EL PROGRESISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL IZQUIERDISMO- (IV)- 2017: el genio populista se encuentra fuera de la botella. Las clases populares en Europa y América dan la espalda a los partidos

Por, Rodrigo Agulló- El Manifiesto-España

 A nuestro modo de ver, el criterio que hasta ahora podía definir a la izquierda es otro, aquél que la identifica por el sustrato social que la conformó durante más de un siglo como resistencia efectiva al orden capitalista: su carácter de clase, su identificación con el movimiento obrero. Pero lo cierto es que hace ya tiempo que la izquierda europea evacuó ese elemento distintivo esencial.

La “nueva izquierda” heredera del sesentayocho hace tiempo que se alejó de esos valores de clase. En realidad, se trata de otra cosa que tiene poco que ver con el movimiento obrero como tal, y mucho menos con el marxismo. Para comprender su esencia, conviene recordar que Mayo de 1968 vino precedido del movimiento contracultural y de la agitación estudiantil en las universidades norteamericanas. En realidad, se trata de una izquierda culturalmente americanizada. Basta con repasar sus contenidos esenciales –feminismo radical, multiculturalismo, cuotas raciales y sexuales, discurso sobre los “géneros”, inmigracionismo, corrección política– para verificar que se trata de fenómenos en curso en los Estados Unidos, con al menos una década de anterioridad a Europa. Estas importaciones teóricas fueron a su vez recicladas en Europa con los aportes de una izquierda universitaria, elitista y libertaria. El resultado final ha sido el progresismo: una ideología de sustitución, en la que la lucha contra el capitalismo deja el paso a la lucha “contra el racismo, la intolerancia y todas las formas de exclusión”.[14]

¿Cuál es entonces la diferencia, en términos operativos, entre la derecha y la izquierda? Se trata de una diferencia fundamentalmente cultural. En contraste con la cultura de derecha, la “cultura” de la izquierda post-marxista asume sin ambages y hasta sus últimas consecuencias el proyecto del “nuevo hombre” de la globalización y del hiper-capitalismo. Multiculturalismo, tabla rasa del pasado, emancipación individual, y “liberación” de las pulsiones…que el Mercado se encargará de satisfacer. Y junto a ello, el “antifascismo” como recurso omnipresente. El “antifascismo” y su invocación ritual cumplen una función clave: proporcionar un enemigo para mantener el simulacro de que hay una “lucha”. La izquierda, como suprema encarnación del Bien, requiere una suprema encarnación del Mal. A estos efectos, que el fascismo como tal no exista, es lo de menos. Además, este expediente permite enlazar –aunque solo sea sentimentalmente– con los tiempos heroicos de la vieja izquierda: aquellos en los que ser antifascista sí comportaba riesgos.

La retórica de la izquierda “progresista” se instala en cómodas victorias retrospectivas sobre los enemigos de antaño. El recurso a un pasado que no pasa –la memoria histórica– le permite afianzar su superioridad moral, y alimentar la adhesión sentimental de los fieles. Como señala Jean-Claude Michéa (foto de arriba a la izquierda), sólo manteniendo la presencia imaginaria de una realidad desaparecida puede la izquierda conservar su razón de ser –y por lo tanto sus electores. Así se organiza el mito de “las fuerzas del pasado”: es preciso que el militante socialista crea en fantasmas, para que su presente colaboración en la mercantilización del mundo sea sostenida por el prestigio de sus combates pasados.[15]

El cuadro se completa con la coexistencia marginal de las izquierdas extremas o “antisistema”. Ahora bien, las soflamas radicales no forman parte más que de un juego de rol dentro de las cabezas de algunos agentes –por lo demás perfectamente integrados por el sistema. El discurso de la “revolución” termina así por desembocar en un marketing para aventuras turísticas con “justicia social” y solidaridad hacia causas exóticas. En nuestras sociedades, el sino de los extremismos –de uno u otro signo– consiste en vegetar dentro de parques temáticos para adolescentes.

En este marco, no resulta extraño que la izquierda no tenga nada original que proponer –más allá de parches o de banalidades sentimentales– sobre fenómenos como las deslocalizaciones, la precarización del trabajo, el deterioro de los servicios sociales o la globalización.[16]La izquierda es filosóficamente más coherente con el capitalismo. Ésa es la realidad que subyace bajo los debates entre socialistas y liberales, y bajo la superficie del análisis político al uso. Ésa es la realidad que los fieles votantes no ven o prefieren no ver. Como mucho, se trata de querellas de familia. La izquierda, principal abonada al dogma del Progreso originado en la filosofía de las luces, está mucho mejor equipada que la derecha para llevarlo hasta sus últimas consecuencias, porque carece de las cortapisas culturales de ésta. La izquierda actual no es sino la versión libertaria del liberalismo. En expresión de Jean Claude Michéa, es “la máquina política legitimadora, en nombre del “progreso” y de la “modernización”, de todas las fugas hacia adelante de la civilización liberal.”[17]

[1] Para un análisis de las corrientes de “tercera vía” nacidas de la fusión entre el socialismo y el nacionalismo, y su papel en los orígenes intelectuales del fascismo, la obra esencial es: Zeev Sternhell Neither Right nor Left: fascist ideology in France. Princeton Paperback, 1996.

[2] Marcel Gauchet, « L’opposition est plutôt de l’ordre de l’affect ». Entrevista en Philosophie Magazine n.º 6, Febrero 2007, p. 37.

[3] Christopher Lasch (1932, Omaha, Nebraska –1994, Nueva York). Historiador de formación, profesor en las Universidades de Iowa y Rochester. Principales obras: The Culture of Narcissism (1979). The Minimal Self: Psychic Survival in Troubled Times (1984). The True and Only Heaven: Progress and its critics (1991). The Revolt of the Elites and the Betrayal of democracy (1994)

[4] Christopher Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy. Norton & Company. Pp. 39–40.

