HISTORIA: LO DIJO EL CAMPESINO- “FRANCO EN COMPARACIÓN CON STALIN ERA UNA HERMANITA DE LA CARIDAD-SEGUNDA PARTE

EN LA “PERRERA”

Un miliciano me condujo a una especie de cabina estrecha; sólo es posible pemanecer en ella de pie o estrecha; o sentado en un taburete, de forma que las rodillas rozan la puerta. El nombre de robatchnik (perrera) que recibe no es muy apropiado, pues los perros están infinitamente mejor.

A las dos horas me condujeron a la visita médica. Una mujer de gesto hosco, de alma seca y maneras despiadadas, vistiendo una bata blanca y luciendo una estrella colorada -tenía el grado de capitán de la NKVD-, se entregó a las más detalladas manipulaciones con mi persona.

Bochorno siento al descubrir la revisión que me hizo del ano y de la uretra. Me volvió después los párpados de manera tan brutal, que me duró cuatro días el dolor en ellos. Me examinó los oídos con una especie de alambre hasta hacerme sangrar. Y, seguidamente, la boca y hasta el esófago, con un tubo y una diminuta bombilla, hasta obligarme a vomitar cuatro veces seguidas.    Anteriormente me habían dado cien gramos de pan y un litro de agua gaseosa, como enjabonada, para que, al vomitar, descubriera los “secretos” que pudiera ocultar el estómago. Dos horas duró este suplicio. Al salir de él me sentía enfermo, asqueado y profundamente humillado. De eso se trata, ante todo: de humillar al ser humano, de reducirlo a una cosa, a un cero. De vuelta en la estrecha cabina, hube de permanecer toda la noche completamente desnudo.

A la mañana siguiente me dieron un pantalón que me llegaba hasta la rodilla y una camisa con una sola manga. Seguía la humillación: tenía que encontrarme profundamente ridículo. Seis días permanecí en la “perrera” sintiendo el ojo de un guardián constantemente fijo en mí.   Era una manera de anunciarme: Mientras estés aquí no podrás hacer un gesto o un movimiento que no espiemos y conozcamos.”

ATORMENTADO CIENTÍFICAMENTE

Me llevaron después a una celda donde había ya cinco hombres. ¿Hombres…? Estaban tan pálidos, tan debilitados, tan cadavéricos, que yo los tomé por enfermos de gravedad -casi por espectros-, y la celda me pareció una enfermería. Uno de ellos -un lituano- me dijo en voz baja, más que por precaución, porque no parecía quedarle aliento:   Aquí permanecerás sin duda un año, si es que no te mueres antes.   Reaccioné vivamente y le repliqué con energía:

–Yo no soy de los que mueren fácilmente.   Me miraron con un asomo de sorpresa y de compasión.   Me habían puesto entre aquellos seres semimuertos para que viera lo que sería de mí al cabo de algún tiempo. La celda no medía más allá de 4,60 metros de largo por 2,40 de ancho.

En la inmensa URSS, sexta parte del globo terráqueo, se reduce al ser humano a la mayor estrechez posible. Había tres camitas a cada lado de la celda. Naturalmente, había que dormir con las piernas encogidas. La parte baja de las paredes era de un color verdusco, y en la parte alta, de color ocre. El suplicio empieza ya por esta falta de unidad en los colores.

No es posible oír ni el menor ruido de una celda a otra. En cambio, el guardián, apostado permanentemente ante la puerta de la celda, debe oír por un sistema especial microfónico cuanto se dice en el interior.

Es otro de los suplicios: el silencio y el control absoluto sobre lo que se dice.

El régimen que teníamos que observar era severísimo. A las cinco en punto de la mañana estábamos en pie. Nos concedían siete minutos para salir a hacer nuestras necesidades en el mismo retrete los seis; nos absteníamos de hacerlas en nuestra celda, en la medida de lo posible, con el fin de evitar los malos olores.Los guardianes aprovechaban estos siete minutos para registrar cuidadosamente la celda.

Durante dos horas teníamos que limpiar cada día las camas con un trapo empapado en petróleo y frotar el suelo con unos cepillos; si el guardián descubría la menor mancha, nos obligaba a frotar durante otras dos horas. En el estado de agotamiento en que se encuentra el preso, esta tarea constituye otro suplicio.

Nos daban después cien gramos de pan negro y un vaso de agua caliente por todo alimento. Seguidamente teníamos que sentarnos encogidos sobre la camita con un libro en la mano; pero como se nos imponía la obligación de mirar constantemente al agujero de la puerta, resultaba imposible leer. Cuando alguien sucumbía a la tentación de la lectura y dejaba de mirar al fatídico agujero, entraba el guardián y lo volvía a la disciplina a golpes.

A la una en punto entraba en la celda un camarero pulcro, límpio, vistiendo una blusa y tocado con un gorro de impecable blancura: traía en una bandeja plateada -y con cubiertos asimismo plateados- cien gramos de pan negro y una sopa caliente de col agria y tomate. Que un camarero tan límpio y elegante viniera a servirnos una tan mísera e insuficiente comida, constituía un detalle de refinada crueldad.

De una y media a dos, nos permitían tumbarnos, encogidos, en la camita. Después, hasta las siete, otra vez sentados, encogidos, inmóviles y sin apartar los ojos del agujero de la puerta.

A las siete, otra comida semejante a la de la una. Hora y media más sentados y con los ojos fijos en el agujero de la puerta. Todo resulta calculadamente cruel en este detalle del tiempo en la Lubianka. En primer lugar, la inmovilidad durante horas y horas; la tentación de moverse, de cambiar de posición, acabar haciéndose irresistible.

Pero lo verdaderamente terrible, obsesionante, hasta crear un estado de pesadilla e incluso de alejamiento o de locura, es la obligación de mirar fijamente al agujero de la puerta y ver en él, constantemente clavado en ti, el ojo del guardián. Ese agujero y ese ojo acaban agrandándose desmesuradamente, dando vueltas a una velocidad vertiginosa ante los ojos del preso, destruyendo poco a poco su mente y su voluntad. De eso se trata precisamente: de provocar la desintegración moral del individuo.

Con la boca babeante y los ojos desorbitados, el lituano producía un continuo movimiento de rotación con la cabeza, como siguiendo las imaginarias vueltas del agujero. Entraba el guardián y lo arrancaba de su alelamiento de un golpe brutal. Poco después, volvía a empezar el mismo movimiento de cabeza.

Completa la desintegración del preso el estado de delivitación progresiva que determina la subalimentación. El preso no llega a morirse de hombre; pero el hambre crónica, sabiamente dosificada y reglamentada, acaba creando la obsesión animal de la comida.    Llega un momento en que sólo se tiene una idea fija. comer suficientemente . Tal es el régimen durante el día. Durante la noche continúa el suplicio.(Continuará)

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