EL PROGRESISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL IZQUIERDISMO- (VII)- 2017: el genio populista se encuentra fuera de la botella. Las clases populares en Europa y América dan la espalda a los partidos

Por, Rodrigo Agulló- El Manifiesto-España

El multiculturalismo hace siempre gala de la tolerancia frente al “Otro”. Pero no se trata de un verdadero “Otro”, sino de un “Otro” aseptizado, aseado y reciclado por la propia ideología multiculturalista, y por las formas de vida del consumismo capitalista. En el fondo, ese “Otro” no es sino una versión diferente de lo “Mismo”. Porque cuando el “Otro” verdadero aparece, empiezan los problemas. ¿Ablación del clítoris, poligamia, aplicación de la sharia?. Así, los contornos y los límites de la famosa “tolerancia” entran en una complicada casuística, sobre la que ni los propios doctores del multiculturalismo acaban de ponerse de acuerdo. En realidad, el multiculturalismo se encuentra preso de un dilema insoluble: si extrema la tolerancia frente a hábitos culturales atentatorios contra los derechos humanos, puede ser acusado de complicidad con la barbarie. Y si trata de imponer urbi et orbe las concepciones occidentales sobre la dignidad humana, puede ser acusado de imperialismo cultural y de eurocentrismo.

En el fondo, el multiculturalismo es esencialmente tramposo. Porque no consiste en un respeto al verdadero “Otro”. Las poblaciones inmigrantes son bienvenidas, pero se espera que su alteridad no pase de pintorescos costumbrismos culturales y religiosos, que no pongan en tela de juicio los fundamentos del sistema. En realidad, a lo que el multiculturalismo apunta en su estadio final no es a la coexistencia de culturas, sino al mestizaje: la fusión de culturas en el seno de un Mercado entendido como sistema global. Un proyecto sin precedentes de homogeneización del mundo, en el que las identidades particulares —formalmente respetadas— pasan a enmascarar el desarraigo colectivo. Un proceso de aculturación generalizada, puesto que la auténtica riqueza de las culturas proviene no de la hibridación entre las mismas (preludio de su disolución y muerte lenta) sino de los intercambios entre las mismas, para lo cuál es imprescindible que éstas puedan a su vez desarrollarse con autonomía en el ámbito que les es propio.[14]

Se trata de un proyecto particularmente nocivo para Europa, principal teatro de experimentación de este nuevo “mundo feliz”. Su resultado previsible será reducir las naciones europeas al estatus de “naciones de servicios”: entidades susceptibles de presentar una oferta preparada para que cada recién llegado se sirva lo que le interesa (seguridad social, trabajo, ocio), y deseche el resto (idioma, cultura o valores). Un experimento a largo plazo arriesgado, en el caso de que la máquina del consumo y del bienestar —el único vínculo social real— deje de funcionar. Pero los mercados suelen ser cortoplacistas. Y ya se sabe que tanto la derecha como la “izquierda progresista” no tienen más plazo a considerar que la próxima cita electoral.[15]

 Progresismo y políticas de género

“Todo orden, todo discurso que se alía con el capitalismo deja de lado todo aquello que simplemente llamamos “las cosas del amor””.

LACAN-Seminario, 3 de febrero de 1972

Señalábamos que el carácter “fluido” de la posmodernidad, que se corresponde con el ideal de circulación absoluta de bienes y servicios del capitalismo global, opera en el sentido de la des-simbolización y de la disolución progresiva de las identidades- que se ven así empujadas a los circuitos del Mercado. Hay tres tipos esenciales de identidades: la cultural– de la que da buena cuenta el multiculturalismo. La generacional– de la que se encargan la “nueva pedagogía” en la escuela, la hipertrofia social de “lo joven” y el proceso de infantilización generalizado por el consumismo. Y la sexual– en cuya disolución el Mercado encuentra su mejor aliado en la “izquierda progresista”.

Uno de las características más acusadas de las empresas políticas de la izquierda posmoderna es su maridaje con el feminismo radical, su asunción de las reivindicaciones de las “minorías sexuales” hasta los extremos más folclóricos, y su irrupción entusiasta en los predios ubérrimos del capitalismo de la seducción. Éste es quizá el rasgo más emblemático de la metamorfosis experimentada por la izquierda a partir de los años setenta, tras hacer la digestión de la pitanza espiritual-libertaria norteamericana: su paso desde la vanguardia de la clase obrera a la vanguardia de los consumidores libertarios de clase media. Es decir, de una nueva burguesía que, por obra y gracia de la “nueva izquierda” post-sesentayocho, se vio investida de un papel “transgresor”- incluso revolucionario.

