CONTROVERSIAL TÉSIS: CONSIDERACIONES SOBRE LA MUERTE DE LA NOVELA, UNA CUESTIÓN POLÉMICA-SEGUNDA PARTE Y FINAL

Escrito por José Antonio Bielsa Arbiol-El Correo de Madrid

Del negocio: la novela devenida producto comercial “per se”

Es el resultado final del proceso negador, hoy más que nunca. La idea del editor francotirador y con inquietudes estéticas (p. ej. y por no salir del país, alguien como un Carlos Barral), que se enfrenta a la novela como fin en sí mismo y no como vulgar medio para llenarse los bolsillos, parece haberse extinguido. Y no conviene engañarse: el monopolio de los privilegios y las competencias están en manos de las grandes empresas editoriales, y en este contexto agresivo como pocos, la posibilidad de un pequeño editor con ojo y pretensiones nobles se nos antoja acaso posible, mas no significativa, dado sobre todo el tráfico de libros en el mercado editorial, que de puro saturado apenas deja algún resquicio para respirar a los pequeños editores.

De los “premios literarios”

Tras el grueso de los premios literarios (llámense Goncourt, Strega, Pulitzer, Booker, etc.), mascarada frívola y sin consecuencias reales para la Literatura, no late tanto el interés por reconocer una nueva y pasajera celebridad como por la necesidad de alimentar la rapiña que todo emporio editorial ambiciona para campar en el competitivo mundillo de las publicaciones (en efecto, tras el Goncourt no anda lejos la editorial Gallimard, tras el Strega la Mondadori, etc.) En Occidente conocemos estos premios por docenas: a menudo están dados de antemano (es mucho el interés que está en juego: no hablamos de Literatura, claro, sino de dinero, mucho dinero), y otras tantas son concedidos siguiendo los más dudosos criterios de calidad (como haciéndole creer al público que basta con poner en un jurado elegido a dedo a un crítico de renombre, a una profesora de literatura comparada y a un novelista de moda para justificar su decisión).

Todo este despliegue no es nada serio, a lo sumo una vil operación comercial disfrazada de exquisitez para engañar al respetable. Porque a decir verdad, lo único cierto es que los llamados “premios literarios” suelen apuntar muy bajo, sobre todo cuando están remunerados económicamente con cifras considerables. Su fin último no es otro que llamar la atención de un público de masas sobre una mercancía determinada, para de este modo venderla mejor. Nada nuevo bajo el sol, desde luego. Se me objetará que todo en esta vida agresiva y competitiva que hemos construido es negocio puro y duro, y así es para nuestra deshonra. Pero nunca será lo mismo vender un automóvil flamante “con tapicería de cuero” que hacer lo propio con una “inofensiva” novela: el primero es un objeto utilitario o de lujo, destinado a lo que todos sabemos; una novela, en cambio, o bien puede ser un pasatiempo entre intrascendente y perjudicial para la mente, o por el contrario un salvoconducto para recuperar la dignidad menoscabada. Se podrá tildar de idealista, e incluso de anacrónica esta postura, igual que un moderno cualquiera puede tachar de “obsoleta” la lectura del Don Quijote, y sin embargo, nos preguntamos: ¿hasta tal punto de decadencia se ha llegado en este siglo XXI que ya no es posible asumir el hecho de “leer una novela” como una experiencia total, inefable?

Una lectura profunda y nada más es lo que garantiza la supervivencia de la novela no ya como pieza de arte, sino como salvavidas espiritual. La vida del espíritu nunca debería estar en manos de las franquicias editoriales y de otros tantos autores-peones sin el menor sentido del deber para con ellos mismos -y así, para con el depreciado lector-. Lo que está en juego no es la codicia del calculador editor ni el hambre de fama de cierto autor-peón: lo que está en juego es la vida del espíritu, y con ella la pervivencia de la cultura popular (bien entendida).

La novela, a diferencia de la poesía (el género más selecto y exclusivista de las Bellas Letras), supone el género de los más (la muchedumbre prosaica que necesita alimentarse de historias… pero hacerlo “bien”), y como tal debe respetar unos mínimos de decencia ética y estética que nuestra época sacrifica en aras del efectismo más abyecto y del llamado “marketing” en general. A que esta prostitución se perpetúe y consolide, contribuyen en gran medida los premios literarios, que otrora podían ser considerados fiel reflejo de la literatura de tendencia de una época, pero que hoy apenas hacen las veces de meretrices de un público-masa ávido de novedades.

La inanidad de la crítica actual – Una alianza pactada: emporio editorial e industria cultural

Desde que tuvo conciencia de tal, la genuina crítica literaria siempre estuvo presente, mas no siempre fue visible. Su progresiva invisibilización en los últimos tiempos no es apreciación subjetiva, sino evidencia flagrante. Del suplemento cultural del periódico de turno al universitario seminario de filología henchido de tecnicismo, no dista sino un bostezo huero. Y, si bien es obvio que se escribe en masa una cierta “crítica literaria” (y nunca antes se había vertido en tal caudal), consistente en reseñas y estudios diáfanos (que de puro débiles dejan pasar la luz), no menos obvio resulta el hipócrita fin de la misma, como “crítica preparada”: asentar, fijar, el producto-novela de cara a la galería de potenciales consumidores-lectores.

Esta alianza pactada entre productor (que es el gran editor y no el autor, de puro intercambiable: “lo tenemos repetido por docenas”, piensa el primero del segundo) y difusor (que no es tanto la librería habitual ni la distribuidora sempiterna como las presuntas “publicaciones especializadas”, léase revistas “de literatura”, suplementos “culturales”, etc.) se salda, irremediablemente, en un diálogo de buen tono, cuya insignificancia en todos los órdenes de la vida implica, sistemáticamente, la necesidad de una crítica inane y aséptica, meramente eficiente. Por consiguiente, la “mejor” crítica, para el empresario moderno, no será otra que aquélla que no “obstaculice” el buen curso comercial del producto-novela. Incluso el más ínfimo pastiche será despachado siempre con una catarata de eufemismos, de líneas invertebradas que mueren en su propia inutilidad.

El crítico actual, desde su pretenciosa tribuna, no pronunciará tanto veredictos brutales (a lo Sainte-Beuve) ni ironías sutiles (a lo Baudelaire) como “frases llenas de talento”. No es necesario “pasarse”, le dicen desde arriba sus jefes de sección: “sólo es una novela”. Negocio editorial y “crítica literaria”, por ende, nunca habían estado tan felizmente imbricadas.

Y, al fin, ha terminado por triunfar el diablo. Es una realidad que no podrá negar ni el menos despierto de los mortales con algo de conciencia: la “novela-basura” domina considerablemente los estantes de las librerías del orbe, desde las más relamidas y selectas hasta las más lucrativas y groseras. Así es, y puesto que el asunto nos produce un sopor invencible, pasaremos de largo sobre esta cuestión. Ni que decir tiene que el lector auténtico no perderá nada: muy al contrario, ganará algo de lo que todos andamos bastante escasos: tiempo.

La novela -¿haría falta decirlo?- únicamente puede sobrevivir en las más recónditas y apartadas estancias del espíritu. Su ambiente legítimo -allí donde únicamente puede vivir en plenitud y consumarse- es el Silencio.

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