EL TESTIMONIO DESGARRADOR DE UNA CUBANA DIGNA Y LUCHADORA Y DE LOS INNUMERABLES “CRÍMENES” DE LA TIRANÍA CASTRISTA-SEGUNDA PARTE

Omara en la finca de su hermano, en la Sierra del Infierno, perteneciente al Parque Nacional Viñales, Pinar del Río.

Omara Ruiz Urquiola y la reinvención constante de la vida

Por, YUSIMÍ RODRÍGUEZ LÓPEZ-Fuente Alas Tensas

“YO ESTABA CONDENADA”

Quiero hacerle una pregunta un poco más íntima, y le pregunto porque usted tiene una situación de salud que a mí me aterra. Recibió el diagnóstico de su enfermedad cuando era una joven de poco más de treinta años, atractiva, inteligente, toda la vida por delante, un montón de planes, supongo, para su carrera y para su vida privada. ¿Cómo cambiaron su vida el diagnóstico, el tener que enfrentar una doble mastectomía y el pronóstico de una corta supervivencia en ese momento?

El orden de los sucesos es inverso, la corta sobrevivencia primero y la improbable mastectomía luego, cuando ya había esperanzas fundadas.

Tenía 32 años acabados de cumplir, estaba entregada al proyecto de restructuración del pénsum académico del perfil Diseño Escénico dentro del Instituto Superior de Arte, ISA. Me acababan de aprobar la posibilidad de doctorado directo (sin maestría previa), y compartía la pasión ecológica de mi hermano, que es sello familiar, así que al menor chance me iba de expedición con él. Necesitaba mucha libertad de movimiento por lo que ningún plan permanente de vida conyugal me ilusionaba, lo había intentado y chocaba siempre con mi estatus independiente. Te puedo decir que, a pesar de la situación de mi padre, había logrado encontrar un equilibrio y disfrutaba de la vida. Ya tenía claro que no me iba de Cuba, mientras más investigaba, o más manigua cogía, más atada me sentía a mi país y a lo cubano.

La vida cambió, pero, aunque parezca raro, no tanto, gracias a mi familia, los amigos, y muchos compañeros de trabajo. Como te comenté, yo andaba tan metida en mis proyectos que, aunque la pérdida de peso era evidente, y la ruptura de parte de la piel del pecho avanzaba, lo achaqué a una displasia mamaria, porque, además, era lo que me habían confirmado un año antes los oncólogos en el INOR (Instituto Nacional de Oncología y Radiología). Me había hecho biopsia, ultrasonido y el consabido examen clínico. Me dijeron que si se iba el agua en mi casa no tendría problemas, estaba llena de quistes de agua, y me quedé tranquila. Si los que se supone que consagran su existencia a una esfera del conocimiento te aseguran que estás sana, para qué preocuparte. Inclusive, había consultado a una genetista de ese mismo hospital, por mis antecedentes familiares, esta también auguró los mejores pronósticos. Y al año, era tanta la secreción de mi piel rota, la inflamación y el dolor, que una noche esperé a que mi hermano llegara del trabajo y le comenté. Él me examinó y me dijo hasta loca por no haberle hablado antes. Lógicamente, vislumbró la gravedad, pero soy una mujer de letras, sana toda mi vida ―no me ha dado ni la varicela―, había ido con los “mejores” médicos… ¿cómo iba a estar sobre aviso?

Esa misma noche Ariel llamó a Concepción Campa, madre de un gran amigo y mujer solidaria con muchísimas personas necesitadas de ayuda médica. Gracias a su intercesión al día siguiente, cuando recogía documentos para trabajar durante las vacaciones, recibí la llamada en mi oficina para ir inmediatamente al hospital CIMEQ. Cogí mis papeles y me encaminé. Se me practicó una biopsia con aguja fina, a todas estas yo seguía pensando en una displasia mal tratada, ni de lejos cáncer, no pasaba por mi cabeza.

Sorprendida me quedé cuando al otro día me citaron por teléfono, todo lo que entendí era algo como “sueritos preventivos”. Eso mismo le dije a Ariel cuando llegó y me preguntó. Ahí empezó a querer saber qué significaba eso y yo qué podría decir más que eso mismo: “sueritos preventivos”. Así que me disponía a ir al hospital al otro día, lógicamente sola. Ante la imposibilidad de obtener una explicación lógica, Ariel se molestó y me dijo que él se iba al hospital conmigo. Yo no entendía por qué coger tanta lucha.

