EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA SEGUNDA REPÚBLICA-I-B: EL PACTO DE LOS LOBOS. Dentro del «Himalaya» de mentiras ―expresiva frase de Julián Besteiro, el único socialista con dignidad de la Segunda República― con que la ideología progre ha lobotomizado a generaciones de españoles desde la Transición, ocupa un lugar descollante la madre de todos los embustes.

Por Laureano Benítez Grande-Caballero

Frente a la cuestionable fiabilidad del Anuario Estadístico de España de 1932, el investigador Shlomo ben Ami (1990) recurrió directamente a las fuentes, utilizando para ello las comunicaciones enviadas por los gobernadores civiles al Ministerio de la Gobernación, depositadas en el Archivo Histórico Nacional, con el fin de reconstruir los resultados reales de las elecciones, que arrojaron el siguiente saldo: en las capitales de provincia los republicanos consiguieron 1.037 concejales, frente a los 552 monárquicos; en cuanto a los concejales elegidos el día 5 abril en primera vuelta, los republicanos obtuvieron 2.592 concejales, por 18.616 de los monárquicos; en el resto de las provincias, hubo 5.321 concejalías republicanas, por 10.997 monárquicas.

Los republicanos consiguieron mayoría en 40 capitales de provincia, especialmente en las ciudades más populosas, lo cual les proporcionó la excusa para proclamar que la voluntad del pueblo español era la instauración de la República.

El Rey Alfonso XIII

En democracia es un hecho bien sabido que en las grandes ciudades se necesitan más votos por cada escaño que en las pequeñas localidades, pero finalmente lo que decide el triunfo es el número de escaños conseguidos, no el número total de votos que ha obtenido cada formación política.

Lo que resultaba claro era que la España rural ―lo que hoy suele llamarse «España profunda»― había votado masivamente a favor de la monarquía, mientras que en las zonas urbanas habían predominado los republicanos. El mismo gobierno republicano y el Anuario Estadístico de 1932 reconocieron el triunfo de las candidaturas monárquicas.

Así pues, resulta realmente sorprendente que, ante el hecho de que los datos que ofrecía el recuento parcial de votos eran claramente favorables a la monarquía ―22.150 concejales monárquicos, frente a 5875 concejales republicanos―, a las ocho de la tarde del 14 abril el rey se dispuso a partir al exilio.

Lo que era un aplastante triunfo de la monarquía se convirtió en derrota, perpetrándose un auténtico golpe de Estado, porque los miembros del gobierno ―excepto dos―, los políticos monárquicos y especialmente los dos mandos militares más importantes ―Berenguer y Sanjurjo― interpretaron las elecciones en clave plebiscitaria, afirmando que habían sido un triunfo de la República y una catástrofe para la monarquía, con lo cual forzaron la marcha al exilio de Alfonso XIII.

En este sentido, es muy revelador es el telegrama que envió el general Berenguer ―ministro de Gobernación― a los capitanes generales de las distintas regiones militares: «Las elecciones municipales han tenido lugar en toda España con el resultado que por lo ocurrido en la propia región de V.E. puede suponer. El escrutinio señala hasta ahora la derrota de las candidaturas monárquicas en las principales circunscripciones […] se han perdido las elecciones […]».

Cuando el almirante Aznar ―presidente del Gobierno― acudió el día 13 al Palacio Real para despachar con el rey, declaró ante los periodistas en clave derrotista que: «¡Que quieren ustedes que les diga de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano!».

En esta misma línea, el conde de Romanones afirmó también en clave negativa que: «El resultado de las elecciones no puede ser más lamentable para los monárquicos. Ésta es la realidad y es preciso decirlo, porque ocultarlo sería contraproducente e inútil».

Ante aquella debilidad de la Monarquía, totalmente carente de apoyos, los jerarcas republicanos convocaron manifestaciones y algaradas callejeras, aparentemente con la intención de celebrar un triunfo que todavía no había sido corroborado por la documentación electoral, pero cuyo verdadero objetivo era amedrentar a las escasas fuerzas monárquicas, que contemplaban el paso a la bancada republicana de figuras como Maura o Alcalá-Zamora.

A todo esto hay que añadir la postura indolente y cobardona de Alfonso XIII, quien, con la excusa de que no deseaba ser la causa de una guerra civil, y afectado por la muerte reciente de su madre y por el miedo que tenía su mujer de acabar ante un pelotón de fusilamiento como sus parientes los Romanov en la Rusia bolchevique, se rindió y marchó al exilio. Miguel Maura reconocería: «Nos regalaron el poder. Suavemente, alegremente, ciudadanamente: había nacido la II República española».

Trabajadores valencianos inmovilizando un tranvía durante la huelga golpista de 1933

Sí, la República había nacido, entre adulteración de datos, amenazas revolucionarias, deserciones entre las filas monárquicas, cobardía de la Casa Real, conspiraciones de oscuros conciliábulos republicanos, y mil y una trapacerías, convirtiendo aquellos comicios en un aquelarre golpista. No es de extrañar el curso pucheril de los acontecimientos, si tenemos en cuenta que los mismos que usurparon ilegalmente el poder dos días después de las elecciones interpretando a su manera y manipulando los resultados electorales, son los mismos que unos meses antes habían urdido un siniestro plan, un auténtico pacto de los lobos para derrocar al régimen monárquico por la vía de los hechos y la fuerza.

Este pacto ―y golpe de Estado― de los lobos volvió a repetirse en la asonada revolucionaria de octubre de 1934, y en la toma del poder por el Frente Popular en febrero de 1936.

Un Comentario sobre “EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA SEGUNDA REPÚBLICA-I-B: EL PACTO DE LOS LOBOS. Dentro del «Himalaya» de mentiras ―expresiva frase de Julián Besteiro, el único socialista con dignidad de la Segunda República― con que la ideología progre ha lobotomizado a generaciones de españoles desde la Transición, ocupa un lugar descollante la madre de todos los embustes.

  1. Que le bajen a los embustes. Report

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