LA CAPITULACIÓN VATICANA ANTE LA MASONERÍA-CUARTA PARTE- El periodista mexicano Jorge Santa Cruz argumenta que esta sociedad secreta tomó el control de la Santa Sede en 1958, tras la muerte del Papa Pío XII. El autor asegura que, desde entonces, los pontífices del Concilio Vaticano II han trabajado para la instauración de un gobierno mundial, avalado por la Organización de las Religiones Unidas.

Foto: aspecto de una sesión del Concilio Vaticano II. (InfoVaticana.com)

 (*)Por Jorge Santa Cruz (*)-    Blog Sin Compromiso

La capitulación vaticana ante la Masonería no es una historia reciente. Comienza con la elección de Angelo Roncalli como Juan XXIII.

Sin embargo, el asedio de esta sociedad secreta contra la Santa Sede se remonta -hablando de la historia moderna y contemporánea- cuando menos al siglo XVIII.

Fue en 1717 cuando la Masonería se reconfiguró en Inglaterra y en 1776, cuando el mundo se enteró de la existencia de la orden de los Iluminados de Baviera, que pretendía establecer una república universal.

En ese 1776, bajo las directrices de la Masonería, se proclamó la independencia de los Estados Unidos de América, o sea, de la primera república federal.

Trece años después, en 1789, se inició la Revolución Francesa que fue preparada y ejecutada desde las logias masónicas.

Como la Iglesia católica resistió todos los embates externos, la Masonería optó -entonces- por la infiltración, misma que fue denunciada con toda claridad por el Papa San Pío X, en su encíclica «Pascendi» («Apacentar a la grey del Señor»). El lector interesado encontrará más información al respecto en la tercera entrega de esta serie. (1)

La Infiltración tejió sus redes y aguardó pacientemente para llevar a cabo el asalto final contra la Santa Sede, el cual ejecutó con todo éxito luego de la muerte de Su Santidad Pío XII. Su acción se sustentó en dos sofismas: la necesidad de modernizar a la Iglesia y el respeto a los derechos humanos (comenzado por la libertad religiosa).

El Vaticano II: la peor tormenta sobre la Iglesia

Previo al inicio del Concilio Vaticano II,  en agosto de 1962, los círculos conservadores de la Iglesia alertaron de que el ala progresista (promasónica, procomunista y subordinada a la Élite mundial) trataría de que la Santa Sede se contradijera, para luego espetarle que ninguna institución que se contradiga puede reclamar un origen divino.

De igual manera, los sacerdotes, obispos y cardenales conservadores llamaron la atención sobre los planes que tenían los progresistas para que, desde los más altos niveles del clero, se dijera públicamente que la Iglesia ha pecado y que tenía la obligación de pedir perdón. (Si la Iglesia peca, es humana, no divina).

El ala católica del Clero temía, en fin, que el Concilio Vaticano II beneficiara al Comunismo, representado principalmente en ese momento por la Unión Soviética. Pues bien, todos sus temores fueron confirmados por los hechos.

Juan XXIII lanza la propuesta de un gobierno mundial

En 1958, la Masonería y otras fuerzas de la Élite mundial colocaron en la silla de Pedro a uno de los suyos: el cardenal Angelo Roncalli, quien adoptó el nombre del antipapa Juan XXIII.

Con Roncalli, comenzó la destrucción interna de la Iglesia. Él, convocó al Concilio Ecuménico Vaticano II que quitó a la Religión católica oficial su carácter teocéntrico para imponerle el antropocentrismo.

Juan XXIII inició las gestiones para rebajar al catolicismo al rango de una religión más y fue el primero en proponer, desde El Vaticano, la formación de un gobierno mundial; todo, en perfecta armonía con el plan masónico de la república universal.

Roncallí, en su encíclica «Pacen in terris» («Paz en la tierra»), del 11 de abril de 1963, aseguraba que «en las circunstancias actuales de la sociedad, tanto la constitución y forma de los Estados como el poder que tiene la autoridad pública en todas las naciones del mundo deben considerarse insuficientes para promover el bien común de los pueblos». (2)

En consecuencia, según su punto de vista, era necesario constituir un gobierno mundial (tal y como lo proyectaron los Iluminados de Baviera y la Masonería). Leamos:

«La autoridad mundial debe establecerse por acuerdo general de las naciones

»138. Esta autoridad general, cuyo poder debe alcanzar vigencia en el mundo entero y poseer medios idóneos para conducir al bien común universal, ha de establecerse con el consentimiento de todas las naciones y no imponerse por la fuerza. La razón de esta necesidad reside en que, debiendo tal autoridad desempeñar eficazmente su función, es menester que sea imparcial para todos, ajena por completo a los partidismos y dirigida al bien común de todos los pueblos. Porque si las grandes potencias impusieran por la fuerza esta autoridad mundial, con razón sería de temer que sirviese al provecho de unas cuantas o estuviese del lado de una nación determinada, y por ello el valor y la eficacia de su actividad quedarían comprometidos. Aunque las naciones presenten grandes diferencias entre sí en su grado de desarrollo económico o en su potencia militar, defienden, sin embargo, con singular energía la igualdad jurídica y la dignidad de su propia manera de vida. Por esto, con razón, los Estados no se resignan a obedecer a los poderes que se les imponen por la fuerza, o a cuya constitución no han contribuido, o a los que no se han adherido libremente.

