DEMOCRACIA A LA ESPAÑOLA: DAMAS Y CABALLEROS, NO SOPORTO MAS ESTE PLACER. A punto ya de que nuestra Patria atraviese el solsticio de invierno ―nombre globalista de lo que antes fue la Navidad, pues la chusma izquierdista pretende convertir nuestro calendario en un almanaque druídico, a la manera en que Napoleón llenó el año de Brumarios y Vendimiarios―, los españoles nos adentramos ya peligrosamente en las proximidades del triángulo de las Bermudas, que perderá nuestros barcos para siempre ―la honra ya la hemos perdido hace tiempo―.

Foto: Blasfemias escritas en el interior de una iglesia

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.

A este lugar paranormal hemos llegado empujados por una tempestad de expedientes X sin parangón en la historia de la humanidad, que han caído sobre nosotros como auténticas plagas, las plagas de España, actualizadoras de aquellas que tuvieron lugar en Egipto bajo la vara mesiánica, pecata minuta ante la apocalíptica catarata de desastres que nos ha traído la formidable democracia que disfrutamos (¡?)

Es así como hemos llegado a la ParaEspaña, que acabará siendo estudiada por los expertos en fenómenos paranormales y expedientes X de Cuántico (Virginia), quienes tratarán de desentrañar el misterio irresoluble por el cual una patria principesca se transformó ―por mor de una constitución «democrática»― en una lluvia de sapos, tanto cancioneros ―cacareando internacionales puño-en-alto―, como bailarines ―contoneándose en congas orgiásticas y sardanas secesionistas―.

Una Patria que llegó con un solemne desfile de carrozas doradas al año 75, durante el cual una bruja verrugosa nos maldijo con tanta alevosía, que las carrozas se transmutaron en zarrapastrosas calabazas, las cuales nos trajeron ―además de hordas jalouinescas― bolivarianos en guayaberas vivas, e indepes de barretina y horca.

Abrumador poltergeist el que nos ha caído encima, como una ciclogénesis explosiva, como una avalancha de langostas traídas desde el inframundo, como una legión de empaladores sedientos de sangre rojigualda, como una invasión de monstruos pavorosos al servicio del Señor de las Moscas.

La relación de expedientes paranormales «made in Spain» es realmente inacabable, un Guinness en estado puro, que actualmente constituyen la más pura esencia de la «marca España».
Así, de la España una, grande y libre hemos pasado ―merced a la catarsis constitucional― a una Ex­Pana plurinacional, minúscula y lobotomizada, monstruo donde los haya, siguiendo un proceso maléfico que nos ha convertido de príncipes en mendigos.

En aquellos tiempos del águila de San Juan en la bandera éramos un país católico, la «reserva espiritual de Occidente», y ahora somos la reserva mundial de bolivarianos e indepes, de papanatas y estúpidos, de felones y cobardes, donde los valores cristianos están en almoneda, y donde no falta mucho para que a los católicos nos confinen en reservas, como si fuéramos indios chirikawas.

Sí, en aquellos días éramos un país con orden, paz, estabilidad y progreso, mientras que ahora somos un territorio komanche, una selva cuasi caribeña donde agresivas hordas de maleducados rojos y secesionistas campan a sus anchas, desencadenando orgías de pólvora bolchevique y cuatribarrada ante la complicidad del gobierno y la inacción de los españoles.

España komanche, España-City, donde estuvo antaño el lejano Finisterre, transformado hogaño en el territorio del «Finismundi», donde se juega el Armageddón entre las fuerzas del Bien y del Mal.

España, patrimonio mundial de la estulticia, de la ineptitud corrupta, del leninismo apolillado, del nacionalismo amojamado; España, espectáculo impresionante de «performances» grotescas, bufonescas, esperpénticas hasta lo indecible, imposibles de ver en los países civilizados de nuestro entorno, pero que aquí son el pan nuestro de cada día. España de las komancherías imposibles, que nos arrollan en medio de una pasmosa impunidad.

Sorprendente metamorfosis las que hemos inventado aquí, donde hemos patentado una derecha que es centroizquierda, mutación jamás vista en la historia humana.

