EL PROGRESISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL IZQUIERDISMO- (II)- 2017: el genio populista se encuentra fuera de la botella. Las clases populares en Europa y América dan la espalda a los partidos

Por, Rodrigo Agulló- El Manifiesto-España

  Un precursor: Christopher Lasch (foto de arriba)

“La idea de ‘izquierda’ ha sobrevivido a su época histórica y necesita ser decentemente enterrada, junto con ese falso conservadurismo que se limita a revestir la vieja tradición liberal en retórica conservadora”. CHRISTOPHER LASCH,
What’s wrong with the right?

Es al historiador y filósofo social norteamericano Christopher Lasch a quien corresponde el mérito de haber articulado el primer ataque de envergadura a la cosmovisión “izquierda y derecha”, y ello con una coherencia e integridad intelectual muy superior a todas las derivas del bazar postmodernista. Este autor fue asimismo el primero en ofrecer un análisis en profundidad del papel de la izquierda occidental como vanguardia cultural del capitalismo.[3]

En su obra La rebelión de las elites y la traición de la democracia, Lasch le dio la vuelta a la famosa tesis de Ortega y Gasset, según la cual la “rebelión de las masas” es la principal amenaza contra el orden social y la tradición civilizadora de la cultura occidental. Según Ortega, el valor de las elites reside en su capacidad para autoimponerse obligaciones y vivir al servicio de valores exigentes, sin los cuales la civilización sería imposible. La masa, por el contrario, es ajena a todo valor de excelencia, y carece de comprensión frente a los grandes deberes históricos: volcada en las trivialidades del bienestar personal, vive confiada en un porvenir de posibilidades ilimitadas y de libertad completa.

Sin embargo, para el autor norteamericano, las actitudes mentales atribuidas por Ortega a las masas son hoy en día más características de los estratos superiores de la sociedad que de los estratos medios o inferiores. Para Lasch, son las elites las que han perdido la fe en los “valores de Occidente” –o lo que quede de ellos– para pasar a asumir los valores hedonistas generados por el Mercado. El culto de la “transgresión” permite a una nueva clase de beneficiarios del capitalismo, habitada por el fantasma de la emancipación absoluta, mantener la ficción de que se encuentra “fuera de las normas”. Sin embargo, es ella la que está imponiendo nuevas normas al resto de la sociedad. Se trata de una dialéctica tramposa de la “norma-transgresión”: una mentira que sostiene el prestigio cultural de unas elites empeñadas en rebeliones perfectamente imaginarias. Esta “nueva clase”, formada en la mentalidad nómada y multicultural de la economía del nuevo capitalismo, está compuesta –en expresión de Lasch– por hombres y mujeres “de paso”, a los que falta “ese sentimiento del lugar y de las normas de conducta cultivadas, que se transmiten conscientemente de generación en generación”, ese “sentido de una gratitud ancestral, o de la obligación de estar al nivel de las responsabilidades heredadas del pasado”.[4]

Un porvenir de posibilidades ilimitadas y de libertad completa. ¿Cabe mejor definición del ideal “progresista”? La izquierda suministra las expresiones políticas favoritas de esta “rebelión de las elites” del turbocapitalismo. Elites que a su vez han asumido la función de motor principal de esa izquierda, en sustitución del movimiento obrero. Porque, como señala Lasch, la clase obrera –otrora pilar del movimiento socialista– es una lamentable reliquia de ella misma. En la visión de la “nueva izquierda” de los años setenta y ochenta, se suponía que los nuevos movimientos sociales –feministas, homosexuales, minorías raciales– tomarían el testigo de la lucha contra la opresión capitalista. Pero finalmente, éstos se encontraron con que sus reivindicaciones no solo tienen perfecto acomodo en el sistema, sino que además responden a su lógica expansiva y lo refuerzan.

¿Y qué ha sido de las masas? Para Lasch, las masas han perdido todo el interés por la política. Y paradójicamente, “sus instintos políticos son más conservadores que los de sus autoproclamados portavoces y sedicentes liberadores”.

En efecto, vemos que es preferentemente en la clase obrera o en el “pequeño pueblo” donde todavía perviven algunas de las actitudes más vilipendiadas por el sistema: conciencia identitaria (es decir, “racismo” y “xenofobia”), visión “tradicional” de la familia, “machismo” etc etc. Según el autor norteamericano, ello se explica porque las clases populares “tienen un sentido de los límites considerablemente más desarrollado que las clases superiores”, y se muestran en principio más reacias a los experimentos sociales. No es por ello extraño que ese “pequeño pueblo” sea objeto habitual de paternalistas campañas “pedagógicas”, cuando no de menosprecio o burla de mandarines y saltimbanquis de la cultura-espectáculo. Y así se explican determinadas evoluciones en el uso del lenguaje, como que el mero empleo de la palabra “pueblo” –término antaño encarecido por la izquierda– esté cayendo en desuso o sea incluso mal visto. O que el término “populismo” se presente, hoy en día, como el compendio de todas las abominaciones.[5]

