ALEXIS Y SANDRO CASTRO: LA CONTINUIDAD CON MASTER CARD (CAPÍTULO 1 SEGUNDA PARTE) “Y la Diosa Fortuna vació su cuerno de la abundancia sobre los hijos del César, y Zeus lo encontró bien…” Metelo Macédonico. Censor.

En la foto: Alexis Castro Soto con su esposa en Varadero

Por Carlos Ferrera

 Muchos años después de que Santa Bárbara pasara a manos del gobierno cubano, el historiador Alejandro González Acosta, logrará entrará allí a petición de Dulce María Loynaz, y con la maña y el cuidado minuciosos de un restaurador, levantará cada frágil corteza de pintura vinílica sobre la que “Beba” había escrito sus últimos poemas. El historiador, con mucho tino, entregará lo rescatado a Dulce. No tengo idea de a dónde fue a parar ese tesoro.

No sabía tampoco la noble y brillante poetisa, finalmente fallecida a la vera de su inalcanzable hermana, el 22 de junio de 1985, que su casa sería la más importante institución escolar de la corte comunista que las castigó y abocó a ambas al ostracismo.

Fidel montó una escuela especial en su hermosa mansión ecléctica. El colegio de niños ricos comunistas, que había ideado para sus propios hijos…

SANTA BÁRBARA: ESCUELA DE SÁTRAPAS

A principios de los años 70, repentinamente un niño habanero superdotado, pero nacido pobre en el lejano Santiago de Las Vegas, podía recibir allí en su pueblo una carta del MINED, anunciándole que había sido escogido para estudiar en la mejor escuela de Cuba, junto a otros niños tan especiales como él.

Aunque era literalmente obligado a desarraigarse de su lugar de origen a muy corta edad, y a abandonar a su familia y sus amigos, el niño, -y también sus padres-, quedaban muy sorprendidos, y por supuesto, agradecidos, ante ese inesperado “regalo de la revolución”.

Y mucho más se asombraban, pasada la primera semana de clases, cuando el joven estudiante regresaba a casa, contando que sus compañeros de pupitre se llamaban Déborah, Nilsa, Celia Haydée o Alexis, y se apellidaban Montané Oropesa, Santamaría o Castro. Eran los hijos de toda la plana mayor del gobierno cubano.

Fidel había convertido la finca de Flor Loynaz en un colegio especial para los infantes ilustres de la revolución, que no envidiaba nada a un colegio privado de alto standing de cualquier parte del mundo. Era la Escuela de Formación de Cuadros Pioneriles “Esteban Hernández”, puede decirse que el primer Colegio Mayor Comunista de Cuba.

El claustro de profesores de la “Esteban Hernández”, había sido escogido entre los mejores docentes de la Isla y aunque el colegio tenía una “dirección nominal”, Castro puso a su mujer de “supervisora”.

Finalmente, en la “Esteban Hernández” (después rebautizada como “Victorias del Socialismo”) no volaba ni una mosca sin el consentimiento de la rubia del Lada rojo, Dalia Soto, verdadera rectora de la institución.

El alumnado, además de componerse de vástagos de próceres y de “martiritos”, militares y civiles, o hijos de miembros eminentes del Partido y del Gobierno, se complementaba cada año con una cuota de niños inteligentes, humildes y anónimos, “hijos de nadie”.

Por supuesto, ya sus padres y ellos habían sido previamente investigados con todo el rigor imaginable.

No estaban allí, solo por sus excepcionales dotes intelectuales. Eran pequeños “actores”, necesarios para elevar el nivel de excelencia del centro de estudios, y al mismo tiempo dar un toque de “normalidad de a pie” al selecto ambiente estudiantil de sus distinguidos compañeros, que les permitía a los jóvenes “no perder el contacto con la calle”.

Los estudiantes “hijos de nadie” de la Esteban Hernández, formaban parte del lujoso regalo que Castro hizo a sus hijos, y a los hijos de sus compinches.

Durante medio siglo, Fidel preconizó la grandeza del sistema educativo cubano, pero ni él ni su camarilla enviaron a sus hijos a las escuelas públicas a las que iba el resto de los niños cubanos. Todos estudiaron una educación primaria y secundaria paralela, con más y mejores medios e infinita mejor calidad.

