EL MODERNISMO: RAÍCES Y CONSECUENCIAS HISTÓRICAS-PRIMERA PARTE. CONFERENCIA PRONUNCIADA EN EL HOTEL MAXIMO D’AZEGLIO EN ROMA EL 23 DEJULIO DEL 2018

Foto: Roberto de Mattei- Fuente: Correspondencia Romana

Origen del término modernismo

Parece ser que el vocablo modernismo fue acuñado por el economista católico belga Charles Périn en su libro Le modernisme dans l’Eglise1 para referirse con dicha denominación a un complejo de errores que se habían introducido en la Iglesia con el catolicismo liberal de Lammenais. En 1883, el padre Matteo Liberatore desarrollaría el tema en una serie de artículos que publicó en La Civiltà Cattolica2.

Sin embargo, quien atribuyó al término modernismo el sentido que todavía le seguimos dando fue San Pío X, que lo empleó por primera vez en el decreto Lamentabili3 del 3 de julio de 1907 y en la encíclica Pascendi4 del 8 de septiembre del mismo año. Con esta denominación, quiso definir Pío X la naturaleza  unitaria de los errores teológicos, filosóficos y exegéticos que se habían  propagado en las últimas décadas en el interior de la Iglesia Católica.

Cuando publicó la encíclica Pascendi, Pío X (A la izquierda) reinaba desde apenas hacía cuatro años, mientras que el modernismo ya había gozado de una larga incubación. Para descubrir sus orígenes es posible remontarse a una genealogía de errores que procede sobre todo de la filosofía alemana del siglo XIX. Es más, el modernismo está vinculado a dos corrientes derivadas del luteranismo: el racionalismo, que va de Kant a Hegel y reduce la religión a filosofía, y el irracionalismo de los filósofos del sentimiento, desde Jakobi a Schleiermacher, que identifica la religión con el sentimiento de lo divino.

Ahora bien, el modernismo es algo más que una doctrina: se trata de una actitud psicológica novedosa ante el mundo moderno que puede estar vinculada al americanismo, complejo de teorías propuestas por el P. Isaac Hecker (1819-1888), converso protestante que fundó la congregación de los padres paulistas, el cual proponía una evolución general de la fe y una acomodación de la Iglesia a las exigencias de la modernidad.

Este cambio de mentalidad se desarrolla ante todo durante el pontificado de León XIII (a la izquierda). En el plano filosófico, el pensamiento de este pontífice se opone categóricamente a la modernidad. Un auténtico manifiesto en tal sentido es la encíclica Aeterni Patris del 4 de agosto de 1879, en la que, contra los errores de la filosofía moderna, el Papa declara que la vía más eficaz para redescubrir la verdad perdida es volver a la filosofía del Aquinate. No es casual que, en una carta apostólica dirigida a la Academia Romana de Santo Tomás, Pío X afirmara que uno de los principales timbres de gloria de León XIII era precisamente «haber intentado, por encima de todo y con todas sus fuerzas, restablecer la doctrina de Santo Tomás de Aquino»5.

No obstante, en los planos político y pastoral León XIII intentó una reconciliación con el mundo moderno al que combatía en el filosófico. Este espíritu de transigencia  tuvo su expresión principal en el Ralliement6, es decir, la política de acercamiento a la Tercera República francesa, masónica y laicista, sancionado en la encíclica Au milieu des sollicitudes7 del 16 de febrero de 1892.

Aunque fuera de un modo meramente arbitrario, el modernismo se presentaba como una transferencia  del Ralliment del plano político al teológico y al filosófico. El Ralliement  animó  de hecho a numerosos integrantes del clero, y no sólo en Francia, a extender la apertura al mundo moderno del ámbito político al teológico. León XIII, se decía, había abierto las puertas a una enseñanza de carácter más científico y moderno en la que la exégesis y la historia habrían de acompañar la investigación teológica y filosófica8. El Instituto Católico de París se convirtió en laboratorio de las nuevas tendencias. Allí enseñaba historia de la Iglesia monseñor Louis Duchesne (1843-1922), bajo cuya dirección se formó como profesor de exégesis Alfred Loisy (1857-1940), que llevó a sus últimas consecuencias el método histórico-crítico de su maestro. Un tercer personaje, el P. Marcel Hébert (1851-1916), llevó las ideas de Loisy y de Duchesne al terreno filosófico. Estos tres sacerdotes, dos de lo cuales terminarían por caer en la apostasía, ejercieron según el P. Barbier una influencia decisiva en la orientación del clero joven y la juventud seglar católica entre los años 1880 y 18939.