También tenemos en estos pagos al Dr. Jekill, que de ser el pragmático Felipe González se ha convertido en el maléfico Hyde Sánchez, quien, además de ser el político más inepto que ha habido bajo los cielos, es un Bellido Dolfos elevado al súmmum, paradigma de la traición, del trastorno bipolar, español de día y federalista de noche, mientras prepara para después de la Navidad una moción de censura con la que auparse al trono obsesivamente ambicionado de la Moncloa, con el apoyo de los separatistas, a cambio de indultar a toda la pléyade golpista.

Impresionante espectáculo el de este Pedro Hyde, que pierde dos elecciones por goleada y es vuelto a elegir por sus bases lobotomizadas. Ave Fénix, morituri te salutant.

Y, ¿qué decirles de la transformación increíble que ha experimentado nuestro antaño glorioso ejército? Vencedor en mil batallas, compuesto por indomables legiones de bravos soldados, ahora es regido por una señora que no tiene ni pajonera idea de lo que es una milicia, y es enviado en misiones «humanitarias» al servicio de instituciones transnacionales a las órdenes del NOM. Ejército cipayo, desvirtuado, devaluado, carne de cabalgatas y desfilitos.

Durante aquel tiempo, sin pagar apenas impuestos, éramos un país con deuda inexistente. Era tal nuestra pujanza, que los Bilderbergs tuvieron que tutelar nuestra Transición para que nuestro poderío económico no amenazara la riqueza de otros países europeos. Fue así como un país que estaba a punto de superar a Francia e Inglaterra en renta per cápita se convirtió en un país de camareros, que desguazó su industria para complacer a los mandamases que aseguraban el poder a la casta sociata. Lo dicho: de príncipes a mendigos.

Fenómeno absolutamente pasmoso es también que los vascos y los catalanes, que hicieron su riqueza en base a los privilegios que les concedieron todos los gobiernos centrales; que forjaron su prosperidad en el desvío vergonzoso hacia sus territorios de recursos y mano de obra barata de otras regiones de España; que estuvieron siempre durante su historia a partir un piñón con España, ahora se han transformado en monstruosas metástasis independentistas, creyéndose que su bienestar se debe a que son razas superiores(¡?)

Sí: quisimos dejar de ser diferentes, ser plenamente europeos, integrarnos de pleno derecho en esa civilización occidental que tanto contribuimos a forjar en siglos pretéritos.

Aspiramos a que lo que empezara después de los Pirineos fuera una Arcadia feliz, un territorio civilizado homologable con el resto de Europa. Sin embargo, por querer ser Europa, hemos dejado de ser España.

Welcome to Bananaland, tierra donde antes un mono podía ir de norte a sur saltando de encina en encina, y donde ahora los mandriles de barretina y rojo hocico se columpian de banano en banano por toda nuestra geografía, enseñándonos sus horribles colmillos, sus feroces gestos de depredadores en celo.

País de astrakanadas, de esperpentos, de fistros, de greguerías y komancherías, donde hemos pasado del «Bienvenido, Mr. Marshall», al «Welcome, Mr. Soros». País que en aquellos tiempos manejaba la lengua de Cervantes, mientras que ahora, en otra de nuestras impactantes metamorfosis, la marea inglesa devasta nuestro vocabulario.

Y en esas estamos, criando monstruos que nos sacan los ojos, que devoran nuestra España; ejecutando grotescas performances de travestismo, de cambios de género y de identidad, donde nada es lo que era… devastadoras metamorfosis a las que llaman progreso, a las que hacen desfilar impúdicamente bajo la bandera de la libertad.

Y es que, damas y caballeros, es un placer ser tan demócratas, tan modernos y progresistas. Sin embargo, en lo que a mí respecta, todo eso de transiciones y democracias me que hay placeres que matan, como se muestra en aquel relato donde se ve a un cazador de patos en un amanecer gélido, con el bigote completamente escarchado, las manos tiesas por el frío, temblando ante la rasca que está cayendo.

Sus amigos le habían invitado a la cacería para que supiera de qué iba eso, ya que aquel hombre nunca había asistido a ninguna, asegurándole que era un auténtico placer.

Sin embargo, después de haber estado aterido de frío en el puesto durante varias horas sin cazar ningún pato, se volvió y les dijo a sus amigos: «Caballeros: no soporto más este placer».

O, lo que es lo mismo, «Damas y caballeros, estoy muy harto y no puedo soportarlo más».

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