CÁTEDRA DE POLÍTICA: ESTADO ORGÁNICO-TOTALITARISMO- PRIMERA PARTE- preparado y presentado por el Instituto Nacionalista Cubano de Estudios Políticos, de Opción Restauradora Nacionalista

LOSHOMBRESYLASRUINASJULI-- USEVOLAJULI-- USEVOLAPor Julius Evola- de su libro “Los hombres y las ruinas”

En la confusión intelectual que caracteriza a nuestra época, la fórmula del antitotalitarismo juega un papel notable. Es utilizada sobre todo por las democracias, en especial cuando tienen ambiciones liberales. El punto de referencia, aquí, es esencialmente el concepto informe y confuso de libertad individual, del cual ya hemos hecho la crítica en el capítulo pre­cedente. También se encuentran mezclados en esta fórmula elementos muy diferentes como lo muestra el hecho de que se esté obligado a distinguir inmediatamente, aunque de manera muy sumaria, entre un “totalitarismo de derechas” y un “totalitarismo de izquierdas”. Ahora bien, en las corrientes de que se trata, es claro que la mayor parte del tiempo, el totalita­rismo sirve únicamente de falso objetivo, de la misma manera que es cómodo pare los marxistas y comunistas, escarnecer con el nombre de “fascis­mo”, todo lo que no corresponde a su ideología, al igual que por razones técnicas, la confusión es hoy mantenida respecto al totalitarismo por los ambientes políticos de los que acabamos de hablar en aras a desacreditar y volver odioso el concepto tradicional del verdadero Estado.

Para acabar con este equívoco conviene establecer una distinción fundamental: la distinción entre estado totalitario y estado orgánico. No es para hacer concesiones al adversario sino porque creemos un deber no co­locar en el plano de la terminología del concepto político tradicional que defendemos, el totalitarismo. La palabra “totalitarismo” es, en efecto, de origen reciente y, como tal, está inseparablemente ligada a las situaciones de un mundo que no puede y no debe de ninguna manera servirnos de referencia. Más vale admitir que el sentido de esta palabra es exactamente aquel que le presten los representantes de la democracia, y unir a la noción del Estado Orgánico lo que, en el totalitarismo genéricamente comprendido, pue­de tener, pese a todo, un significado positivo. Así, los dos conceptos podrán ser definidos y opuestos con toda la claridad necesaria.

La idea de Estado Orgánico no ha nacido ayer. Es preciso no olvidar es­to, tanto frente a aquellos que lo han hecho, como frente a quienes sus horizontes se limitan a la polémica entre “fascismo” y “antifascismo” como si nada hubiera existido entes en el mundo. La idea del Estado Orgánico es una idea tradicional, de tal manera que puede decirse que en todo verdadero Estado ha existido siempre un carácter de organicidad. Un Esta­do es orgánico cuando tiene un centro y ese centro es una idea que modela eficazmente, por su propia virtud, sus diversas partes; cuando ignora la escisión y la “autonomización” en lo particular y, cuando en un sistema de participaciones jerárquicas, cede una de sus partes, dotadas de una rela­tiva autonomía, cumple una función y se encuentre íntimamente ligada al todo. Y es precisamente de esto de lo que se trata en el sistema en cues­tión: de una totalidad espiritualmente unitaria que se articula y se des­pliega, no de una suma de elementos, de un agregado en el que intereses particulares se entrecruzan de una forma desordenada. Los estados que tomaron forma en el espacio de las grandes civilizaciones tradicionales -tuvieran el carácter de imperios, de monarquías, de repúblicas aristo­cráticas o de ciudad-estado- pertenecieron todos, más o menos, en su me­jor período, a este tipo. La unidad central y un símbolo de soberanía a los cuales correspondía un principio de autoridad positivo, constituían la base y la fuerza animadora. Por una especie de gravitación espontánea, los hombres y los cuerpos sociales vivían en sinergia, conservando su autono­mía, desplegaban actividades convergentes, en una única dirección fundamental; incluso los contrastes y las antítesis se integraban en la economía del conjunto porque no presentaban el carácter de afecciones desorganizadoras y, lejos de cuestionar la unidad supraordenada del organismo en tanto que tal, actuaban, antes bien, como un factor dinámico y vivificante. Incluso la oposición en el sistema parlamentario inglés del primer período refleja un significado de este tipo (se podría decir: his magesty’s most loyal oposition), que desapareció totalmente en los regímenes parlamenta­rios “partitocráticos” ulteriores.

