CÁTEDRA DE POLÍTICA: ATILIO GARCÍA MELLID. Fragmento de Conferencia de Federico Gastٔón Addisi

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Nota de Aldo Rosado-Tuero: Tuve la inmensa dicha de conocer a Atilio García Mellid, en su época de exiliado en Uruguay, a finales de la década del sesenta del pasado Siglo y mantener correspondencia y relaciones con él. Aún conservo un ajado ejemplar de su libro “Revolución nacional o comunismo”(Foto grande de arriba)—uno de los pocos que se salvaron, aunque un poco mojados, del desastre del Huracán Andrew, que destrozó mi finca en los Redlands de Miami—en el que profetizaba el fin y la desaparición de la cortina de hierro. Hoy brindo a los lectores de Nuevo Acción, este fragmento de la conferencia de Federico Gastón Addisi sobre este visionario nacionalista que fue Atilio García Mellid.

federicogastonaddisiPor Federico Gastón Addisi

En la conferencia del día de hoy me voy a referir a un pensador nacional polémico. ¿Su nombre? Atilio García Mellid.

Y digo que es un pensador polémico porque, a juicio de quien les habla, el centro medular de su pensamiento, plasmado fundamentalmente en su labor historiográfica –aunque para ajustarse más a la realidad debería decir política-historiográfica – es ni más ni menos que el protagonismo del pueblo como el centro de la Historia. Y esta simple y sencilla idea ya lo convierte en un hombre polémico tanto para los historiadores liberales que a lo largo de sus publicaciones escamotearon este protagonismo tras el tristemente famoso latiguillo de “civilización o barbarie” a través del cual invirtieron el significado de las palabras, toda vez que para ellos era bárbaro el gaucho, el criollo, el que pensaba y vivía en nacional, como producto de nuestra tierra, y civilización en cambio, era el unitario, el ilustrado que pensaba y vivía a la europea, queriendo reemplazar nuestra realidad por un modelo exterior, o en palabras del propio Mellid: “Bárbaro era cuanto se alineaba en la defensa de lo nacional, en la causa de la justicia para el pueblo”. (GARCÍA MELLID, Atilio, Montoneras y caudillos en la Historia Argentina, Buenos Aires, EUDEBA, 1985 p. 27).

…La cuarta obra que comentaré, corresponde al año 1967, y su nombre es “Revolución nacional o comunismo”. Si al comenzar la conferencia señale que García Mellid fue un pensador polémico, este libro constituye a mi entender, el que más polvareda levanta. Por empezar hay que decir que no se trata de un libro de historia sino que es una obra eminentemente política. En la misma el autor hace un análisis de la doctrina marxista y las distintas mutaciones que fue sufriendo hasta llegar a su intento de mimetización con lo nacional, tratando de infiltrarse en los movimientos nacionales y cómo, en definitiva esto constituye la prueba de la derrota del comunismo. Analiza; desde la infiltración en la Iglesia, a través de la “Teología de la liberación”; hasta la creación en Europa de las democracias cristianas plagadas de marxismo lavado; pasando por el fenómeno del panarabismo y panafricanismo; y el intento de la llamada “izquierda nacional” por copar el peronismo. De esta obra citaré sólo algunos de los párrafos más “jugosos” como para que todos uds se queden pensando y reflexionando sobre las ideas vertidas. Decía Mellid sobre el materialismo: “Las teorías que se asientan sobre la realidad existencial de los valores utilitarios, sin profundizar las corrientes soterráneas en que se generan los valores idealistas del ser, pasarán, junto con la ola de hedonismo que las provoca, sin dejar huella en las hondas vivencias de la historia. Este es el destino próximo del capitalismo y de su progenitor, el liberalismo económico; también lo es el de las perversas alienaciones del intelecto, llamadas socialismo, marxismo, comunismo, sovietismo o chinoísmo. El devenir histórico no puede construirse sobre la fragilidad de esquemas unilaterales ni de extraviadas interpretaciones”. (GARCIA MELLID, Atilio, Revolución nacional o comunismo, Bs As, Theoría, 1967, p. 12).