El neocristianismo se propagó con rapidez, incluso fuera  del Instituto Católico. El 7 de junio de 1893, el joven Maurice Blondel (1861-1949) defendió en la Sorbona una tesis doctoral titulada La acción: ensayo sobre una crítica de la vida y una ciencia de la práctica.10 En esta obra, destinada a adquirir celebridad, sostenía que el espíritu humano es exhortado por un dinamismo interior a buscar a Dios en la inmanencia de la acción. La nueva filosofía de la inmanencia de Blondel pretendía sustituir el intelectualismo por las aspiraciones del corazón y las exigencias de la vida, buscando las raíces de lo sobrenatural en la propia naturaleza humana. De esta asunción del inmanentismo por el pensamiento moderno derivó la idea de que el hombre, a raíz de su deseo de infinito, pueda participar por identidad en la infinitud divina. El método filosófico de Blondel estaba vinculado con el científico de los nuevos historiadores y exégetas por la primacía concedida a la experiencia como criterio último para determinar toda certeza y verdad.

León XIII empezó a darse cuenta del peligro que suponían las nuevas doctrinas exegéticas y filosóficas. Tras la publicación de la carta apostólica Testem benevolentiae11  contra los errores del americanismo el 22 de enero de 1899, publicó el 8 de septiembre del mismo año la carta al clero francés   Depuis le jour12, en la que reiteraba la urgencia de volver a la filosofía y la teología de Santo Tomás. Pero las nuevas tendencias filosóficas y exegéticas ya se habían extendido.

San Pío X y el modernismo

La chispa que desató el estallido modernista fue la polémica suscitada por la publicación en 1902 del librito del P. Alfred Loisy (foto de la izquierda)  El Evangelio y la Iglesia13 en respuesta a la interpretación del cristianismo del exégeta protestante Adolf von Harnack (1851-1930) en sus clases de la Universidad de Berlín. Loisy, aplicando el novedoso método histórico-crítico al campo de la exégesis, negaba o anulaba  el carácter revelado del Antiguo y el Nuevo Testamento, la divinidad de Cristo, la fundación de la Iglesia, la jerarquía y los sacramentos.   Vista su obra en retrospectiva, declaraba que «deseaba una reforma esencial de la exégesis bíblica, de la totalidad de la teología e incluso del catolicismo en general».14

El debate fue extendido al campo filosófico por el oratoriano Lucien Laberthonniere (1862-1932), director de la publicación Annales de phiosofie chrétienne, en la que exponía la necesidad de desligar el cristianismo del aristotelismo tomista, y por Edouard le Roy (1870-1954), sucesor de Bergson en el College de France, para quien la verdad dogmática no era sino un elemento orientador de la praxis que no es demostrable y sólo es posible de traducir a la acción ética.

Los principales teólogos del movimiento fueron dos sacerdotes, el irlandés George Tyrrell (1861-1909) y el italiano Ernesto Buonaiuti (1881-1946). George Tyrrell se había convertido del calvinismo al anglicanismo, y posteriormente al catolicismo (1879), ingresando más tarde en la Compañía de Jesús. Identifica la revelación con la experiencia vital, experiencia religiosa, que encuentra su cumplimiento en la conciencia de cada uno, y es la lex orandi la que tiene que dictar las normas de la lex credendi y no al revés. En realidad, para él la revelación-experiencia, «no es algo que nos pueda venir de fuera; la enseñanza puede ser la ocasión, pero no la causa»15.

Buonaiuti, profesor de historia de la Iglesia en el seminario de Apollinaire, fue autor del manifiesto modernista, publicado anónimamente en Roma en 1907, que constituye un intento de respuesta orgánica a la Pascendi y fue elogiado por los máximos exponentes del movimiento, como Tyrrell, que lo tradujo al inglés.

Finalmente, el modernismo encontró, en palabras de Loisy, un importante enlace en la figura del barón Friedrich von Hügel (1852-1925). Hijo de padre austriaco y madre escocesa, debido a su prestigio social y su condición cosmopolita Hügel fue «el  eslabón que vinculaba las sociedades inglesa, alemana e italiana, entre las ideas de la filosofía de la acción y las de la inmanencia histórica»16. Paul Sabatier (1858-1928) calificó a Von Hügel de «obispo laico de los modernistas»17, mientras que Tyrrell lo presentó al P. Henri Brémond (1865-1933) como su pontífice laico. Nuestro programa, escribe con sarcasmo, «es una religión totalmente aceptable, y será recibida con los brazos abiertos por un numeroso sector de las confesiones anglicanas y protestantes. Y una vez que el Papado esté en total confunsión  y haya sido desacreditado, marcharemos sobre el Vaticano e instalaremos al barón (Von Hügel) en el solio de San Pedro como primer papa laico»18.

Ante este movimiento combativo y clandestino, Pío X reaccionó publicando un documento profético, la encíclica Pascendi.(Continuará)

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