Basta leer a un Vico y a un Fustel de Coulanges para comprender el poder que ejerció en la antigüedad, el ideal orgánico. Es precisamente en las formas antiguas donde aparece con evidencia el punto fundamental: la uni­dad no tenía un carácter simplemente político sino espiritual, a menudo, directamente religioso, la esfera política en el sentido estricto aparecía formada y llevada por una idea, por una concepción general que se expresa­ba también en el pensamiento, el derecho, el arte, las costumbres, el cul­to, la forma de la economía. Un espíritu único se manifestaba en una variedad orquestal de formas, correspondiendo cada una de ellas a las diversas po­tencialidades de la existencia humana y, en este marco “orgánico” y “tradicional”, en el sentido amplio del término, son más o menos sinónimos. La espiritualidad de la unidad era aquello por lo cual el resultado podía ser la integración de lo particular, no su compresión y su apremio o vio­lencia. Un pluralismo relativo es elemento esencial en todo sistema orgánico, de la misma manera que una relativa descentralización, que pueda ser tanto más impulsada en cuanto el centro unificador disponga de un carácter más espiritual y en cierta forma trascendente, una soberana potencia equilibradora y un prestigio natural.

El hecho de que se haya olvidado hace poco tiempo, antes del nacimiento del liberalismo y del individualismo, que subsistían sistemas políticos en los que se reflejaba con bastante claridad ciertos aspectos de la idea or­gánica, sistemas que la mayor parte de la gente consideraba como perfecta­mente normales y legítimos, no puede dejar de aparecer como singular a los ojos de cualquier observador objetivo. Así se explica, por otra par­te, la confusión ya señalada relativa al totalitarismo y a la estupidez bovina de la que se hace gala cuando, haciendo el juego a los comunistas no se sabe sino ver y denunciar un “fascismo” en todos los sistemas diferentes de aquel que glorifican los apóstoles de la democracia y de los “inmorta­les principios”.

Ahora bien, el totalitarismo no ofrece sino una imagen contrahecha del ideal orgánico. Es un sistema en el que la unidad viene impuesta desde el exterior; no procede de la fuerza intrínseca de una idea común y de una autoridad naturalmente reconocida, sino de fuerzas directas de intervención y control ejercidas por un poder puramente político en el sentido material afirmándose como última razón del sistema. Por otra parte, el to­talitarismo implica una tendencia e la nivelación, una eversión por la autonomía parcial, por todo grado de libertad, por toda especie de cuerpo intermedio entre el centro y la periferia, entre la cumbre y la base. De ahí, en particular, que la esclerosis y la hipertrofia de las estructuras burocrático-administrativas lo invadan todo, suplanten o compriman toda actividad particular, favoreciendo la intrusión insolente y sin límites de lo “público” en lo “privado”, tendiendo a encerrarlo todo en esquemas desprovistos de flexibilidad, de elasticidad y, finalmente, de sentido, porque su desarrollo a partir de un centro de potencia informe es algo así como un sombrío placer por esta obra de nivelación a cualquier precio. Sobre el plano más material, es decir, el económico, predominante en nuestra época, degenerada -hasta el punto de que se he podido bautizar justamente como “era económi­ca”- en él se ve la supraorganización, la centralización y la racionaliza­ción a ultranza como juegan un papel esencial en este tipo rígido y mecanicista de unidad.

