EL PROGRESISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL IZQUIERDISMO- (III)- 2017: el genio populista se encuentra fuera de la botella. Las clases populares en Europa y América dan la espalda a los partidos

En la foto: Jean-Claude Michéa

Por, Rodrigo Agulló- El Manifiesto-España

 La izquierda como impostura

“Cada victoria de la izquierda corresponde a una derrota del socialismo”.

JEAN-CLAUDE MICHÉA, Impasse Adam Smith

La caída del muro de Berlín sumió a la izquierda occidental en una profunda crisis de identidad, la enfrentó a la necesidad de repensarse y reinventarse. La cuestión es saber si el producto resultante de esa catarsis merece llamarse todavía “izquierda”.

¿Qué es la izquierda? ¿Cuál es su esencia? No es fácil abordar este tema sin dejarse enredar en la jungla de precisiones y sutilezas taxonómicas de la abrumadora literatura existente al respecto. Si lo que queremos es centrarnos en responder a la pregunta ¿existe la izquierda?, más vale partir de una proposición muy simple, válida tanto para la izquierda como para cualquier otra teoría o movimiento social: Toda fuerza social que se justifica por sus objetivos de transformación de la realidad, pero que en la práctica no sólo no transforma esa realidad, sino que la refuerza, es una impostura.

Evidentemente, la izquierda existe formalmente, esto es, existen partidos políticos, movimientos sociales de izquierda, actitudes y sensibilidades de izquierda. ¿Es eso suficiente para poder afirmar que la izquierda existe como alternativa efectiva? Podemos completar la proposición anterior con otra, aplicable específicamente a la izquierda:

Si la izquierda no es más que una sensibilidad, una actitud o una tradición, y si ella no se encarna en actos en conformidad con su doctrina, no es nada[8].

No sería justo decir que las políticas de la izquierda actual no tienen ningún efecto transformador de la realidad. Sí lo tienen, y en muchos aspectos con un carácter intenso. Pero siempre en la misma dirección que el capitalismo. Ahí reside la auténtica impostura de la izquierda. Porque el discurso de izquierdas –ya sea el progresista o el libertario– no hace sino allanar el camino, en el campo de los usos sociales y de la cultura, al pleno desenvolvimiento de las fuerzas del Mercado. Al tiempo que el discurso y la práctica de la derecha lo hace preferentemente en el ámbito de la economía.

En la estela teórica de Christopher Lasch (foto), es el filósofo francés Jean-Claude Michéa quien mejor ha definido esa complementariedad constitutiva de la izquierda y la derecha contemporáneas. “La izquierda moderna –señala Michéa– una vez en el poder, acaba generalmente por sumarse a la economía de mercado, mientras que la derecha, cuando vuelve a coger el timón, se resigna normalmente a inscribir en el mármol de la ley las diferentes etapas, juzgadas ineluctables, de la “evolución de las costumbres”. Se trata, por tanto, de una división del trabajo. Izquierda y derecha no son sino las dos puertas de entrada a la misma casa: el capitalismo global. La “derecha moderna…representa el modo de entrada privilegiado por el Mercado y su expansión perpetua. La izquierda moderna representa el modo de entrada privilegiado por el Derecho y su cultura transgresora”.[9]

Esta identidad de objetivos entre ambos polos se explica fácilmente por su identidad de origen. Ambas –la izquierda y la derecha actuales– derivan de la misma matriz filosófica: la ilustración y la ideología económica de Adam Smith y sus epígonos. Y ambas se corresponden con dos momentos filosóficos en oposición dialéctica dentro del liberalismo. En último término –señala Michéa– “una sociedad liberal coherente se define como una agregación pacífica de individuos abstractos que, desde el momento en que respetan globalmente las leyes, se supone que no tienen nada en común (ni lengua, ni cultura, ni historia) aparte de su deseo de participar en el “crecimiento”, como productores y/o consumidores”. De lo que se infiere que el liberalismo sólo podrá alcanzar el estadio superior de su evolución tras hacer tabla rasa del pasado, y destruir todo el imaginario simbólico, religioso, ideológico, cultural que, por su mera existencia efectiva, sea susceptible de sustraer determinadas pautas sociales de la lógica de la oferta y la demanda. Las cruzadas “progresistas” responden en realidad a las propias exigencias del capitalismo.

