EL PROGRESISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL IZQUIERDISMO- (VI)- 2017: el genio populista se encuentra fuera de la botella. Las clases populares en Europa y América dan la espalda a los partidos

Por, Rodrigo Agulló- El Manifiesto-España

El espectáculo. La era del capitalismo global como “sociedad del espectáculo” fue diseccionada ya hace décadas por el escritor y agitador intelectual Guy Debord. En la formulación del padre del “situacionismo” francés, espectáculo es “el Capital a un grado tal de acumulación que deviene imagen”. Es por ello lógico —señala Jean-Claude Michea— que “los profesionales del espectáculo y de la comunicación sean los mejor situados para diseminar el imaginario del sistema entre la totalidad del cuerpo social”. No es extraño que hasta las más insignificantes vedettes mediáticas pasen automáticamente a oficiar como “intelectuales”, y que los “actores, artistas e intelectuales” se sitúen indefectible e invariablemente, en cualquier momento y lugar, en la vanguardia de las causas más “progresistas” de la “izquierda divina”(foto que encabeza este artículo). Así, el reciclaje de la mitología romántica del artista rebelde permite a los artistas oficiales del showbiz “encontrarse en la escena de todos los combates en los que está en juego la defensa del orden económico y cultural que asegura su rentable celebridad.”[10]

Lo que ocurre es que la mayoría de esas causas progresistas coinciden en promover un tipo humano buenista, pero ajeno a toda verdadera función crítica. Un individuo nihilista, de identidad flotante y maleable, abierto a toda novedad y a todo progreso, con un cerebro listo para ser rellenado por la kaka de luxe del sistema. Un tipo “liberado” de dogmas y prejuicios, si bien encerrado en la cárcel del pequeño ego mezquino de sus compulsiones. Vivir y pensar como cerdos. ¿Quién está en la vanguardia de esa “liberación”?. La “izquierda progresista”, esa cumplida majorette del “entetanimiento”.

  1. Progresismo versus Identidad

 La apoteosis actual del Mercado se reconoce…por la desaparición progresiva de los diversos pueblos de la Tierra, y por la aparición de rebaños de consumidores federados por el Mercado e interpelados individuo por individuo, principalmente por la televisión”.

DANY-ROBERT DUFOUR-Le Divin Marché.

« El único contenido residual de la izquierda en esos años era el antirracismo, o más exactamente el racismo antiblanco”

MICHEL HOUELLEBECQ- La posibilidad de una isla

Hemos señalado que la posmodernidad es la era del movimiento, de lo precario, de lo fluido. El hombre posmoderno es un hombre de identidad flotante, abierto a todos los estímulos de novedad y de “progreso”. La identidad posmoderna es “líquida”, y se acopla perfectamente con el nuevo espíritu del capitalismo y su ideal de transparencia y circulación total de bienes y mercancías. La precarización de las identidades hace posible que, a partir de ahora, éstas puedan suministrarse en kits a disposición del público. Como señala Alain de Benoist, “los hombres deben ser aligerados de su peso simbólico: lo que circula no puede sufrir el lastre de atribuciones simbólicas, a comenzar por el reconocimiento de la identidad”.[11]

La izquierda progresista es el mejor auxiliar posible del capitalismo en esta empresa de deconstrucción de las identidades. En primer lugar, por una razón filosófica de fondo: la izquierda siempre ha sido universalista e igualitarista, y por lo tanto recelosa de particularidades y diferencias. Partiendo de un sueño utópico de fraternidad universal —una secularización de temas cristianos— y portadora de un falso universalismo, a saber la unificación del planeta a través de la liberación de las clases explotadas, la cultura de izquierdas es la menos inmune a la perspectiva, hoy real, de unión del planeta en la globalización capitalista. Derrumbado el sueño marxista de unificación universal bajo la égida del proletariado, la izquierda ha pasado de facto a apoyar la unificación universal bajo la égida del americanismo cultural.

Para la izquierda progresista, el multiculturalismo americanizado es una de las ideologías de sustitución que rellenan el hueco dejado por el marxismo. El multiculturalismo se une así a los otros ingredientes del caldo liberal-libertario procedente de los Estados Unidos y adoptado por la “nueva izquierda” europea: feminismo radical e ideología de género, minorías raciales y sexuales, inmigracionismo, corrección política, etc. Vectores todos ellos que apuntan a ese proceso de disolución de identidades en el magma del Mercado global. El examen de los casos particulares del multiculturalismo y de la deconstrucción de la identidad sexual puede ser útil para aprehender el modus operandi de las sinergias entre la izquierda progresista y el capitalismo.

El multiculturalismo es la expresión más acabada de la ideología del capitalismo planetario. Como es sabido, la antropología liberal parte de la visión de la humanidad como una colección de individuos movidos por el cálculo de su interés: una libre concurrencia de egoísmos, que la mano invisible del Mercado se encargará de armonizar. Para explicar el origen de las colectividades humanas, el liberalismo recurre al mito contractualista de un Pacto original: el “contrato social”, por el que los individuos se unen para defender su interés racional. Ahora bien, si llevamos este razonamiento al extremo, toda agrupación será igualmente susceptible de reconfigurarse o de disolverse, cuando ese mismo interés racional de sus componentes así lo exija. Para el liberalismo, los intereses de las partes —fundamentalmente económicos— se expresan en el Mercado, que constituye por lo tanto el vínculo socialbásico.

