EZRA POUND, EL POETA MILAGROSO QUE ENFERMÓ DE FASCISMO. “Sexto Piso” publica por primera vez en España los ‘Cantos Completos’, un milagro poético del grandísimo poeta que cayó en la enfermedad del fascismo

Por Jordi Corominas i Julián– El Confidencial

Ezra Loomis Pound (foto de arriba, haciendo el  saludo fascista) nunca será carne de camiseta al ser demasiado complejo para caer en las redes de la banalidad contemporánea. Decía que la belleza es complicada y no le faltaba razón. Resulta gracioso imaginarlo parado en los pasos de cebra de algunas ciudades españolas. Hubiera escupido en esos versos grabados en el asfalto porque su concepción de la poesía no se ajustaba a la banalidad, la tomaba en serio entendiéndola desde una firme voluntad de abarcar todo el universo mediante ese arte antiguo y universal. El sello Sexto Piso reúne ahora en una edición de lujo sus milagrosos ‘Cantos’.

Pound nació en Hailey, un pueblucho de Idaho, en 1885. La fecha es significativa porque lo sitúa en la senda de muchos revolucionarios culturales de la primera mitad del siglo XX. Pablo Picasso, Georges Braque, James Joyce, su amigo T.S. Eliot, William Carloa Williams, Ludwig Wittgenstein o Virginia Woolf nacieron durante ese decenio. Cuando llegó 1900 estaban inmersos en la primera edad adulta y ante ellos se abría la muerte de un mundo caduco y la incerteza del futuro, sumido en la esquizofrenia de una velocidad tan atractiva como incomprensible.

‘Cantos’ de Ezra Pound

Las artes institucionalizadas agonizaban y el punto y final del Ochocientos ofrecía algunas advertencias. Pound abandonó Estados Unidos en 1905 y pasó los siguientes tres lustros en Londres, donde su sola presencia constituyó un faro irradiador de modernidad. El contexto siempre es determinante. En Francia unos italianos se atrevían a publicar en la cabecera de Le Figaro el ‘Manifiesto Futurista’, con sus proclamas favorables a la guerra como higiene del mundo y el célebre ardid de quemar los museos para desterrar el pasado ante el esplendor de lo nuevo. El amigo americano no requería por aquel entonces de tanta soflama y golpe de pecho, entre otras cosas porque antes de proclamar su credo sabía de la necesidad imperiosa de comprender lo anterior para traspasar determinados umbrales y volar libres, sin trabas cochambrosas.

Estas eran cartas marcadas de una tradición tan joven que era fácilmente destruible. La poesía anglosajona del último tercio del siglo XIX, con la excepción de Walt Whitman, era una pesadilla simbolizada por los ‘Fireside poets’, bardos familiares con demasiada tendencia a usar expresiones rebuscadas y añadir palabras sobreras mientras mostraban predilección por los aspectos más amables de la existencia.

Nuestro protagonista era un torbellino con una misión. Las viejas convenciones debían ser enterradas. Su ideario se catapultó a partir de 1912, cuando Harriet Monroe, una antigua crítica del Tribune de Chicago, fundó la revista ‘Poetry’ y estableció la plataforma perfecta para toda una auténtica generación literaria. En ella Pound mostró a las claras su giro copernicano consistente en la frase compacta y concisa al eliminar todo término superfluo, la objetividad por bandera y una apuesta por componer desde una musicalidad que excluyera la monotonía del metrónomo.

Pound sabía, y la usó cuando así lo consideró oportuno, del efectismo de la rima, pero nunca fue su prioridad, era otro complemento del taller. Además, algo clave para captar su genialidad, se nutría de referentes que nadie más adoptaba como guía. Su predilección por trovadores como Arnaud Daniel o Gudo Cavalcanti entroncaba con su teoría de un lenguaje para cada momento y su época, afilada y siempre más exacta, demandaba liquidar lo libresco, ahorrarse perífrasis e inversiones de la frase y abrazar sin dudas la sencillez como paradigma, como si fuera un verdugo de la retórica victoriana. En realidad, ejecutaba, con las diferencias correspondientes, premisas flaubertianas a las que añadía el embrujo de clásicos como Sexto Propercio o la economía de los ideogramas chinos. Al fin y al cabo, si alguien piensa en una poesía de imágenes deberá remontarse a ese instante. Muchos no lo saben y siguen empecinados en la creencia de la poesía como un etéreo paraíso de inspiración. Sin trabajo, estudio y reflexión el resultado es más breve que un suspiro y la posteridad un papel volcado a la basura.

