CÁTEDRA DE POLÍTICA: ERNST NOLTE Y SU REVISIÓN DEL FASCISMO (II) Publicamos hoy la segunda parte del artículo-homenaje al gran historiador alemán Ernst Nolte.

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pedrocarlosgonzalezcuevasPor, Pedro Carlos González Cuevas-El Manifiesto-España

  1. Controversias alemanas

 A partir de los años ochenta del pasado siglo, Nolte abandonó, al menos en parte, su interpretación del fascismo genérico para adopta la teoría del “totalitarismo” como una alternativa a la hora de explicar los paralelismos entre las formas de actuación de la Alemania nacional-socialista y la de la Unión Soviética. En ese sentido, fue muy significativa su participación  en el célebre “Debate de los Historiadores”. En junio de 1986, Nolte publicó en el Frankfurter Allgeime Zeitung un artículo titulado “El pasado que se niega a pasar”, en el que analizaba la situación existencial de los alemanes con respecto al legado nacional-socialista. “El tema implica –señalaba Nolte- la tesis de que este no puede pasar supone algo totalmente excepcional”, ya que era un pasado que se establecía como presente, “a modo de espada justiciera”. Frente a esa situación, el historiador alemán abogó por la contextualización histórica del fenómeno nacional-socialista, destacando la amenaza que suscitaba el comunismo soviético para la estabilidad de las sociedades europeas: “¿No fue el Archipiélago Gulag más <originario> que Auschwitz? No fue el <genocidio de clase> de los bolcheviques el predecesor lógico y fáctico del <genocidio racial> de los nacional-socialistas?”. Por ello, Nolte demandaba “una amplia discusión del asunto, que consistiría sobre todo en una reflexión sobre la historia de los últimos siglos”, lo que “haría <pasar> el pasado de que hablamos, como le corresponde a cualquier pasado, pero justamente por lo mismo lo haría suyo” (13).

jurgenhabermasDe inmediato, el artículo fue contestado por el filósofo Jurgen Habermas (foto de la izquierda), uno de los pensadores oficiales de la izquierda alemana y europea. Su pensamiento viene marcado por la situación política e intelectual de la Alemania de posguerra (14). En sus obras, Habermas abominaba de aquellas tradiciones intelectuales que juzgaba antidemocráticas y antioocidentales, como las representadas por Novalis, Schelling, Nietzsche, Schmitt, Jünger o Heidegger, a las que oponía autores como Heine, Marx, Freud, Adorno, Heller o Benjamin.  Como si algunos de estos intelectuales no hubieran sido representantes del totalitarismo de izquierdas. Además, Freud fue admirador de Mussolini. Para Habermas, 1945 había sido un “nuevo comienzo”, en definitiva, una liberación, cuyo fundamento era el “peso histórico de Auschwitz” (15). Por todo ello, no resulta extraño que el filósofo interpretara los planteamientos históricos de Nolte como “una operación revisionista de la <conciencia histórica> alemana”, la “restauración de la conciencia nacional, pero al mismo tiempo tiene que desterrar la imagen de naciones enemigas en el ámbito de la OTAN”. “La teoría de Nolte ofrece muchas ventajas a esta manipulación. Mata dos pájaros de un tiro: los crímenes de los nazis `pierden su singularidad al hacer cuando menos comprensibles como respuesta a las (aún existentes) amenazas de aniquilación por parte de los bolcheviques. Auschwitz se encoge a las dimensiones de una innovación técnica y se explica a partir de la amenaza <asiática> de un enemigo que sigue estando a las puertas”. En sus conclusiones, Habermas defendía que Alemania continuara su apertura “sin cortapisas” a la “cultura política de Occidente”, algo que hacía que el “patriotismo constitucional” fuese el “único patriotismo que no nos aleja de Occidente” (16).

En su contestación, Nolte denunciaba el hecho de que cualquier intento de “desentrañar el pasado nacional-socialista en toda su complejidad y con aspiraciones de <objetividad> recibe enseguida el estigma de que se trata de una <apología>”. De ahí que el nacional-socialista siguiera siendo “el mito negativo del mal absoluto, que impide cualquier revisión relevante”. A ese respecto, criticaba la frialdad de su contradictor ante los crímenes comunistas, como la expulsión y exterminio de clases enteras. Y concluía: “Existen enfoques esperanzadores entre los disidentes soviéticos, aquí y allá, incluso en la bibliografía oficial. Jurgen Habermas podría ser una voz importante en estos discursos, pero antes tendría que aprender a escuchar, también cuando siente sus prejuicios estimulados” (17).