Pues bien, me sorprendió que la antesala de la oficina del médico estaba llena de mujeres y hombres calvos, pero seguía enajenada de mi realidad, no caía. Entramos y el médico me programó un suero, nunca se mencionó la palabra citostático. Salimos de la consulta y Ariel se recostó al marco de una puerta y se me quedó mirando, me dijo: “Si tú estás dispuesta a luchar, ¡yo lucho por ti!” Así me di cuenta de que tenía cáncer, la palabra nunca se dijo. Me puse el primer ciclo de quimio, y ni me acuerdo en qué salimos del hospital. Desde ahí Ariel se ocupó, sobre todo de proveerme nutricionalmente, escribió a nuestros amigos idos. Él estaba desesperado porque sí sabía de la importancia de una alimentación adecuada, y eran nuestros dos salarios, mientras yo pudiera trabajar, y la jubilación de mami. Nuestra gente respondió, siempre lo hacen, así se compró comida.

Pasaron unos meses y la quimio proseguía, se me abrieron agujeros siendo visibles hasta dos costillas, sangraba y drenaba bastante. Gracias a la ayuda de mucha gente conseguíamos gentamicina y algodón, con eso me protegía de las infecciones y pude comenzar en septiembre a trabajar normalmente, aunque llevando mis alimentos. Durante casi cinco meses de quimio, Ariel averiguó qué pruebas existían para medir, además de la clínica, el avance real de la enfermedad. Me hice TAC y gammagrafía ósea, ni otros órganos ni los huesos estaban “tomados”, a pesar de ser evaluado el tumor como fase 4. El oncólogo, jefe del servicio de oncología del CIMEQ, aseguró que se me pondría otra línea de citostáticos, sugerida por Ariel. Al llegar a la consulta el día en que iniciaría ese tratamiento, el Dr. Catalá se negó bajo la excusa de que yo estaba “condenada” y en esa condición no se podían emplear recursos, solamente medicarme para aliviar el proceso inevitable de mi fallecimiento. Mi hermano no se conformó y luego de que el “médico” le espetara en su cara que él nada sabía de medicina, nos fuimos de ese lugar. Vale aclarar que Ariel llevaba consigo el primer suero, pero ni así me lo quisieron poner.

Nos quedamos sin hospital, mi hermano llamó a Conchita, al día siguiente nos recibiría una junta médica en el INOR. Ariel había tomado la decisión de estudiar a profundidad la enfermedad y hacerse cargo de mi tratamiento, en consecuencia, pugnó por hacerme los exámenes para determinar qué tipo de cáncer de mama era, nada de esto se me había practicado, para estructurar un esquema de tratamiento específico, como se hace en el mundo. En resumen, ya voy por el quinto quimio terapeuta.

Te decía que la cirugía vino después, no había margen quirúrgico, ni se pensaba que pudiera aparecer. Para eso el tumor debe ser movible, una masa compacta extirpable, exenta del resto de los tejidos. Gracias a la combinación de quimio/inmunoterapia/radiaciones, a fines de 2006, contra todo pronóstico, apareció un margen para operar. Ya estábamos curtidos en las carencias formativas de la mayoría de los profesionales de la salud en Cuba, así que no nos quedamos con la primera opción de cirujano, e indagamos por el mejor y dimos con él. Resulta que el mejor acababa de ser expulsado del INOR, separado del PCC también. Nos consiguieron el teléfono, era el Dr. Gilberto Fleites. Nos recibió en su casa, corroboró el margen quirúrgico, y consiguió salón para operarme. A él también, como otros tantos “casos perdidos”, le debo la vida.

Así, Ariel se mantiene al tanto de lo último en terapias oncológicas, y todo lo asociado a mi enfermedad. Por eso aseguro que es mi médico, escucho con santa paciencia lo que me diga cualquier especialista, pero no me interesa. La mayoría suspende un examen de bioquímica básica de la UH, ni siquiera pueden sostener una discusión profunda con mi hermano, enseguida se acomplejan y se parapetan en su titulación, creen que es personal, están realmente ajenos a la dinámica científica.

Decidió someterse a varias operaciones para reconstruir sus mamas con implantes. Ella comparte su experiencia “extremadamente dura”.

Tú me dices que te aterra lo del cáncer, figúrate que ni pasaba cerca del Oncológico antes de todo, porque no quería ver cosas desagradables, y mira por dónde me llevó la vida, o la genética, para ser más certera. Te puedo confirmar que una sigue pensando, creando, soñando, sufriendo, pleiteando, amando, no sé cómo será cuando llegue el final, pero nunca tengo mucho tiempo para pensar en “el final”, para visualizarlo, ahora mismo no es la prioridad, sin embargo, también me aterra. Hay días y días, es indescriptible, pensarlo genera desasosiego, prefiero no meterme en ese canal.

