EL MODERNISMO: RAÍCES Y CONSECUENCIAS HISTÓRICAS-SEGUNDA PARTE. CONFERENCIA PRONUNCIADA EN EL HOTEL MAXIMO D’AZEGLIO EN ROMA EL 23 DEJULIO DEL 2018

Roberto de Mattei-Fuente: Correspondencia Romana

Para San Pío X, el núcleo del modernismo no consiste tanto entre esta o aquella verdad reveladas, sino en la transformación radical de la noción misma de verdad mediante la aceptación del principio de inmanencia, que constituye el cimiento del pensamiento moderno, como se expone en la proposición nº58 de las condenadas por el decreto Lamentabili: «La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, puesto que evoluciona con él, en él y por él.»

La inmanencia es un concepto filosófico que entiende la experiencia como valor absoluto y excluye toda realidad trascendente. Para los modernistas, nace de un sentimiento religioso que, al no apoyarse en premisas racionales, es en realidad fideísmo. La fe no es la adhesión de la inteligencia a una verdad revelada por Dios, sino una exigencia religiosa que se libera del fondo oscuro (subconsciente) del alma humana. Las representaciones de la realidad divina son meros símbolos, cuya fórmula intelectual varia con arreglo a la experiencia interior del creyente. Para los modernistas, las fórmulas del dogma no contienen verdades absolutas; son imágenes de la verdad que es preciso adaptar al sentimiento religioso.

Al final, la verdad religiosa se resuelve en la autoconciencia de la persona ante los problemas individuales de la fe. En este sentido, se reemprende la tentativa gnóstica de abarcar todas las verdades mediante un principio único, la subjetividad de la verdad y la relatividad de todas sus fórmulas19. Para San Pío X, «esta inmanencia de los modernistas pretende y admite que todo fenómeno de conciencia procede del hombre en cuanto hombre; luego entonces, por legítimo raciocionio, se deduce de ahí que Dios es una misma cosa con el hombre, de donde se sigue el panteísmo».20

La encíclica Pascendi se puede considerar un documento fundamental del Magisterio de la Iglesia, y entre todos los actos magisteriales de Pío X sigue siendo,  a decir del P. Cornelio Fabro, «el más insigne monumento de su pontificado».21 El historiador Emile Poulat destaca por su parte que Pascendi es la lógica culminación de la orientación  sostenida por Pío IX aproximadamente medio siglo antes en el Syllabus (1864): «Pío IX denunciaba los errores ad extra (al exterior de la Iglesia) que circulaban por el mundo; mientras que Pío X arremetía contra un fenómeno ad intra (al interior de la Iglesia),   atacando  los mismos errores que se habían infiltrado en la Iglesia llegando a cobrar forma y echar raíces».22

Del modernismo a la nouvelle théologie

San Pío X se dio cuenta de que no se las veía con una escuela filosófica, sino con un partido, y en el motu proprio Sacrorum Antistitum23 del 1 de septiembre de 1910, en el que impuso el juramento antimodernista, propuso también la hipótesis de que el modernismo constituyese una verdadera sociedad secreta dentro de la Iglesia24. Un testigo  interno  como Albert Houtin, al describir el plan del modernismo, previó que los novatores no saldrían de la Iglesia, ni siquiera en el caso de que llegaran a perder la fe, sino que se quedarían el mayor tiempo posible a fin de propagar sus ideas.25 «Hasta el día de hoy –explicaba Buonaiuti– se ha querido reformar a Roma prescindiendo de Roma, o  incluso  contra Roma. Es necesario reformar a Roma con Roma; que la reforma pase por las manos de quienes deben ser reformados. Ése es el auténtico método infalible, pero es difícil. Hic opus, hic labor».26 Mediante este plan, el modernismo se proponía transformar el catolicismo desde dentro, dejando intacto dentro de los límites de lo posible el envoltorio exterior de la Iglesia.

¿Es posible imaginar que un movimiento tan extenso y ramificado se iba a detener después de su condena? En los años que siguieron a la muerte de Pío X la estrategia de los modernistas consistió en declarar la inexistencia del modernismo y acusar con dureza la represión antimodernista. Las tendencias de los novatores en el campo de las Escrituras, la liturgia, la teología y el ecumenismo continuaron desarrollándose al interior de la Iglesia de forma aparentemente espontánea y desprovista de orden y rumbo, como ya había sucedido con León XIII. En realidad, el modernismo no sólo circulaba en los libros, sino en todo el cuerpo de la Iglesia, envenenando todos sus órganos. Esto permitió que la naciente nouvelle théologie se presentase como una teología y filosofía viva, ligada a la historia, en contraposición con el carácter abstracto y libresco de la neoescolástica.

