EL ANTI PAPA FRANCISCO O LA PERVERSIÓN DEL ESPÍRITU: Defender la “dignidad” de los asesinos, su nuevo reto progresista. El papa Francisco acaba de ponerle la guinda al pastel, el 2 de agosto, al añadir en el catecismo católico la prohibición de matar a los criminales

Por, Alexis Arette.

La Europa que los mundialistas nos han inventado tiene esto de especial con relación a las barbaries del pasado: que les está permitido a las madres republicanas [N. del T.: El autor piensa en Francia, de ahí lo de “republicanas”] el matar al niño que llevan dentro, pero que les está prohibido a los ciudadanos el matar lobos, linces y osos que devastan a los ganados. Así, hemos pasado de una barbarie defensiva a otra barbarie, una de tan altamente ideológica como imbécil. Del mismo modo que Picasso confesó «Lo que me salva, ¡es que consigo afear cada día más!», nuestros políticos podrían decir: «Lo que nos salva, es que conseguimos embrutecer cada día más».

El papa Francisco acaba de ponerle la guinda al pastel, el 2 de agosto, al añadir en el catecismo católico la prohibición de matar a los criminales. El texto vaticano dice así: «Hoy se es cada vez más consciente de que la persona no pierde su dignidad, incluso si ha cometido crímenes muy graves». El papa, pues, lo que hace es defender la «dignidad» de los asesinos. Es una gran primicia para la Iglesia. Nuestra república ya estaba un poco avanzada en este sentido, gracias a Robert Badinter, el cual defendió a Hamida Djandouli, quien prostituía a sus amas, violaba cada vez que podía y estranguló a su primera mujer tras haberla torturado. Nuestro papa habría visto ahí a un digno asesino. Badinter no llegó a tanto: testificó que estaba loco. El tribunal no le hizo caso y el «alienado» fue guillotinado.

En mi larga vida, he acumulado cantidad de documentos sobre el tema; así, completamente por casualidad, me encuentro con un artículo del padre Brukberger [Raymond Léopold Bruckberger (1907-1998) fue un sacerdote dominico francés] que trataba de ello hace unos 50 años. El padre (quien tuvo su momento de celebridad) la tomó con algunos eclesiásticos mitrados que se habían adelantado a nuestro papa al declarar: «¡El derecho a la vida es un absoluto, y la pena de muerte es una de las formas de desprecio a la vida humana!»

El padre, que hubo acompañado a muchos fusilados a la Liberación [Así, en mayúscula inicial lo escribe el autor, quien probablemente se refiere a que el reverendo les asistía espiritualmente en los últimos momentos], ponía como ejemplo la página más trágica de los evangelios, a saber, la crucifixión. Ante el ladrón malo, quien, como nuestro papa, se rebelaba contra la pena de muerte, y que deseaba que Cristo le desclavase de la cruz para luego seguir como bandolero, el «buen ladrón» le replicó: «No tienes ningún temor de Dios, tú que sufres el mismo suplicio; con nosotros, SE HA HECHO JUSTICIA, nuestros actos nos han hecho merecedores del castigo que estamos sufriendo, mientras que él ningún mal ha hecho.» Así, el padre comentaba: «Es el primer santo de la Iglesia católica, el único canonizado por Jesucristo y, un bandido que sabía que una pena de muerte como la que estaba sufriendo, es justicia.»

Que el papa y los obispos del «progreso» se sientan más solidarios con los asesinos que con sus víctimas hasta el punto de darles, como también lo hacen bastantes jueces, igualmente del «progreso», la ocasión de hacerlo otra vez, seguramente la historia lo recordará como un deshecho de la ideología progresista, el signo cierto de la perversión del Espíritu. Cuando el Evangelio nos aconseja que busquemos el Reino de Dios y su justicia, ¿es necesario que, en nombre de la caridad, ignoremos el crimen? ¿Pueden ustedes imaginarse cómo sería una sociedad sin tribunales? El padre comenta: «Cuando uno se halla ante un asesinato, ¡es seguro que tiene que haber un criminal!» Nuestros obispos tienen la bondad de decirnos: «De manera espontánea, el público se siente solidario con la víctima». ¿Y ellos no? Afortunadamente, siempre habrá personas con corazón que se indignen ante el crimen y se sientan solidarias con la víctima. ¡Nuestros obispos se pasan cuando sospechan en grado sumo de la legitimidad de dicha solidaridad, y la juzgan como algo pasional! He leído una y otra vez el texto, ¡y no podía creerlo! Unos hombres que son célibes, sin cargas temporales emprendedoras o familiares, desligados de una vez por todas de toda responsabilidad mundana, ¿cómo podrán ponerse en el lugar de las víctimas o de los padres de las víctimas? ¿Cómo comprenderán el miedo y la angustia de un padre y de una madre cuyo hijo ha sido secuestrado, del cual ignoran dónde está, entre las manos de quién está, y si todavía vive? Cuando uno no está en condiciones de comprender ciertas cosas, yo pienso que más vale que se callen, por su propia dignidad».

Desde luego, nuestros eclesiásticos vanguardistas no han ido a la cárcel. Pero quisiera aportar un testimonio. Tuve un camarada combatiente muy valiente, el cual después de haber ingresado en los servicios especiales en donde a veces se recibe la orden de matar, habiendo cometido ciertas indelicadezas se encontró en una situación tal, ¡que mató al policía que iba a detenerle, y a la ama de la casa por haberle denunciado! Dado que el palmarés de sus servicios era satisfactorio, el tribunal fue extremadamente indulgente y lo condenó solamente a 10 años de reclusión.

Es desde la cárcel que él volvió a contactar conmigo, 20 años después de habernos dejado. Se le propuso una remisión de pena por buena conducta, ¡lo cual rechazó, por considerar que su deber era «pagar hasta el final»! Ya libre, me dijo: «Estoy a favor de la pena de muerte, ¡la cárcel a perpetuidad es un suplicio espantoso!, ¡más humana es la muerte!» También esta fue reclamada por el criminal Buffet quien, ya en la cárcel, ¡cometió un doble asesinato con la finalidad de asegurarse ser guillotinado!

Ante cualquier falta puede uno tratar de comprender, e incluso en lo que atañe a crímenes que puedan tener circunstancias atenuantes; ahora bien, todo asesinato sin circunstancias atenuantes debe ser castigado con la muerte. En nuestros días, la puesta en libertad de algunos criminales por creerlos arrepentidos, pero que luego matan otra vez, incrimina aun a jueces, los cuales dictaminan como sigue: «Cómplices de participación en una muerte, pero sin intención de que se produjera».

Desgraciadamente, gracias a ideólogos como Badinter, algunos obispos, e, incluso, el obispo de Roma, nos encaminamos hacia el período de los asesinos impunes, y no va a ser con «marchas blancas» —que el régimen ha ideado para desentenderse de su responsabilidad— que haremos que regrese la justicia que todos necesitamos. Pero no es seguro que la naturaleza, que hoy en día parece, por su violencia, acompañar la creciente irresponsabilidad humana, la aguantase por mucho tiempo.

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