YO SOY “SERAPIO”

En la foto: Esteban Fernández, cuando era “Alfredo-Serapio”, telegrafista del Venus

por Esteban Fernández

La primera sorpresa fue cuando el camagüeyano Rogelio Cisneros me presenta ante el dirigente de la Junta Revolucionaria Manuel Ray Rivero y le dice: “Mira, Manolo, este es ALFREDO, la delegación de California nos lo envía para integrarlo a la lucha armada que vamos a realizar”.

Yo lo miré completamente sorprendido, y cuando Ray se despidió después de estrecharme la mano le dije: “Sr. Rogelio, yo creo que usted se equivoca conmigo, yo soy Esteban Fernández”.

Se sonrió y me dijo: “Te llamabas, ahora eres Alfredo, ese es tu nombre de guerra”. Mi lógica fue que si caía preso en Cuba los castristas no sabrían quien yo era. Un error, los agentes castristas descubrirían y me sacarían en media hora quien yo era.

Era completamente al revés, si me presentaba como “Alfredo” (proveniente de Baracoa) y mis compañeros caían presos jamás podrían delatar mi verdadera identidad. En realidad, ni sabían quién yo era, ni que huevo me puso.

La segunda sorpresa fue dos meses después cuando al presentarme ante los ex combatientes del Escambray a estos no les pareció mi nombre “Alfredo” como suficientemente guajiro.  Y Vicente Méndez comenzó a llamarme “Serapio”, algo que me caía como una patada.

Hasta que, poco a poco, al irse Vicente convirtiendo en una leyenda, hasta llegar a ser unos de los más grande y valientes mártires que ha dado nuestra causa, yo fui aceptando hasta con cierto orgullo que a Vicente se le hubiera ocurrido “bautizarme” con ese nombrete.

Eso unido a que el hombre que verdaderamente nos dirigía y que yo admiraba enormemente -llamado Carlos Zárraga- comenzó a presentarme como “Este es mi hijo mayor Serapio Zárraga”… Eso logró que yo verdaderamente llegara firmemente a creerme completamente que yo era “Serapio”.

Desde luego, en la casa había una opositora ferviente a que nadie me llamara “Serapio”, la inolvidable Olga Cabarrocas la esposa de Zárraga. Olga, (quien un millón de veces más que Carlos llegó a considerarme otro hijo más) no solamente odiaba que me llamaran “Serapio” sino que estaba opuesta a que yo desembarcara en Cuba con los guajiros. E insistía en decirle a su esposo: “¡Ay, Carlos, pero él es un muchacho!”

Y cuando alguien se refería a mi como “Serapio” ella saltaba molesta y decía: “Él no se llama Serapio, él es Alfredo”.

El lío grande fue cuando al despedirme y venir para Los Ángeles le dije con cierta pena: “Olga, yo tampoco me llamo Alfredo, yo soy Esteban Fernández”. Se sintió ofendida, como si yo no hubiera confiado en ella, como una traición.

Muchos años después, al visitar a la familia Zárraga en el norte de California,  sorprendido noté que me llamaba “Serapio”, le dije: “No, Olga, por favor, llámame Alfredo, Esteban o como tú quieras, pero no me digas Serapio, tú no”.

Se rió y me dijo: “No, ese es mi castigo para ti, para mí tu eres Serapio, eternamente”.

Y hoy en día cuando escribo sobre la Jure, sobre el barco Venus, sobre nuestros esfuerzos bélicos, los viejos combatientes de esa época no me reconocen, no se acuerdan de mi hasta que les digo “Yo soy Serapio”.

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