UNA MISTERIOSA CARTA

Por Vicente P. Escobal- Especial para Nuevo Acción 

A continuación el texto de una misteriosa carta recibida ayer en una oficina del correo de Cuba. En la misiva no aparece la fecha y en sobre no hay señales del remitente

Raúl:

¿Recuerdas la perreta que armaste cuando propuse nombrarte ministro de las Fuerzas Armadas?  “Yo quiero ser coreógrafo del Ballet Nacional”, fue tu respuesta. ¿Ya olvidaste lo que te dije cuando me informaste el motivo por el que te ibas a divorciar de Vilma?

Son tantos y tan variados los recuerdos y las anécdotas relacionadas contigo que no me alcanzaría la cuota de papel que recibo en este lugar al que antes llamaban infierno y que hoy, con el beneplácito del compañero Satán, hemos bautizado con el nombre de “Punto menos cero”.

No olvidaré nunca como mirabas a Armandito Hart el día que éste se coloreó el pelo de amarillo y como dejabas correr tus finos deditos por tus cabellos, acompañado por unos gestos extravagantes con la boca, como si te deleitaras con el roce de tu pelambre.

Rememoro el día, recién llegados de la Sierra, cuando yo te pedí que te cortaras aquel “rabo de mula” que no se adecuaba a la figura de un guerrillero y tú me respondiste que ese era el gran sueño de tu vida. Por aquellos tiempos de aventuras guerrilleras tú me suplicaste, casi de rodillas, que te autorizara a cambiar el color verde olivo de tu uniforme por otro “más tenue, más sutil, más vaporoso” y me propusiste el amarillo canario.

Cuando Papito me comentó que uno de los muchachos de tu escolta se había quitado la vida porque tú le propusiste no recuerdo que clase de porquería en un baño del Estado Mayor, sentí deseos de llamar a Ramirito para que te cortara el pescuezo. Tú bien sabes que Ramirito te detesta.

Un día, cuando éramos apenas unos adolescentes, la vieja me dijo que te había sorprendido en tu habitación de nuestra casa en Birán frente al espejo, luciendo un tutu, un leotardo y unas zapatillas de punta. Estuve a punto de degollarte. Y alguien me ha dicho que después de tantos años te calzas frecuentemente unas medias de malla y sales ensayando unos pasitos al mejor estilo de Alicia Alonso por los pasillos del Comité Central.

Ya perdí la cuenta del número de veces que te dije que el Vodka es muy fuerte y que cuando lo pruebas resurgía en ti ese soplo de “pepilla calenturienta” que tantas veces discutimos. Tu respuesta era siempre la misma: ‘perdóname, no puedo evitarlo”. Dalia se avergüenza de ser la cuñada de alguien que cambia la voz cuando pronuncia un discurso para que no le descubran ese raro acento para nada macho. Dalia si sabe lo que es tener un machango a su lado. Cuando hacíamos el amor dos veces al año ella me pedía que no me quitara la gorra ni las botas, y yo le suplicaba que bailara la danza del vientre para mí.

Alfredito Guevara te envidiaba. Lo comentó varias veces en mi presencia. Él decía – y aun hoy en el lugar del infierno donde lo ubicaron así lo ratifica – que le hubiera maravillado ser el jefe del Ejército y moverse entre un pelotón de soldados sudorosos, con olor a manigua, impartiendo órdenes a diestra y siniestra.

Y ahora, Raúl, para rematar mira lo que has hecho. Borraste el heroico, el sagrado, el histórico, el sobre humano apellido Castro Ruz por el de Díaz Canel.  Dejaste de lado, manganzón, aquel juramento sellado con nuestra sangre. Olvidaste el momento en que juntamos nuestros dedos pulgares y prometimos ante la imagen de King Kong que nuestros apellidos trascenderían los límites de la posteridad.

Cuando alguno de nuestros amigos indague por el nombre del presidente de Cuba la respuesta será: “Miguelito Diaz”. Imagina semejante ridiculez. No es lo mismo “¡Viva Fidel!”

que “¡Viva Miguelito!” Has convertido nuestra hacienda en Disney World. ¿Recuerdas cuando nuestro rebaño vociferaba como vacas locas “Comandante en Jefe, ordene”? ¡Ahora tendrán que bramar “¡Miguelito, ordeñe!”.

