ALEXIS Y SANDRO CASTRO: LA CONTINUIDAD CON MASTER CARD (CAPÍTULO 1 PRIMERA PARTE) “Y la Diosa Fortuna vació su cuerno de la abundancia sobre los hijos del César, y Zeus lo encontró bien…” Metelo Macédonico. Censor.

Por Carlos Ferrera

UN COLEGIO MAYOR EN UNA CASA ILUSTRE

Varadero en los últimos días de agosto de 1973.

Del porche de la antigua y célebre Casa Dupont, parten varios autos oficiales escoltando a una “bam” japonesa con chapa militar y cristales nublados.

Dentro viaja un taciturno adolescente llamado Alexis, con sus tres hermanos pequeños y su madre; una mujer rubia embarazada, de rostro hierático e inexpresivo.

Contando al nonato, los seis forman el núcleo duro de la familia más importante de la Cuba; son los hijos y la todavía amante en la sombra de Fidel Castro. La maestra trinitaria Dalia Soto del Valle regresa a La Habana con los Castro Soto, los niños príncipes de Cuba.

Fidel no suele estar en Varadero con sus hijos, cuando los envía allí de vacaciones. Quedan a cargo de su seguridad -y dependientes de sus caprichos-, los oficiales de la DI Juan Picornel y Solén Méndez, dos números de confianza de su escolta.

Con el tiempo, la familia del tirano crecerá tanto, que habrá que ampliar la plantilla de la Unidad de Seguridad Personal, cuyo jefe durante mucho tiempo será el sacrificado “Mayor Lorenzo”, último responsable de la seguridad de los cinco príncipes en el selecto balneario matancero.

La Casa Dupont (Foto que lustra este artículo) será el cuartel general de los hijos de Dalia en Varadero durante la niñez, y seguirá siéndolo después en sus vidas de adultos, hasta que Castro la convierta en el Restaurante Las Américas.

Mientras tanto se les podrá ver, ya de jovencitos, bajándose de coches de alta gama frente a La Bolera, junto a sus novias y amigos de la jet roja, en La Cueva del Pirata, o sobre la cubierta de alguno de los yates que atracan en la Marina Gaviota de Punta Francés, un paraíso náutico particular que tiene la familia Castro dentro de una base de Tropas Guardafronteras.

Allí en La Marina les esperará siempre solícito, Kike Finalé, otro oficial de la Seguridad Personal del Departamento Naval, e hijo huérfano de quien fuera uno de los buzos personales de Fidel. Kike es otro de sus hombres de confianza, porque además de mandar en La Marina, es quien cuida y conserva sus yates en Cayo Piedra, retiro privado del Dictador. Allí llevará Kike también alguna vez a sus hijos, aunque siempre con permiso y aviso previo.

La década del 70 está siendo, quizás, la menos mala económicamente para la revolución, y para sus doce millones de víctimas. No hay demasiados apagones; mal que bien, con suerte todavía un cubano puede alquilar una casa en Guanabo, y hay suficiente latería socialista en los mercados para echarle un calzo a la libreta de abastecimientos.

Por lo pronto el pueblo es menos infeliz de lo que será en las décadas siguientes.

Curiosamente Castro vive esta “calma social” aparente en medio de una tormentosa situación sentimental, que cada vez le es más difícil gestionar. También todavía vive -ya enferma mortalmente de un cáncer de pulmón -, su amante y compañera eterna de La Sierra y el llano, Celia Sánchez Manduley, a la que aún no ha dejado.

Pero también está en su vida, y estará para siempre, Dalia Soto del Valle; trinitaria y querida intocable, Reina Madre en la sombra de sus últimos hijos, desde los primeros días del triunfo.

Con ella Fidel tendrá, uno tras otro a sus cinco principitos. No es raro escuchar aún en los altos mentideros comunistas, que la muerte de la espiritista mayor de la revolución, se aceleró por culpa de este affaire continuado de Fidel con Dalia, ante sus ojos.

Volvamos al 73, a la camioneta japonesa donde viaja la familia rumbo a la residencia que ya el Dictador les ha asignado en La Habana; la celebérrima Punto Cero. Allí vivirá Dalia con su prole de varones, incluso hasta después de haberlos casado, por orden real. Hay espacio de sobra.

