CÁTEDRA POLÍTICA DEL INCEP: AUTOGESTIÓN, DEMOCRACIA Y COOPERACIÓN PARA EL DESARROLLO- I. Prólogo de Joaquín García al libro de ANTONIO COLOMER VIADEL

AUTOGESTION

La última mitad del siglo pasado, hasta la caída del muro de Berlín, estuvo marcada por la hegemonía de dos sistemas: por un lado el capitalista y, por otro, el del socialismo real. Las huellas que han dejado no son precisamente como para tirar cohetes y, por eso, hemos de aprender de ellas para no repetir errores pasados –practica en la que estamos embarcados hasta el cuello en el sistema actual–y apuntar hacia otras metas a las que llegar por diferentes caminos.

En lo que respecta a la concepción del hombre, hemos visto a donde lleva tanto el individualismo capitalista como el colectivismo marxista, pero ¿qué hubiera pasado si se hubiera apostado por la persona como protagonista de su propia existencia construyéndose en relación solidaria con los demás? Hemos asistido a profundas fragmentaciones sociales entre dirigentes y dirigidos, entre poseedores y desposeídos. En vez de haber hecho una apuesta seria por una sociedad comunitaria se han reprimido una y otra vez iniciativas que iban en esa línea porque comprometían la “gobernabilidad”, porque el espíritu comunitario era peligroso para los intereses totalitarios, sean estos de carácter ideológico o encaminados a la acumulación ciega de beneficios. También hemos asistido a la creación de sistemas de poder, más jerarquizado en el estatalismo planificado y más disimulado en el capitalismo neoliberal, que han mantenido a la ciudadanía en una minoría de edad, en una relación de dependencia y dimisión de las responsabilidades que le son propias que cuando menos alcanza el calificativo de vergonzante; con razón alguien ha dicho que la democracia representativa es la democracia para la que los hombres son individuos mientras que la democracia participativa, autogestionaria, es aquella para la cual los hombres son personas.

Con la caída del muro se ha desmoronado uno de los dos polos pero el otro, el capitalismo, lejos de revisar los defectos que le son propios ha hecho de ellos virtud y nos ha sumido en una globalización donde se instala la exclusión, donde el paro se combate a base de precarizar las condiciones de trabajo, donde las distancias entre ricos y pobres siguen creciendo, donde con toda razón se condena la violencia terrorista pero se vuelve la cara hacia otro lado cuando alguien habla de la violencia estructural.

Con este panorama creímos que bien valía la pena el acercarnos a la autogestión, y hacerlo en unos momentos en que la izquierda vive un profundo desconcierto, en los que el movimiento obrero de nuestras sociedades da sus últimos coletazos atrapado en los brazos seductores del consumo, en los que la lucha política ha dejado paso al compromiso de los voluntarios en las ONGs… En definitiva, en momentos de confusión, de búsqueda, de resistencia poníamos encima del tapete los principios y práctica autogestionaria para su reflexión.

No son pocos, incluyendo a buena parte del mundo de la izquierda, los que hoy piensan que la autogestión es algo trasnochado, que equivale a hablar de autoempleo o a lo mucho de micro utopías reservadas a pequeños grupos de cooperativas o a conjuntos de trabajadores cuyas empresas dan en quiebra y han de asumir a la desesperada la gestión de las mismas. Esta visión puede reflejar lo profundo de la crisis social que vivimos pero creo que no ha de ser tomada como argumento para denostar en su totalidad el planteamiento autogestionario. En el otro extremo, está quien cree que la autogestión es como un bálsamo mágico que todo lo cura y que cuando se pone en funcionamiento desaparecen todos los problemas, gran falacia también ésta. La autogestión no hace que desaparezcan los problemas, habrá problemas, quizá diferentes, pero lo más importante es que permitirá abordarlos de forma distinta a como se abordan ahora.

Estamos en tiempos de siembra, de poco sirve la melancolía de tiempos pasados, hay que construir desde abajo y aunque a alguno esto le chirríe en los oídos no creo que sea así para quien tiene un profundo talante autogestionario porque esa es una tarea que no abandona nunca. Los momentos que vivimos no son especialmente buenos para los “sprinters” que buscan grandes metas a corto plazo, estamos en un maratón en el que no nos está permitido pararnos y en el que hay que saber jugar las bazas que nos quedan entretejiendo una resistencia activa, sabiendo que para derribar a Goliat no hay que construir otro, pero que David tenía una honda y que la nuestra pasa por el apoyo mutuo, por la denuncia, el testimonio, el diálogo, la lucha, por el “hoy por tí y mañana por mí”, por el espíritu comunitario.

ANTONIOCOLOMERVIADELNo quiero extenderme más, creo que lo dicho es suficiente para situar al lector sobre el porqué del tema que abordaremos. Para desarrollarlo contamos con un buen amigo, profesor de Derecho Constitucional, Antonio Colomer (foto de la izquierda), gran conocedor del tema y sobre todo comprometido impulsor del mismo al que a menudo encontramos por Latinoamérica metido en estos “fregaos”, haciéndonos llegar sus reflexiones así como multitud de iniciativas a través de la Revista Iberoamericana de Autogestión y Acción Comunal de la que es director.

Este libro recoge casi la totalidad de los contenidos que Antonio preparo para el curso, contenidos en los que se entremezclan reflexión y experiencias.

Pretendemos con el despertar interrogantes y animar a ponerse en marcha, a romper la pasividad, conscientes de que el primer paso para justificar la exclusión es reducir la participación a un acto mediocre que nada tiene que ver con nuestra realización personal, con el desarrollo de nuestra creatividad, de nuestra personalidad,

de nuestra humanidad, en definitiva.

La autogestión es algo más que un mero concepto económico o un sarpullido adolescente; en ella queda reflejado como la autogestión apunta a una nueva cultura en la que la persona pueda crecer y desplegar solidariamente todas las capacidades que le han sido dadas y, esto conlleva el enfrentarse a lo que es injusto, a todo aquello que oprime a la persona, rechazando los paternalismos, los

dogmatismos y, cómo no, aquellas prácticas que, aun en nombre de la autogestión, llevan a cabo los que más saben, los que más astutos son o, simplemente, los que más poder tienen y que suponen mantener a la gente en minoría de edad, sin capacidad de disenso y, por tanto, de crítica.

“O peleamos juntos o nos cuelgan separados”. “La marcha hacia la autogestión necesita conciencia no órdenes. El rol de vanguardia no consiste pues en dirigir sino en ayudar a surgir, en percibir las iniciativas y en estimularlas, en ayudar a tomar conciencia y elaborar teóricamente las exigencias a largo plazo, en hacer brotar la autogestión como proyecto

consciente. Es menos cuestión de dirección que de pedagogía. La autogestión es una revolución y una revolución de la pedagogía”. (Continuará)

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