UNA PAUSA PARA LA DEVOCIÓN

A la luz de la Teología de la Historia, consideraciones acerca de los rayos que se abatieron sobre la cúpula de San Pedro el 8 de junio de 2018

Por, Martín J. Viano-Correspondencia Romana

A lo largo de la Historia, Dios ha hablado a los hombres acerca de los acontecimientos futuros a través de los profetas, de los santos, de las apariciones de María Santísima y, en especial en Fátima (1917), cuando antes de la revolución bolchevique predijo que Rusia esparciría sus errores por el mundo pero que “Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará“.

Pero Dios también nos habla, sin duda alguna, a través de fenómenos de la naturaleza, muchas veces más difíciles de interpretar y que, en no pocas oportunidades, cuando no hay Profetas o Santos que expliquen a los hombres su sentido providencial, solo quedan completamente esclarecidos después del advenimiento de los acontecimientos.

Fenómenos de la naturaleza como el de los espectaculares rayos que el pasado 8 de junio se abatieron sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro dejándola totalmente a obscuras, cuyas fotografías realmente impactantes circularon en todas las redes y que invitan a una serena reflexión intentando indagar acerca de lo que Dios quiso manifestar a los hombres a través de un símbolo tan elocuente.

Tengamos en cuenta también para ello que no es la primera vez que ocurre este fenómeno y también consideremos -dato muy significativo- que la cúpula de San Pedro diseñada por Miguel Ángel es la más alta del mundo con sus 136,57 metros desde el suelo hasta la parte superior de la cruz externa y con un diámetro de 41,47 metros.

Debemos destacar que el relámpago es símbolo de teofanía (presencia de Dios), del poder de Dios que trasciende al hombre y llena el cosmos. (Cf. Ap. 11,19)

Hagamos entonces un poco de historia e intentemos responder a la pregunta de qué quiso Dios manifestar a los hombres con ese signo en este año de 2018.

11 de febrero de 2013, pocas horas después de la impactante renuncia de Benedicto XVI

Un rayo inesperado cayó sobre San Pedro el 11 de febrero de 2013 —fiesta de Nuestra Señora de Lourdes— pocas horas después que el Papa Benedicto XVI impactara al mundo con el anuncio de su dimisión.

Un italiano propietario de un café local comentó: “Todo tembló. Lo pude sentir en mis pulmones. Es como si el aire se hubiera suspendido por un momento”.

7 de octubre de 2016, fiesta de Nuestra Señora del Rosario

Roma tembló la mañana del 7 de octubre de 2016 cuando un fuerte rayo cayó sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro y la dejó a obscuras. Fue el día de Nuestra Señora del Rosario, fiesta instituida por el Papa San Pío V, aniversario de la victoria obtenida por la Armada cristiana en la Batalla naval de Lepanto (1571) contra los musulmanes por una espacialísima y milagrosa protección de la Madre de Dios.

8 de junio de 2018

Durante una tempestad de relámpagos en la noche de Roma, un rayo golpea la cúpula de San Pedro con su gran cruz de bronce y deja a la ciudad totalmente a obscuras.

Consideremos tan solo estas tres ocasiones en que un rayo se abatió sobre la cúpula de San Pedro y, sin pretensión ninguna de ser intérpretes de la Sabiduría Divina, intentemos leer estos signos, como simples fieles, con el auxilio de la gracia, para indagar su significado y el mensaje que contienen para los hombres de hoy.

Advertencia divina y llamado a la confianza inquebrantable en la promesa de que “las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia

A tomar estos tres momentos que son los más destacados por la prensa mundial -más allá de que las tormentas eléctricas en Roma hayan originado otros episodios análogos que no hemos visto puestos en realce- lo que nos viene al espíritu es que Dios parece haber querido advertirnos de que nuestra Fe sería puesta a prueba por las vicisitudes que enfrentaría la vida de la Iglesia con la renuncia de Benedicto XVI -“todo tembló” y la confusión que se le seguiría al punto que se pondrían en duda las nociones más elementales de nuestra Fe -la cúpula de San Pedro a obscuras-, pero al mismo tiempo animarnos, con el recuerdo de su milagrosa intercesión en la batalla de Lepanto, al rezo del Santo Rosario y a la oración confiante en la poderosa intercesión de María Santísima y en la promesa de que “las puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia” para que pronto, como lo prometió en Fátima, triunfe su Corazón Inmaculado en la Santa Iglesia y en el mundo entero.

Conclusión: recemos el Rosario todos los días por la conversión de los pecadores, la reparación de las ofensas a Dios y el triunfo del Corazón Inmaculado de María

Sea como fuera y sin pretender ser intérpretes de estos signos tan elocuentes de la naturaleza y de la Providencia Divina, sin duda alguna vivimos tiempos de mucha confusión, obscuridad y peligro para la Santa Iglesia y para los católicos del mundo entero. Razón por la cual, más allá de las lecturas que hagamos de los rayos que se abatieron sobre la cúpula de San Pedro, hagamos propicia estas circunstancias para concentrarnos en aquello que María Santísima insistentemente nos pidió en Fátima (1917): rezar el Rosario todos los días, con la intención de la conversión de los pecadores, la reparación de las ofensas a Dios y el triunfo de su Inmaculado Corazón en toda la tierra.

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