Por su parte, Habermas alegó que la vida del conjunto de los alemanes se encontraba “estrechamente relacionada con el contexto vital que hizo posible Auschwitz. Y no por circunstancias contingentes, sino de la forma más íntima”. “Ninguno de nosotros puede sustraerse a este medio, porque nuestra identidad como personas, o como alemanes, está insalvablemente enredada en él”. Por todo ello, era una obligación “mantener vivo, sin disimulo y no sólo en mente, el recuerdo de quienes fueron muertos por manos alemanas”. Las tendencias normalizadoras  era, además, igualmente ineficaz a la hora de garantizar las relaciones entre Alemania y el Estado de Israel. Y, por últimos, negaba que los crímenes nazis fuesen equiparables a los comunistas, ya que no era lo mismo “expulsión” que “exterminio”. A ese respecto, no se podían establecer “comparaciones niveladoras” (18).

Por lo visto, Habermas considera irredimible y no contextualizable la historia alemana más reciente. Y suele mostrarse muy solícito a la hora de apoyar cualquier estudio que demuestre y/o defienda la culpabilidad de los alemanes en las guerras europeas del siglo XX. Así ha ocurrido, por ejemplo, con el libro de Daniel Goldhagen Los verdugos voluntarios de Hitler, una obra calificada de “infame” por el filósofo Chris Lorenz (19); y cuyo contenido fue rechazado por la mayoría de los historiadores. El filósofo alemán no ha logrado, por otra parte, erradicar la vigencia y difusión de los autores que considera responsables, al menos en parte, de la catástrofe alemana del siglo XX. Por poner tan sólo tres ejemplos, Jünger, Schmitt o Heidegger están hoy más vigentes que nunca y en la vanguardia del pensamiento europeo y mundial actual. El propio Habermas así lo reconoció cuando considera que Carl Schmitt era “un competente constitucionalista”, cuyos planteamientos “aún hoy se muestran capaces de poner algo en movimiento” (20). Tampoco ha sido muy fructífera su defensa del concepto de “patriotismo constitucional”, que no ha impedido la emergencia de nacionalismos identitarios en diversos países europeos, entre ellos la propia Alemania. Y es que sin la nación no puede haber constitución. Es decir, los valores que dan cuerpo al “patriotismo constitucional” o son valores expresados por la historia nacional, por las tradiciones,  o no son nada.  Los esperantos iluministas suelen tener malas traducciones políticas.

En la controversia, participaron otros historiadores, como Andreas Hillgruber y Klaus Hildebrand, Hans Rosemberg y Eberhard Jäckel (21). Sin embargo, el más criticado fue Nolte. En opinión de algunos, se trataba de una apología inteligente del nacional-socialismo. En realidad, no lo era. Porque Nolte nunca negó el terror nacional-socialista; lo situó en la misma línea que el soviético. Tampoco cuestionó el exterminio planificado de una raza; buscó su genealogía. Y se preguntó si el concepto de “raza” en Hitler fue una reacción al concepto marxista de “clase”. Quien llevó más lejos esa acusación fue Víctor Farías, conocido por su discutible libro Heidegger y el nazismo. Obsesionado por la obra de Heidegger y su trascendencia, el autor chileno cree que cualquier seguidor o discípulo del filósofo es poco menos que un nacional-socialista en potencia. A su juicio, lo es desde luego Nolte, pero igualmente Vatimo, Gadamer o Rudolf Bahro. En cualquier caso, Farías acusa a Nolte de “relativizar” los crímenes nazis: “Nolte jamás ha aportado documentos para fundamentar sus generalizadoras e improvisadas afirmaciones agitatorias. Tampoco quiere ver que con todo lo masivo y criminal del stalinismo, <el crimen de clase> al menos tenía un objetivo <racional> (sic): la destrucción del enemigo de clase para instituir una sociedad sin clases y que debía beneficiar a todos los hombres (los propietarios <sic> de todo el mundo)” (22).

