EL PROGRESISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL IZQUIERDISMO- (VIII)- 2017: el genio populista se encuentra fuera de la botella. Las clases populares en Europa y América dan la espalda a los partidos

Por, Rodrigo Agulló- El Manifiesto-España

  1. El progresismo y la derecha

Una de los misterios más desconcertantes del juego político en las democracias occidentales es el permanente estado de gracia en el que se encuentra la izquierda en su confrontación social e intelectual con la derecha. Y ello a pesar del nutrido historial de errores, incoherencias, fracasos y crímenes que jalonan su historia. Todo parece indicar que, mientras cualquier error de la derecha puntúa “menos cien”, ese mismo error en la izquierda puntúa “menos diez”.[22]

Un misterio aparentemente irresoluble. Pero ¿no será el resultado de un equívoco? A tenor de lo hasta aquí argumentado, podemos proponer una tesis: la confrontación derecha-izquierda, en términos reales, no existe. Lo que existe es un espectáculo mediático-publicitario, por el que distintos grupos dentro de la lógica liberal-capitalista dirimen una serie de contradicciones secundarias. Y dentro de esa lógica, la izquierda está mucho mejor equipada, puesto que es más coherente con ella.

En los siglos pasados, cuando la confrontación derecha-izquierda era real, éstase refería en último término a posiciones filosóficas contrapuestas: la izquierda era la gran heredera del movimiento de la Filosofía de las luces, que a partir de la Revolución Francesa inaugura la modernidad. Y la derecha se convirtió en el custodio de aquellas actitudes de la pre-modernidad que iban siendo progresivamente relegadas por el mito del Progreso. Si tuviéramos que caracterizar muy brevemente esas actitudes, destacaríamos un solo rasgo: su carácter predominantemente antieconómico. Se trataba de ese entramado de valores, creencias y formas de vida propias de las “sociedades tradicionales” que se encontraban en oposición casi absoluta a los intereses de las nuevas clases burguesas, y por lo tanto eran contrarias a la “ideología económica” construida por los padres del liberalismo.

De esta manera, la izquierda se situaba siempre del lado del “progreso”, mientras que la derecha lo hacía del lado de la “conservación” o la “reacción”.Sin embargo,a lo largo de dos siglos el eje de esa confrontación se fue desplazando sistemáticamente hacia la izquierda: mientras la derecha iba progresivamente aceptando la filosofía de las luces y el liberalismo (especialmente en sus aspectos económicos), la izquierda llevaba hasta el extremo la “ideología económica” de los padres del liberalismo, al proclamar el marxismo que “todo es economía” (la obra de Marx se presentaba como una continuación directa de la de Adam Smith y de Ricardo).

Por otro lado, la misma modernidad albergaba en su seno varias contradicciones: las famosas “contradicciones culturales del capitalismo” de las que hablaba Daniel Bell (foto de la izquierda). Por un lado, los “tiempos heroicos” del primer capitalismo están marcados por la “ética protestante” (Max Weber) y puritana del trabajo, del esfuerzo y de la austeridad. Un espíritu en gran medida conectado con los valores de la pre-modernidad. Por otro lado, el liberalismo parte de una antropología individualista que entiende la sociedad como una suma de egoísmos particulares susceptibles de armonizarse sólo por la “mano invisible” del mercado (dogma del laissez passer), y en la que los valores morales pasan a segundo plano, puesto que se entiende que el hombre es “egoísta” por naturaleza. Se trata de un “germen libertario”, consustancial al liberalismo, que al desarrollarse entrará en contradicción con los valores puritanos.

La modernidad tiene un carácter bífido: por un lado, el componente liberal-libertario, de desregulación y pérdida de referentes. Por otro lado, el componente racionalista, regulador, que recoge parte de la herencia del “viejo mundo”. Los sistemas de la modernidad se inscriben, en grandes rasgos, en una u otra línea: la de los pensadores de la economía liberal (Adam Smith y sucesores) y la de los “ilustrados” creadores de “sistemas” racionales (Rousseau, Kant, Marx etc).[23]A esta tensión constante, se solapaba otra: la supervivencia —muy especialmente entre las clases populares— de una buena parte de las formas culturales de la premodernidad, la religión entre otras. Es precisamente en este contexto —la defensa de los valores premodernos— donde se inscribía la acción de la “derecha” en su sentido propio.

