UN HÉROE OLVIDADO

WAKEISLAND-BATALLA

HUGOBYRNEPor Hugo J. Byrne

En esta maltrecha época en que el carácter y la honradez casi han dejado de ser virtudes, es muy conveniente releer el pasado en busca de inspiración.  En la primera mitad del siglo XX encontramos capítulos de la historia capaces de brindarnos ese imprescindible buen ejemplo.  En mi criterio, pocos se aproximan al que escribieron con coraje y sangre los defensores del atolón Wake durante los días que siguieran al ataque en Pearl Harbor.

Situado en el corazón del Océano Pacífico y compuesto de tres islotes separados por brazos de mar y llamados respectivamente Peal, Wake y Wilkes, el atolón  conforma un casi perfecto ángulo agudo.  Su posición geográfica, de valor estratégico indiscutible, está a menos de 1,200 millas al suroeste de la isla Midway, donde más tarde ocurriría la batalla más decisiva de toda la guerra en el Pacífico.  La base japonesa más cercana estaba en el atolón Kwajalein, un poco más de 600 millas al Sur de los tres islotes. De esa base saldría la fuerza invasora con destino a Wake. El área total de Wake es poco más que una milla cuadrada.

Wake carece de fuentes de agua potable y en consecuencia tiene escasa vegetación.  Los primeros reales colonizadores del atolón en los años treinta, instalaron una planta de desalinización de agua de mar y reservorios para recolectar agua lluvia. En diciembre del 41 su defensa consistía en un destacamento de la Infantería de Marina con 447 hombres, más unos 75 oficiales de la Marina y del Cuerpo de Señales del Ejército. Unos 1,200 contratistas civiles trabajaban en la construcción de pistas de aterrizaje adecuadas para el uso de aviones de combate del Cuerpo Aéreo de la Infantería de Marina.

Ya existía en embrión la primera pista y era usada improvisadamente por una docena de cazas F4F “Wildcat”, avión de combate más lento y menos maniobrable que su contrapartida japonés, el archifamoso Mitsubitsi “Cero”. La artillería de Wake contaba con tres baterías de cañones de 5” (dos unidades por batería) y unos 20 cañones antiaéreos de 3”. Varias ametralladoras cal. 30 estaban adecuadamente parapetadas detrás de los pocos raquíticos arbustos de Wake. Carente de radar u otro tipo de detección antiaérea electrónica, Wake dependía esencialmente de binoculares para identificar al enemigo.

El oficial a cargo de Wake era el Comandante de la Marina Winfield Scott Cunningham, quien recién había tomado posesión de su comando el mes anterior.  Sus subalternos eran el Mayor James P. S. Devereux, a cargo de los  Infantes de Marina  y el Mayor Paul Putnam, comandando la pequeña fuerza aérea  de las islitas.

Cuando el 23 de diciembre Devereux fue hecho prisionero por los japoneses ya había sufrido una gran tragedia en su vida. Su esposa, Marie Welch Devereux, dio a luz a una niña el 31 de agosto de 1934. Tristemente, Kathryn Devereux sólo vivió unas horas.

El destino a veces parece ensañarse con los justos: Marie Welch era diabética y murió estando su esposo prisionero de los nipones y antes de que su paradero fuera conocido de la inteligencia norteamericana. Los esposos Devereux y su bebita están enterrados juntos en el cementerio militar de Arlington, Virginia. Devereux murió en 1988. Después de su retiro fue congresista por varios años, candidato malogrado a la gubernatura de Maryland y la criador de caballos de raza.

JAMESPATRICKSINNOTDEVERAUXDevereux (foto de arriba) carecía de un físico heroico: era calvo, delgado y de estatura menor del promedio. Tenía grandes orejas y un bigotito a lo Chaplin. A primera vista lucía casi insignificante. Empero, las fotos que hemos podido examinar de cerca nos recuerdan la descripción que de Máximo Gómez hiciera el Brigadier Frederick Funston del Ejército Libertador de Cuba: “…era un hombrecito de aspecto corriente, hasta que uno se fijaba en los ojos. La mirada echaba fuego: dura y resuelta, reflejando determinación y voluntad de acero”.  Curiosamente, James P. S. Devereux era nativo de Cuba, de padres norteamericanos y había recibido su educación en Suiza y en los Estados Unidos.