Desde 1960, en Cuba existen otros colegios privados a los que envían a sus hijos los funcionarios extranjeros del personal diplomático destacado en La Habana.

Los diplomáticos no quieren que sus nenes aprendan de la cartilla del MINED, y por eso Castro les da la opción de enviarlos a escuelas privadas de la Isla, a las que van también hijos de algunos cubanos acomodados con otra ciudadanía, cuyos padres pueden permitirse pagar las altas cuotas de matrícula.

Un ejemplo es la ya emblemática International School of Havana (foto de arriba y logo a la izquierda)  acreditada por el Council of International School (CIS) y la Asociación de Nueva Inglaterra. Desde el año 1965, este colegio “especial” oferta clases de pago a cubanos y extranjeros, de prescolar a bachillerato, y desde los $3,780 dólares hasta los $11,556 que valen las matrículas de los grados 11 y 12.

Pero a los burguesitos del terror, estudiar en la Esteban López les salía totalmente gratis, y tras terminar la educación media, se iban todos en masa a estudiar al extranjero, gracias a becas convenientemente facilitadas por sus padres y sin que este “estímulo” guardara ninguna relación con sus resultados académicos.

Así que, a lo largo de sus vidas, los hijos del poder no le han dispensado ni siquiera un saludo al sistema educativo que sus padres dejaron para el resto de los infantes cubanos. Hoy, ya en estado casi terminal, Cuba continúa vendiendo al mundo su maltrecha educación pública, como si fuera la panacea.

LA “ESTEBAN HERNÁNDEZ”: COLEGIO MAYOR COMUNISTA

Probablemente algunos de mis lectores tuvieron la suerte de estudiar en la Esteban Hernández. Quizás entonces recuerden a Olga, la cocinera rusa amante de Raúl Valdés Vivó, o al perfumado Domingo, el afable chofer del autobús escolar muy querido por los niños.

El colegio estaba muy cerca de la Escuela de Ciencias Médicas de Girón y del recién inaugurado Palacio de las Convenciones. También del Centro de Recreación de Oficiales de la desintegrada DGOE, de la DI, y DIE. La Coronela era un emplazamiento sensible.

Así que algunos niños “pobres” con domicilios muy lejos de la zona, no habrían tenido como venir ni volver a sus casas, de no haber sido por Domingo, que los buscaba y los devolvía cada fin de semana a sus padres.

Jorge Ignacio Pérez, hoy experimentado periodista de Radio Martí, pero entonces uno de los suertudos niños “del montón” que pudieron estudiar en la “Esteban Hernández” junto a los hijos de Fidel, describe así su extraña experiencia escolar:

“Desde afuera, en la rotonda de La Muñeca, no se veía absolutamente nada, sólo una cerca muy extensa forrada por dentro con plantas de areca. Allí me asignaron una taquilla, una preciosa profesora de ruso, un maestro de natación, otro de carpintería, otro de huerto escolar, otro de matemáticas, geografía y asignaturas básicas, un instructor de judo y una dietista personal.

El jardinero era el mismo que limpiaba la piscina; apenas hablaba con nadie, pero al menos yo, le tenía miedo. Sabía que llevaba una pistola debajo de la camisa. Fue la primera observación que hice el primer día en que me llevaron a ese lugar. Para mí no era una escuela, sino un centro especial, nada más. Un recinto apacible, eso sí, pero riguroso porque nos obligaban a dormir las siestas con música indirecta, bajita de decibelios, que salía de unos altavoces de madera clavados en el techo.

El maestro y guía del grupo se llamaba Dagoberto. Era un tipo trigueño –moreno de piel- con rostro duro y nariz prominente. Durante el tiempo en que estuve allí –nueve meses- continué observándolo porque tenía actitud de llevar pistola y, sin embargo, usaba la camisa por dentro.

Entre los veintitantos alumnos, había un rubio a mi lado que se llamaba Antonio. Éste era tranquilo, no era el que más sobresalía, pero me llamó la atención que no subiera al autobús nunca. Mientras esperábamos a Domingo, aparecía un Lada rojo de último modelo conducido por una mujer relativamente joven, alta, recta y también misteriosa. Antonio subía al auto y se marchaba antes que nosotros. Yo lo seguía con la vista igual que al profesor Dagoberto. Muy cerca, el autobús se detenía otra vez para recoger a una niña delgadita y muy buena, trigueñita, que se llamaba Celia Haydée. Ella y yo nos sentábamos juntos en el autobús, pero no en el aula. A Celia Haydée no le daban judo como a los varones. Pero idioma ruso y piscina sí”.