Alexis, el mayor, está a punto de cumplir 13 años, Alexander tiene 10, Antonio 4 y Alejandro solo 2. En el vientre de Dalia viaja Ángel, que nacerá al año siguiente y será el último Castro F1 de la saga, y el menos apegado a su padre.

Pero faltan muchos años aun para eso. Después de neutralizar al desconocido primogénito Jorge Ángel Castro Laborde, y al futuro suicida Fidelito Castro Díaz-Balart, -probables obstáculos de sus hijos en su camino al poder-, Dalia todavía tendrá que criar a sus cinco machangos. Y a ellos todavía les tocará convertirse en cinco tarambanas inútiles, y formar cinco familias llenas de hijos, casi todos tan simples y básicos como ellos.

Por lo pronto, aun son solo niños y han terminado sus vacaciones de verano. Los mayores deben regresar al colegio, muy a pesar de Alexander, que lo odia, pero es un respiro para el siempre enfadado y abatido Alexis, que anhela volver a clases y desprenderse de la responsabilidad de cuidar de sus hermanos.

Su padre les ha montado un colegio muy especial, solo para ellos…

SANTA BÁRBARA

En la foto: Dulce María y Flor Loynaz del Castillo

En la calle 212 esquina 31, del Reparto La Coronela de La Lisa, se alza la Quinta Santa Bárbara, domicilio mítico de Flor Loynaz del Castillo, hermana de Dulce, escritora máxima, e hija de Enrique, General de la Patria.

Prescindo, en contra de mis deseos, de extenderme aquí en la vida de Flor en Santa Bárbara, porque estoy terminando una crónica en su memoria que la describe con detalle. Pero dejaré algunos apuntes sobre el tema, que aportan luz al relato.

Santa Bárbara fue ideada por Flor en 1928, desde los cimientos hasta la última teja y levantada a todo tren para ser terminada en 1929 con su supervisión, casi enfermiza.

La escritora tenía muy claro cómo quería su caserón en La Lisa. Debía ser un palacete ecléctico de dos plantas, con el porte neoclásico de las grandes mansiones habaneras del momento, y un verde prado alrededor, poblado de esculturas hermosas.

Flor pensó en los vitrales, en la escalera con su armadura tártara, en la capilla -como tenía Dulce la suya en Calle E- y hasta en el famoso San Miguel Arcángel con el dragón de bronce, que no sé si hoy todavía decoran la vivienda.

Todo se lo hizo un marido, el arquitecto inglés Felipe Gardyn, que parece haber llegado a su vida, solo para construirle la casa de sus sueños. Tuvo que hacerlo casi con ella dentro, porque Flor no dejó de ir un solo día a chequear el avance de las obras.

La Quinta Santa Bárbara se terminó en un año, dominando la amplia parcela arbolada de hermosos jardines, en un predio caro de La Lisa; el barrio de La Coronela. Flor y Felipe acordaron bautizarla como “Santa Bárbara”, en homenaje a la deidad del panteón religioso nacional.

Dicen quienes la visitaron, cuando ya Felipe no estaba y aún Flor la vivía, que Santa Bárbara tenía una energía mágica y atrapante, porque la casa de Flor, era Flor misma en piedra. Allí recibirá a los intelectos brillantes de la época para animar sus famosas tertulias creativas, los coloquios de viernes y las divertidas y enriquecedoras lecturas.

Flor solo tiene 22 años, pero no es, como su hermana Dulce, mujer de quedarse hibernando eternamente tras los muros de una casa.

Su vida es más activa que la de cualquier chica de su edad. Tanto, que llega a militar en la extraña y belicosa formación opositora ABC, que en 1930 atenta en el puente de El Laguito contra el presidente del Senado y amigo de Machado, Clemente Vázquez Bello.

Vázquez Bello morirá finalmente a manos de un comando abecedario dos años después, pero nunca se encontró el automóvil Fiat/1930 desde el que le dispararon en el puente.

Lo tuvo Flor escondido durante meses en la azotea de Santa Bárbara.