El fenómeno que subyace a este proceso ya fue ampliamente analizado en su día por el sociólogo norteamericano Daniel Bell, en su obra Las contradicciones culturales del capitalismo: la vieja ética protestante –motor inicial del primer desarrollo capitalista– fue socavada por el propio capitalismo, que tras convertir el hedonismo y el consumo en su suprema justificación cultural, perdió así su ética trascendental. Y es precisamente esa tensión entre los dos momentos de la evolución capitalista –el momento económico originario y el momento cultural final– la que se sigue manifestando –aunque de manera cada vez más amortiguada– en la oposición derecha/izquierda ¿Dónde reside la diferencia entre una y otra? Como señala Jean-Claude Michéa, el hombre moderno “de derechas” tiende a aceptar las premisas (la economía de concurrencia absoluta) pero todavía le cuesta admitir algunas consecuencias (el matrimonio homosexual, la industria del aborto, el consumo de drogas, la degradación de la autoridad en la escuela, etc) mientras que el hombre moderno oficialmente “de izquierdas” tiende a operar la elección contraria.[10]

Tras el colapso del “socialismo real”, la izquierda occidental encontró su nicho definitivo dentro del sistema, al asumir el papel de agente acelerador del proceso de hibridación planetario exigido por las leyes del mercado. La tarea principal de esta izquierda es acabar con los “arcaísmos” que entorpecen este proceso, siempre orientado al “crecimiento” y al “progreso”. Ese el resultado final del famoso proceso de redefinición de la izquierda. No deja de ser revelador que el término “progresista” vaya reemplazando, de forma lenta pero sistemática, a la expresión “socialista” –e incluso a la propia expresión de “izquierda”. Cuanto más ambigua y vacía sea la consigna, menos atacable. Y un buen expediente publicitario siempre podrá ocultar –en esta era de espectáculo y de pensamiento débil– la ausencia de auténticas propuestas socialistas. Al fin y al cabo, ¿quién está contra el progreso?

Está claro que a la izquierda actual le sería imposible mantener su ascendiente social sin recurrir a una nutrida batería de imposturas. De todas ellas, quizá la más escandalosamente inconsistente, por su absoluta desconexión con la realidad objetiva, es aquella que pretende que la lucha de la izquierda lo sería contra un capitalismo que se confunde con un orden autoritario y patriarcal, del que la Familia, la Iglesia y el Ejército serían las principales manifestaciones. Que semejante anacronismo goce todavía de cierta salud no es extraño en determinados colectivos como los “artistas e intelectuales”, que al fin y al cabo tienen que mantener vivo el espantajo para poder seguir recubriéndose con los oropeles de la “rebeldía” y “transgresión”. Pero que continúe siendo de curso común en sectores teóricamente más informados, no puede sino ser la confirmación de que vivimos en plena época de la “derrota del pensamiento”.

En primer lugar, es la propia lógica del Mercado la que provoca la erosión de todos aquellos valores sociales –culturales, morales, identitarios, religiosos– que se oponen a la plena expansión del juego de la oferta y la demanda. Es el propio Mercado el que favorece el afán reivindicador de las minorías (sexuales, étnicas, neo-tribales), para poder así suministrarles subculturas de consumo “ad hoc”. Es el Mercado el que erosiona la autoridad de las familias y el que sabotea sus funciones educadoras, para promover un nuevo tipo de consumidores compulsivos. Es el Mercado el que destruye la autoridad social de las Iglesias, al fomentar las actitudes hedonistas y permisivas. Es el Mercado el que transforma la función militar en una oferta más del sector servicios, mediante la reconversión de los ejércitos nacionales en ejércitos mercenarios. Todas las grandes operaciones de “ingeniería social” en curso lo son a la hechura y en beneficio del Mercado. La familia, la iglesia y el ejército hace tiempo que han sido relegados por el sistema al papel de espectadores más o menos impasibles de este proceso. Lejos de mantener su estatus como elementos centrales de vertebración social, el radio de acción de estas instituciones se ve progresivamente confinado a la esfera estricta de sus funciones más inmediatas. Deslegitimadas como agentes sociales autónomos, tienden a ser toleradas por la cultura dominante como incómodas –aunque inevitables– reliquias de un tiempo pasado.