ERNSTNOLTEPor ello, algunos grupos de extrema izquierda pasaron a la acción. Nolte fue atacado con un líquido corrosivo durante una conferencia en el antiguo Berlín Este; gracias a sus gafas, no perdió la vista; y en 1988 elementos de izquierda calcinaron su coche. Se le dejó de invitar a congresos académicos. En 1994, la fundación Clásicos de Weimar suspendió un congreso sobre Judaísmo y Nietzsche porque cinco profesores se negaron a sentarse en la misma mesa que el autor de El fascismo en su época. En junio del 2000, Nolte (foto arriba a la izquierda) recibió el Premio Konrad Adenauer de literatura, lo que causó escándalo en ciertos sectores de la intelectualidad alemana y europea. El historiador Charles Maier consideraba la concesión del premio como “un claro manifiesto político para apoyar la idea de que, en comparación con lo que se hizo en la Unión Soviética, no es correcto demonizar al nazismo”. “En el contexto de Alemania, es exculpatorio, y también absolutamente escandaloso”. El escándalo aumentó cuando el historiador Horst Moller, director del Instituto de Historia Contemporánea, en el discurso de presentación de Nolte, alabó “toda una vida de trabajo de alto nivel” y criticó los intentos “demagógicos y llenos de odio” de acabar en Alemania con el debate sobre la significación del régimen nacional-socialista. El contenido del discurso provocó una riada de cartas en los periódicos, en las que se pedía la dimisión de Moller. Hienrich Winkler, profesor de Historia en la Universidad Humboldt de Berlín, acusó al historiador de “tomar partido en una corriente intelectual que trata de integrar las posiciones revisionistas y de ultraderecha en el discurso conservador” (23). Igualmente, Nolte recibió una “desinvitación” a una conferencia que tenía programada en Oxford, aunque luego el comité presidido por el historiador y filósofo judío Isaiah Berlin volvió a invitarle (24).

  1. Diagnóstico del siglo XX

Sin embargo, a lo largo de la polémica y posteriormente, el historiador alemán continuó defendiendo sus tesis. Y es que siguió pensando que, frente a la doctrina del “mal absoluto”, era  preciso dejar claro que “todos los fenómenos humanos guardan una relación con otros fenómenos, que deben comprenderse a partir de esas relaciones, que todas las reacciones espontáneas y emocionales –por muy poderosas que sean- no deben distanciarnos del pensamiento científico objetivo y que en ningún caso deben adoptarse simplemente” (25).

La caída de los sistemas comunistas sirvió al historiador alemán para profundizar en su interpretación del siglo XX. A juicio de Nolte, los acontecimientos de 1989 ponían en cuestión, no ya al comunismo como sistema social y político, sino algunas convicciones tan viejas en la cultura europea como “el sentido de la historia”, con el cual el marxismo había intentado legitimarse, e incluso el concepto de modernización, característicos de la ciencia social norteamericana. Por ello, el historiador alemán se mostraba partidario de una visión “trágica” de la historia, tal y como la habían defendido Hegel y Weber, es decir, una historia que ilustre sobre la perpetua dialéctica entre valores. A partir de tal concepción, el fenómeno nacional-socialista adquiría una nueva dimensión explicativa. Perdida la dimensión trascendente de la idea de “progreso” en que se encontraba instalada la alternativa política plasmada en el marxismo-leninismo, Nolte afirmó que el nacional-socialismo no estuvo privado totalmente de “racionalidad”. En su ideología, existía un “núcleo de racionalidad”. El nacional-socialismo fue “una forma extrema del nacionalismo alemán” e igualmente, y sobre todo, “una forma extrema de antibolchevismo”; una reacción contra el marxismo-leninismo y la amenaza de exterminio que éste suponía para un importante sector de las poblaciones de la Europa occidental (26). Así, el período comprendido entre 1917 y 1945 fue, en su opinión, el de la llamada “guerra civil europea”, en el cual el bolchevismo y el nacional-socialismo estarían ligados por un doble filo; el segundo por ser un reverso del primero, la reacción sigue a la acción, la contrarrevolución; la catástrofe después de la catástrofe. Para Nolte, la idea de exterminio de la burguesía como clase por los comunistas señaló el camino al genocidio de los judíos por Hitler y sus partidarios. El Gulag fue anterior a Auschwitz. Nolte se esfuerza, en esa línea, en intentar comprender el antisemitismo de los nacional-socialistas. Para Hitler y sus partidarios, el judaísmo era sinónimo de bolchevismo; y ello en razón de que veía la génesis intelectual del marxismo en el mesianismo propio del pensamiento judío (27).

Por otra parte, el historiador alemán niega el carácter antimoderno del nacional-socialismo. Su concepto de planificación biológica era, en el fondo, “un desarrollo coherente de la idea de planificación social”; un adelanto de la idea de planificación genética y de sus técnicas. La condición “previa  inevitable” de su triunfo en Alemania fue la humillación sufrida en 1918 y el desastroso “dictado” de Versalles, unido, claro está, a la amenaza bolchevique. A ese respecto, el nacional-socialismo pudo tener parte de razón en su antibolchevismo y en su rebeldía frente al Tratado de Versalles. Sin embargo, no fue un “antibolchevismo limpio” e internacional, capaz, por lo tanto, de encabezar la lucha mundial contra la Rusia soviética. La raíz de esa incapacidad se encontraba en su racismo y en su consiguiente antiuniversalismo. Por otra parte, su análisis del momento histórico partía de un error capital, como era el de la incapacidad de la democracia liberal para contrarrestar la ofensiva ideológica, política y social del marxismo. Profecía que, finalmente, se mostró errónea (28).

friedrichnietzscheNolte veía, ahora, en Nietzsche (foto) el precursor intelectual del nacional-socialismo y de la reacción antibolchevique desatada por éste. El filósofo alemán “previó la época de las grandes guerras” y se convirtió, aunque no sin contradicciones, en el precursor del “partido de la vida” frente al “partido de la guerra civil” encarnado en Karl Marx. Nietzsche y Marx fueron “los ideólogos más importantes de aquella guerra civil que cuajó en una decisión bélica” (29).

