CATEDRA DEL INCEP**: LAS CLASES SOCIALES. Parte II- De la obra Dos Movimientos Nacionales: José Antonio Primo de Rivera y Cornelio Z. Codreanu

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José Antonio Primo de Rivera y Cornelio Codreanu

Por, Horia Sima-

José Antonio niega a los partidos burgueses-conservadores el derecho a erigirse en defensores de los valores espirituales de la Patria cuando al amparo de grandes palabras encubren intereses de clase: «Las derechas invocan  grandes cosas: la patria, la tradición, la autoridad … ; pero tampoco, son auténticamente nacionales… Si las derechas, (donde todos estos privilegios militan) tuvieran un verdadero sentido de la solidaridad nacional, a estas horas ya estarían compartiendo, mediante el sacrificio de sus ventajas materiales, la dura vida de todo el pueblo. Entonces sí que tendrían autoridad moral para erigirse en defensores de los grandes valores espirituales. Pero mientras defienden con uñas y dientes el interés de clase, su patriotismo suena a palabrería; serán tan materialistas como los representantes del marxismo» (60).

La clase capitalista -especialmente los poseedores del gran capital financiero- dañan también a la nación, de otra forma. Su tendencia es desplazar el centro de gravedad de sus negocios fuera de las fronteras del país. «El gran capitalismo es internacional -dice José Antonio-; «cuando recibe un golpe en un país, cubre las pérdidas con lo que en otros países gana» (61). Al no poseer una residencia fija, el gran capital no puede tener apego a ninguna nación. El capital financiero no tiene Patria. Emigra de un país a otro y crea constantemente a su favor una red de intereses que se sobreponen a los intereses de los distintos países. «Llega el momento -afirma Corneliu Codreanu- en el cual los partidos políticos no representan más la nación, sino los intereses de la finanza internacional (62). A semejanza del comunismo, el gran capital rompe el cuadro de la nación, creando estructuras supranacionales y antinacionales.

Advirtiendo el doble peligro que representa para los intereses de la nación el gran capital financiero, José Antonio preconiza una serie de reformas destinadas a reintegrarlo al control del Estado nacional. Sus adversarios, pertenecientes a los partidos burgueses-conservadores, lo atacan de una manera cobarde. Lo acusan de tendencias bolcheviques. Corneliu Codreanu sufrió las mismas invectivas por parte de los partidos políticos, porque pedía que el país se asentase sobre una base socialeconómica más justa (63).

José Antonio da a sus calumniadores una réplica magistral. Primero se pregunta ¿qué es el bolchevismo? Es una actitud materialista frente a la vida. En último análisis, el bolchevismo significa la materialización de la vida, la extirpación en el alma de los pueblos de todo lo que representa un residuo espiritual: Religión, Patria, Familia. El antibolchevismo no puede ser más que la posición desde la cual se mira el mundo bajo el signo de lo espiritual. Bolchevique -concluye José Antonio- «lo es todo el que aspira a lograr ventajas materiales para sí y para los suyos, caiga lo que caiga; antibolchevique es el que está dispuesto a privarse de goces materiales para sostener valores de calidad espiritual (64). Los representantes del mundo capitalista, que encuentran su suprema satisfacción en la acumulación de fortunas superfluas, son los partidarios de la interpretación materialista del mundo y, como tales, los compañeros de los bolcheviques y verdaderos bolcheviques. «Y con un bolcheviquismo de espantoso refinamiento: el bolcheviquismo de los privilegiados» (65). El estado nacionalsindicalista se apoyará sobre el trabajo y derrumbará el mito de oro que sofoca a España y a los españoles.

Corneliu Codreanu ostenta la misma reacción frente al bolcheviquismo disfrazado bajo otras formas de materialismo: «No negamos, y no negaremos nunca, la necesidad de la materia en el mundo, pero negamos y negaremos siempre su derecho al dominio absoluto. Atacábamos, pues, a una mentalidad en la cual el becerro de oro era considerado como el centro y el sentido de la vida. La única fuerza moral, en los primeros tiempos de nuestra acción, la hemos encontrado en nuestra fe, inquebrantable, en que solamente apoyándonos en la armonía originaria de la vida -subordinación de la materia al espíritu- venceremos las adversidades y llegaremos a la victoria en contra de las fuerzas satánicas, coligadas para destrozarnos» (66).

La tajante réplica de José Antonio no es una polémica baladí. Se refiere a una situación real. El criterio recomendado por él para diagnosticar la infección bolchevique dentro del organismo nacional conserva su intacta validez en la actualidad. El mundo occidental se halla tan intoxicado por el marxismo, que no se da cuenta que ha llegado a pensar en categorías marxistas; no se da cuenta de que ha consentido que toda la lucha se desarrolle en el plano ideológico del adversario. Al materialismo marxista no se le opone hoy día una actitud espiritual, sino que se le contesta con otra afirmación materialista de principios, con otra clase de materialismo.

Si se hiciera una encuesta entre los hombres políticos del Occidente, preguntándoles en qué residen las divergencias entre el Este y el Oeste, la mayoría no dudaría en afirmar que en la base de aquéllas se halla la distinción de estructura económica entre los dos bloques: la sociedad de tipo capitalista se enfrenta con la sociedad de tipo comunista.

