ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA PARTIDOCRACIA. “Pensando engañado, que es un dulce juego das vuelta la noria, caballito ciego. Caballito ciego, ¡qué engañado estás!; ¡Ah, si tú supieras que no lo hallarás!”- José Pedroni

PARTIDOCRACIA

Por, Héctor Daniel Aldao-Cabildo

Si quisiéramos empezar bien este sencillo escrito debiéramos hacerlo remitiendo a los que saben. Seguro que están en las mejores y honestas librerías, así como las bibliotecas, abarrotadas de obras tratando eruditamente este tema menor. Así lo llamo porque lejos está la partidocracia de la verdadera política, término que ha sido bastardeado o vaciado de su superior contenido, con fines espurios.

Pero estamos hablando de cosas diametralmente opuestas; política es la del servicio al bien común; partidocracia, la del negocio; las dos no pueden cohabitar; la una morirá en la otra, por ese principio según el cual entre lo malo y lo bueno sufre lo segundo. Para la política, en cambio, los maestros, desde la antigüedad, siguiendo todos ellos un hilo conductor, nos la han definido, perfeccionado y presentado como baluarte para aquellos hombres de bien que rehuyen de la segunda: la partidocracia.

La partidocracia es más propia del hombre víctima de la feroz publicidad que de ella se hace para imponerla y sostenerla, a pesar de que este hombre común la sabe patológica, cuando no, un remedio dulce al tomar y amargo al tragar; o el peor negocio: aquel en el cual uno elige ser estafado ex profeso al ingresar al salón donde se hallan los sucios escaparates del producto a comprar.

En este momento en que se han exacerbado las pasiones de partido (empezando por los deportivos) le basta a ese hombre común, presionado o intimidado por este sistema, tomar partido por lo que fuere. Ya lo decía el viejo tema de Pedro Aznar: “elegí, nada importa sólo elegí”; tan repetido incansablemente hasta haber penetrado en nuestras seseras y sentirnos ogros si no lo hacemos.

Lógicamente que este sistema no se mantiene solo; necesita un ejército muy bien adiestrado con años de preparación (sobre todo en psicología y marketing), específicamente incluso, un ejército llegado desde afuera, vulnerando nuestra idiosincrasia ancestral y genuina. La partidocracia, como otros males, es un producto importado. Al llegar a estas costas se contaminó de todo lo malo que encontró a su paso.

La partidocracia o la tiranía de los partidos tiene sus metas propias, sus objetivos propios y sus medios propios que distan totalmente de los intereses reales de este hombre de a pie; no tenemos nada en común con este sistema. Al contrario, saca lo peor de nosotros porque ella no conoce de virtudes sino simplemente de despropósitos.

Basta con volver la mirada hoy hacia sus principales protagonistas, que no hacen otra cosa más que mostrarse impúdicamente contando dinero sucio en sus cuevas. Son tantos los hechos perversos que están a la vista, que uno sobrepasa al otro. La partidocracia, en resumen, se devora las mejores voluntades; aquellas que queriendo inmolarse por el bien común son inmoladas pero no como víctimas sino, al mejor estilo mafioso, como victimarios.

Nuestra enemistad con la partidocracia no es caprichosa, es porque ella va contra el sentido común; aquel que aún se resiste a ser derrocado. Ella se ha encargado de ir construyendo, con el correr del tiempo, sus propios males. Hasta mostrarse tal cual es: una obscena imagen repetida, corregida y aumentada desde hace mucho más de un siglo.

Todo ha pasado ya pero aún falta lo peor. Esta receta ya ha sido degustada por otras regiones y los resultados han sido los mismos; los que decía Gramsci en sus Cuadernos: la gran revolución. La de anular el sentido común. Así estamos. Este sistema al decir de Castellani es un esqueleto andante y pútrido, con quien sólo se puede contraer “náuseas”, y nadie que yo sepa en su sano juicio quiere ésto.

La democracia en todas sus facetas: plutocracia, cleptocracia, dedocracia, partidocracia, oclocracia etc. no es venida del cielo. No; la han hecho hombres y hombres de carne y hueso como nosotros, los mortales, pero con una particularidad: quieren repartirse el botín. Para ellos, la suntuosidad y el escándalo son moneda corriente.

Pero cuál será el secreto para intervenir partidocráticamente. No hay secretos en la partidocracia; es puramente el azar. El azar controlado como en la mejor ruleta del mundo; no hay ciencia, la ciencia es el engaño, la trampa, el dolo y la mentira. Hay sí, como en una falsa religión, el cumplimiento de todos los pecados y la obligación de que sus “sacerdotes” sean los que den el “ejemplo”; esto es, que cometan todos los pecados que sean necesarios cometer para que la gran farsa de echar los votos siga en pie.

Esto es esencialmente lo que nos está negado. Nosotros no debemos comer las peras de aquel centenario olmo “al que hicieron ceder a la tentación de un viejo reclamo”. No seamos cándidos; conocemos los resultados. Sólo tenemos nuestra ejemplaridad, silente por momentos, pero en otros saliendo filosamente al cruce y denunciando a los enemigos verdaderos; a los externos y a sus cómplices internos; a aquellos que no han hecho más que burlarse de todas nuestras instituciones, empezando por la familia.

¿Qué es lo que hay que hacer? Aquello que decía un poeta español de la Cruzada nos es aplicable: “mientras España exista, y rece y jure en español su credo, siempre habrá en Somosierra un falangista, un requeté en Navarra o un cadete en Toledo”. Esto es: resistir. Para que no nos pase lo que entona esta elegía:

“Este es el pueblo argentino el de los tristes destinos-El que lo ha tenido y el que todo lo ha perdido- El que forjó una leyenda de martirios y heroísmo-Y al repartir los laureles no se acordó de sí mismo”.

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