Insistir en que la izquierda occidental, en cualquiera de sus variedades –ya sea la izquierda progresista o la extrema izquierda– mantiene una función de oposición o de resistencia al (neo) liberalismo es querer engañarse tanto sobre la naturaleza del liberalismo como sobre la naturaleza de la izquierda. Si hay una fecha emblemática que simbolice ese proceso de conversión “liberal” de la izquierda occidental es 1968. En el momento “sesentayochista” cristaliza el viaje teórico desde el marxismo al progresismo libertario, al tiempo que las élites burgueso-bohemias (la “crítica artista”) sustituyen al movimiento obrero como agentes de transformación social. Es a partir de 1968 cuando la deriva de la izquierda se une al curso general de la transformación del capitalismo.

1968 marca el comienzo de un cambio fundamental en los modos de regulación de la economía capitalista. En palabras del filósofo francés Dany-Robert Dufour, esta época señala el paso desde un compromiso keynesiano-fordista a un proceso de desregulación y desinstitucionalización que ha terminado por afectar a todas las grandes economías. Si el antiguo capitalismo funcionaba mediante el control y la represión institucionales, el nuevo capitalismo funciona mediante la erosión de las instituciones. Y aquí se consumó un matrimonio “contra natura” entre la ultraderecha liberal y una izquierda progresista que pasó a aportar su colaboración decisiva en la destrucción de esas instituciones que suponían el mejor freno posible contra el programa neoliberal.[11]

El caso francés es representativo de lo ocurrido en Europa. En Francia, fue la izquierda en el poder la que capitaneó el abandono del modelo republicano- gaullista, un modelo en el que la economía estaba todavía sometida a la esfera política y al poder regulador del Estado. Y ése es precisamente el elemento central de la agenda neoliberal: la despolitización de la economía. Un proceso consumado por esa “izquierda soft, posmoderna, laxista, social-liberal (que afirma todo y su contrario) perfectamente representada por Francois Miterrand”. En cuanto a los restos del movimiento comunista y a su papel en todo este proceso, éste sigue sin enterarse de por qué ha sido eliminado de la Historia. Dany-Robert Dufour pone el dedo en la llaga al señalar que la razón se resume en una sola frase: el comunismo no era sino un producto derivado del economismo… “que había rechazado aquello que hace prosperar la economía: el mercado, y lo había reemplazado por la coerción permanente, lo que obviamente no era la mejor solución”[12]. La Historia nos demuestra que las revoluciones planteadas en términos de objetivos puramente económicos están condenadas, por una vía u otra, a desembocar en el liberalismo.

¿Qué significa hoy ser de izquierdas? Es conocido el dictamen del politólogo italiano Norberto Bobbio, (foto de la izquierda) que en su “best seller” Derecha e Izquierda identificó la esencia de esta última en su actitud ante la idea de igualdad. Según Bobbio, lo propio de la izquierda sería su enfoque igualitarista, entendido éste como la adhesión a políticas activas destinadas a convertir en más iguales a los desiguales. Como bien señala el filósofo Gustavo Bueno, la definición de Bobbio, en realidad, está cortada a la medida de la socialdemocracia europea.[13] Pero es que además cabe contestar la validez en la práctica de esta distinción, si tenemos en cuenta que esas políticas igualitarias constituyen, en realidad, un acervo del Estado de bienestar, y son gestionadas indistintamente por partidos socialdemócratas y liberales.

(Continuará)

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15