UNA PAUSA PARA LA DEVOCIÓN: UN RELATO CONMOVEDOR

Estoy en prisión en un pabellón para internos trabajadores, y desde que llegué me llevé bien con mis compañeros, excepto con Gustavo. Sin haber razón, él ni siquiera me saludaba. Al poco tiempo la antipatía se hizo mutua. Estas cosas en la cárcel terminan arreglándose con cuchillo en mano… sólo falta una excusa. Oré para que Dios mantuviese paz a mi alrededor.

Cuando el pastor comenzó a visitarme, hice evidente a los demás mi condición de cristiano. En una de sus visitas, el pastor me dio unas Biblias para que las obsequiara a los presos.

Una tarde, Gustavo se presentó a la puerta de mi celda. Ni siquiera me saludó. Me dijo con cara de pocos amigos: «¿Me puede regalar una Biblia?». Le dije que sí. Fui parco con él. Le obsequié la Palabra de Dios y le expliqué cómo hacer uso provechoso de ella. Tomó el libro y se fue a su celda sin decir palabra. Al día siguiente Gustavo volvió, desafiante, pero no traía un cuchillo, sino su Biblia. De nuevo se olvidó de saludar y me preguntó: «¿Me puede enseñar a rezar?».
Desde esa tarde, todos los días oro con mi hermano en Cristo y amigo, Gustavo.

Oración de hoy: Gracias, oh Dios, por tu Palabra liberadora. Amén.
Carlos Mezher Beruti- (Buenos Aíres, Argentina)
Fuente: El Aposento Alto

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