TRAS EL FRACASO DE GIRÓN

FELIPERIVERODIAZ

ESTEBITATRAGICOYSERIOPor, Esteban Fernández

Dedicado a Felipe Rivero Díaz (Foto de arriba)

Vuelvo a abril de 1961. Sin lugar a dudas uno de los meses peores de mi vida. En ese momento yo tenía 16 años. Por primera y única vez en mi vida me le encaré a Esteban Fernández Roig, le recriminaba que él me había prometido y asegurado que “los norteamericanos no permitirían una cabeza de playa a 90 millas de sus costas”. Era como “hacer leña del árbol caído” porque mi padre en esos instantes estaba tan o más triste y decepcionado que yo. Con los ojos humedecidos sólo atinó a decirme: “¡Se ha perdido una batalla, pero no se ha perdido la guerra!”

En aquellos aciagos días yo no tenía ni la menor idea de lo que había sucedido. No sabía si gritar o patalear. Era la debacle, todo era confusión en mi entorno. Acto seguido del revés en Bahía de Cochinos vino la hecatombe. Simplemente les cuento lo que pasó a mi alrededor después del descalabro de la invasión. Y muchas veces he notado al paso de los años que  todo lo que sucedió en mi terruño estaba siendo simplemente una copia de lo que ocurría en el resto de la nación que iba a paso de conga hacia la esclavitud.

De madrugada se sintieron disparos lanzados al aire y gritos de “¡Viva Fidel y Viva la Revolución!”. Eso me dio mala espina porque, como les dije hace varios días, hasta ese instante los miembros de los Comités lucían amedrentados y quitando los carteles y consignas de sus puertas. Y esa euforia colectiva de los esbirros me dio a entender que habían sido informados de la victoria castrista en Bahía de Cochinos. Recuerdo que para mi adentros dije: “¡Coño su madre, no puede ser!”

Esa noche sentí inmediatamente una gran pesadumbre y una abrumadora desilusión. Desde luego, ese desengaño no me llevó, como a muchos arrastrapanzas, a traicionar mi sincero anticastrismo. Me sentia asfixiado en mi pueblo, me monté en la ruta 33 y me fui para la casa de mi prima SIlvia de la Torre en Luyanó. Allá me encontré con que su esposo “Papo” Couto y su suegro “Pancho” Couto estaban presos. A los pocos días regresé a Güines.

Si haber perdido esa oportunidad de ser libre era  frustrante peor era observar la actitud asumida por una enorme cantidad de descarados. Ya al bajarme de la guagua frente a La  Viña Aragonesa inmediatamente noté que determinadas personas con las cuales siempre compartía mis críticas contra la recién instalada dictadura al saludarlos me daban “de lado” y esquivaban responder a mi saludo. Hasta evitaban mirarme a los ojos.

Tremenda sorpresa que recibí cuando unos días después iba caminando por la calle Soparda y me topé con un “amigo” considerado por mí como un furibundo anticastrista y de pronto pude verlo de completo uniforme de las milicias con una metralleta checa en sus manos. ¿Había sido un infiltrado? No lo creo, era un simple oportunista. Nos ignoramos mutuamente. Yo estaba muy bravo y él lucía apenado. Mucho tiempo después nos encontramos en Miami y yo actué como si nunca lo hubiera visto en mi vida. Trató de comunicarse conmigo por teléfono y no le respondí la llamada.

Los ingresos en las milicias rompieron récords  y miles y miles de compatriotas comenzaron a iniciar los trámites para abandonar a Cuba. Inicialmente yo consideré un grave error salir del país pero  mis padres me convencieron que era la opción correcta para mí.  Eso o la cárcel.

La presentación de algunos brigadistas por la televisión – la había visto en la casa de mi prima en Luyanó- ayudó a que la derrota fuera más amarga. Dios bendiga eternamente a Felipe Rivero (en la foto)  Carlos Varona, Tomás Cruz y a varios más que lograron levantarnos la moral.

Fidel Castro nos dio la razón a quienes considerábamos que la revolución era comunista y  no  “tan verde como las palmas” como sostenían los apapipios. Rugió la bestia: “Somos marxistas leninista y lo seremos hasta los últimos días de nuestras vidas”… Y todo el estiércol ambulante de la nación respondió: “¡Si Fidel es comunista que me pongan en la lista!”.

Los principales líderes internos de la verdadera oposición habían sido pasados por las armas en La Habana. Fueron llegando a mi pueblo sucios y barbudos los güineros que habían sido apresados. Los recibimos como  héroes. Un amigo llamado José Ángel Goiriena paró en mi casa antes de llegar a la suya y me pidió permiso para bañarse. No quería que su ancianita abuela, Agustina, lo viera en las condiciones deplorables en que había salido del Teatro Blanquita donde lo tenían detenido.

Exactamente 16 meses más tarde abandoné  aquel infierno  gracias a los trámites realizados por mi amigo Milton Sorí y por  las hermanas Moraima y Madeleine Labastilla. Atrás quedaron mucha gente buena y mucha gente mala. Hoy en día a patriotas y ex milicianos los podemos encontrar haciendo los mandados en cualquier Sedano.

Jamás, ni por un sólo segundo de dudas, he imputado a los Brigadistas por la derrota, toda la culpa recae en John F. Kennedy y sus estúpidos asesores por la gran traición, la falta de apoyo aéreo, los subsiguientes 55 años de tirania castrista y el eterno sufrimiento del pueblo cubano.

 LOS MÁRTIRES 

Termino con este detallado informe de Mario Martínez Malo: La Brigada perdió ciento cuatro de sus miembros de la siguiente manera: · Muertos por accidente en el campamento:  3  Muerto por accidente en la travesía: 1· Muertos por accidentes en batalla: 2· Equipos de infiltración fusilados: 4· Pilotos derribados: 16 (12 cubanos y 4 norteamericanos)· Ametrallados y ahogados en la MV Houston:  12· Asesinados durante la retirada en la Ciénega 4· Muertos por asfixia en la rastra: 9· Muertos por hambre y sed en la travesía del Golfo de México:  10 · Fusilados en prisión: 5· Muertos por enfermedad en prisión:  2 · Muertos en batalla: 37· Total de muertos directamente durante la invasión: 53 (16 pilotos +37 infantes) Total de muertos: 55 (53+2)

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