No se supo nunca cómo pudo subirlo allí, pero lo cierto es que el automóvil era propiedad de su padre, y era ella quien lo conducía el día “de autos”. Poco hay que añadir a esta historia; el Fiat de Don Enrique se exhibe hoy en un museo cubano con uno de los tiros recibidos en la trifulca.

En marzo de ese mismo año, Santa Bárbara será, de todas las mansiones del clan Loynaz, la escogida por la familia para hospedar y agasajar a Federico García Lorca durante su estancia en La Habana.

Aunque el insigne granadino no dormirá allí todos los días, Flor lo recibirá y acogerá a cuerpo de rey. Se harán amigos para siempre, y el poeta español agradecido, le devolverá el gesto con un regalo insuperable: el manuscrito definitivo de “Yerma”, que la poetisa guardará celosamente desde entonces “en un lugar secreto” de Santa Bárbara.

Medio siglo después, ya consolidada la dictadura de Fidel y Flor viviendo en casa de su hermana Dulce, las cosas se complicarán para las Loynaz. En los años 80s, Flor tendrá que venderle el manuscrito a Patrimonio por una suma irrisoria, para que su hermana y ella puedan comer. De la “operación” se encargará la inefable funcionaria Martha Arjona, pero del manuscrito no se volverá a saber nada más.

Mientras tanto, Flor sigue preparando conversatorios y coloquios, planificando lecturas y celebrando ambigús literarios en Santa Bárbara. El escritor Luis García de la Torre, su amigo personal, en su libro “La Familia Loynaz y Cuba”, describe así esta extraña comunión entre la casa y su mística dueña:

“Aquellas reuniones eran el fruto de lo que su proceso mental había planificado minuciosamente para el disfrute en cada rincón de su Quinta. Todo era inexplicable y mágico. Flor, habitaba Santa Bárbara desde lo conocido y desde lo no, en su mundo particular y fecundo…”

En 1953, la poetisa tiene cuarenta y cinco años, y vive hace veinte en su hermosa quinta. Durante la visita de Luis Buñuel a La Habana, un director de cine mexicano se interesa en rodar una película en Santa Bárbara, basada en novela “Jardín”, de su hermana Dulce, y con María Félix como protagonista. Todos los implicados se afilan los dientes, menos la dueña de la casa.

Llega a producirse un encuentro entre Flor y María Bonita, pero el proyecto no prospera, “pues hubo una manifiesta incompatibilidad entre la todavía aun no “Doña” y la poetisa cubana”, explica De la Torre. No habrá, pues, filme mexicano con la Félix, porque a Flor se le ha cruzado la charrita.

No será hasta casi treinta años más tarde, que por fin el cine entre en Santa Bárbara de la mano de Tomás Gutiérrez Alea. La mansión de Flor parece -y será- la locación perfecta para rodar “Los Sobrevivientes”, una comedia negra inspirada en el cuento de Antonio Benítez Rojo, “Estatuas sepultadas”.

La espiritual y siempre extática Flor, convertirá el rodaje de Los Sobrevivientes en una experiencia surrealista. Uno de sus gatos preferidos morirá aplastado por un plafón del techo y Flor lo velará en su cama junto a todos los miembros del staff.
“Oficiará” el duelo de despedida el “sacerdote” Germán Pinelli, -inolvidable parkinsoniano Padre Orozco en la película- y se agruparán dolientes alrededor del lecho mortuorio, muy puestos en sus improvisados personajes. Llorarán al gato muerto Don Enrique Santiesteban, Carlos Ruiz de la Tejera, el propio Gutiérrez Alea y hasta el mismísimo Eusebio Leal. El historiador andante pronunciará un emotivo discurso de despedida al felino desdichado, solo interrumpido por el llanto de Flor…” cuenta García de la Torre en su libro.

“Habitaba entonces, sola, la enorme mansión, -dice el escritor-, vestida con una suerte de túnica griega y con el cabello cortado “a la motilona” (como si le hubieran colocado la mitad de un coco en el cráneo y afeitado el resto), fumando sus imponentes habanos y seguida por una multitud de perros y gatos”. En sus últimos días en la casa, Flor también escribía versos compulsivamente en las paredes…”(Continuará)

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