EL CONCILIO CADAVÉRICO DE LOS PROFANADORES DE TUMBAS: UN HIMALAYA DE MALDICIONES CAERÁ SOBRE ELLOS

Por, Laureano Benítez Grande-Caballero

«Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas» (Winston Churchill)

En España, la «Damnatio memoriae» de la Roma antigua ha pasado a llamarse «memoria histórica», la cual, además de cambiar nombres de calles de derechistas, de destruir estatuas de personas non gratas para las turbas izquierdistas, y otras prácticas totalitarias por el estilo, tiene su más cruda especialidad en el desentierro de cadáveres. O sea, que se aplica con todo incluido, constituyendo así una «damnatio» a la estaliniana.

Ya lo han hecho con Mola, con Sanjurjo —aunque les saliera el tiro por la culata—, quieren hacerlo con Moscardo y Milans del Bosch —enterrados en una cripta del Alcázar de Toledo que no se visita— y ahora le toca a Franco, cuya profanación fue aprobada por un Kongreso convertido en un «Concilio Cadavérico», donde ni uno solo de los 350 diputados votó en contra de la perversa proposición no de ley que da luz verde a la profanación de Franco, y eso a pesar de que la democracia se supone que tiene su base en la representatividad, y el hecho incuestionable es que el 54% de los españoles no aprueban la profanación. La pregunta cae por sí misma: ¿Quién representa actualmente a esa mayoritaria opinión pública en contra de la exhumación? Y también la viceversa: ¿A quién representan estos politicastros? Aunque la pregunta es una perogrullada, porque ya sabemos a qué poderes inclinan servilmente la cerviz.

Por cierto, que la venganza profanadora sobre Franco también afectará a sus familiares, pues sus parientes sepultados en el Ferrol ya están amenazados también de profanación. Ni los satánicos soviéticos se habían atrevido a ir tan lejos.

Realmente, ¿qué podía esperarse de un gobierno «Frankestein» sino una manía patológica por desenterrar cadáveres? Ahí vienen, con sus ojos inyectados en sangre, con las uñas bien afiladas para escarbar la tierra, con su cara macilenta de draculines en celo, con sus palas mecánicas, con sus tuneladoras listas para arrasar basílicas, mausoleos, lápidas, cementerios…

La profanación de Franco es un ejemplo prístino de lo que puede llamarse «resurreccionismo político», que consiste en desenterrar cadáveres con el fin de vengarse de un enemigo político o ideológico. En sus orígenes, los «resurreccionistas» eran delincuentes que desenterraban a los muertos para luego venderlos a científicos para sus estudios del cuerpo humano. Esta práctica llegó a ser tan corriente, que los familiares de un difunto solían montar guardia junto su sepulcro varias semanas, hasta que se aseguraban de que el tiempo transcurrido había sometido al cuerpo a tal grado de putrefacción, que lo hacía inservible para cualquier estudio.

Por supuesto, siempre han existido los resurreccionistas que destinaban los cadáveres a prácticas de magia negra y satanismo, pero la vertiente política de los profanadores de tumbas es la última moda, desde que los marxistas irrumpieron con sus programas luciferinos, que también buscan vengarse «postmortem» de los enemigos políticos, de aquellas personas que en vida ofrecieron resistencia a grupos de presión conectados con las ideologías dominantes neomarxistas, a pesar de que estas ideologías se disfracen bajo la careta de los «derechos humanos».

Tal fue el caso del robo de los restos de Gladys Hammond, en un cementerio inglés, perpetrado por defensores extremistas de los derechos de los animales, los cuales hacían campaña contra la granja Darley Oaks, que criaba cobayas para fines científicos. Hammond tuvo la mala suerte de ser la suegra de los sueños de la granja. Impresionante. Es un ejemplo de la degradación que el neomarxismo produce en la especie humana: lo animales valen más que las personas.

Ningún país del mundo permite la profanación de los cadáveres, práctica que está mundialmente considerada como delito. En el Código Penal español se establece en su artículo 526 que «El que, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a 10 meses​».

