UNA TRISTE E IRREPETIBLE PESADILLA

Por Vicente P. Escobal

No comparto la idea de que en Cuba todo está perdido y que los cubanos vivirán eternamente sometidos a los salvajismos de una dictadura, como tampoco acepto la tesis de que los sueños de libertad, justicia y democracia constituyan una quimera inalcanzable para un pueblo que por más de 60 años no ha podido sacudirse el lastre de la indiferencia.

No es un secreto para nadie el hecho de que en Cuba se han subvertido numerosos valores que enaltecen a una sociedad y que la inmensa mayoría de sus habitantes viven espoleados por la necesidad de “resolver” el día a día sin una clara noción de lo que realmente necesitan.

No quiero entrar en los detalles de cómo fue posible que un pueblo abnegado, con una hermosa historia de emancipaciones tardías pero heroicas fue envuelto en la telaraña de un régimen totalitario, despótico, depredador y criminal porque son derivaciones de otras realidades y otras circunstancias tal vez menos perceptibles pero que están incrustadas en el alma y la conciencia nacionales.

El poder que domina   la sociedad cubana es una suerte de banda criminal que se proclama «liberadora”, “internacionalista» y «solidaria» que logró mediante artimañas ideológicas y propagandísticas asimilar a muchos de los que hoy denuncian pero que con su comportamiento ayudan a sustentarla.

Los cubanos – y esto es lo más lamentable – han perdido el sentido de la identidad nacional, viven inmersos en un espacio de temores, desconfianzas y rencores que paralizan cualquier tentativa liberadora. Temen al pasado porque le han inoculado la idea de que está plagado de impudicias, recelan del presente porque intuyen que algo anda mal pero no saben cómo repararlo y desconfían del futuro porque la palabra les resulta corrompida luego de seis décadas de argucias y manipulaciones.

Pero estas circunstancias salpicadas de dramatismo no significan que la liberación constituya una fantasía inalcanzable, una ilusión sin asidero alguno. En Cuba todavía existen reservas humanas extraordinarias que incluso los propios cubanos desconocen. El que no hayan aflorado no significa en modo alguno que no existan.

En la conciencia de la patria están presentes, a pesar de todo, los valores de la cultura democrática porque de no ser así ¿cómo se explica entonces que los cubanos que logran salir de la isla se adaptan fácilmente a esos valores y los asumen como propios, olvidando rápidamente la catástrofe que dejaron atrás? Este es un detalle que no se puede menospreciar.

En términos humanos sesenta años constituye un periodo demasiado prolongado, históricamente significa un grano de arena en la inmensidad del desierto. El trauma de las pasadas seis décadas será el obligado referente de la reconstrucción. Y esa reconstrucción no debe orientarse hacia la venganza, donde una fila de árboles en cuyas ramas cuelguen los cuerpos de los dictadores y sus cómplices anuncie al mundo que la barbarie continúa.

No espere el cubano la inaplazable solidaridad de otros pueblos. No espere nada mas allá de las declaraciones y las medidas económicas. Láncese el cubano a la conquista del porvenir utilizando los recursos de la imaginación y el ejemplo de otras naciones que echan a patadas a quienes los oprimen y atropellan.

Aprenda el cubano a ser la historia y entonces será libre. Descarte el cubano la conformidad, el miedo injustificado, la sensación de que todo este perdido. Y entonces será libre.

¿Cuál es la receta, la guía para la acción? No está escrita. Hay que improvisarla en la marcha. Que cada cubano la diseñe y rediseñe. Cambios se avizoran y el cubano lo sabe, pero no cambios para mejorar el sistema sino para extirparlo. Lo que importa es que la conciencia de la libertad no desmaye y que la dictadura sea una triste e irrepetible pesadilla.

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