TRUMP Y LA DOCTRINA KENNAN

En la foto: George F. Kennan

Por, Jorge Riopedre

El discurso pronunciado por el presidente Donald Trump en Arabia Saudita evoca la doctrina diplomática elaborada por George F. Kennan durante el complejo período de la Guerra Fría mientras se desempeñaba como embajador de Estados Unidos en la Unión Soviética y Yugoslavia, ideas bosquejadas en Washington por el Secretario de Estado Rex Tillerson la víspera de la gira del mandatario por el Oriente Medio y Europa. Trump no es el único que ha invocado esas directrices, desde Harry S. Truman hasta Barack Obama los presidentes estadounidenses de la posguerra se han adherido en mayor o menor grado a los preceptos de Kennan (autor intelectual de la Doctrina Truman), pero el actual inquilino de la Casa Blanca parece tener intenciones de ir más lejos.

Aunque mucho más amplia y complicada por una posterior evolución de su pensamiento, la Doctrina Kennan podría resumirse en pocas palabras: “Tenemos que prescindir de todo tipo de sentimentalismos y utopías; nuestra atención tienen que centrarse en nuestros intereses nacionales.

Debemos dejar de hablar de objetivos vagos e irreales como los derechos humanos, el aumento de la calidad de vida y la

“democratización”. Dura consigna en labios del patriarca de la política exterior norteamericana del siglo pasado, creador de la política de contención de la expansión soviética, estrategia eficaz que llevó al desmantelamiento de la Unión Soviética.

Algunos pasajes del discurso de Trump al mundo musulman y en particular al Reino de Arabia Saudita, reflejan la influencia de Kennan en el presidente y sus asesores. “Estamos adoptando un principio realista… Estados Unidos no tratará de imponer nuestro modo de vida a los demás, no estamos aquí para decirle a las personas cómo vivir, qué hacer, qué ser o cómo adorar.”

Ruptura radical con la diplomacia condescendiente en muchas ocasiones del Departamento de Estado, desde la ya lejana ayuda a Fidel Castro por parte de los funcionarios de la cancillería Roy Rubbotom y William A. Wieland, hasta las peripecias contemporáneas de Hillary Clinton y John Kerry al frente de la política exterior, muy criticados por presuntas donaciones procedentes del extranjero y cuestionables acuerdos diplomáticos.

Pero quizás lo más sorprendente haya sido las críticas de los senadores John MacCain y Marco Rubio, indignados porque Trump no confrontó a los sauditas en materia de derechos humanos, reproche que pone en evidencia la prolongada confusión en torno a la política exterior de Estados Unidos y lo que este país humanamente puede hacer para ayudar a sus vecinos y aliados sin poner en peligro sus propios intereses.

MacCain y Rubio, al parecer, no saben lo que quieren. Estarán dispuestos los sauditas a prestar su ayuda crucial a Estados Unidos en el Oriente Medio cuando su presidente pretende dar lecciones de moral y cívica a los bomberos que luchan por apagar el incendio? Por supuesto que Washington no debe renunciar a defender los derechos humanos de los oprimidos, pero la defensa de las libertades fundamentales se puede convertir en una hipocresía de labios para afuera con el fin de salvar la cara cuando no se pueda hacer otra cosa contra los represores. ¿Acaso piensan, por ejemplo, que un apasionado discurso humanitario en el Senado o unas sanciones del Congreso a funcionarios venezolanos va a conmover a Nicolás Maduro o frenar la ocupación cubana de Venezuela? ¿Por qué no plantear en el Capitolio de Washington la necesidad de armar a la oposición venezolana para que se defienda?

¿Por qué no aplicar las más severas sanciones al régimen cubano para que termine de una vez tanta ignominia? En el discurso pronunciado por Trump al mundo musulmán no se vislumbra alusión alguna que haga temer nuevas invasiones al estilo de Irak, Panamá o Granada, ni se percibe interés en utilizar la fuerza para frenar la expansión del castrismo en Suramérica. Claro que cualquier cosa puede suceder, pero este pasaje de la alocución de Trump es un modelo de moderación. “Vamos a tomar decisiones basadas en los resultados del mundo real, no de la inflexible ideología, nos guiaremos por las lecciones de la experiencia, siempre que sea posible buscaremos reformas graduales, no intervención repentina.”

En otras palabras, la política de Barack Obama sigue vigente, queda anulado el concepto de cambio de régimen en cualquier parte del mundo, sobre todo en América Latina; por consiguiente, las masas tendrán que conformarse con invocaciones solidarias en favor de los derechos humanos como premio de consolación o consuelo. Nada más. Esas son las recomendaciones de George Kennan

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