También el protocolo funerario de la Comunidad de Madrid de 2007 establece que la exhumación de un cadáver solamente se efectuará con el consentimiento de la familia. Normativas que son agua de borrajas para la patología necrofílica del «Concilio Cadavérico». Al igual que parece darles lo mismo que los restos de Franco estén en suelo sagrado, inviolable desde todo punto de vista según el Concordato firmado con la Santa Sede en 1979.

No es difícil entender que la profanación de los cadáveres es una evidente manifestación de una patología morbosa a la que clínicamente se le da el nombre de «necrofilia». Para el psicólogo neomarxista Erich Fromm —perteneciente a la malévola «Escuela de Frankfurt», por cierto—, la persona con patología necrofílica siente fascinación enfermiza por todo lo muerto: cadáveres, heces, basura… Por ello, viven en el pasado —que está muerto—, y no en el presente. Se les podría representar como escarabajos peloteros, empujando su cosmos de basura y estiércol hacia sus infectas madrigueras. ¿Hay algún modo mejor de metaforizar al Terror Rojo, solo que la bola sería de cadáveres pertenecientes a todas las víctimas que han masacrado, torturado, humillado, vejado, destruido y asesinado?

También explica Fromm que los necrófilos sienten atracción por la violencia, por la destrucción, por el suicidio, el sadismo y los deseos de matar. En último término, viene a decir que el necrófilo vive sin estar realmente vivo. Genial manera de describir a la patulea luciferina que nos malgobierna.

Este obsesión por las morgues, los tanatorios y los cementerios, explica que a los neomarxistas les pongan cachondos horrores necrófilos como el aborto, la eutanasia, y la profanación de cadáveres, y, si tenemos en cuenta sus evidentes conexiones con sectas iniciáticas adoradoras del Señor de las Moscas —cuyos insectos se dan un festín con los despojos de sus enemigos—, todo este maremágnum de terror desemboca en la cultura de la muerte que preside hoy nuestra civilización, y especialmente España, cuya bandera ya está trufada con el siniestro «jolly roger» de la calavera con las tibias cruzadas. Spain skull@bones, para decirlo con un término de la anglofilia que aborrezco.

Y es que el Frente Popular que se instaló en el poder mediante un golpe de Estado escandaloso está formado por los mismos partidos que protagonizaron el apocalíptico espectáculo necrofílico de la República, terror de momias, holocausto zombie, que en días de cristales rotos y ataúdes abiertos rindieron culto a su señor Belcebú.

Pero que este Gobierno a tumba abierta tenga cuidado, mucho cuidado, porque existen las maldiciones que machacarán a los profanadores, porque Tutankhamon no es ningún cuento, y haberlos haylos.

Por ejemplo, Hugo Chávez ordenó el 16 de julio de 2010 la profanación de la tumba de Simón Bolívar, con el fin de intentar demostrar que su muerte no se debió a tuberculosis, sino a una conspiración orquestada por Colombia, país con el que el dictador venezolano tuvo algunos altercados durante su mandato. Sin embargo, la opinión pública creyó desde el primer momento que lo hacía para distraer la atención de la grave crisis política y económica de Venezuela —el país donde la profanación es una costumbre, por cierto—. Y, ojo al dato, la nueva inhumación se hizo en una tumba con forma de pirámide masónica, a pesar de que Bolívar había abandonado la masonería antes de su fallecimiento.

El caso es que nueve personas que tuvieron especial protagonismo en la profanación fallecieron al poco tiempo en extrañas y sorprendentes circunstancias, incluido el mismo Hugo Chávez. ¿Casualidad?

Termino  con una frase atribuida a Napoleón —mira quien habla: otro profanador de tumbas—: «Vengarse de un muerto es un acto de cobardía. Desenterrar a un muerto que hizo historia, es histerismo e impotencia. Y de hacerlo, el desenterrador, si es valiente, debe estar presente en el acto y mirar y sostener la mirada de las cuencas vacías de la calavera».

Jamás podrán profanar la tumba de Franco, porque, en su cobardía, saben que tendrán pesadillas con la mirada de Franco, y un Himalaya de maldiciones caerá sobre ellos. Que así sea.

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