EL PROGRESISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL IZQUIERDISMO- (I)- 2017: el genio populista se encuentra fuera de la botella. Las clases populares en Europa y América dan la espalda a los partidos

Por, Rodrigo Agulló- El Manifiesto-España

2017: el genio populista se encuentra fuera de la botella. Las clases populares en Europa y América dan la espalda a los partidos tradicionales y votan a todos aquellos que el sistema se empeña en demonizar. Para desconcierto de los mandarines del orden establecido, los antiguos votantes de partidos socialistas y comunistas otorgan, de forma creciente, su apoyo a los partidos denominados de “extrema derecha”. 

 ¿A qué se debe ese fenómeno? ¿No será que los partidos de izquierda, socialistas y comunistas, hace ya décadas que han traicionado a sus votantes? ¿No será que la izquierda ha traicionado sus señas de identidad: la defensa de los intereses de clase y la defensa del pueblo?

El presente artículo que hoy publicamos analiza este fenómeno que está en la base del populismo en nuestros días. Este texto fue publicado dentro del libro : Disidencia Perfecta. la Nueva Derecha y la batalla de las ideas (2011, Ediciones Áltera).

¿Existe vida inteligente en el planeta de la izquierda contemporánea? Hace ya décadas que el pensamiento y la praxis política de izquierdas abandonaron toda pretensión de cambio de la realidad social, y pasaron a adocenarse en un progresismo autocomplaciente que, lejos de ser una alternativa al actual orden de cosas, constituye uno de sus pilares más eficaces. Y tanto más eficaz cuanto mayor es la impostura: el discurso moralizante y buenista, y la rebeldía de diseño con la que esa izquierda sostiene su hegemonía cultural, no encubren sino el conformismo de quienes navegan con el viento a favor en la nueva sociedad de consumo: en el mundo hiperfestivo del capitalismo global.

De la contestación revolucionaria a la celebración gozosa del orden liberal, esta izquierda de peluche ha encontrado en “el progresismo” el tótem ideológico más adecuado para camuflar el saldo de sus contenidos políticos y la pérdida de sus señas de identidad. Mercado planetario e hibridación cultural en torno a los valores del consumo: éste parece ser el punto de encuentro final entre la izquierda y la derecha en Occidente. Una fase terminal, que en la izquierda tiene un nombre: progresismo.

En 1920 Lenin publicó su famoso alegato El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. En esta obra, el líder bolchevique fustigaba los –a su juicio– errores e ingenuidades políticas de los jóvenes movimientos comunistas en Europa, que llevados por su entusiasmo desatendían las realidades objetivas a las que –en la visión de Lenin– debería adecuarse toda la teoría y la práctica revolucionarias para obtener resultados efectivos. A estos errores e ingenuidades Lenin los llamó “izquierdismo”: patologías de la izquierda revolucionaria en plena “crisis de crecimiento”.

Hoy nos encontramos ante una situación que evoca, en un sentido inverso, a aquélla denunciada por Lenin. La izquierda revolucionaria es sólo un lejano recuerdo en la historia, y la izquierda democrática o “socialdemócrata” es perfectamente intercambiable con la derecha liberal. La “izquierda” como alternativa social y política real ya no existe. Agotados sus proyectos y vacía de contenido, mantiene sin embargo su hegemonía cultural y su fuerza electoral. Y ello mediante un reciclado teórico, que combina básicamente el discurso libertario post-sesentayocho con un enfoque sentimental y moralizante de la política. Es el llamado “progresismo”. Lo mismo que el “izquierdismo” era la enfermedad del comunismo en su fase infantil, el “progresismo” es la enfermedad de la izquierda en su fase senil.

A lo largo las líneas que siguen haremos un intento de deconstrucción tanto del contenido del “progresismo” como de la narrativa del eterno enfrentamiento derecha/izquierda. Y ello para llegar a las siguientes conclusiones: 1) la “izquierda progresista” es la legitimación ideológica del nuevo capitalismo; 2) la dialéctica del enfrentamiento derecha/izquierda es una impostura: en realidad, se trata de las dos caras de la misma realidad 3) el único enfrentamiento real es el que opone la mercantilización total de los vínculos sociales al dictado del capital global, y las resistencias a ese proceso. Una dialéctica en la que el binomio izquierda/derecha solo desempeña un papel marginal.