»La autoridad mundial debe proteger los derechos de la persona humana

»139. Así como no se puede juzgar del bien común de una nación sin tener en cuenta la persona humana, lo mismo debe decirse del bien común general; por lo que la autoridad pública mundial ha de tender principalmente a que los derechos de la persona humana se reconozcan, se tengan en el debido honor, se conserven incólumes y se aumenten en realidad. Esta protección de los derechos del hombre puede realizarla o la propia autoridad mundial por sí misma, si la realidad lo permite, o bien creando en todo el mundo un ambiente dentro del cual los gobernantes de los distintos países puedan cumplir sus funciones con mayor facilidad». (3)

Juan XXIII insinuó más adelante que esa «autoridad pública mundial» podría recaer en la Organización de las Naciones Unidas (ONU):

«145. Deseamos, pues, vehementemente que la Organización de las Naciones Unidas pueda ir acomodando cada vez mejor sus estructuras y medios a la amplitud y nobleza de sus objetivos. ¡Ojalá llegue pronto el tiempo en que esta Organización pueda garantizar con eficacia los derechos del hombre!, derechos que, por brotar inmediatamente de la dignidad de la persona humana, son universales, inviolables e inmutables. Tanto mas cuanto que hoy los hombres, por participar cada vez más activamente en los asuntos públicos de sus respectivas naciones, siguen con creciente interés la vida de los demás pueblos y tienen una conciencia cada día más honda de pertenecer como miembros vivos a la gran comunidad mundial». (4)

La infiltración en la Iglesia ha aplicado una estrategia gradualista. Primero presenta iniciativas aparentemente simples y de buena fe, como esta de Juan XXIII y luego muestra las garras.

Juan XXIII planteó, en 1963, que la autoridad mundial surja a partir del acuerdo general de las naciones. Benedicto XVI, en 2009, o sea, 46 años después, pidió que el gobierno mundial tenga un poder sancionador.

Pablo VI lleva a la ONU la propuesta del gobierno mundial

El sucesor de Roncalli, Juan Bautista Montini, quien tomó el nombre de Pablo VI, propuso oficialmente a la Organización de las Naciones Unidas, la creación del gobierno mundial.

Al hablar ante la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, el 4 de octubre de 1965, dijo lo siguiente:

«6. Vuestra vocación es hacer fraternizar, no a algunos pueblos sino a todos los pueblos. ¿Difícil empresa? Sin duda alguna. Pero ésa es la empresa, tal es vuestra muy noble empresa. ¿Quién no ve la necesidad de llegar así, progresivamente, a establecer una autoridad mundial que esté en condición de actuar eficazmente en el plano jurídico y político?». (5)

Luego, utilizando un lenguaje másonico, Pablo VI pidió a la ONU ser la constructora de la paz:

«9. Vosotros habéis cumplido, señores, y estáis cumpliendo una gran obra: Enseñar a los hombres la paz. Las Naciones Unidas son la gran escuela donde se recibe esta educación, y estamos aquí en el aula magna de esta escuela. Todo el que toma asiento aquí se convierte en alumno y llega a ser maestro en el arte de construir la paz. Y cuando salís de esta sala, el mundo os mira como a los arquitectos, los constructores de la paz». (6)

Pablo VI no se atrevió a decir «aprendiz», pero sí, «alumno»; no dijo «logia», pero sí, «escuela». En cambio, habló de «maestros», «constructores» y «arquitectos».

Juan Pablo II y el orden social basado en la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad

En nuestra anterior entrega, nos referimos a la ocasión en que Juan Pablo II (Juan, por Juan XXIII, y Pablo, por Pablo VI), externó su anhelo de que los grandes ideales masónicos pudieran constituir la base de la vida social en el mundo. Sus palabras, aquel 14 de agosto de 2004 fueron:

«La Iglesia católica, respetando las responsabilidades y las competencias de cada uno, desea aportar a la sociedad su contribución específica con vistas a la construcción de un mundo en el que los grandes ideales de libertad, igualdad y fraternidad puedan constituir la base de la vida social, en la búsqueda y la promoción incesante del bien común». (7)

Juan Pablo II, fiel al Concilio Vaticano II, no se conformó con poner al orden masónico como modelo, sino que llegó al extremo de insinuar que la Iglesia ha pecado.