Ahora bien, lejanos ya los tiempos del Trono y del Altar, y expulsados definitivamente el Ejército, la Iglesia y la Familia del imaginario de la derecha, a ésta ya sólo le queda defender el modelo económico del liberalismo. Una tarea para la cual sus servicios —al menos en el plano ideológico/cultural— son innecesarios: la izquierda está mucho mejor preparada intelectualmente para aplicar la lógica liberal-libertaria hasta sus últimas consecuencias, y avanzar sin descanso por la senda del Progreso. La “izquierda progresista” carece de los resabios “premodernos” que todavía lastran a ciertos sectores de la derecha. En contra de lo que muchos piensan, el capitalismo no ha sido nunca ni conservador ni retrógado.

Y en este proceso, el momento liberal-libertario es aquél en el que el capitalismo reconcilia todas sus contradicciones. Las tensiones acumuladas encuentran al fin su unidad dialéctica y la conciencia de su unidad. El liberalismo económico (la especialidad de la derecha) se fusiona con el liberalismo cultural (la especialidad de laizquierda) en una misma cosa, cuya expresión política más depurada se traduce como “progresismo”.[24]

De ahí la situación de “inferioridad” de la derecha frente a la izquierda. En realidad, la derecha moderna no puede atacar a la izquierda sin traicionar sus propios presupuestos liberales. El eterno problema de la derecha consiste en como “desprenderse” de sus componentes más “arcaicos”, como “modernizarse” todavía más. Algo en lo que la izquierda siempre le llevará muchos cuerpos de ventaja.

El drama de la derecha es que nunca podrá derrotar a la izquierda oponiéndole el liberalismo, puesto que el liberalismo es la propia esencia de la izquierda. El drama de la izquierda es que nunca podrá derrotar al capitalismo, puesto que el capitalismo es la propia esencia del “progresismo”. Ambas, derecha e izquierda, son las dos caras de lo mismo. La única diferencia está en los carteles electorales.

  1. ¿Más allá del progresismo?

La esperanza de una nueva política no reside en formular una réplica izquierdista a la derecha. Reside en rechazar las categorías políticas convencionales y redefinir los términos del debate político.”

CHRISTOPHER LASCH-What’s wrong with the right?(foto)

Uno de los espejismos más frecuentes en el debate político actual consiste en la idea de que a la izquierda corresponde abanderar la lucha contra la utopía neoliberal y sus injusticias. Una ilusión infundada, porque la izquierda abreva desde sus mismos orígenes en la misma fuente que el liberalismo. Como señala Jean-Claude Michea, la idea de un “anticapitalismo” de izquierda (o de extrema izquierda) es tan improbable como la de un catolicismo “refundado” que negara la divinidad de Cristo y la inmortalidad del alma.

En este sentido, todo combate coherente contra el neoliberalismo deberá partir de una ruptura con el imaginario político de la izquierda. Un paso muy difícil de dar para muchos de los que se proclaman de izquierdas. El hombre de izquierdas normalmente no tolera que se cuestione su visión maniquea de la realidad, y suele suscribir el dicho “aquél que dice que no es ni de izquierdas ni de derechas, es de derechas”. Reconfortado en su creencia cuasireligiosa, suele persistir con la fe del carbonero en negar la evidencia.

