económico, blanda, cosmopolita, caprichosa y emotivista, es la nación, esa unidad de familias que mantienen un vínculo sagrado, comunitario, con la patria en la que viven desde hace generaciones. Está formada por la gente que se identifica con un pueblo, con una estirpe, con una tradición y que considera que el gobierno debe responder ante la comunidad y defenderla, y no ser un instrumento de poderes económicos internacionales. Es, sin duda, una elección más difícil; exige deberes, dureza, independencia, austeridad y patriotismo: ser persona, tener lazos sociales y espirituales con la comunidad histórica a la que uno pertenece. No suena bien en la Europa de hoy el querer mantener una herencia de siglos frente a la homogeneización aniquiladora de los poderes económicos. Para empezar, porque esa defensa de la nación supondría de inmediato la vuelta de la soberanía a su dueño, el pueblo, y no su usurpación por los burócratas de Bruselas. Desde 1945, la nación y su concepto han sido el enemigo a batir. Hacer la Historia es más difícil que dejarse arrastrar por ella. Pero los pueblos que rehúsan el control de su destino mueren o son dominados por otros con más voluntad y carácter. Lo que marca la peculiaridad de la Europa contemporánea es que las naciones como Suecia parecen programar su autoextinción con una suerte de dulce eutanasia demográfica. Pero cuando “los nuevos suecos” alcancen una masa crítica, quizás entonces las cosas no sean tan suaves.

Tras todo esto, conviene advertir que ese mismo agente de disolución del hecho nacional está muy activo entre nosotros. Cuando se celebró en Barcelona la gran manifestación en favor de la unidad de España, el lector recordará cómo el socialista José Borrell, hoy ministro de Asuntos Exteriores, se negó a ondear una bandera española y sacó el trapo azul de la Unión “Europea”. “Esta es mi bandera”, proclamó. No la española, sino la del consorcio financiero de Bruselas, la enseña de los hombres de negocios y de su tecnocracia desalmada. Conviene que no lo olvidemos. Sigue el ejemplo del gran santón de la socialdemocracia, Willy Brandt, (foto de arriba a la izquierda) alemán, apátrida, noruego y de nuevo alemán, pero siempre sin raíces, siempre negando a la tierra y a los muertos porque antes era “demócrata” que alemán. Por eso no le costó nada renunciar a Silesia, Pomerania y Prusia Oriental con su Ostpolitik… ¿Quién dijo Cataluña? Ese es el espíritu de la socialdemocracia: Landesverrat.

World’s First Openly Lesbian Bishop to Remove Crosses, Build Islamic Prayer Room in Swedish Seamen’s Church, en la página web de Orthodox Christianity, 8 de octubre de 2015. También en www. breitbar.com, 5 de octubre de 2015.

JOHANNES TUCHEL, “Gegen den Strom”, p. 81 en ZEITGeschichte 4/2018: Die Deutschen und ihre Soldaten. Geschichte einer schwierigen Beziehung.

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