Este fenómeno que se ha manifestado en toda su amplitud en la época con­temporánea, tiene precedentes: se ha podido observar aquí y allí, en el pasado, pero siempre durante las fases terminales, crepusculares de un ciclo de civilización. Citemos, entre otros ejemplos, la centralización burocrá­tico-estatal contemporánea declive del Imperio Romano, al Imperio Bizantino y al persa en la vigilia del hundimiento definitivo de cada uno.

De hecho, tales ejemplos indican la situación histórica y el sentido de las centralizaciones “totalitarias”: suceden a la crisis y a la disolución de unidades anteriores de tipo orgánico, a la desintegración y a la liberación de fuerzas antaño ligadas por una idea en una civilización particular y en una tradición viva y que se intenta dominar y encerrar violentamente, desde el exterior, en un orden en donde ya nadie lleve el sello de una autoridad auténtica, reconocida, donde ya nadie puede unir verdaderamente des­de el interior a los individuos. Tal como hemos dicho procedentemente, las formas totalitarias y semi-totalitarias corresponden a menudo a una inevi­table reacción consecutiva a la desintegración liberal e individualista en otras épocas; todo esto se referirá, pues, a los últimos y breves sobresaltos de un organismo político ya senil y condenado. En el mundo moderno, el predominio de los factores materiales, económicos y técnicos, puede dar al fenómeno cierta estabilidad -el comunismo soviético es el ejemplo más sorprendente- sin por ello cambiar su significado. La mejor imagen para describir ese proceso nos la ofrece la naturaleza: después de haber estado vivos y móviles los organismos son ganados luego por la rigidez que trans­forma el cuerpo en cadáver, después viene la fase terminal de descomposi­ción.

Notemos, sin embargo, en las formas en cuestión, dos procesos que parecen desarrollarse en sentido contrario, compensándose recíprocamente en el interior de ciertos límites y que, sin embargo, convergen en último análi­sis, en un único efecto. El totalitarismo, al mismo tiempo que reacciona contra el individualismo y el atomismo social, remata fatalmente le destrucción de lo que puede aún subsistir en una sociedad, de su fase orgánica: cualidad, formas articuladas, castas y clases, valores de la personalidad, libertad auténtica, iniciativa audaz y responsable, valores heroicos, Un organismo de tipo superior implica funciones múltiples y estas, sin per­der su carácter específico y su relativa autonomía, se coordinan, se com­pletan y convergen hacia una unidad superior que no cesa jamás de estar idealmente prevista. Un estado orgánico llama a le unidad tanto como a la multiplicidad; lleva consigo un conjunto de grados, una jerarquía. No se encuentra ese binomio entre un centro y de una masa informe que define precisamente el totalitarismo el cual, para afirmarse, nivela. Repitámoslo, es sobre el mundo inorgánico de la cantidad al que conduce la disgregación indivi­dualista, no sobre el de la cualidad y la personalidad donde se apoya y con el que cuenta el totalitarismo. En un sistema tal, el autoritarismo se reduce -por emplear la imagen de Toynbee- a ser sargento instructor o un pedagogo con el látigo en la mano. Una obediencia que no es el mismo tiempo, reconocimiento y adhesión, un conformismo, todo Io más, formas irracionales de agrupación, una capacidad de sacrificio, fanática, ciega y si­niestra he aquí lo que le basta. Todo esto presenta un carácter deshumanizado e impersonal porque falta una verdadera autoridad y de la misma manera también, en aquellos que obedecen, un compromiso auténtico, un sentido de las responsabilidades, una dignidad de seres libres, leales a es­ta autoridad y ordenados en una formación única y eficiente. He aquí por qué el totalitarismo es efectivamente una escuela de servilismo y en el fondo una extensión agravada del colectivismo. No se encuentra en él una influencia de lo alto y hacia lo alto que arrastre y unifique, sino un poder sin forma que está cristalizado en un centro, para absorber, plegar, mecanizar, controlar y uniformizar el resto. (Continuará)

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