TITO RODRÍGUEZ OLTMANS

HUGOBYRNE Por Hugo J. Byrne

“La tumba es vía y no término”-José Martí, 1882. 

En la penumbra de las primeras horas de la mañana del 11 de agosto de 1962 y en una de las vetustas y gastadas escaleras de roca y sin pasamanos que conducían a los fosos usados para las ejecuciones en la Fortaleza de La Cabaña, un condenado a muerte con una sola pierna y una muleta bajaba lentamente a encarar su destino. El joven reo se distinguía además por tener un “tape” industrial cubriendo su boca. Era una forma cruel de prevenir que pudieran oírse en el último instante vivas a Cuba libre y a Cristo Rey, o insultos a los ejecutores, lo que variaba de acuerdo con el temperamento o la devoción de las víctimas.

Antonio (“Tony”) Chao Flores, también conocido por “el americanito” por su pelo muy rubio, tenía solamente 22 años de edad al ser fusilado, pero era todo un veterano de la brega clandestina. Alzado en la Sierra del Escambray durante la lucha contra el gobierno de Batista, Chao Flores ascendió al rango de Teniente con sólo 18 años de edad por su arrojo y dedicación ejemplares. Su foto fue publicada por la revista “Bohemia” con el siguiente pie de grabado: “Así luce hoy la juventud cubana”. Al entronizarse la Tiranía castrista Chao Flores casi inmediatamente se alzó de nuevo en el Escambray, integrándose después al clandestinaje urbano. Esa misma mañana su compañero insurrecto, Hugo Rodríguez Soria, fue también fusilado.

Chao Flores y Rodríguez Soria habían sido arrestados al final de una batalla a tiros con esbirros de la tiranía en la que “el americanito” recibiera 19 heridas de bala en las piernas. Llevado al Hospital Militar le amputaron una de ellas, cuyas heridas dejaron infectar a propósito.

Aparentemente la lentitud en el andar de Tony impacientó al cipayo que lo escoltaba a su ejecución. No es fácil subir escaleras con muletas. Peor aún es bajarlas: lo sé por experiencia pues en una ocasión me caí haciéndolo. El cruel escolta pateó sin piedad a Chao Flores quien rodó por los últimos peldaños. Los energúmenos reunidos para contemplar el acontecimiento rieron estruendosamente. A partir de ese momento la misma manada empezó a cantar rítmicamente “arrástrate, gusano, arrástrate gusano”.

La palabra “paredón” aplicada a la muerte por fusilamiento es sólo una metáfora. Normalmente se usa una estaca de 4” por 4” ó 6” embebida en una fundación de cemento enterrada en el suelo. Su función es evitar que el reo se mueva, amarrando sus muñecas por detrás.  Al mismo tiempo se evita marginalmente la posibilidad de que los plomos reboten y puedan herir a la escuadra.  Esto ha sucedido con alguna frecuencia, por lo que durante la Segunda Guerra Mundial el Ejército Alemán ejecutaba a los guerrilleros condenados colocándolos contra la esquina exterior de alguna pared de piedra. En la prisión de La Cabaña había más de una de esas estacas.

Chao Flores, imposibilitado de gritar a causa de su mordaza, demostró su coraje y desprecio a sus ejecutores arrastrándose hasta la estaca. Después se irguió apoyándose contra la misma, usando sus brazos, su única pierna y su muñón. Momentos más tarde retumbó la descarga asesina.

Esta historia y muchas otras semejantes me fueron narradas por un testigo de excepción. Alguien que pasara por la espantosa experiencia periódica de ver marchar héroes al patíbulo sin quejas ni reproches, con la frente alta y la conciencia en calma.  Ese testigo fue también un cubano por antonomasia. Su nombre era Tito Rodríguez Oltmans.