Sabido es que la izquierda progresista ha asumido como propio el concepto, impulsado por el feminismo radical, de la “perspectiva de género”, un enfoque destinado a incidir de una manera u otra en las políticas relativas a la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres, a los derechos civiles y a la familia. La noción de “género” es una invención estadounidense (los “gender studies”) que básicamente encapsula la siguiente idea: la vieja humanidad estaba equivocada, si sus miembros creían poder definirse en función de su sexo, porque lo que procede es definirse en función del género. La diferencia entre uno y otro es que, mientras que el sexo no se elige, el género sí se elige, dado que se trata de una creación cultural. Según esta idea, “el término género no tiene un significado biológico, sino psicológico y cultural. Los términos que mejor corresponden al sexo son macho y hembra, mientras que lo que mejor califica al género son masculino y femenino, y estos pueden llegar a ser independientes del sexo biológico”.[16]Las categorías “masculina” y “femenina” definen roles sociales.Se trata,como señala Jesús Trillo-Figueroa, de una radical escisión entre sexo y género, y entre naturaleza y cultura. La idea es que “la sexualidad está necesariamente desligada de su origen natural (en el mejor de los casos se considera al sexo biológico como un mero dato) y en consecuencia la sexualidad es una construcción social”. En resumen, ya no se trata de que la sociedad tolere las prácticas sexuales “alternativas”, sino de que —como defendía Foucault— éstas sean tan normales como las otras, o incluso las óptimas- si el poder así lo decide.

Todo ello equivale a la destrucción del orden simbólico-sexual. Para la “papisa” de los “gender studies” Judith Butler (foto de arriba) el sexo es una construcción que “no hay que aceptar como un hecho, sino como una categoría en constante reelaboración”.[17] La identidad sexual como estado “fluido”, el transexual como arquetipo posmoderno. Puesto que el que ser “hombre” o “mujer” dependerá del gusto del consumidor, el Mercado suministrará los kits adecuados, al tiempo que la naturaleza se pliega a las leyes de la oferta y la demanda. Laissez passer, laissez faire. Dada su lógica expansiva, el interés del Mercado en esta deriva está claro: “ningún dominio debe permanecer ajeno a la mercancía, ni ninguna región del mundo ni ninguna “región” de los intercambios en el mundo: lo económico, lo cultural, lo artístico. A partir de ahora, tampoco las regiones psíquicas donde se hace el bricolaje de las identidades”.[18]

Se trata de la emancipación democrática del sujeto frente a las constricciones naturales. El dogma progresista de la autonomía absoluta del ser humano cierra el ciclo, y somete la misma realidad a su dominio. Es el viraje decisivo de la posmodernidad: aquél por el cual el sujeto parlante pasa a ordenar las leyes de lo vivo. Cambio de género y cambio de sexo. En palabras de Dany-Robert Dufour: “se hace como si la auto-fundación en lo simbólico (del sujeto) autorizase la auto-fundación en lo real. Se trata hoy de la reivindicación de la elección de sexo, seguramente mañana de la reivindicación del auto-engendramiento por clonación”. Dentro de esta dinámica, se inscribe la ficción de las “familias” homoparentales. La satisfacción de la demanda de niños para su adopción por parejas del mismo sexo abrirá las puertas —junto a los mercados pequeños y controlados— de un gran mercado ilegal de niños pobres en venta, procedentes principalmente de países del Tercer Mundo. Son todos ellos extremos coherentes entre sí, que apuntan a la libertad total (de comercio, entre otras) y al desarrollo sin freno del neo-liberalismo. El triunfo absoluto del Mercado.[19]

En resumen —añade Dany-Robert Dufour— la noción posmoderna de “género” acompaña a la idea de que muy probablemente en el futuro nos podremos pasar de las diferencias sexuales, y podremos reproducirnos sin aparearnos como las bestias. Es el declive del amor.

No obstante, tenemos que darles una mala noticia a los partidarios del mundo feliz: la democracia tiene sus límites, la naturaleza siempre será la que es, y el parecer nunca podrá reemplazar al ser. Y además, hay algo en el hombre que jamás podrá ser destruido por la razón progresista.