El punto de partida de Lasch no es el de la derecha o el conservadurismo tradicionales –y menos en su sentido norteamericano, hecho de apología del capitalismo, Biblia y fe en el progreso. Su obra supone una reivindicación del viejo sentido comunitario de las clases trabajadoras, y un análisis crítico de los cambios sociales sufridos por esas “pequeñas gentes” que han sido las primeras víctimas del desequilibrio creciente en la distribución de las riquezas, de la victoria del capitalismo salvaje y su antropología deshumanizadora. Y a esa victoria del capitalismo salvaje coadyuvan tanto la derecha como la izquierda. Los conservadores, con su defensa cerrada de la sociedad de consumo y de la “mano invisible” del Mercado, se alían de hecho con las fuerzas sociales que destruyen esos “valores tradicionales” que tanto dicen defender. La obra de Lasch es precursora en la medida en que estudia la irrelevancia práctica de la distinción entre los dos campos políticos.

Lasch se posiciona abiertamente contra el “laissez passer” de la filosofía liberal. Adelantándose al movimiento antiglobalización, denunció la confiscación del poder por los grandes grupos económicos, a espaldas de los órganos de representación democrática. Y atacó la idea de que la democracia pueda prescindir de las virtudes cívicas, idea basada en la creencia en la neutralidad de las instituciones. El dogma según el cual la “mano invisible” del Mercado proveerá, ha demostrado ser una falacia. La realidad nos muestra que la mera existencia de instituciones democráticas no basta, en aquellas sociedades donde falla la textura moral, para asegurar el funcionamiento de un orden social. Y ahí está la clave de la degradación democrática de nuestras sociedades. Lasch apunta la idea de que, en realidad, la democracia liberal ha vivido hasta ahora “de préstamo”: del capital prestado por las tradiciones morales y religiosas anteriores al advenimiento del liberalismo[6].

Pero la parte más incisiva de la obra de Lasch estriba en su disección del tipo humano característico de estos tiempos: el individuo narcisista moderno, analizado en su obra principal, La Cultura del Narcisismo. Se trata de ese individuo reducido por la sociedad del hiper-consumo a mera “máquina deseante”. Con su fragilidad psicológica y con su miedo a envejecer, con su inmadurez, su egoísmo primario y su vacío interior, ese individuo encarna a la perfección el viejo ideal liberal-libertario: el individuo por fin liberado de todos los tabues históricos y culturales, el fiel comulgante del dogma de la absoluta autonomía individual y moral. Un espécimen, por tanto, ajeno a toda cortapisa que pueda frenar el pleno desenvolvimiento del Mercado. El Mercado, deus et machina garante de sus satisfacciones y consuelo de sus miserias, el único sentido de su existencia. Se trata del advenimiento en toda su gloria del perfecto progresista en el paraíso del Mercado, el punto de encuentro final –en una dimensión antropológica– de la Izquierda y de la Derecha. La última (y tal vez definitiva) metamorfosis del burgués.

Como señala el filósofo francés Jean-Claude Michéa, una de las partes quizá más desasosegantes de La Cultura del Narcisismo es aquella en la que Lasch desarrolla la idea de que el genio específico del Marqués de Sade –icono cultural par excellence de la izquierda libertaria– es la de anticipar, ya a finales del siglo XVIII, todas las implicaciones morales y culturales de la hipótesis capitalista. En la utopía sexual de Sade, los hombres son “rigurosamente anónimos e intercambiables. Su sociedad ideal reafirma así el principio capitalista según el cual los hombres y las mujeres no son, en último análisis, más que objetos de cambio”[7]. La sublimación del principio del placer, unido a la lógica sin traba de las leyes de la oferta y la demanda desembocan así en la cosificación del hombre y en la degradación de lo humano. Una perspectiva no extraña a las evoluciones del mercado y de los usos sociales del capitalismo salvaje.

La crítica de Lasch al capitalismo y a sus consecuencias económicas y sociales no parte de un enfoque economicista. Esto es, la economía y sus transformaciones no son ni el resorte básico de la Historia, ni el sentido último de la especie humana. Para Lasch, el combate a plantear debe ser ante todo moral: restaurar un sentido del deber en toda la escala social, oponer los valores comunitarios al frío contractualismo liberal.

Si algo puede reprocharse a la obra de Lasch es bordear el riesgo, en último término, de diluirse en un vago moralismo. Y ello por su falta de articulación de propuestas políticas concretas. Lasch trató de sortear este escollo al apuntar a un socialismo sui generis, que enlazaría con la vieja tradición populista norteamericana. Pero con ello parece evocar una visión idealizada de los valores norteamericanos, que probablemente tiene más que ver con los arquetipos del cine de John Ford o de Frank Capra que con la realidad social de la época. Con todo, él mismo admitió los límites de este enfoque a la hora de conformar alternativas viables. Y es que Lasch no fue un teórico político, sino un sociólogo o, más exactamente, un crítico social. La fuerza principal de su obra reside en la formulación de los instrumentos conceptuales para desenmascarar a esas dos alternativas dentro de lo mismo que son la derecha y la izquierda. Y en primer lugar, identificando el auténtico problema de fondo: el “malestar en la civilización” que afecta a nuestras sociedades. Lo que no es poco. (Continuará)

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