El combate en Wake empezó con una derrota crítica para los defensores.  Cuatro de los doce “Wildcats” salieron en misión de patrulla momentos después de que la guarnición había sido puesta en alerta, tras el ataque a Pearl del día siete.  Poco antes del mediodía, mientras volaban sobre densas nubes a 12,000 pies de altura, 36 bombarderos enemigos debajo de esas mismas nubes alcanzaron el atolón sin ser interceptados.  Siete de los aviones de combate de los marines fueron destruidos en tierra y el octavo “Wildcat”, severamente averiado.  Los cuatro aviones restantes de los “leathernecks”, sin embargo, piloteados por héroes, serían capaces de derribar a seis bombarderos enemigos entre los días 11 y 23.

Súbitamente, en la madrugada del memorable día once de diciembre, las luces de una flotilla invasora fueron detectadas por los marines de Deveraux.  El comando enemigo contaba con tres cruceros ligeros, seis destructores, varios barcos de patrulla y dos de transporte de tropas.  Al amanecer los japoneses empezaron a hacer preparativos de desembarco.  El comandante de la plaza ordenó a las baterías de 5” no iniciar fuego.  Esas baterías habían perdido sus telémetros y otros dispositivos de control de fuego habían sido destrozados durante los bombardeos y para ser remotamente efectivas necesitaban tirar horizontalmente y a boca de jarro.

Cuando los barcos de guerra enemigos estaban todavía a casi cuatro millas de las costas de Wake, abrieron fuego sobre las instalaciones costeras del atolón sin recibir respuesta de los cañones de Devereux. Sin embargo, al aproximarse los invasores a 4500 yardas, Deveraux ordenó fuego.  Los infantes de Marina desataron una andanada mortal, alcanzando con impactos directos a dos de las unidades atacantes.  Uno de los dos cruceros, maltrecho, tuvo que retirarse ignominiosamente. Uno de los destructores fue alcanzado en el almacén de municiones, volando en mil pedazos que rápidamente se hundieron en el océano.

SADAMICHOKAJIOKAALMIRANTEJAPONESAlgunos minutos después otro destructor fue puesto en malas condiciones. Minutos más tarde le tocó el turno a uno de los transportes de tropas y finalmente al mismo destructor previamente averiado, el que se hundiría al poco tiempo. El jefe de la flota invasora, Almirante Sadamichi Kajioka, (foto de la izquierda) considerando que había sufrido demasiado daño, ordenó la retirada de vuelta a Kwajalein sin haber intentado el desembarco.

Regresaba derrotado, sin dos de sus destructores, con extensos daños y averías en todas sus unidades y la pérdida de más de 500 muertos en acción. Los infantes de marina tuvieron un muerto y dos heridos en el furioso encuentro que durara menos de una hora.

Sin embargo, esta victoria espectacular era sólo el final del primer “round”. Wake era demasiado importante para que la armada del Sol Naciente la dejara en manos norteamericanas.

Los bombardeos sobre el atolón continuaron sin abatirse.  El día 23 de diciembre un Kajioka humillado y sediento de sangre y venganza regresó a Wake con seis cruceros pesados, dos de los portaaviones empleados en el ataque a Pearl y una fuerza invasora élite de 2000 veteranos escogidos. En la primera ola desembarcaron más de mil guerreros. Los marines, repartidos por las tres islas no podían defender simultáneamente todo el litoral. Muchos de los contratistas y trabajadores civiles decidieron voluntariamente unirse a la defensa final en lucha cuerpo a cuerpo.  Eventualmente pagarían esa decisión con la vida.  En el islote de Wilkes el Capitán Wesley Platt al frente de 60 infantes de marina aniquiló una unidad invasora de más de cien soldados japoneses. En el amanecer del día 23 Wake había sido bombardeado de nuevo implacablemente.

