ALGUNOS DE MI RECUERDOS DE LA NOCHEBUENA EN CUBA. Los recuerdos de Las Nochebuenas, Las Navidades, Año Nuevo y Día de Reyes de mi niñez y adolescencia están entre los recuerdos más felices de mi vida.

Por Pedro Pablo Arencibia- Baracutey Cubano

¡Qué entusiamo! ¡qué alegría!
¡Qué fiesta santa y amena!
Falta lo mejor: la cena;
¡La gran cena de este día!

De la mesa en derredor

Donde todo se concilia,

Está toda la familia

Llena de dicha y amor.

¡Oh delicia de esta cena!

¡Oh familia venturosa!

¡Noche alegre!  ¡Noche hermosa!

¡Noche santa!   ¡Noche buena!

Estrofas tomadas de  la poesía Noche Buena*

de  Juan de Dios Peza

El preámbulo a esas fechas lo eran, para mi alegría,  las blancas ¨flores de aguinaldo¨, pues en la entonces nueva urbanización donde mi padre construyó nuestras casas (construyó dos en diferentes etapas debido al crecimiento de la familia) en los años 50 del siglo XX, habían unos solares yermos donde  con la llegada del invierno florecían esas campanillas blancas que en un libro de lectura para la escuela primaria,  escrito si mal no recuerdo  por el Dr. Carlos de la Torre y Huerta, llamaban  la nieve de los campos de Cuba. Los villancicos en la escuela pública,  en la televisión y en la radio,   así como los anuncios navideños y los arbolitos de Navidad con sus nacimientos,  eran   junto con  el relativo frio del invierno cubano un marco ideal e inolvidable para disfrutar de la  magia  de las festividades navideñas, cuya razón de ser es Cristo.

En nuestras casas siempre,  antes y después de 1959, se celebró La Nochebuena de manera abierta y sin ninguna ¨escondedera¨ cómo  nunca tampoco se escondió el Corazón de Jesús  ni la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre;   hasta la estatua de la Santa Bárbara siempre estuvo en su castillo mirando  para la calle en nuestra casa en el reparto habanero nada exclusivo de El Calvario.  Sin embargo,  a  la Nochebuena no le dábamos un significado religioso, aunque lo conocíamos. La Nochebuena  para nuestra familia (como para la gran mayoría de las familias cubanas) representaba la gran cena anual  de la unión y la reunión familiar de nuestra familia  en cuya mesa un lechón asado, matado y adobado en casa,  no podía faltar, así como el potaje de frijoles negros, la yuca con mojo, plátanos maduros fritos, tostones, la ensalada de lechuga y tomates,  los diferentes turrones españoles y cubanos, las nueces, las avellanas,  los dátiles y higos así como  los exquisitos dulces de cascos de guayaba y de naranja agria, el dulce de coco rallado, los buñuelos de yuca, etc. que preparaba  mi madre,   todo esto acompañado de agua, vinos, refrescos y alguna que otra cerveza sólo para los mayores,  pues en la casa no se tomaban, salvo en fechas excepcionales como esa, bebidas alcohólicas,  las cuales se tomaban en  cantidades muy moderadas. También en la mesa estaban presentes latas de conservas en almíbar de mitades de pera,  de  melocotón y  de coctel de frutas, todas procedentes de Estados Unidos.

Una Nochebuena muy especial fue la celebrada en 1957 en la residencia que mi tio materno Ramón  le  diseñó, construyó y regaló (con un auto Chevrolet de 1953 en el garaje) a mis abuelos y  a sus hermanas solteras en la incipiente urbanización de clase media llamada Ciudad Jardín; urbanización frustrada y venida a menos después de 1959. Mi tío Ramón, uno de los ocho hijos de mi abuelo sastre con mi abuela,  había sido  un ¨guajirito¨ mulato de Unión de Reyes, Matanzas,  que se ganó una beca para estudiar en la Escuela de Artes y Oficios localizada en La Habana y después, trabajando y estudiando, se hizo arquitecto en la Universidad de La Habana;  su  ejemplo de superación y prosperidad no era un caso excepcional en la tan vilipendiada República de Cuba anterior al fatídico 1959, en la cual con esfuerzos, sacrificios y  perseverancia para lograr un bien definido objetivo en la vida se podía salir adelante y alto en la vida personal y social. En esa pletórica Nochebuena todos los hijos e hijas, yernos, nueras y  nietos de mis abuelos nos reunimos a cenar improvisando y uniendo varias ¨mesas¨ y dividiendo a los comensales en dos tandas: en la primera tanda cenamos los niños y en la segunda  los mayores. Los niños no nos dábamos cuenta que éramos dichosos como nunca más lo fuimos  en la vida,  pues todos nuestros seres queridos conocidos estaban  vivos y, para mayor felicidad, reunidos físicamente.

Muy distinta esa Nochebuena a la de 1982 ó 1983  en la que  dos o tres días antes de esa fecha yo llevé  desde Pinar del Río, provincia donde yo residía,   en un viaje de ¨llega y vira¨  un gran pernil de puerco para la casa de mis padres en La Habana sin que afortunadamente  la Policía Nacional Revolucionaria parara  el carro del ¨botero¨ en que yo  lo llevaba,  pues estaban  registrando y decomisando toda la carne de cerdo  que fuera para La Habana. En esa ocasión mi madre un tanto triste y apenada me preguntó cuando yo le entregué la carne: Pedro ¿Puedo enviarle un pedazo a tus tías?  Yo le respondí: ¡Claro que sí Mima, lo que tú quieras!; fue su última Nochebuena en Cuba.

No deseo  terminar este escrito sin señalar que el 24 de diciembre de 1969,  es decir: el día de Nochebuena de ese año, en el restaurant El Cochinito, restaurant  especializado en platos con carne de puerco  y  localizado en la famosa y céntrica calle 23 de  El Vedado, lo que se les ofreció  ese día a todos los comensales fue BACALAO. Señalo y enfatizo, para que se entienda en toda su magnitud lo inmediatamente antes señalado, que en aquella época ya todos los restaurantes, cafeterías, etc.   tenían un sólo dueño: la tiranía Castrista,  ladrona de haciendas, sueños… ¡ y  VIDAS de todo un pueblo!

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