Con respecto a la problemática española, Nolte niega, como habían hecho De Felice y Furet, el carácter fascista del régimen de Franco, “puesto que la unificación forzada de la Falange con los tradicionalistas carlistas, los requetés, decretada por Franco el 19 de abril de 1937, fue más allá de lo que un partido fascista puede soportar en síntesis; por la misma razón, el partido estatal de la España franquista no puede contarse entre los partidos fascistas”. Además, la España de Franco se inscribía, a juicio de Nolte, en un contexto social y político distinto al que dio vida a los movimientos fascistas. Se trataba de una sociedad en la que se daba una especie de equilibrio inestable entre los tradicionalistas y los revolucionarios, y donde la democracia liberal carecía de fuertes raíces sociales. En ese sentido, Nolte estimaba que el régimen de Franco hubiese sido, en aquellas circunstancias, “el mejor para todas esas zonas de Europa todavía (relativamente) deseuropeizadas” (30).

Tras la publicación de su libro El pasado de una ilusión, Francois Furet mantuvo una interesante correspondencia con Nolte, cuyo tema principal era su interpretación del fenómeno fascista y el contenido de la polémica entre los intelectuales alemanes (31). Fallecido el historiador francés el 11 de julio de 1997, la revista Commentaire –fundada por Raymond Aron- hizo público el contenido de aquella correspondencia, luego publicada en un libro titulado Fascismo y comunismo. En ella, Nolte defendía sus planteamientos, mientras que Furet matizaba o criticaba alguno de sus contenidos. En primer lugar, el historiador francés agradecía a Nolte su valentía a la hora de romper “tabús” historiográficos sobre las relaciones entre fascismo y comunismo, lo mismo que las falacias del “antifascismo historiográfico”. Sin embargo, juzgaba molestos y falaces algunos argumentos noltianos; y los relacionaba con “ese fondo de nacionalismo alemán humillado que sus adversarios reprochan a Nolte desde hace veinte años, y que constituye uno de los motores existenciales de sus libros”. “Sin embargo, incluso en lo que tiene de cierto –añadía Furet- no puede desacreditar una obra y una interpretación que se encuentra entre las más profundas que haya producido este último siglo”. Como De Felice, Furet no veía en el fascismo únicamente “reacción” a la revolución comunista; a su juicio, ambos movimientos son “figuras potenciales de la democracia moderna, que surgen de la misma historia”, y que se encuentran relacionados en la crítica al “déficit político constitutivo de la democracia moderna”. Existía, además, “un cuerpo de doctrina fascista o fascistizante ya más o menos constituido antes de 1914”, lo que debilitaba  “considerablemente las tesis de un fascismo meramente reactivo al bolchevismo”. Por otra parte, Furet negaba que existiese un “núcleo racional” en el antisemitismo hitleriano. Menos defendible aún le parecía la tesis noltiana del prefascismo de Maurras y de Acción Francesa: “Sin duda más que usted, yo tendería a ver el fascismo no como contrarrevolucionario, sino, por el contrario, como agregando a la derecha europea el refuerzo de la idea revolucionaria, es decir, de ruptura radical con la tradición (…) hasta el fascismo, la política “antimoderna” se encuentra en el atolladero de la contrarrevolución. Con Mussolini recupera su encanto, su magia ante las masas populares.

A mi juicio, en el fascismo existe una idea del porvenir, totalmente ausente de la ideología y la política contrarrevolucionaria del siglo XIX”. Y añadía: “Podría completarse la argumentación con un examen de las filosofía respectivas: la filosofía del fascismo está basada en la afirmación de las potencias irracionales  de la vida, la de Maurras está hecha de un racionalismo positivista, extraído de Augusto Comte”. Por último, Furet terminaba su correspondencia con Nolte con una lúcida llamada a la humildad que debía ser la característica esencial del trabajo historiográfico: “Hoy menos que nunca debemos jugar a profetas. Comprender y explicar el pasado ya no es tan sencillo” (32). La correspondencia entre Furet y Nolte marcó el culmen del revisionismo histórico europeo.

(Continuará)

 Para leer la primera parte pinche el siguiente enlace:

http://nuevoaccion.com/noticias/catedra-de-polit…a-sobre-el-siglo/

 

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