Tito fue para mí no sólo un leal amigo y un compañero de luchas en el destierro, sino un ejemplo único de lo que un exiliado cubano debe ser. Sufrió estoicamente la cruel prisión castrista mientras recopilaba en su prodigiosa memoria esa parte de la lucha que le tocó sufrir durante los años de su confinamiento injusto. También era un extraordinario y concienzudo estudioso de las estructuras de poder que prevalecen en el malvado régimen de La Habana.

A diferencia de tantos “enterados” y diletantes que establecen sus arbitrarias conclusiones leyendo los cintillos de una prensa frívola, Tito examinó con objetividad las realidades del presidio político en Cuba, aplicando su preclara inteligencia a establecer responsabilidades y desenmascarar a los verdaderos culpables de la tragedia que nos ha tocado sufrir por más de medio siglo. Su programa de radio semanal “Puntos de Vista” en Radio Mambí, que heredara de ese otro héroe real de la Patria, el Capitán Piloto René García, fue el vehículo que usara Tito para avanzar su profundo conocimiento de nuestra tragedia nacional entre el público exiliado.

Supe de Tito por la primera vez durante una conferencia de mi amigo el Dr. Oreste Perdomo, otro cubano excepcional, quien como abogado representara con extraordinario valor a varios acusados de “delitos contra los poderes del estado” ante los llamados “tribunales revolucionarios” en la Fortaleza de la Cabaña. Durante varios meses trágicos el Dr. Perdomo visitaba la prisión de la Cabaña regularmente, sin saber si regresaría a su casa.  Uno de sus “clientes” de esa época era Tito Rodríguez Oltmans. Perdomo dejó esta vida hace varios años y me fue dada la triste tarea de pronunciar su elegía.

Tuve el singular privilegio de conocer a Tito en persona a través de varios hermanos cubanos. Era un anfitrión genial, con un extraordinario sentido del humor. Fui a Miami para la conmemoración del Grito de Yara en 1997, la que se celebrara con una manifestación masiva en la Calle 8 y Tito no me permitió rehusar su hospitalidad. Recuerdo vivamente la última vez que lo visitamos en su residencia. De esa feliz ocasión tengo muy gratas memorias plasmadas en fotos de ambas parejas. En noviembre del 2013 lo vi por la última vez, rodeado de otros patriotas cubanos. También conservo fotos de ese evento, cortesía de otro fiel patriota cubano, Jesús Noda.

Aunque nos comunicábamos regularmente a través del correo electrónico, en muchas ocasiones nos vimos en persona y tuve el honor de participar de su hora de Radio Mambí a menudo.  En una de ellas coincidí con otro destacado patriota ausente: Pedro Luis Díaz Lanz.

Participábamos de la afición al tiro de pistola y por lo menos una vez en mi memoria durante una de sus visitas a California lo llevé al hoy cerrado “tiro al blanco” de City of Commerce: Tito era certero a 50 pies y letal a 33 y medio. Al igual que mi difunto hermano, Tito prefería calibres ligeros en la defensa personal, contrastando con mi casi religiosa preferencia por la 45.

Nadie con tanto talento y valor personal pasa por la vida sin “sacar ronchas” y Tito no fue la excepción. Desde desenmascarar a quienes llamaba con justicia falsos “cubanólogos”, hasta acusar formalmente de sus crímenes a tantos caraduras que han tratado de limpiar sus miserables vidas en el Jordán del exilio, Tito nunca tuvo lo que llamamos “pelos en la lengua”. Fustigó por igual tanto a los criminales castristas, como aquellos que se auparon en la cresta de sus crímenes y a quienes obtuvieran beneficios temporales de ellos. Por eso era respetado, querido y admirado por los buenos y profundamente aborrecido por criminales, traidores y cobardes.

Cuando recibí la noticia funesta de su accidente cerebral y la irreversible parálisis, rogué a Dios porque le ahorrara un viacrucis.  Mientras escribo este homenaje póstumo ocurre su sepelio. Ruego por la eventual resignación de sus deudos. Vayan mis mejores votos a su viuda Sarita, a su hija y a su nietecita.

Tito: accede sereno a la eterna vida.  Nos veremos pronto en Cuba Libre.

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