El 12 de marzo de 2000, en el rezo del Ángelus, Karol Wojtyla dijo:

«El Año santo es tiempo de purificación: la Iglesia es santa porque Cristo es su Cabeza y su Esposo, el Espíritu es su alma vivificante, y la Virgen María y los santos son su manifestación más auténtica. Sin embargo, los hijos de la Iglesia conocen la experiencia del pecado, cuyas sombras se reflejan en ella, oscureciendo su belleza. Por eso, la Iglesia no deja de implorar el perdón de Dios por los pecados de sus miembros.

»2. No se trata de un juicio sobre la responsabilidad subjetiva de los hermanos que nos han precedido: esto compete sólo a Dios, que, a diferencia de nosotros, seres humanos, es capaz de “escrutar el corazón y la mente” (cf. Jr 20, 12). El acto que hemos realizado hoy es un sincero reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia en el pasado remoto y en el reciente, y una humilde súplica de perdón a Dios. Esto ayudará a despertar las conciencias, permitiendo a los cristianos entrar en el tercer milenio más abiertos a Dios y a su designio de amor.

»A la vez que pedimos perdón, perdonamos. Esto es lo que decimos cada día rezando la oración que nos enseñó Jesús: “Padre nuestro, (…) perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12). Quiera Dios que el fruto de esta Jornada jubilar sea para todos los creyentes el perdón recíprocamente dado y acogido». (8)

Francisco y la «Iglesia herida por su pecado»

El actual Pontífice, Francisco, fiel continuador del Vaticano II, ha llegado hasta donde Juan Pablo II no se atrevió: a decir que la Iglesia es pecadora. Wojtyla puso las bases; Bergoglio concluyó la mentira.

El 20 de marzo de 2017, al recibir al presidente de Ruanda, Francisco pidió perdón por los pecados de la Iglesia y de sus miembros durante el genocidio llevado a cabo contra la etnia de los Tutsi, en 1994.

En un comunicado de prensa, El Vaticano lo difundió en los siguientes términos:

«En este contexto, el Papa ha manifestado su profundo dolor, el de la Santa Sede y el de la Iglesia por el genocidio contra los Tutsis, ha expresado solidaridad con las víctimas y con los que siguen sufriendo las consecuencias de aquellos acontecimientos trágicos y, en línea con el gesto efectuado por San Juan Pablo II durante el Gran Jubileo del año 2000, ha renovado la imploración de perdón a Dios por los pecados y las faltas de la Iglesia y de sus miembros, entre los cuales sacerdotes, religiosos y religiosas que cedieron al odio y a la violencia traicionando su misión evangélica. El Papa ha expresado también la esperanza de que este humilde reconocimiento de las faltas cometidas en aquella circunstancia, que, por desgracia, han desfigurado el rostro de la Iglesia, contribuyan, también a la luz del reciente Año Santo de la Misericordia y del Comunicado publicado por el episcopado de Ruanda en ocasión de la clausura del mismo, a “purificar la memoria” y a promover, con esperanza y confianza renovadas, un futuro de paz, dando testimonio de que es concretamente posible vivir y trabajar juntos cuando se pone en el centro la dignidad de la persona humana y el bien común». (9)

En fecha más reciente, el 26 de enero de 2019, durante su viaje a Panamá, Francisco habló del «cansancio de la esperanza» y de «una Iglesia herida por su pecado»:

«Es un cansancio paralizante. Nace de mirar para adelante y no saber cómo reaccionar ante la intensidad y perplejidad de los cambios que como sociedad estamos atravesando. Estos cambios parecieran cuestionar no solo nuestras formas de expresión y compromiso, nuestras costumbres y actitudes ante la realidad, sino que ponen en duda, en muchos casos, la viabilidad misma de la vida religiosa en el mundo de hoy. E incluso la velocidad de esos cambios puede llevar a inmovilizar toda opción y opinión y, lo que supo ser significativo e importante en otros tiempos parece que ya no tiene lugar.

»Hermanas y hermanos, el cansancio de la esperanza nace al constatar una Iglesia herida por su pecado y que tantas veces no ha sabido escuchar tantos gritos en los que se escondía el grito del Maestro: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46)». (10)

La continuidad entre el Concilio Vaticano II, Juan Pablo II y Francisco es más que evidente. Wojtyla insinuó que la Iglesia pecaba y Bergoglio dijo que «está herida por su pecado».

Insistimos: una iglesia que peca no es divina; una iglesia que se contradice es tan humana como todas las demás. Una iglesia pecadora y contradictoria no tiene ni la autoridad moral ni la capacidad de conducir a la humanidad hacia la «fraternidad universal». Una iglesia así deja el campo libre a la Masonería, que se vale de este sofisma para confundir a los católicos, en particular, y a la humanidad, en general.

Con base en tal escenario, la «fraternidad universal» sólo podrá construirse a partir del control ejercido por la Organización de las Religiones Unidas -a manera de una religión única- y por la Organización de Naciones Unidas, constituida abiertamente en gobierno mundial.

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