Italia como sueño y condena

Cuando en 1920 deja El Reino Unido para recalar en Francia, donde durante un breve periodo compartirá mesa con la flor y la nata de la Generación Perdida, es una brújula metida en todas las salsas. Ha cambiado la forma de escribir de W.B. Yeats. Ha participado junto a Gaudier-Brezska y Wyndham Lewis en la fundación del Vorticismo y eso no ha sido obstáculo para ayudar a un tal James Joyce en la publicación de su ‘Retrato del artista adolescente’ mientras ha pulido con infinita determinación ‘La tierra baldía’ de su amigo T.S. Eliot. La dedicatoria inicial de esa obra maestra sintetiza aspectos de una de las colaboraciones más fascinantes de la pasada centuria, pues con la aparición del poemario ambos manifestaban sin ambages la puesta en escena de otra ruta que exhibía las cenizas de un tiempo fenecido tras la Primera Guerra Mundial y la desorientación para con el mañana a través de yuxtaposiciones y metáforas con el marchamo de la inmortalidad al tocar un presente que siempre retorna.

Eliot definió a Pound (foto de la izquierda) como un maestro autoritario. Ambos estaban aquejados de dos males polémicos. El primero estriba en la urgencia de tantos literatos estadounidenses que escaparon a Europa encontrar su voz, de Henry James a Francis Scott Fitzgerald. El segundo es político y se enmarca en la enfermedad del fascismo. El Premio Nobel de 1948 simpatizó con la Action Française de Charles Maurras y en su segunda etapa llegó a definirse, tras ser el más rompedor entre los vanguardistas, como monárquico en política y anglicano en religión.

Pound optó por el fascismo como antídoto ante la marea de la contemporaneidad y anhelo de recrear en la dictadura la Atenas de Pericles

Pound optó por el fascismo mussoliniano como antídoto ante la marea mental que le producía la contemporaneidad y el anhelo de ver recreada en la dictadura su sueño de resucitar la Atenas de Pericles o la Florencia Renacentista. Se equivocaba, pero quizá ahí radique su grandeza y la estupidez actual de muchos que lo condenan sin leerlo. Soltó discursos incendiarios desde Radio Roma, departió con el Duce en la sala del Mappamondo del Palazzo Venezia y nunca le retiró su apoyo. En 1943 el Gran Jurado del Distrito de Columbia le acusó de traición, a lo que replicó con una carta en favor de la libertad de expresión recogida en la primera enmienda de la Constitución de la tierra donde dio sus primeros pasos.

En 1945 fue arrestado por partisanos italianos y fue internado por las tropas americanas en un campo de prisioneros en Pisa. Un año más tarde fue declarado mentalmente irresponsable y lo trasladaron al St. Elizabeth’s Hospital de Washington D.C., donde permaneció hasta 1958, cuando volvió a Italia. Se instaló en Venecia, donde moriría en 1972 para cerrar un círculo iniciado en 1908, cuando publicó su primer poemario en la ciudad de los canales.

El monumento de los Cantos

La experiencia carcelaria propició ‘Los Pisan Cantos’, elegía de dolor y sufrimiento que puede leerse de manera independiente al gran edificio que son sus ‘Cantos’, milagro poético en el que trabajó desde 1904 hasta 1969. Quería, y consiguió, elaborar una ‘Divina Comedia’ de su era y equiparse con Dante incluso en la estructura, pero el avanzar de los años hizo que la obra cobrara, como por otra parte es comprensible, un cuerpo propio con múltiples héroes, adaptaciones homéricas, elogios al mediterráneo, conexiones con Confucio, poliglotismo en función del ritmo y una amalgama nada caótica de su concepción histórica plagada de grandes fundadores de todas las latitudes. La paradoja es que siga demonizado cuando sólo cantaba al amor por la Humanidad. Sin duda fue un incomprendido, como por otra parte suele suceder con pioneros inquietos que no dejan domarse por la laxitud del rebaño.

Ezra Pound en Venecia en 1963

La buena noticia es que Sexto Piso publica por primera vez en España los ‘Cantos Completos. Algún lector avezado pondrá esto en tela de juicio porque antes Javier Coy lo intentó para la colección de Letras Universales de Cátedra, pero sólo sacó tres de los cuatro volúmenes previstos, quedándose en el Canto LXXXIV; la de Jan de Jager llega hasta el Canto CIX y recoge la traducción de los cantos italianos y los borradores -un monumento de esta índole nunca puede darse por cerrado- y fragmentos de los cantos CX-CXVII.

Recuperarlo es una victoria de la inteligencia. Iniciativas de este calibre son un bálsamo contra el movimiento que pretende vender la poesía como si fuera un patio de colegio iletrado sin referencias a la tradición y sobredosis de bolsas de chucherías adaptadas a pensamientos positivos, emocionalidad de pacotilla y tantas otras patrañas que prostituyen la belleza, siempre complicada y repleta de aristas porque nunca, y el mismo Pound lo declaró en más de una ocasión, debe encajar en un molde. Descubrir su significado es un reto imposible. Nada más hermoso que el explorador consciente de su fracaso.

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