En Tournay (Bélgica), se fundó el convento dominico de Le Saulchoir (foto encima de este párrafo), donde a partir de 1932 fue jefe de estudios el P. Marie-Dominique Chenu (1895-1990), que en 1937 publicó un ensayo promanuscrito  titulado Une école de théologie, Le Saulchoir27, que pretendía ser un programa metodólogico de formación dominica. En dicho ensayo Chenu criticaba la teología antimodernista en nombre de un Cristo de la fe que se conoce, como querían los modernistas, en el Cristo de la historia. En la medida en que la historicidad es condicionante de la fe y de la Iglesia, los teólogos deberían ser capaces de captar los signos de los tiempos, o sea las manifestaciones de la fe en la historia.

El manifiesto del dominico francés fue incluido en el Indice por un decreto del Santo Oficio del 4 de febrero de 1942, y Chenu fue destituido. Pero sus discípulos, como el P. Yves Congar (1904-1995), estuvieron convencidos a partir de ese momento de que su generación debía «recuperar y transferir al patrimonio de la Iglesia todo elemento de cierto valor que pudiera surgir de un acercamiento al modernismo».28

La escuela de Le Saulchoir de los dominicos encontró su equivalente en el instituto universitario de Fourvière, cerca de Lyon, para los jesuitas. Influido ante todo por las enseñanzas del P. Auguste Valensin (1879-1953), discípulo de Blondel y amigo de otro destacado personaje, el jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), que en 1926 había sido suspendido como enseñante y en 1939 condenado por el Santo Oficio. El más directo continuador de la obra de Blondel y de Teilhard fue el P. Henri de Lubac (1896-1991), que había conocido a Teilhard a principios de los años veinte, y por quien había sido hondamente influenciado.

La nueva teología se correspondía con la idea de una nueva cristiandad elaborada en aquellos mismos años por el filósofo francés Jacques Maritain (1882-1973). Su obra Humanismo integral29(1936) ejerció, más que nada entre los laicos, no menos influencia que la Acción de Blondel30. A pesar de la declarada adhesión de Maritain a los principios tomistas, su filosofía de la historia y su sociología convergen con el neomodernismo que afloraba entre los jóvenes jesuitas y dominicos.

En 1946 de publicó un importante artículo del P. Réginald Garrigou-Lagrange (1877-1964), que era una de las mentes teológicas más agudas de su tiempo, titulado ¿Hacia dónde va la nueva teología?31. El teólogo dominico afirmaba que la nouvelle théologie procede del modernismo y conduce a la apostasía total. «La filosofía del ser u ontología es sustituida por la filosofía de la acción que define la verdad no ya como una función del ser sino de la acción. Por lo tanto es modernismo repetido: “La verdad no es más inmutable que el hombre mismo en cuanto que ella evoluciona junto con él, en él y a través de él”. También Pío X dijo de los modernistas: “Ellos pervierten el concepto eterno de la verdad”.»

La nouvelle théologie fue consecuentemente condenada por Pío XII el 12 de agosto de 1950 en la encíclica Humani generis.32  El Pontífice denunciaba los «frutos venenosos» en «casi todos los tratados de teología», y condenaba aunque sin nombrarlos a quienes asumían el lenguaje y la mentalidad de la filosofía moderna y afirmaban «que el dogma pueda ser formulado con las categorías de la filosofía moderna, ya se trate del inmanentismo, o del idealismo, o del existencialismo, ya de cualquier otro sistema ».33 El principal de los errores condenados en la encíclica era el relativismo, según el cual la conciencia humana carece siempre de un valor real e inmutable, y tiene apenas un valor relativo.

La encíclica Humani generis no consiguió contener el avance de la nouvelle théologie, que en los últimos años del pontificado de Pío XII se extendió al campo de la teología moral. El jesuita alemán Josef Fuchs (1912-2005), el redentorista italiano Domenico Capone (1907-1998) y sobre todo el redentorista alemán Bernard Häring (1912-1998) fueron los primeros en subvertir la moral tradicional. La nouvelle théologie, hija del modernismo, defendía el principio de la evolución del dogma. Los nuevos moralistas ampliaban este principio al ámbito de la moral, sustituyendo la ley natural absoluta e inmutable por una nueva norma moral afectiva, personal y existencial. La conciencia individual se convertía en norma moral suprema.

(Continuará)

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