  1. Progresismo e ideología del deseo

Lo más irónico es que toda esta invasión de los aspectos más íntimos de la vida por la lógica capitalista fue cantada en su día, por los iconos del pensamiento de la izquierda libertaria, como una dinámica revolucionaria tendente a la subversión del orden capitalista-burgués. En los años 70, el filósofo post-estructuralista francés Gilles Deleuze (Foto de la izquierda) y el psicoanalista Félix Guattari defendieron la tesis de que ese tipo de hombre sin identidad ni arraigo, producto del capitalismo, sería el revolucionario del futuro. En su “best seller” filosófico Capitalismo y Esquizofrenia —publicado en 1972—- teorizaron la figura del “Esquizo” (que no debe aquí entenderse en su sentido clínico) como arquetipo del combatiente anticapitalista. Para estos autores, el “esquizo” es un sujeto de identidades escindidas, múltiples, cambiantes. Un sujeto desinhibido, sin sentido de culpabilidad, adaptable y nómada. La esquizofrenia se entiende así como la “desterritorialización radical” resultante del abandono de las referencias simbólicas. En la visión de estos autores —figuras emblemáticas de la filosofía libertaria de la “nueva izquierda”— el capitalismo será superado en virtud de su propio impulso, y por ello será preciso acentuar su vorágine, impedirle “reterritorializar” los flujos ya liberados. En esta tarea, el Sujeto revolucionario por excelencia sería el “esquizo”: el hombre definitivamente “liberado”.

Esta teoría es un ejemplo acabado de la reelaboración del pensamiento contracultural y libertario norteamericano por la izquierda universitaria europea, en un intento de acentuar su componente “revolucionario” y hacerlo entroncar con el marxismo. Una ilusión mantenida por las luminarias del movimiento post-68. Foucault celebró la aportación de Deleuze, y anunció que el siglo sería “deleuziano”. Algo en lo que posiblemente no se equivocaba, pero por las razones contrarias a las que él pensaba.

En realidad, el “esquizo” es el prototipo perfecto para el capitalismo global. El filósofo Dany-Robert Dufour, en su obra El Mercado Divino, lo define como una modalidad de subjetivización que escapa a las grandes dicotomías esencialmente fundadoras de la identidad: no es ni hombre ni mujer, ni hijo ni padre, ni muerto ni vivo, ni hombre ni animal, sería más bien el lugar de un devenir anónimo, indefinido, múltiple. Un sujeto abierto a todas las conexiones. El “esquizo” es el resultado de la des-institucionalización y la desregulación. La “revolución esquizoide se consuma bajo la égida del Mercado. La existencia de individualidades transitorias es perfectamente congruente con la existencia de un Mercado susceptible de suministrar y renovar constantemente un “stock” de prótesis identitarias. Nadie mejor que el Mercado para “surfear” todos los flujos y conectar todo con todo”.[20]

La obra de Deleuze y Guattari es una condensación teórica del universo libertario de Mayo 1968. Un elemento destacado de esta corriente es su intento de reclutar a Nietzsche para la Causa, mediante una reformulación vulgar y distorsionada de los temas de la “filosofía dionisíaca”, dándoles un sentido “liberador”. Todo este enfoque pone en circulación una nueva palabra-fetiche: deseo, que se pretende cargada de gran potencial subversivo. Según esta idea, en la esquizofrenia encontramos una “liberación de flujos del deseo”, que es “revolucionaria por sí misma”. O sea, hacia la Revolución por el camino de la emancipación transgresiva. Es la disolución nihilista en un universo de espectáculo, juegos, drogas y fiestas. El fárrago filosófico de la obra de Deleuze encubre en realidad una “demagogia juvenilista” cortada a la medida de las fantasías lúdicas de los hijos de la burguesía, apta por tanto para su recuperación por el capitalismo de consumo.[21]

Porque es ese capitalismo el que mejor terminará llevando a la práctica el programa “deleuziano”. Si el “esquizo” es una “máquina deseante”, nadie mejor que el Mercado para satisfacer sus deseos. Todos los procesos de des-simbolización en curso (cultural, generacional, educativo, sexual) confluyen en la construcción de esa “máquina deseante” como arquetipo del consumidor. Y en todos esos procesos, la izquierda ha estado en vanguardia durante las cuatro últimas décadas, con lo que le ha prestado un impagable servicio al neoliberalismo. Tras desprenderse del marxismo y de las ínfulas “revolucionarias” del movimiento del 68, la “nueva izquierda” se ha quedado con sus aspectos más lúdicos y hedonistas, para finalmente reconocerse en un capitalismo de rostro amable: el capitalismo de la seducción. En eso —y en poco más que eso— consiste el “progresismo”.(Continuará)

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