“YETI”

por Esteban Fernández

Voy caminando por la calle Soparda, y en el portal de un edificio -antes de llegar a Beneficencia- estaba sentado un viejo en un sillón. Lo saludo y sigo mi camino. La escena se repite varias veces, hasta que un día me detengo e inicio una breve conversación con el anciano.

Me dijo: “Me llamo Julio Oya, soy hermano de Angelito, padre de Julito y tío de Chono”. Yo le respondí “Soy Estebita y soy hijo de Esteban Fernández Roig, el secretario de la Administración Auténtica del Ayuntamiento”. El viejo se sonrió y dijo: “Íntimo amigo mío”.

Ser íntimo amigo de mi padre era la mejor carta de presentación para ser ipso facto amigo mío. Y entonces paraba todos los días a darle palique a don Julio.

Nunca imaginé que ese coterráneo me daría el mejor de los regalos. Una mañana, al yo pasar por allí, me dijo: “Estebita, espérate, déjame enseñarte algo, mi perra tuvo un montón de cachorros y quiero que te lleves uno…” Como para demostrarme la alcurnia de los perritos me dijo orgulloso: “El padre es Tarzán el bóxer de Joaquín Domínguez el de la Viña Aragonesa”.

Me llevé una hembra, le di una coba a mis padres para que la aceptaran en la casa, y le puse “Yeti”, que era el nombre de la pantera roja de Taguarí, una serie radial que estaba de moda.

De ahí en lo adelante todo el que me conoció en esa época recordará que Yeti y yo éramos inseparables.  Yo salía en mi bicicleta y al lado iba Yeti, al principio yo tenía que arrastrarla con la cadena, después ella era la que me halaba a mí.

Alguien en el parquecito Martí me dijo: “Esa perra luce muy fea con las orejas caídas, debes cortárselas”. No me agradó la idea, pero como en la esquina de mi casa vivía el veterinario Carlos Fontanills, le  pedí que le cortara profesionalmente las orejas, pero me dijo que “él no hacía eso en su consulta”.

En mala hora me puse a averiguar quién podía cortarle las orejas y un amigo me dijo: “Muchacho, en el barrio de Leguina hay un hombre que se las corta perfectamente bien” y para allá llevé a Yeti, sin imaginarme que ese sería uno de los días más desagradables de mi vida.

Llegué a la casa del señor quien no tuve que decirle nada, ya él imagino inmediatamente lo que yo quería, llamó a cuatro vecinos que estaban jugando dominó en el próximo portal y entre los cinco atrabancaron a Yeti, le aguantaban las patas y el hocico, y el dueño de la casa cogió una cuchillita Gillette de un solo filo y comenzó a cortarle las orejas a mi perra.

Yeti aullaba, echaba espuma por la boca y yo tenía un ataque de histeria, lloraba, gritaba y trataba de arrancarle de las manos a los cinco tipos mi querida mascota.

Al fin terminó el suplicio, esta vez si que no le puse la cadena a Yeti, la cargué y la llevaba abrazada a mi pecho mientras conducía la bicicleta con una sola mano, mi pullover blanco estaba tinto en sangre. Parecía como si me hubieran dado una puñalada.

Me sentía triste, desolado y culpable, pero eso solo duró un par de días, porque me olvidé completamente de Yeti al coincidir con una gran tragedia que azotó a mi familia en pleno, parecía como si una bomba atómica había caído en mi hogar al fallecer el mejor y más distinguido de sus miembros: mi primo y padrino el alcalde Jaime Quintero Gómez. No solamente era un luto en mi casa sino en Güines entero.

Pasaron muchos días para que volviera a ponerle atención a mi Yeti. Fui a la carnicería de Joaquín “Quinito” Quintero y le compré un corazón de res entero. Era como un regalo, un desagravio, por lo mucho que la hice sufrir y por haber ignorado su dolor.

Al salir de Cuba me despedí de Yeti como si fuera un miembro más de la familia, y le dije como si ella me entendiera: “No te preocupes Yeti que yo vuelvo pronto.”

Cuando hablaba como mi madre por teléfono le pregunta invariablemente: “¿Cómo está Yeti, mami?” Ella decía: “Está en el portal esperándote, ella no ha querido poner una pata en la calle desde que te fuiste”.

Hasta un día en que recibí una carta de mi madre que me decía: “¿Te acuerdas que te dije que ella no salía nunca? Bueno, pues ayer de pronto salió disparada para la calle y la mató un carro, me pareció un suicidio…”

Me fui para el baño, donde nadie me viera, abrí la ducha, y estuve llorando muchísimo rato por Yeti.

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