[5] Christopher Lasch, citas entrecomilladas, en obra citada, p. 27.
La obra de Lasch supuso precisamente una puesta a punto de los enfoques normalmente asociados al vilipendiado término de “populismo”. Un término que, en su acepción norteamericana, alude a una tradición política cercana a la defensa de los valores del “pequeño pueblo” de la América profunda. Algo que le costó el estigma de “reaccionario”. Sin embargo, Lasch partía de posiciones de izquierda (los inicios de su obra están marcados por el marxismo de la Escuela de Frankfurt y la “New Left Review”) o más exactamente, de posiciones socialistas.

El desprecio hoy mostrado por las elites hacia el pueblo es un fenómeno inédito en la historia de la democracia. Se manifiesta, entre otras cosas, en la frecuente representación del tipo de la clase popular como un “paleto”, inculto, obtuso, machista, racista (la “América profunda”, la “España profunda” etc.). Este tipo es objeto de continuas campañas “pedagógicas”, y cuando se equivoca, hay que repetirle la lección hasta que acierte (así, el trágala de los “referéndums” europeos).

[6] La filosofía política del autor norteamericano parte del siguiente planteamiento: “la cuestión no es simplemente saber si la democracia puede sobrevivir…sino saber si la democracia merece sobrevivir”. En resumidas cuentas…, democracia ¿para qué? “La democracia no es un fin en sí mismo […], debe ser juzgada según su éxito a la hora de producir bienes superiores, obras de arte y de conocimiento superiores, un tipo de carácter superior”. Obra citada, pp. 85 y 86.

[7] Jean–Claude Michéa. Impasse Adam Smith, Flammarion 2002, p. 153).

[8] Nicolas Tenzer. Citado por Alain de Benoist en Critiques, Téoriques. L’Age d’Homme 2002, p. 245.

[9] Jean–Claude Michéa. L’Empire du moindre mal. Climats 2007, p. 124.

No deja de ser irónico el giro copernicano operado por esa izquierda moderna en relación con el viejo teorema marxista según el cual los cambios liberadores en la “superestructura” no serían sino la consecuencia de la transformación de la estructura económica. Ahora, son más bien las “superestructuras” jurídicas y culturales turbocapitalistas las que evolucionan en sentido liberador.

[10]  Jean–Claude Michéa. Impasse Adam Smith, Flammarion 2002, p. 84

[11] Dany-Robert Dufour Le Divin Marché. La Révolution culturelle libérale Denöel 2007, pp. 333–334. Dany-Robert Dufour es profesor en Ciencias de la Educación en la Universidad Paris 8, y Director de programa en el Collège International de Philosophie.

[12] Dany–Robert Dufour, Obra citada, p. 335

[13] Gustavo Bueno. El Mito de la Izquierda. Las izquierdas y la derecha. Ediciones B, 2003, p. 68

[14] Jean–Claude Michéa. L’Enseignement de l’ignorance.  Climats, 2006, p. 97

[15] Jean–Claude Michéa. Orwell, anarchiste tory .Climats, 2000, pp. 111 y 112.

[16] Idea expresada con contundencia por José Javier Esparza y José Vicente Pascual, en dos artículos aparecidos en “El manifiesto.com”. Esparza: “ la izquierda (…)se ha convertido en una izquierda sentimental: ha desplazado su horizonte desde la reivindicación social concreta (salarios, subsidios etc) a la reivindicación social abstracta (tolerancia sexual… revancha histórica). Incapaz de cambiar las “condiciones objetivas” del sistema, la izquierda se lanza a cambiar sus condiciones subjetivas, contando con la anuencia pava de una derecha que, en general, se siente perdida cuando no se habla de dinero. (…) ¿ha vencido la izquierda? Quizá sí, pero a costa de renunciar a lo que realmente es. Hoy, en España, decirse “de izquierdas” ya no significa nada (..) Los ricos son cada vez más ricos. Los demás, cada vez más pobres. Eso sí: todos, unos y otros, son de izquierdas”. Romance (prosaico) de la izquierda cautiva.

Pascual: La vivienda…evoluciona a lujo sólo al alcance de los millonarios…pues nada, los superprogres en el poder se inventan la ley de memoria histórica. Que los sueldos son de dar risa y verter lágrimas…el remedio, mano de santo, está sin duda en reformar los estatutos de autonomía y proclamar solemnemente las realidades nacionales. Que el desempleo crece imparable…tranquilidad…hay millones de libros de textos sobre educación para la ciudadanía, tenemos una ley sobre violencia de género… y los homosexuales pueden contraer matrimonio civil. A esta izquierda tan progre y tan roja le preguntas qué opina sobre el capitalismo salvaje…y te sale con la receta del Doctor Castañares; “para huesos atrancados en la garganta, cataplasmas en los cojones”.  Mi abuela y los rojos.

[17] Jean Claude Michéa. Impasse Adam Smith, p. 51.
La expresión “liberalismo libertario” fue formulada por primera vez en Europa por el filósofo francés Michel Clouscard. Este autor, un marxista coherente, supo ya denunciar, a comienzos de los años 70, que los desbordamientos “revolucionarios” del 68 no eran sino una formidable astucia de la historia por la cual el capitalismo preparaba las condiciones culturales para asegurar su dominación total. Principales obras: Néo–fascisme et Idéologie du Desir, 1973, Le Capitalisme de la Séduction, 1981, Les Métamorphoses de la Lutte de Classes, 1996, Critique du libéralisme libertaire, 2005. (Continuará)

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