Y, SIN EMBARGO, EL EMBARGO- PRIMERA PARTE

Por Vicente P. Escobal- Especial para Nuevo Acción 

La mayoría de los estudios socio-culturales elaborados durante los últimos años no han abordado con suficiente profundidad un fenómeno cuyas consecuencias probablemente constituyan un elemento sustancial a la hora de valorar el comportamiento de la sociedad cubana ante sus desventuras: la jocosidad, ese ingrediente insustituible en la conducta de los ciudadanos de la que otrora fuera conocida como la Mayor de las Antillas. Aún en los momentos más dramáticos el cubano encuentra recursos para narrar un chiste, esbozar una sonrisa y continuar adelante. Esta condición ha alcanzado su expresión más elevada en las pasadas seis décadas algo que explica, parcialmente, porque han logrado resistir tantos años de represión y destierro.

Y es justamente de esa circunstancia de donde ha surgido esta ingeniosa anécdota. Refieren que el diario Granma, órgano oficial del partido gobernante, tiene preparado un gran titular de primera página que anuncia: “NUEVA MANIOBRA DEL IMPERIALISMO YANKY: ABOLIDO EL BLOQUEO”. La genialidad subyacente en esta broma es irrefutable.

El embargo estadounidense a la dictadura cubana ha sido utilizado por los voceros del régimen como un factor recurrente a la hora de pasar revista a los acontecimientos derivados de su incompetencia y mediocridad. La política de Estados Unidos hacia ese régimen tiene en el embargo su principal instrumento. En su concepción original el embargo tuvo una connotación económica, hoy es un insustituible y poderoso instrumento de presión política.

Diferentes especialistas sin compromisos políticos con la dictadura, de una probada responsabilidad democrática, y que han estudiado las características de la economía cubana, aseguran que si Estados Unidos decide levantar el embargo cometería una fatal torpeza de dimensiones inimaginables. Muchos cubanos a ambos lados del Estrecho de la Florida comparten ese punto de vista.

El embargo –  defendido por Estados Unidos desde la soledad de un voto en la Organización de Naciones Unidas y otros foros internacionales – es un nítido mensaje de repudio a la barbarie castrista y una clara advertencia sobre la incompatibilidad de aquel sistema con los valores de la democracia.

Si aceptamos como válido que el fundamento político de la dictadura cubana está inspirado en las ideas marxistas-leninistas y que éstas son básicamente antidemocráticas, qué sentido tendría regalarle un certificado de buena conducta, complementado con un implícito reconocimiento a su destructivo paso por el escenario político, económico y social cubanos. Considerar que el embargo es injusto es admitir entonces que las atrocidades del castrismo merecen  justificación y olvido, es decir el ominoso borrón y cuenta nueva.

Y no se trata, bueno es reiterarlo, de preparar el terreno para ulteriores venganzas políticas y económicas. Se trata, sencillamente, de actuar con sensatez, decencia y transparencia.

A la dictadura cubana no le ha importado si Estados Unidos levanta o no el embargo. La cuestionable tesis de que el fin del embargo constituiría el fin de la dictadura presupone una miopía política incurable.

La economía cubana responde a un esquema centralista y autoritario, concebido por Castro a partir de su esquizofrénica interpretación del hombre, la naturaleza, la sociedad y la historia. Durante toda su vida, Castro anheló contar con la hostilidad de la nación más poderosa del planeta. El maquiavélico principio de que lograr un enemigo poderoso garantiza la victoria, encontró en Castro una dramática modernización.

El ingreso de Cuba al mercado internacional así como el rápido acceso a las principales fuentes generadoras de créditos no traerían aparejados el pleno bienestar de la sociedad cubana, sino que únicamente servirían para prolongar la permanencia de la dictadura en el poder que es igual a extender el suplicio de la nación.

Todos los argumentos en contra del embargo tienen una sórdida premisa. Las voces que dentro de Estados Unidos se han alzado pidiendo su levantamiento representan importantes intereses económicos que únicamente aspiran a la conquista de un mercado virgen, marcado por la peor crisis de su historia. Siendo así, ¿cuál es, entonces, la raíz ética de esos argumentos?

Aquellos que crean que la economía cubana se reanimaría con el fin del embargo y se pondrían al servicio del bien común las riquezas derivadas de esa decisión, quien sueñe con la idea de que el régimen democratizaría sus estructuras de poder, no conoce las intimidades de aquel sistema que necesita del enfrentamiento y de las crisis para mal sobrevivir. La normalidad no se ajusta a sus sombríos criterios.

Si como resultado de la ausencia de una adecuada higiene comunal surge en Cuba un brote de alguna enfermedad infecciosa, la propaganda castrista inmediatamente levanta su dedo acusador hacia Estados Unidos. Si la crisis alimentaria derivada de la poca creatividad y la incompetencia de las instituciones cubanas provoca la fatal neuropatía, la responsabilidad recae sobre la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Si por negligencia o abandono una incontenible plaga destruye las plantaciones cubanas, la culpa es del “malvado imperialismo yanqui”. Si una precaria embarcación se hunde en el Estrecho de la Florida y mueren todos sus ocupantes antes de alcanzar el sueño de pan y libertad, es la “asesina ley de ajuste cubano” la causante de la tragedia cuando en realidad debería achacársele a la asesina ley del desajuste cubano.

El pacífico pueblo estadounidense no debe – no puede – olvidar que Fidel Castro propuso al ex Primer Ministro soviético Nikita Kruschev un ataque nuclear al territorio de Estados Unidos en octubre de 1962 durante la llamada Crisis de los Misiles. El extenso abanico de “iniciativas” impulsadas por la dictadura con el ánimo de producir algún daño a Estados Unidos incluye la macabra intención de conducir a una crisis el sistema interamericano de desarrollo a través de una “huelga general de deudores”. En sus años de delirio y enajenación Fidel Castro celebró interminables reuniones en La Habana con representantes de diversos sectores latinoamericanos, convocándolos a una “guerra sin cuartel” contra la que él consideraba “la corriente neoliberal que recorría el planeta”.

Son conocidas las complicidades del castrismo con el terrorismo internacional. Cuba ha sido no solo santuario de reconocidos terroristas reclamados por la justicia, sino que además los ha entrenado y ofrecido apoyo de todo tipo. Lo que Castro no logró a través de las guerrillas y la desestabilización de la democracia en América Latina, sus seguidores del Foro de Sao Paolo y del avieso socialismo del siglo XXI lo consiguieron a través de las urnas.

En las actuales circunstancias un levantamiento del embargo no estimularía el tránsito hacia una sociedad democrática y desmentiría a todos los que han denunciado innumerables veces el clima de terror imperante en la Isla. Cuba atraviesa por un momento tremendamente trascendental. La crisis se agudiza aceleradamente, el régimen ya no tiene nada que ofrecer a la sociedad excepto hambre, represión, chantaje y manipulación. Entonces, ¿qué consecuencias práctica y moral tendría enviar a los defensores de la causa cubana señales de claudicación y desgaste? ¿Cuál sería la lógica de levantar el embargo y que más del 90 por ciento de la economía nacional continúe en manos de la dictadura? ¿Solucionaría el levantamiento del embargo la tragedia de las prisiones cubanas donde decenas de miles de mujeres y hombres permanecen confinados en condiciones aterradoras por el “delito” de disentir de la ideología oficial o haber transgredido alguna de las múltiples figuras delictivas contempladas en el vigente Código Penal, cuya arbitrariedad y ambigüedad han sido denunciadas internacionalmente? (Continuará)

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