¿UNA NUEVA GUERRA FRIA?

Foto de arriba: Xi Yinping

Por, Pat Buchanan*- © Patrick J. Buchanan.- Fuente: Versión castellana: Gaucho Malo.

Concluido en octubre el 19° congreso nacional del Partido Comunista Chino, es posible discernir cómo el premier Xi Yinping avizora el Nuevo Orden Mundial emergente.

Para 2049, centenario del triunfo de la Revolución Comunista, China se habrá convertido en la primera potencia de la tierra. Su ocupación y su humillación por Occidente y Japón en los siglos XIX y XX se habrán convertido en historia,  desagradable pero antigua. Los Estados Unidos habrán sido expulsados de Asia y del Pacífico occidental más allá de la segunda cadena de islas. Taiwan reintegrado a la patria, Corea del Sur y las Filipinas neutralizados, y Japón contenido. El reclamo chino sobre todo peñasco, arrecife o islote del mar del Sur de la China habrá sido reconocido por todos los que ahora se lo disputan. La estrategia del “Cinturón y la Ruta de la Seda” concebida por Xi  habrá incorporado el sur y el centro de Asia a la órbita de Beijing, y él mismo figurará en el Panteón junto al padre de la China comunista, Mao Zedong.

China ha rechazado la democracia a favor de un gobierno unipartidario que preside toda la vida política, económica, cultural y social. Y cuando uno ve a Europa despoblándose, estremecida por el separatismo, temerosa de una invasión de migrantes del Tercer Mundo, y a los Estados Unidos desgarrándose a sí mismos por cuestiones políticas e ideológicas, resulta claro que China debe aparecer a os ojos de las potencias ambiciosas y en ascenso como el modelo a imitar. Y, por cierto, ¿no le ha mostrado China al mundo que el autoritarismo puede ser compatible con un crecimiento nacional que supera por amplio margen al del Occidente democrático? En el último cuarto de siglo, gracias al nacionalismo económico y a un superavit comercial de cuatro billones de dólares [trillones, en inglés] con los Estados Unidos, China pudo exhibir tasas de crecimiento económico nunca vistas desde el siglo XIX norteamericano.

Pensemos lo que pensemos sobre los métodos de Xi, su visión debe resultar atractiva para un vasto número de jóvenes chinos que comprueban cómo su país desplaza a los Estados Unidos del lugar de primera potencia, y se convierte en la nación dominante sobre la tierra.

¿Y cuál es la visión de los Estados Unidos? ¿Cuál es la causa norteamericana en el siglo XXI? ¿Cuál es la misión y el objetivo que nos une y nos inspira y nos impulsa a seguir adelante?

Luego de la Segunda Guerra, la política exterior de los Estados Unidos le fue impuesta por las terribles realidades que dejó como saldo el conflicto: el brutal dominio estalinista sobre la Europa central y del este, y sobre buena parte de Asia. Bajo nueve presidentes, nuestra política consistió en contener al imperio soviético y evitar al mismo tiempo una guerra que habría destruido la civilización. Los norteamericanos entregaron millares de vidas en Corea y en Vietnam para sostener esa política.

Con el colapso del imperio soviético y la fragmentación de la URSS, hacia 1992 parecía que nuestra gran faena había terminado. Entonces florecería la democracia y sería abrazada por todos los pueblos y naciones avanzados.

Pero eso no ocurrió. El “fin de la historia” nunca se produjo. El Nuevo Orden Mundial de Bush I no perduró. La cruzada democrática de Bush II para poner fin a la tiranía en el mundo produjo desastres desde Libia hasta Afganistán. El autoritarismo está en ascenso y la democracia se repliega.

¿Están dispuestos los Estados Unidos a aceptar un mundo en el que China, con un crecimiento que duplica el nuestro, más unida y determinada, emerge como la potencia dominante? ¿Estamos dispuestos a aceptar un siglo chino? ¿O vamos a adoptar una política que asegure para los Estados Unidos el papel de potencia dominante en el mundo? ¿Tenemos lo que se necesita en términos de riqueza, poder, decisión y voluntad para conducir una Segunda Guerra Fría y contener a una China que, dejando de lado las armas estratégicas, es más poderosa y tiene mayor potencial que el que jamás tuvo la Unión Soviética?

Durante su gira por Asia, el presidente Trump habló del Indo-Pacífico, rótulo para la propuesta de que los Estados Unidos, Japón, Australia y la India constituyan el núcleo de una coalición tendiente a preservar el equilibrio de poder en Asia y contener la expansión de China. Sin embargo, antes de crear una especie de OTAN en Asia y el Pacífico para acorralar y contener a China en este siglo, tal como hicimos con la URSS en el siglo XX, necesitamos preguntarnos para qué.

¿Acaso China, incluso si supera a los Estados Unidos en términos de industria, tecnología y comercio, y se vuelve una potencia militar comparable, representa verdaderamente una amenaza para nosotros como lo era la Unión Soviética, al punto de que debamos considerar la posibilidad de una guerra para impedir su expansión en lugares como el mar del Sur de la China que no son vitales para los norteamericanos?
Aunque China es una gran potencia, también tiene grandes problemas. Es temida y rechazada por sus vecinos. Mantiene disputas territoriales con Rusia, la India, Vietnam, las Filipinas, Japón. La aquejan movimientos separatistas en el Tibet y en Xinyiang. El cristianismo va en aumento mientras que el Comunismo, la religión estatal, es una fe muerta. Más aún, el monopolio del poder del que ahora disfrutan el Partido Comunista y Xi Yinping significa que si las cosas se ponen feas, no hay a quién echarle la culpa.
Y por último, ¿por qué la contención de China en Asia debería ser responsabilidad de los Estados Unidos, que se encuentran a 12 husos horarios de distancia? Porque si bien China busca dominar Eurasia, no parece tener intenciones de amenazar los intereses vitales de los Estados Unidos. El comunismo chino parece ser una ideología tan desacreditada entre su propio pueblo que no podría intentar imponerla en Asia, o en el resto del mundo. Una vez más: ¿estamos los norteamericanos dispuestos a embarcarnos en una Segunda Guerra Fría? Y si lo estamos, ¿para qué?

* Ex asesor de los presidentes Richard Nixon, Gerald Ford y Ronald Reagan, aspirante a la presidencia de los Estados Unidos en 1992 y 1996.

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