UNA COLOSAL IRRESPONSABILIDAD

Por Vicente P. Escobal

Recientes pronunciamientos de un “líder” de la oposición cubana, conocido y reconocido como “socialista democrático”, han suscitado las más diversas reacciones.

Unos los interpretan como una manipulación promovida por espurios intereses personales; otros la consideran un gesto de valentía política y madurez ideológica. La mayoría la observan como un sobrentendido reconocimiento a la perpetuidad de la tiranía – la Junta – como algún compatriota la identifica.

Hay que ser considerablemente ecuánime al enjuiciar una propuesta originada en Cuba, aceptando como válido el argumento de que los pronunciamientos, las declaraciones de principios y todo un abanico de invitaciones, exhortaciones, proyectos y hasta alguna que otra demencial intención presidencialista fue redactado íntegramente en la isla y que sus firmantes están al tanto de sus implicaciones y consecuencias.

Resulta muy atractivo el término “opositor político” en el contexto de un sistema totalitario y consecuentemente represivo pues la expresión revela valor, firmeza y compromiso. Pero no es ocioso recordar que la “oposición política” solamente es posible ejercerla en un sistema democrático, donde se respeten todas las opiniones y todas las agendas sin censura, sin mordazas, sin temores, sin cárceles, sin paredones de fusilamiento.

La oposición en Cuba no disfruta los beneficios del reconocimiento oficial. Su trabajo transcurre en un ambiente cargado de hostigamiento y descalificaciones.  Sus propuestas son interpretadas por la propaganda oficial como acciones antipatrióticas y mercenarias. La casi totalidad de los prisioneros políticos cubanos fueron enviados a la cárcel precisamente por haberse atrevido a desafiar pacíficamente el poder totalitario y ofrecer soluciones dignas y patrióticas. Nunca la oposición cubana ha promovido la violencia como estrategia de lucha, aunque la historia se ha encargado de confirmar aquello de que los pueblos que quieren alcanzar su libertad le tiran piedras a los aviones y viran los tanques boca abajo.

Si algo ha definido y caracterizado a algunos promotores de la democracia en Cuba es precisamente su equilibrio y su sentido de la racionalidad a la hora de plantear una solución o sugerir una medida. La estrategia desarrollada por algunos sectores de la oposición al régimen castrista se ha sustentado invariablemente en principios universalmente aceptados y proclamados por la comunidad internacional.

La declaración en la cual se pide a las autoridades estadounidenses el levantamiento total y unilateral de las sanciones tiene, desde mi punto de vista, — y otorgándole el beneficio de la duda – un componente emocional.

Los opositores cubanos necesitan espacios libres y plurales donde manifestarse y cada oportunidad que se les brinda para alcanzarlos la aprovechan al máximo.  El deseo de una Patria libre y democrática va muchas veces más allá de toda reflexión y toda prudencia lo cual no significa, en modo alguno, que la oposición cubana este formada por personas irreflexivas o imprudentes, aunque, como solía afirmar mi abuela “hay de todo en la Viña del Señor”.

Si lo que se pretende es encontrar soluciones urgentes a los graves y complejos problemas que enfrenta la endeble   economía cubana, exíjase entonces el fin de la tiranía.  Si la meta es lograr para los cubanos el pleno reconocimiento de sus derechos y libertades fundamentales, reclámese a la tiranía el cese de todas las prácticas que los paralizan. Basta – y lo afirmo con enojo – de echar sobre Estados Unidos la responsabilidad por la desventura que agobia a la sociedad cubana, pues esa actitud armoniza con la opinión oficial.

Es bueno, muy bueno, que el mundo sepa que la impunidad se combate y se denuncia, que las injusticias no se ocultan, que cada acto de barbarie se enjuicia, y que a pesar de las mordazas siempre quedan atisbos de dignidad. Pero también es bueno, muy bueno, que el mundo sepa que en las filas de los amantes y promotores de la democracia para Cuba hay personas perspicaces y racionales que no se dejan timar por las sinfonías interpretadas por los servicios de contrainteligencia.

La tiranía trata ahora, más que nunca, de aferrarse al poder.  La experiencia del pasado medio siglo nos señala claramente una única alternativa: no enviar confusas señales. La oposición cubana tiene el irrenunciable deber de examinar con ecuanimidad lo que conviene o no conviene al pueblo de Cuba.  Lo opuesto sería una colosal irresponsabilidad.

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