Has puesto al frente de nuestra finca a un sujeto cuyo único mérito es repetir como un papagayo que será fiel, que no se rendirá, que dará continuidad a la revolución, que cumplirá tus órdenes al pie de la letra, etc. etc. etc. Un sujeto que tiene los ojos claros y adopta posturas de bonitillo, de conquistador, de galán. ¿Te prendaste, acaso, de él?  ¿Qué pensará el compañero Barak Hussein de esta alocada, si, ALOCADA, decisión tuya?  Tu sagrado deber era morir con las botas puestas o con las zapatillas de punta, como lo prefieras. Tú tenías ese sacrosanto compromiso. Te flaquearon las piernas, te aflojaste.

No me gustan la cara ni los gestos ni las expresiones de ese Díaz Canel,  quién probablemente te venda al imperialismo. A pesar de sus payasadas, de su servilismo y de su rastrera condición no dudes que en algún momento lo delate su pasado de admirador del heavy metal y se enrede en alguna componenda con los yanquis.

Díaz Canel no nació en Santiago de Cuba, no conoce nada de la orden de los jesuitas, no ha leído los “Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola” ni “El príncipe”, de Nicolás Maquiavelo. Mucho menos “El Padrino”. Él no sabe lo que se experimenta cuando el Santo Padre o un cardenal, un obispo o un humilde curita de parroquia te dice: “Dios te bendiga, hijo”. ¿Cuál es, entonces, su mérito para haberlo nombrado presidente? Y todavía ese rebaño de cretinos a quienes llaman diputados aplaudió como focas amaestradas. ¡Qué vergüenza! Como decía aquel amigo mio: ¡“Que desparpajo”!

¿Qué vas a hacer tú ahora al frente del Peso Cubano Convertible (PCC) el que yo creé y en el que jamás creí porque con PCC o sin PCC yo siempre he sido el rey?

¿A quién dejarás a cargo del PCC cuando las hemorroides no te permitan ni caminar? ¿A quién vas a nombrar? Guillermito, Ramirito y Machadito ya no distinguen la diferencia entre una sartén y una palangana. No se te ocurra nombrar a ninguno de mis hijos porque Dalia te daría un escándalo mayúsculo y hasta sería capaz de arrastrarte. No olvides lo que ocurrió el día que ella te culpó por la pérdida de una crema para las arrugas y una pintura de uñas. Y no pienses tampoco en nadie de tu familia, muchísimo menos en Mariela. A mi esa muchachita nunca me engañó. ¿Te acuerdas como ella disfrutaba jugar un partido de pelota con Alejandro? Vilma me lo decía: ¡Esa hijita mía…!

Por último, algunos consejos: Cuídate de todo el mundo. Solamente promete y promete. No te comas las uñas en público. No sonrías tanto ni hagas chistecitos. No te maquilles antes de pronunciar un discurso. No aparezcas más en público vestido de civil porque pareces un maniquí. No insistas en probarte los sostenedores de Vilma ni sus batas de casa ni sus argollas ni nada más. Arroja todo eso a la basura.

Te recomiendo estudies “Psicología de las masas” de Gustav Le Bon. En el capitulo II de ese excelente libro Le Bon escribió; ‘La masa está a merced de todas las causas estimulantes exteriores y refleja sus incesantes variaciones. Los impulsos a los cuales la masa obedece son tan imperiosos que aniquilan el sentido para el interés personal…” Ese era uno de mis libros de cabecera.

Ahora estás de lleno, entregado en cuerpo y alma – sobre todo en cuerpo – a lo que más te agrada: el Partido, el que tanto se parece a ti. Cuídalo, presérvalo. Y no se te ocurra querer imitar a Gorbachov. Transmítele mi más caluroso saludo a Lage, Pérez Roque y Ricardito Alarcón. Los espero pronto.

El compañero Satán nos ha prohibido firmar con  nombres reales para evitar que la CIA descubra nuestra ubicación. Solo se autorizan seudónimos.

Tu ex,

Alejandro

Un Comentario sobre “UNA MISTERIOSA CARTA

  1. Esa carta no tiene desperdicio, la he disfrutado de principio a fin, se ve que desde el infierno están vigilando a la yegua rosada, mejor que se ande con pies de plomo o lo lamentara.

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