“ME HACE ILUSIÓN TENER QUE REPLANTEARME LA VIDA JUSTO EN LA MITAD DE LO QUE SERÍA UNA EXISTENCIA RUTINARIA DE NO SER POR LA ENFERMEDAD”

Usted acaba de ser expulsada del ISDI donde se desempeñaba como profesora de Historia del Diseño. ¿Qué piensa hacer ahora? No me refiero al hecho de apelar la medida, que ha recibido numerosas críticas, sino a su futuro, su vida profesional y su supervivencia. ¿Cuáles son sus planes, a qué dirigirá sus energías, de qué vivirá? ¿Cómo espera salir adelante? ¿Es este el final de su vida como profesional dentro de Cuba?

Tengo varados tres proyectos de libros, todos son investigaciones, uno fue retirado cuando ya estaba en proceso de edición porque los fondos para imprimirlo fuera de Cuba, dada sus especificidades, de momento, se agotaron, y no acepté una impresión deficiente de aquí. Era un proyecto con la Oficina del Historiador de la Ciudad (OHC), y partía de la investigación que hice para generar los contenidos de la Sala de los Viajeros, en el Palacio del Segundo Cabo, Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa. Esta institución censuró mi participación como panelista en el evento por el Centenario de la Bauhaus, al día siguiente del anuncio de mi despido, a pesar de haber colaborado con la estructuración del panel de especialistas. Así que, como demuestran los hechos, nada que hacer con instituciones estatales.

Cuando se supo lo de mi despido, exalumnos que viven fuera de Cuba me hicieron propuestas para enseñar de forma alternativa vía internet y tal, pero realmente soy de otro tiempo y la tecnología me aterra.

En un primer momento pensé dedicarme solo a sacar mis proyectos editoriales adelante, con ayuda de amigos intelectuales exiliados. Pero el día a día se impone y nunca he dejado de trabajar, ni siquiera con casi 15 años de enfermedad he pedido un certificado. Pienso escribir sobre diseño/arquitectura en Cuba para una revista radicada en Miami y orientada hacia “lo cubano”, esa fue la oferta esperanzadora al inicio de todo y vino de la mano de profesionales emigrados por la misma causa de mi cesantía.

También ha llegado una propuesta de trabajar con una institución cultural de alcance internacional. Realmente era algo que pensaba llevar en paralelo a la docencia universitaria, y ahora habrá más tiempo.

Me hace ilusión tener que replantearme la vida justo en la mitad de lo que sería una existencia rutinaria de no ser por la enfermedad, Cuba está cambiando y yo con ella, sabe bien.

Pero genera zozobra perder la rutina y dinámica de vida establecidas a estas alturas. Yo somatizo siempre que algo emocional me afecta, me doy cuenta por la pérdida del cabello y la inestabilidad en el peso. A cada rato, y como me he ido enterando de los muchos precedentes de este tipo de sucesos en las universidades cubanas a lo largo de casi sesenta años, pienso en lo que pasaba con quien perdía el trabajo y recibía la amonestación explícita o tácita del aparato institucional; las historias son de miedo, desde irse a vender cacharrería por las calles, recoger yaguas, remendar zapatos, amolar cuchillos, en fin. ¡Qué saga de indecencia y malicia para denigrar y avasallar a seres pensantes totalmente indefensos! Cuánto vejamen, cuánto abuso meticulosamente premeditado. Son engendros del mal estos personeros del castrismo, hipotecaron el alma en pos de una falacia. Para ellos no hay reinvención posible, tanto daño no debe quedar impune, el que Cuba sane tiene que pasar por asumir la memoria histórica de lo abyecto, con leyes, con justicia y en paz.

Debo chequear mi estado de salud en un viaje a Miami próximamente, veremos si no me regulan. Ha habido incluso un activista por los derechos humanos en huelga de hambre por esa situación que ya es norma para quienes nos atrevemos a denunciar el estado de cosas. Luego ya me emplearé a fondo profesionalmente.

También sería bueno que los altos cargos encargados de la educación superior, dejaran de agredir desde la evidente desprofesionalización que los expone ya casi con regularidad semanal. Esas actitudes me conminan, como a miles de cubanos, a tomar acciones ciudadanas con peticiones de respeto mínimo a nuestros derechos. Por más que se entiendan los resortes lógicos de todas esas imposturas públicas, en medio de una estructura de poder vacía de contenido y legitimidad, no deja de sorprender tanta torpeza política.

Así que ahora me planifico, voy incorporando nuevas rutinas, y espero a que mi caso deje de ser tan sonoro, la vida es ordenadora. Eso creo que lo aprendí en la antesala de tantas consultas.(Continuará)

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