Acerca del marxismo apuntaba: “El fracaso del materialismo histórico resultaba claro, todavía en vida de Engels. Muerto Marx en 1833, Engels empezó a descubrir muchas de las insuficiencias y errores que la doctrina contenía […] Engels se creyó obligado a declarar <Cuando falseando nuestra doctrina se nos hace decir que el factor económico es el único decisivo, se nos atribuye una opinión absurda y abstracta> […]” Marcando lúcidamente las diferencias entre el “Tercer Mundo” y la Tercera Posición de Perón, García Mellid distinguía: “Congelados los bloques en pugna –el capitalista y el comunista-, rápidamente comprendió el marxismo que su mayor capacidad de maniobra le permitiría aprovechar en su beneficio la indefinición e ingenuidad de los llamados <países no alineados> […] Todo consistía en alentar una supuesta política no comprometida, infiltrando en los cuadros vagas promesas de emancipación, consistentes en el <anticolonialismo>, el <nacionalismo tribal>, la <democracia de color>, y el <realismo socialista> […] Esta no era por cierto la tercera posición que un presidente argentino –el General Juan Perón- propició en 1947. Su sentido coherente estaba dado por los valores espirituales –católicos, latinos, hispánicos- que la inspiraban. Su radical oposición a los dos imperialismos en conflicto surgía naturalmente de sus propios enunciados. La proposición, lanzada el 6 de julio de 1947, abogaba por <el abandono de ideologías antagónicas y la creación de una conciencia mundial de que el hombre está sobre los sistemas y las ideologías, no siendo por ello aceptable que se destruya la humanidad en holocausto de hegemonías de derecha o de izquierda>” (Ibid, p. 73).

La pluma aguda y crítica también cayó sobre la democracia cristiana de la que nuestro autor opinaba: “Una de las grandes paradojas de ese mundo que dice defender la civilización occidental y cristiana, es que donde actúan partidos que se califican de <cristianos> es donde los comunistas logran, por vía indirecta, sus mejores victorias. En efecto; si bien los elementos comunistas no han logrado conquistar el poder, influyen de manera importante en las decisiones del gobierno, mediante la infiltración de su ideología en grupos internos de las llamadas <democracias cristianas>” (Ibid, p. 125). Para agregarle un toque de buen humor a esta exposición, me permito recordar la opinión que tenía Perón sobre la “democracia cristiana”. Sobre ellos decía que eran “pececitos colorados que nadaban en agua bendita…” Retomando el análisis, no quedó afuera de la crítica cierto sector del nacionalismo:

“Más beneficia al marxismo el enfrentamiento de los reaccionarios, que sus propios méritos, que no son sino producto de dolorosos espejismos. La primera exigencia del anticomunismo, en función de la dinámica histórica del tiempo a que pertenecemos, es la de ser profundamente social […] El anticomunismo, como que sucede al anticapitalismo deber ser otra cosa. Asumido su carácter de revolución, está obligado a sostener modificaciones estructurales revolucionarias. Para serlo, no hay otro camino que el de servir al bien común, que es el bien del pueblo. Sin la presencia activa del pueblo, no puede haber política, ni sociedad, ni Estado […] Hoy se considera que la democracia debe dirigir el proceso económico y resolver el problema social. El nacionalismo no puede mantenerse ajeno a este curso inexorable de la historia. La fórmula de un <nacionalismo> que para frenar el progreso económico y social, busca la solución política del despotismo, es tan anacrónica como aquellos partidos conservadores de cuya entraña ideológica saliera […] No puede haber nacionalismo que no se sienta fuertemente inclinado a la vida social. Puesto que la Nación y el pueblo constituyen los elementos primordiales para cuya realización plena funciona el nacionalismo, no puede concebirse que se abandonen los dos instrumentos que configuran sus derechos inalienables: el de la soberanía de la Nación y el de la justicia para el pueblo […] Quienes intentan usar la religión como dique para detener el justo avance de los derechos sociales, no pueden decirse nacionalistas, ni escapan a la condenación del Santo Padre. Una nueva conciencia, una filosofía más virtuosa y una sensibilidad social más afinada, caracterizan a los modernos nacionalismos. Muy lejos quedaron aquellos movimientos como el de Charles Maurras que identificaba la monarquía con los privilegios de las llamadas “clases superiores”. (Ibid, pp. 229, 231, 241, 243, 244).