Una de las paradojas más curiosas de la política posmoderna, muy buen descrita por el filósofo marxista Slavoj Zizek, es la siguiente: la izquierda moderada de hoy en día acepta silenciosamente la despolitización de la economía. Y ello convierte a la “extrema derecha populista” en la única fuerza política seria que continúa cuestionando el dominio absoluto del Mercado (Buchanan en Estados Unidos, Le Pen en Francia). En realidad, nos dirigimos hacia una situación en la que la extrema derecha dice abiertamente lo que la izquierda moderada piensa (es necesario poner un límite a la libertad del Capital) sin osar formularlo en público. Por otra parte —señala Zizek— frente al mundo aséptico del multiculturalismo, sólo el populismo de derechas ostenta la auténtica pasión política de la división y de la confrontación: aquella que, lejos de intentar complacer a todo el mundo, no tiene reparos en trazar una división entre “Nosotros” y “Ellos”. Según este análisis, solo habría hoy dos verdaderos campos políticos: uno el que agrupa desde la extrema izquierda hasta la derecha moderada, y otro el que forma la extrema derecha. Sorprendente conclusión: el único frente de resistencia contra el capitalismo es… ¡la extrema derecha![25]

Esta idea permite explicar que, en numerosos países europeos, gran parte del voto obrero tradicionalmente de izquierdas se haya refugiado en partidos populistas o en la extrema derecha. Lo que a su vez explica que el término “populismo” sea hoy en día demonizado, para hacerlo prácticamente equivaler con “nazismo”.[26]

Evidentemente, la izquierda no siempre ha sido como se muestra ahora. La izquierda tradicional, a través de las organizaciones sindicales, la militancia obrera y la presencia en los poderes locales, siempre había mantenido un enraizamiento mínimo en los medios populares. Y desde luego, nada en la vieja orientación socialista predisponía a sus adherentes a promover las fronteras abiertas, el libre cambio, la implosión de la familia o la inmersión de la cultura europea en un flujo de minorías étnicas inmigrantes. Multitud de hechos y fuentes indican que los socialistas de clase obrera generalmente se oponían a la inmigración, favorecían el proteccionismo y no tenían una especial afinidad con las políticas multiculturales.[27]Solo a partir de los años sesenta la izquierda comenzó a cambiar el rumbo, y a perder el contacto con sus raices populares, al tiempo que el marxismo se desacreditaba como la panacea para los problemas de los trabajadores.

Pero la época de la izquierda y de sus rituales “refundaciones” ya ha pasado. Toda superación del “progresismo” deberá necesariamente partir de la conjunción política con esos millones de trabajadores refugiados en la abstención, o en el voto resignado a la derecha o a la izquierda. Un vacío político susceptible de ensancharse, y de convertirse en caldo de cultivo de energúmenos y demagogos. Para evitarlo, habría que proponer una nueva idea, más aglutinadora que todas aquellas que ya han sido marcadas por la torturada historia del siglo XX.

Para ser auténticamente alternativa, esa idea debería dirigirse a todas esas “pequeñas gentes” que instintivamente rechazan el mundo sin referentes del neoliberalismo y su perspectiva deshumanizadora. A todos aquellos que piensan que todo aquello que tiene dignidad no tiene precio, y por lo tanto está fuera del Mercado. Y que afirman que realidades como la identidad, la cultura, el espíritu, la solidaridad, la educación, la familia y la naturaleza no están en venta.

Esa idea debería recuperar la idea de democracia no como entelequia abstracta, sino como un sistema empírico que se encarna en una nación dada, que es preciso reconocer y defender. Y frente a la inconsistencia del “todo vale”, debería recuperar la convicción –bellamente formulada por Christopher Lasch- de que toda comunidad política reposa sobre “el recurso a modelos de heroísmo comunes a todos”.

Una idea que, más allá del nihilismo, se inspire en ese sentido moral básico que acompaña a todos los hombres, y que George Orwell (foto) definió en su día como “decencia común” (common decency).

Un proyecto que inscriba todas las luchas anticapitalistas en una perspectiva comunitaria, en la convicción de que la cultura y la identidad europeas no serán nunca el saldo de la globalización.

Pero por de pronto, continuaremos anegados de progresismo. Lo más irónico es que, hace ya una eternidad, cuando Lenin fustigaba en sus escritos las “enfermedades infantiles” del izquierdismo, por “progresista”se entendía todo aquello que acompañaba al proletariado en el camino hacia la Revolución socialista. La momia del líder bolchevique se revolvería en su lecho si pudiese hoy comprobar cuál es el cometido del “progresismo”: acompañar con panderetas la victoria total del capitalismo.

(Continuará)

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