Quede claro que este análisis se aplica fundamentalmente a lo que entendemos por “Occidente”, esto es, a las sociedades del “primer mundo” que viven en sistemas liberal-democráticos de capitalismo avanzado. O dicho de otra manera, a las sociedades en fase “posthistórica”, término que cabe aplicar en primer lugar a las sociedades europeas, sumidas en un proceso acelerado de decadencia.

Despejar los equívocos sobre la naturaleza de la oposición izquierda/derecha, así como sobre la función de acompañamiento de la izquierda occidental en el desenvolvimiento del nuevo capitalismo, y al mismo tiempo identificar las auténticas líneas de fractura de nuestras sociedades, tal es la premisa indispensablepara la construcción de auténticas alternativas: esto es, de alternativas auténticamente políticas frente al actual orden de cosas.

  1. Sobre la necesidad de despejar equívocos

“Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”. JOSÉ ORTEGA Y GASSET.(foto de la izquioerda)

La rebelión de las masas

Cada época segrega sus propios intelectuales orgánicos. Entendemos como intelectuales orgánicos a aquellos que contribuyen a organizar el consenso ideológico favorable a los intereses de los grupos dominantes, dentro de un conjunto social determinado. A través de su control del mundo de la cultura, los intelectuales orgánicos nos convencen de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, y consolidan el discurso que legitima el orden de cosas existente.

El fondo común de esos discursos legitimadores es, en nuestra época, tan viejo como persistente. Y disimula su vacuidad mediante su reciclaje ad infinitum en las estrategias publicitarias de la política-espectáculo. Consiste básicamente en una idea: la sociedad es un teatro de operaciones en el que, desde un tiempo prácticamente inmemorial, combaten dos fuerzas antagónicas: la derecha y la izquierda. La versión generalmente más aceptada sobre lo que está en juego en ese combate sin fin es, fundamentalmente, la suministrada por la propia “izquierda”. Y ello en base a un relato que dice más o menos así:

“la evolución social depende de una lucha entre la izquierda y la derecha, lucha que determina la dirección del mundo. Este combate titánico agrupa de una parte a los partidarios del progreso, y de otra parte a los partidarios de un oscuro pasado. Los partidarios del progreso –la izquierda– tratan de extender al mayor número posible de personas los recursos disponibles, conforme a un criterio que garantice la igualdad real y favorezca a los más débiles. Los partidarios del oscuro pasado –la derecha– tratan por el contrario de salvaguardar los privilegios de las clases dominantes, en detrimento de la equidad y subordinando las necesidades de los débiles a los intereses de los fuertes”.

Continúa el relato: “los partidarios del progreso –la izquierda– tratan de garantizar el pleno desenvolvimiento de la libertad personal y la autonomía moral del individuo, en un espíritu de tolerancia universal ante las manifestaciones concretas de esa libertad y autonomía. Por el contrario, los partidarios del oscuro pasado –la derecha– se aferran a dogmas y prejuicios grupales y religiosos, en un espíritu de intolerancia que manifiesta su nostalgia de un orden social jerárquico y autoritario.”

Evidentemente, la “derecha” también tiene su propia versión. Una versión que hace hincapié en la mayor capacidad de generar riqueza y bienestar de los sistemas basados en la responsabilidad individual, en comparación con los que se aplican a las prácticas intervencionistas favorecidas por la izquierda. Y que pone de relieve el descomunal fiasco histórico de las grandes operaciones de ingeniería social de la izquierda: los regímenes de socialismo real. Sobre la segunda parte del discurso de la izquierda –el mundo de los valores y la libertad y autonomía morales– la derecha solo acierta a articular un discurso confuso y contradictorio, y se siente en general perdida.