No puede escribirse la historia increíble de la defensa de Wake sin hacer honor especial a los cuatro “Wildcats” de Putnam, enfrentándose a la fuerza aérea naval japonesa en desventaja de veinte a uno.  El último interceptor de los marines, piloteado por el Capitán Herbert C. Freuler, derribó dos bombarderos japoneses de los llamados “Kate” el día 22 de diciembre.  Severamente herido en esa acción por la que recibiera la Estrella de Plata, Freuler se vio obligado a un aterrizaje forzoso con su “Wildcat”, el que  ya semejaba un queso suizo.

Con el último “Wildcat” fuera de combate, el cielo pertenecía totalmente al enemigo.  Los pilotos “leathernecks” restantes, encabezados por el Mayor Putnam y el Capitán Henry Elrod, empuñaron rifles para seguir defendiendo Wake hasta la muerte.  Putnam sobrevivió, no así “Hammering Hank” Elrod, quien recibió póstumamente la Medalla de Honor, única otorgada en la defensa de Wake. Al caer mortalmente herido, Elrod todavía aferraba una granada de mano. Fue Elrod quien hundiera con dos bombas de cien libras al destructor japonés Kisaragi el día 11 de diciembre. Una fragata de misiles de la marina norteamericana de hoy, ostenta el nombre “Capt. Henry Elrod.

La orden de rendición de la plaza, motivo de controversia hasta nuestros días, fue forzada al Mayor Devereaux por su superior, el Comandante Cunnigham.  En justicia, aunque es preciso reconocer que las probabilidades de victoria eran extremadamente remotas, cuando el aguerrido Devereux acatara esa orden bajo protesta, sus marines estaban lejos de haber sido derrotados. Devereux nunca sintió gran respeto por su superior, quien se mantuvo en la retaguardia durante las fases críticas del combate. 

La invasión de Wake costó conservadoramente más de 1,200 muertos a las fuerzas invasoras entre el 11 y el 23 de diciembre del 41. Entre los marines, un total de 19 perecieron en combate, o como consecuencia del mismo.  La Marina norteamericana sufrió 54 muertos.  De los más de cuatrocientos norteamericanos prisioneros, algunos murieron en cautiverio, víctimas de tratamiento infrahumano. Varios fueron ejecutados ilegalmente, en represalia a las desproporcionadas pérdidas sufridas por los japoneses.  Casi cien de los contratistas civiles que participaron heroicamente en la defensa del atolón fueron sumariamente ejecutados.  Ese crimen cobarde se hizo al amparo de las mismas “convenciones” de Ginebra a que tanto recurren hoy en día los desvergonzados políticos “liberales” en su defensa de los “derechos” de los terroristas. 

Devereux, liberado de un campo de prisioneros al final de la guerra, se retiró en 1948 del Marine Corps con el grado de General de Brigada, muriendo en 1988 después de servir en el Congreso norteamericano por cuatro períodos y criar caballos de carrera en Maryland. Cunningham se retiró de la Marina con el grado de Almirante en 1950 y escribió sus memorias en 1961, reflejando en ellas su amargura por lo que consideraba un tratamiento injusto hacia él por los historiadores en el drama de Wake. Esa amargura lo acompañó hasta su muerte en 1986.

PELICULADELABATALLADELAISLAWAKEEl Hollywood de mediados de los años cuarenta (que nunca debe confundirse con el de hoy) filmó una película sobre la heroica defensa de Wake, con el desaparecido actor Brian Donlevy en el papel del Mayor del US Marine Corps James P. Devereux.  Eran los años en que todavía aspirar al estrellato no requería odiar a Estados Unidos, ni como al presente, excresencias de la calaña de Oliver Stone pudieran alcanzar preeminencia en esa industria.

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