Este juicio tiene sus orígenes en la dialéctica materialista de la Historia. Quien afirma que la lucha se da entre el capitalismo y el comunismo, acepta implícitamente la tesis marxista, que explica todos los acontecimientos históricos por los cambios que se efectúan en el sistema de producción de la sociedad. El Occidente se distinguiría en su constitución política del bloque comunista sólo porque la forma de producción es otra. Las diferencias de orden político son provocadas por la infraestructura económica distinta de estos países. No son las libertades humanas que se enfrentan con la esclavitud, no es la Iglesia que se enfrenta con los que quieren arrancar a Dios de las almas, no son los pueblos que se enfrentan con el imperialismo soviético, sino que toda la lucha se reduce a un conflicto entre dos sistemas económicos.

Nos hallamos delante de una formidable operación de desvío ideológico en favor del comunismo. Contentándose con la explicación servida por el enemigo, el Occidente se expone a los más grandes peligros, porque pierde de vista la parte esencial de la lucha en que se ha comprometido. Los objetivos del comunismo son mucho más profundos que la implantación de un nuevo orden económico social. La lucha entre los dos sistemas económicos constituye sólo una faceta, una cortina de humo detrás de la cual se ocultan intenciones mucho más terribles. Lo que realmente debe preocuparnos en el comunismo es el impulso satánico de esta revolución. El Estado soviético es una proyección total del mal en la Historia. Nada de lo que hoy día forma los fundamentos de la vida humana quedaría en pie, en la eventualidad de una victoria comunista total en el mundo. Todos los valores multimilenarios que han asegurado hasta ahora el equilibrio en la sociedad humana -la Religión, la Nación, la Propiedad, la Familia, el Derecho, la Moral, la Persona humana-, todos están destinados a desaparecer asesinados por los partidarios de la ideología marxista.

Los verdaderos anticomunistas no se sitúan sobre una posición materialista, no hacen el juego a los adversarios declarándose los defensores de un sistema económico contra otro sistema económico. «Nosotros somos también anticomunistas -dice José Antonio-, pero no porque nos arredre la transformación de un orden económico en que hay tantos desheredados, sino porque el comunismo es la negación del sentido occidental, cristiano y español de la existencia» (67).

Corneliu Codreanu también ve en el comunismo, ante todo, una calamidad de orden moral y espiritual: «El triunfo del comunismo en Rumania significaría: supresión de la Monarquía, disolución de la Familia, desaparición de la propiedad privada y la pérdida de la libertad. Significaría nuestro despojo de todo lo que forma el patrimonio moral de la Humanidad y, al mismo tiempo, la pérdida de todos los bienes materiales» (68).

El marxismo no es un sistema económico-social. Es la negación total del hombre. Tiende a la extirpación del alma humana, de los más profundos y sacros vestigios de espiritualidad y de vida libre. José Antonio ha presentado en expresiones estremecedoras la vida de infierno que prepara el comunismo a la Humanidad: «Si la revolución socialista no fuera otra cosa que la implantación de un nuevo orden en lo económico, no nos asustaríamos. Lo que pasa es que la revolución socialista es algo mucho más profundo. Es el triunfo de un sentido materialista de la vida y de la Historia; es la sustitución violenta de la Religión por la irreligiosidad; la sustitución de la Patria por la clase cerrada y rencorosa; la agrupación de los hombres por clases, y no la agrupación de los hombres de todas las clases dentro de la Patria común a todos ellos; es la sustitución de la libertad individual por la sujeción férrea a un Estado que no sólo regula nuestro trabajo, como un hormiguero, sino que regula también, implacablemente, nuestro descanso. Es todo esto. Es la venida impetuosa de un orden destructor de la civilización occidental y cristiana; es la señal de clausura de una civilización que nosotros, educados en sus valores esenciales, nos resistimos a dar por caducada» (69).

Para evitar la caída de la nación bajo el dominio del comunismo, no es suficiente proclamarse uno anticomunista, aunque quisiéramos comprender bajo esta denominación lo que es justo que se entienda: la lucha por la defensa de la civilización cristiana. Frente a una creencia, a una mística, que ha logrado convertirse en el polo de atracción de las masas obreras, no se puede oponer una negación. El ideal comunista sólo puede ser combatido con éxito oponiéndole otro ideal, otra creencia, otra mística que sobrepuje en intensidad a la mística comunista. Sólo un movimiento político dotado con una fuerza de atracción superior a la agitación comunista puede reintegrar a los obreros en el seno de la Patria. Todo el problema de la lucha anticomunista en un país libre se reduce en el fondo a lo siguiente: encontrar una fórmula política dinámica que arranque a los obreros del ambiente marxista y les convierta en militantes de la nación. «La única solución -afirma José Antonio- es que estas fuerzas proletarias pierdan su orientación internacional o extranacional y se conviertan en una fuerza nacional que se sienta solidaria de los destinos nacionales» (70).(Continuará)

**-INSTITUTO NACIONALISTA CUBANO DE ESTUDIOS POLÍTICOS

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