UNA NOVEDOSA VARIANTE: EL COLONIALISMO IDEOLÓGICO

Por Vicente P. Escobal- Especial para Nuevo Acción

Richard, un ciudadano canadiense que ha visitado Cuba en varias ocasiones, me resumió así los resultados de sus periplos. «La mayoría de los cubanos le teme a la palabra democracia y la interpreta como una coartada del capitalismo para apropiarse de los pueblos».

El canadiense de esta anécdota cree en los valores de la democracia, acepta como válidos los principios que dinamizan el mercado y posee una sólida definición acerca de los derechos humanos y la justicia social. De joven militó en una organización de tendencia izquierdista, protestó contra el Banco Mundial y las políticas del Fondo Monetario Internacional, y participó en muchos actos organizados en defensa de la revolución cubana.

«Grité mil veces Cuba si, yanquis no». Y lo hacía convencido de que «Cuba era víctima de una brutal e insensata política de parte del gobierno de Estados Unidos».

La última vez que visitó Cuba en agosto pasado vivió una experiencia que le hizo cambiar definitivamente su visión y su versión de la Cuba revolucionaria.

Como era su costumbre, cada vez que iba a la Isla llevaba consigo una pequeña cámara de video con la cual grababa los edificios de La Habana, sus amplias avenidas y lo poco que queda de aquella lejana etapa en la que Cuba podía mostrar un impresionante desarrollo urbano, económico y social.

Estuvo en La Habana un par de semanas, alojado en una casa particular en el barrio de Miramar. Cuando decidió abordar el avión que lo llevaría de regreso a su natal Ottawa, fue abordado en el Aeropuerto Internacional José Martí por oficiales de la aduana y de la contrainteligencia quienes le demandaron que lo acompañaran pues necesitaban «aclarar algunos detalles de su visita a Cuba».

«Me condujeron a una pequeña oficina dentro del aeropuerto y me despojaron de mi equipaje, de mi cámara de video e incluso de mi pasaporte».

Uno de los agentes gubernamentales pidió le explicara por qué las imágenes captadas en video solo mostraban edificaciones ruinosas, niños semidesnudos jugando en calles oscuras y llenas de hoyos, ancianos ejerciendo el oficio de vendedores ambulantes y mujeres jóvenes practicando la prostitución.

«Es lo que vi», fue su lacónica respuesta.

«Pues si eso fue lo único que viste, entonces debo informarte que tus grabaciones no pueden salir de Cuba y quedan decomisadas».

Sorprendido por aquella increíble advertencia, Richard pidió hablar con un oficial superior e incluso adujo derechos constitucionales, jurídicos y humanos. De nada sirvieron sus alegatos.

«No me hable de derechos, compadre, aquí en Cuba somos nosotros, la seguridad del Estado, quienes decidimos que se puede o no se puede hacer. Nosotros somos el derecho».

Al abordar el avión, Richard ya había tenido la oportunidad de percibir en apenas diez minutos la naturaleza del sistema que él había defendido con tanta vehemencia durante muchos años.

Ayer por la tarde conversé con Richard a través de mi celular. Estaba sorprendido ante la noticia de que un grupo de opositores al régimen castrista había redactado hace ya algún tiempo una carta pidiendo al Congreso de Estados Unidos suspendiera las restricciones de los viajes de ciudadanos estadounidenses a Cuba.

Los contundentes razonamientos de Richard no eran la expresión de una animosidad personal motivada por su experiencia en el Aeropuerto José Martí de La Habana.

«Un turista extranjero, proceda de donde proceda, jamás será un adecuado ni un auténtico promotor de la democracia para Cuba, un país donde impera la intolerancia y la represión como política oficial. Un país donde los agentes policiales deciden lo que se puede o no se puede hacer», comentó Richard.

Su razonamiento se sustentó, además, en esta incuestionable realidad: «El régimen cubano asegura que cada año recibe a cientos de miles de turistas procedentes de países con sistemas democráticos, donde se practica la tolerancia y el respeto a los derechos humanos. Personas a quienes les resultan incomprensibles muchas de las cosas que observan en Cuba, no solo desde el punto de vista físico. Personas que no comprenden como en un país donde triunfó una revolución que prometió pan, justicia y libertad, a los cubanos se le prive el derecho al pan, la justicia, la libertad, y se le envía a la cárcel por expresar sus ideas”.

Richard posee aun el ímpetu de los activistas políticos. Ya hace años abandonó sus viscerales sentimientos antiestadounidenses. No es un apologista de Estados Unidos, pero en sus neuronas se mantienen inalterables el análisis y la comparación, esta vez respaldados por una experiencia personal.

Casi a punto de concluir la conversación, Richard me señaló que está convencido de que los estadounidenses que viajan a la Isla son mayoritariamente liberales (una expresión que identifica a los devotos de las ideas socialistas).

«Cuando regresen a Estados Unidos van a narrar sus fascinantes experiencias. Hablarán maravillas de los mojitos en “La Bodeguita del Medio”, la espectacularidad de “Tropicana”, las blancas arenas de Varadero, los exquisitos manjares servidos en los hoteles y las caricias tarifadas de las “cuban señoritas”.  El castrismo es un régimen seductor que convierte al turista en una dócil marioneta de sus embrujos».

Si fuese cierta la tesis de que el turismo estadounidense va a producir un cambio en la mentalidad de los cubanos, entonces habría que aceptar algo terrible: Cuba es un país apremiado de un colonialismo ideológico y de que ciudadanos extranjeros decidan su futuro.

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