atiliogarciamellidotrafotoPara terminar, Mellid (foto de la izquierda) analizaba el intento del marxismo de infiltrarse en el peronismo y proféticamente decía: “Quienes en nombre de una interpretación materialista de las luchas sociales, aspiran a captar al elemento peronista, ignoran que uno de los principios enunciados al iniciarse ese movimiento, aclaró que <nuestra política social tiende ante todo a cambiar la concepción materialista de la vida en una exaltación de los valores espirituales>. Lo que entonces se puso en marcha fue una revolución nacional, sin el menor contenido marxista […] En cuanto al movimiento sindical, se consideraba natural que actuara en función de ideologías extrañas y destructoras […] Desfilaban con la bandera roja y cantaban la Internacional. La nueva política logró el milagro de nacionalizar a los obreros, poner los Sindicatos al servicio de una causa argentina y hacer que la emoción de los trabajadores se centrara en los símbolos de la patria y de las auténticas tradiciones de nuestra historia […] La llamada <izquierda nacional> pretende saltar sobre el ancho campo de sentimientos y convicciones en que esas multitudes se formaron; pero no hacen sino dar un salto en el vacío. Podrán ganar prosélitos entre las juventudes universitarias […] Prosperarán acaso ente ciertos alienados de la intelligentzia […] Es probable que ganen la adhesión de las oligarquías liberales, que también carecen de ataduras éticas y practican la filosofía del materialismo. Pero las masas obreras, que en su inmensa mayoría asimilaron y conservan la doctrina del peronismo, no podrán conciliarse jamás con banderas que derrotaron por retrógadas, ni abdicarán de los emblemas en que adquirieron esa dignidad de vida y ese decoro personal que les niega el comunismo”. (Ibid, pp. 286-289).

Atilio García Mellid, como quedó dicho con anterioridad debió exiliarse en el Uruguay por su militancia peronista. Fue allí que escribió en 1957 su obra más difundida: “Proceso al Liberalismo Argentino”’, que dedicó “Al Pueblo de mi Patria” caracterizándolo como “el protagonista auténtico de nuestra historia, porque los doctores liberales lo escarnecieron y menospreciaron, cargándole sus crímenes y apoderándose de sus glorias”.

Se vivían momentos de dramática crisis política por la proscripción del peronismo y la derogación por proclama militar (emitida por el gobierno de facto) de la Constitución de 1949. Y García Mellid atacaba esa arbitrariedad hablando del“fetichismo constitucional de los liberales”: “Son los monjes que custodian el templo de los falsos ídolos. Ninguno tan reverenciado como el de la Constitución (de 1853). ¡Ah! cuando un liberal habla de la Constitución parece que se desmaya; pone cara angelical, suspira con el vientre (que es la forma reverencial con que suspiran los liberales) y se abandona a los más dulces deliquios doctrinarios”. Por eso les contestaba con claros conceptos de Juan Manuel de Rosas: “Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto de una Constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica sino en el gabinete de los doctrinarios. Si tal Constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno”.

No conforme con estas observaciones, todo su libro constituye un alegato donde se acusa al liberalismo y a su procerato, con Rivadavia, Sarmiento, Mitre y Echeverría a la cabeza de haber traicionado a la Patria, ligando los intereses de las clases dominantes al imperialismo, en detrimento del pueblo y de la soberanía de la Nación. La obra de García Mellid denunció que ya en los albores de la nacionalidad aparecieron los gérmenes de un plan disolutorio: “correspondió a Rivadavia y sus satélites dar poderoso impulso a esa construcción teórica y advenediza que todavía hoy perturba la vida argentina”, decía. “El Libertador, general don José de San Martín, tuvo la genialidad de descubrirlo y denunciarlo”.

Atilio García Mellid luchó denodadamente para invertir esa imagen de “pueblo bárbaro e inculto” y “caudillos tiranos y sanguinarios” que la historia liberal se empeñó en instalar, exaltando por el contrario, la participación del Pueblo y sus caudillos como artífices de la historia y paladines de nuestra nacionalidad. Se constituyó, al decir de Norberto D Atri, en una de las “principales expresiones del revisionismo histórico” (D Atri, Norberto, El Revisionismo histórico. Su historiografía, en: Jauretche, Arturo, Política Nacional y Revisionismo Histórico, Peña Lillo, Buenos Aires, 1959, p. 67).

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