Cabe aceptar estas versiones “oficiales” como un retrato más o menos fiel de la realidad, o cabe cuestionarlas y dar cabida a la sensación de que algo se nos está hurtando. Sobre lo que sea ese “algo”, podrán extraerse conclusiones que nos llevarán muy lejos del discurso oficial. Nos llevarán a considerar esa polarización derecha/izquierda como un gigantesco teatro de sombras, tras el que se encuentra una realidad que se sustrae al debate, y que no obstante constituye el auténtico tema de nuestro tiempo.

La impugnación de las categorías “derecha” e “izquierda”, la idea de una “tercera vía” que integre o sobrepase a los dos términos de la ecuación política convencional, no goza de buena prensa en Occidente. Su simple mención evoca connotaciones antidemocráticas, y dispara las señales de alarma de los guardianes de la decencia intelectual. Ello es en gran parte debido a las asociaciones, innegables, de ciertas corrientes históricas de “tercera vía” con los fascismos europeos, así como con un conjunto variopinto de movimientos autoritarios, caudillistas y populistas surgidos en diversas partes del mundo. De este modo, la idea de que ambas nociones –derecha e izquierda– no solo pueden ser rebasadas, sino que merecen serlo supone normalmente un salvoconducto para la marginalidad política en compañías poco recomendables.

Mantenida fuera del recinto de la respetabilidad, esa idea heterodoxa viene así a reforzar a contrario la permanencia del esquema derecha versus izquierda como horizonte insuperable. Un horizonte en función del cual los partidos del sistema organizan el ballet de sus espectáculos electorales: derecha, centro-derecha, centro, centro-izquierda, izquierda –sin olvidar los respectivos extremos, derecha e izquierda, como refugio para la franja de lunáticos.

Históricamente, la idea de superación de la división entre la derecha e izquierda sucedió casi inmediatamente a la instalación de dichas categorías en el imaginario político europeo, a finales del siglo XIX. Ciertamente, una parte de esas corrientes “terceristas” vinieron a desembocar, a veces por tortuosos meandros, en la nebulosa que daría lugar al primer fascismo. Otras corrientes, sin embargo, mantuvieron una trayectoria diferente, ajenas a tentaciones totalitarias, e inspiradas en fuentes doctrinales tan diversas como el socialismo premarxista, el humanismo cristiano o el anarcosindicalismo. No obstante, nunca llegaron a constituir auténticos movimientos de masas, al verse yuguladas por la polarización social en torno al enfrentamiento –entonces real– entre la derecha y la izquierda.[1]

En cualquier caso, a lo largo de los últimos años, la idea de la obsolescencia de esta polarización ha cobrado fuerza en el debate público. Esta tendencia, más que manifestarse como el rechazo a unas categorías –“derecha” e “izquierda”– aceptadas como realidades sustantivas, se presenta como la constatación de que ambas definiciones se han vaciado de significado, ya no son adecuadas para definir la realidad. La aparición de una serie de problemas “transversales” (globalización, ecología, límites del crecimiento, identidad, migraciones, bioética), junto con la evidencia de que los partidos tradicionales no son más que los administradores de una realidad esencialmente inmutable (tesis de “el fin de las ideologías) han favorecido la revisión de estas categorías tradicionales, revisión potenciada además por el proceso de disgregación de los “grandes relatos” característico del postmodernismo.

Pero lo cierto es que, a pesar de todos los certificados de defunción, en la práctica la división perdura y goza de buena salud. Aunque con una distinción importante: los términos “derecha” e “izquierda”, más que referirse a ideologías o a corpus doctrinales mutuamente excluyentes, pasan a designar “sensibilidades” y “valores” en torno a los cuales las personas pueden reconocerse e identificarse. La naturaleza proteica de estos términos y su anclaje en el terreno de lo afectivo garantizan su supervivencia en una dimensión antropológica y emocional, más que racional.[2] Por ello, desalojar a esta dicotomía de los hábitos mentales –y no digamos de la práctica política– se revela como tarea harto compleja, cuando no imposible.
(Continuará)

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15