La experiencia de Jorge en la Esteban Hernández, terminó abrupta y violentamente, como los sueños:

“Cuando terminamos el último curso, Antonio y Celia Haydée, fueron dirigidos a otras escuelas especiales de enseñanza media, pero a mí me llevaron a la Gilberto Arocha, una escuela en el campo en el Güines rural, de donde mi madre me tuvo que sacar al poco tiempo, porque casi me matan con un golpe en la cabeza con un rodillo de limpieza. Allí había niños delincuentes cuya afición era pelearse a puñetazos con otros niños, aleatoriamente…”.

Era la otra cara de la educación cubana, que nunca vivieron, ni vieron, los hijos de Dalia. Al terminar noveno grado, casi todos sus príncipes pasaron casi automáticamente a la Escuela Vocacional “Vladimir Ilich Lenin”.

Pero a los Castro Soto no les interesaba nada estudiar.

LOS CASTRO SOTO: ÑAMES EN GENERAL

Menos el taciturno Alexis (foto de arriba)-tampoco una lumbrera-, el resto de los hijos de Fidel y Dalia apuntaban a ser perfectos inútiles.

A Alexis al menos le dio el coco para recibirse malamente de ingeniero en Telecomunicaciones, pero el comandante tuvo que agarrar por los huevos a Antonio para que terminara Medicina, porque El Dandy a sus 20 años era un niñato manirroto, mujeriego y creído, con un afán de protagonismo social que no tenía ninguno de sus hermanos.

Fidel lo obligó a hacerse cirujano ortopédico, y llegó a traerle famosos profesores de cirugía de los Estados Unidos, para que “practicara” en Cuba. Después lo metió con calzador como médico titular del equipo nacional de béisbol.

También Agapito tuvo que ponerse feo con el inestable y “vacilón” Alexander (El Fotógrafo) para que terminara una Ingeniería Electroquímica que jamás ejerció. Lo suyo era el artisteo y un oficio con swing que le permitiera relacionarse y hacer lo que le gustaba. Por eso papá lo dejó hacerse camarógrafo de la Televisión Cubana, fotorreportero de la prensa oficialista y fotógrafo privado de él mismo. Deseo cumplido.

Alejandro tampoco se quemó mucho las pestañas; también se graduó de Licenciado en Bibliotecología, para colgar el título, y trabaja de técnico en computadoras,.

Finalmente Angel, el benjamín, consiguió engañar a su padre. Comenzó la carrera de Diseño y Construcción de Maquinarias en la CUJAE, pero no le daba el coco y tuvo que abandonar. Le gustaba el mecaniqueo y Fidel lo metió a trabajar de mecánico en el famoso “Taller 1” de sus servicios de seguridad personal. Sin embargo, dicen que Ángel tiene cierto encanto que le ha permitido salir de trastear debajo de un coche, y ponerse el saco de representante de la Mercedes Benz en Cuba.

Fidel Castro no tuvo mucha suerte con la mayoría de los hijos y nietos que le dio Dalia. Ninguno consiguió destacar en su profesión u oficio, más allá de los empleos a dedo de que han disfrutado desde que tienen edad laboral.

Pero de los cinco, quien menos brilla en su profesión, y en su vida, a pesar de ser el único que obedeció en todo a su padre, es Alexis Castro Soto. El gris primogénito de Dalia ha terminado sin oficio, aunque no han mermado nunca sus beneficios.

De Alexis encontrarán muy poco en Internet, porque al contrario de sus cuatro hermanos, ha adoptado un perfil bajo y tiene un miedo escénico atroz.

Quizás por esto sigue siendo fácilmente manipulable por su madre, con la que aun vive, y lo supera el comportamiento descarado de su único hijo, el último Castro que ahora está en boga: Sandro Castro Arteaga, un bisnero comunista de amplio espectro que merece que le demos de comer aparte, porque amenaza con superar a todos sus parientes en el recholateo de la revolución.

Alexis y Sandro son dos polos opuestos de la misma pila sulfatada. Nos ocuparemos de ambos en el Capítulo 2, y final. (CONTINUARÁ)

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