No es extraño en consecuencia que el liberalismo se muestre en principio hostil ante toda idea de comunidad. Según el enfoque comunitario, las principales agrupaciones humanas (familias, pueblos, naciones) se fundamentan en vínculos naturales basados en lazos orgánicos de identidad colectiva (lengua, cultura, religión) y se definen por referencia a sentimientos esenciales que se remiten a un “alma común”. El origen del grupo no está por tanto en un “contrato social”, sino en una comunidad inmemorial de sentimientos. Ahora bien, mal pueden las fuerzas globalizadoras de la oferta y la demanda acomodarse con este tipo de intangibles no racionales. Bien sabido es que los sentimientos que se derivan de una identificación comunitaria, tales como la fidelidad a las raíces, la devoción a una causa, a una religión, el patriotismo o el honor colectivo no son económicos, no son previsibles. De todas las agrupaciones de dimensión comunitaria, aquella que presenta un perfil más peligroso es sin duda el Estado-nación, por ser el que cuenta con más medios para defenderse. En este contexto, no es extraño que el multiculturalismo se presente como la herramienta privilegiada del capitalismo para explosionar las comunidades nacionales en una miríada de individuos agrupados en tribus multicolores.

Es preciso subrayar un aspecto: en una curiosa maniobra semántica, el multiculturalismo se presenta ante la opinión de numerosos países occidentales como “comunitarismo”. Pero es preciso no dejarse engañar. Ese pretendido“comunitarismo” se refiere, en realidad, a las “pequeñas comunidades” raciales, religiosas, “tribales” o de intereses, en gran parte derivadas de la inmigración. Se trata en definitiva de las famosas “minorías” de la contracultura anglosajona, que en el marco del multiculturalismo actúan como agentes de depreciación y de fragmentación de las “grandes comunidades” nacionales, las cuales necesitan de un mínimo de cohesión y de homogeneidad social para poder sobrevivir.

La izquierda progresista suministra al multiculturalismo su herramienta ideológica más eficaz: el “antirracismo”. Más que una ideología, se trata de un instrumento cuasi policiaco. En realidad, no es una ideología, ni una política. Consiste más bien en una postura moral. Una postura de denuncia sistemática y de condena —no solo moral, conviene precisar— de los disidentes. El antirracismo se articula en numerosos países europeos como una fuerza política per se, que actúa a través de una red de grupos de presión, conglomerados mediáticos, asociaciones y ONGs, muchos de las cuales viven de subvenciones públicas, y que a su vez terminan sirviendo a muchos de sus miembros como plataformas para medrar en carreras políticas más convencionales. La fuerza del “antirracismo” reside en la repulsión general que suscita la acusación de “racista”. En palabras del escritor francés Renaud Camus “el poder del antirracismo es absolutamente inquebrantable en tanto en cuanto no haya nadie para enfrentársele excepto los racistas: es mas o menos como si la represión sexual de los tiempos pasados no hubiera tenido enfrente de ella, para oponerse a sus abusos, más que a los violadores de niños”.[12] El problema no es por tanto que el “antirracismo” combata a los verdaderos racistas, sino que en la misma “categoría maldita” de las razas meta a las etnias, a los pueblos, a las civilizaciones, a las culturas y a las identidades en general. En suma, toda una porción de la realidad cuya invocación o defensa está oficialmente excluida del debate público. En su sensación de infalibilidad, el antirracismo se permite una extensión indefinida de su campo de batalla, que en realidad no hace sino avanzar la agenda multicultural del capitalismo.

Por otra parte, la agitación multicultural presta también un impagable servicio a aquellos sectores de la izquierda radical que siguen tratando de insuflar alguna vida a los cadáveres de Marx y Lenin. No en vano, esa izquierda se apresura a proclamar que “los inmigrantes constituyen las principales víctimas del neoliberalismo”, con lo que esperan contar con un nuevo proletariado al que liberar en sustitución de la vieja clase obrera europea. Al final del proceso, unos y otros confían en que los “papeles para todos” se trasmuten en papeletas de voto para la izquierda. Al tiempo que el capitalismo puede disponer de una mano de obra multicultural, menos exigente —en principio— que la autóctona.

El multiculturalismo como “estrategia de sustitución” es un síntoma del fenómeno —al que hemos aludido arriba— de la despolitización de la economía. Y por ende de la despolitización de la propia política, que cede el paso a un estadio “postpolítico” de gestión y de búsqueda de consensos. En eso consisten precisamente las “políticas identitarias”: en la negociación de estatutos particulares que reconozcan las identidades de los diferentes grupos, en el seno de un orden global racional que señala a cada uno su justo lugar. En este escenario, el único vínculo de unión entre los múltiples grupos es el del Capital, siempre dispuesto a satisfacer las reivindicaciones específicas de cada grupo y las demandas de consumo de cada subcultura (turismo gay, músicas étnicas…). Ahora bien, ese regateo de “soluciones particulares” es justo lo contrario de lo político. La esencia de la política —de la gran política— se inscribe en una dimensión conflictiva, en la que lo que está en juego son alternativas reales sobre el modelo social.

La política se refiere al cambio de las condiciones generales, y solo surge —en palabras del filósofo Slavoj Zizek (en la foto)— “en el momento en el que una demanda particular no es simplemente una parte de la negociación de intereses, sino que conduce a algo más, y comienza a funcionar como la condensación metafórica de la reestructuración global del espacio social en su totalidad”. Se entiende que, en el contexto actual, las “políticas identitarias” sean la característica de una izquierda despolitizada que no cuestiona el orden establecido, por lo que “todo pasa en realidad como si la energía crítica hubiese encontrado un derivado de sustitución en las luchas por las diferencias culturales, que dejan intacta la homogeneidad básica del sistema-mundo capitalista.”[13]

El multiculturalismo es una idea engañosa, en la que nada es como parece. En una visión superficial, se trata de una propuesta encaminada a preservar la diversidad y la pluralidad del mundo, sobre la base de un consenso básico sobre los valores de democracia y tolerancia. Pero la realidad es algo más compleja.(Continuará)

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