TODO LO QUE NOS GUSTABA VOLÓ COMO MATÍAS PÉREZ.

por Esteban Fernández

A través de los años muchos latinoamericanos me han preguntado sorprendidos ¿Por qué tantos cubanos en masa abandonaron a su patria durante los primeros años de la revolución?

La respuesta rápida es: “Por la falta total de libertad, la desaparición de todos los derechos humanos, los miles de años de prisión repartido entre los patriotas, y por el incesante paredón de fusilamientos funcionado a todo meter”.

¿Eso fue todo? No, de eso nada. A veces me parece que hubo una conspiración fidelista para cortar de raíz todo lo que nos gustaba a los cubanos.

No me queda más remedio que en este párrafo incluir varias malas palabras. Parece que el hijo de puta tirano se preguntó a sí mismo y a sus secuaces: “¿Qué coño es lo que les gusta a las personas decentes en este jodido país y quitárselos para que se vayan pal’carajo?”

A los cubanos nos gustaba, y nos gusta en el exilio, comer bien, sabroso, con una enorme variedad de diferentes y apetitosos platos.

Usted puede ver en Facebook lo mucho que les encanta a mis compatriotas poner nuestras mesas bien servidas y surtidas con deliciosos manjares. En todos y cada uno de los restaurantes del exilio usted se encontrará con cubanos exigiendo que el bisté esté blando y que no tenga ni un simple pellejito.

Bueno, pues esa fue una de las primeras -e increíbles- hijodeputadas del recién implantado régimen: La comida, como por arte de magia, se esfumó a todo lo largo y ancho de la nación.

En mi terruño que era conocido como “El pueblo de las papas y la Huerta de Cuba” ya  no se encontraba ni una simple vianda. Creo que es la única isla del planeta donde nadie ve los mariscos. Desaparecieron  las manzanas y las peras americanas, pero también muchas frutas cubanas. Tal parecía como que los “productos cubanos” se habían exiliado en Miami.

Se acabaron las Navidades, la nueces, las avellanas, los turrones, los villancicos, los  desodorantes, los jabones desde Camay hasta Palmolive, los detergentes, hasta la pasta dental Gravy, y pregonaba ese gran maricón -como decía la canción- “que en Cuba no faltaba nada”..

Éramos famosos por lo bien que nos vestíamos. Hasta al Estadio del Cerro iba la gente en trajes y guayaberas. Los guajiros en los parques los domingos parecían unos hacendados. Y ya usted sabe que la ropa buena también se acabó, y todavía a estas alturas los cubanos se visten con indumentarias provenientes del exilio. Si no fuera por los parientes en el exterior los cubanos se tuvieran que vestir con sacos de yute.

La mayoría era católica y presbiteriana y está demás decir que diezmaron a ambas religiones. Yo no sé en sus pueblos, pero en el mío saquearon las iglesias, desbarataron a los santos, botaron a los curas y una guagua las monjitas abandonaron a Güines bajo escupitajos y gritos de “prostitutas”.

A todos nos encantaban Almendares, Habana, Cienfuegos y Mariano, y esos adorados equipos de béisbol -por gusto- también los eliminaron del territorio nacional. Al que más y al que menos le gustaba tomarse una cerveza Polar, Hatuey o Cristal y esas desaparecían del mapa como por encanto. Las películas -acabadas de salir de Hollywood como las veíamos nosotros- se perdieron de los cines cubanos. Y exhibían unas cintas rusas que no había quien se las disparara.

A las mujeres se les acabaron los perfumes, los zapatos de calidad, los bellos y elegantes vestidos, creyones de labios y los coloretes. Y, dicho sea de paso, se extinguieron hasta los Kotex.

Mil veces les he escrito sobre nuestro disfrute de la televisión, radio y prensa escrita. Esas se fueron a bolina y se convirtieron en órganos de propaganda de la dictadura. Igual en las escuelas: puro adoctrinamiento. Y había que limpiarse el trasero primero con “Revolución” y después con el “Granma”. Ya no se encontraba ni una aspirina para un dolor de cabeza.

Y todavía me preguntan: ¿Por qué se fueron los cubanos? Y yo respondo: “No jodan, si debimos irnos todos y dejar a Fidel, Raúl, al Che y Almeida solos allí”. Hasta Lina Ruz debió haber espantado la mula.

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