LA EUROPA DE LAS NACIONES FRENTE A LA EUROPA DE LOS BURÓCRATAS E INMIGRANTES. Discurso pronunciado por Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, con ocasión de la presentación del programa del Fidesz–KDNP-

En la foto: Viktor Orbán

Fuente: elInactual.com

«Nosotros deberíamos hablar hoy de muchas cosas sobre el tema de Europa, pero la campaña electoral no ha hecho más que comenzar. No podemos hablar de todo hoy y por eso me limitaré a indicar, en este inicio, cuál es la clave de las elecciones europeas del 26 de mayo. Podemos, no obstante, recordar temas de actualidad como, por ejemplo, la relación entre el Fidesz y el Partido popular europeo (PPE). Me limitaré a señalar que somos nosotros, y no el PPE, los que decidimos nuestro futuro. Veremos, tras las elecciones, qué dirección toma el PPE. Hoy, parece que toma la de la izquierda liberal, la de la constitución de un imperio europeo liberal y de una Europa de los inmigrantes. Si esta es la dirección que el PPE va a tomar, podéis estar seguros de que nosotros no la seguiremos. Ahí están las irritantes declaraciones del señor Weber sobre el sentimiento nacional. No es sorprendente que en Hungría se pronuncie y se escriba una única palabra: ¡fuera! En lo que a mí concierne, apelo a la paciencia. Nosotros decidiremos en el momento oportuno sobre la base de nuestros intereses nacionales.

Las anteriores elecciones europeas no implicaban grandes desafíos. Grosso modo, su función era la de determinar si el presidente de la Comisión Europea era de derechas o de izquierdas. Esto no es tan simple como podría creerse. Ahí está, por ejemplo, un tal Jean-Claude Juncker: habíamos creído que era de derechas, y en lugar de eso nos hemos encontrado con un socialista europeo, cuya responsabilidad ha sido determinante en el Brexit, en la invasión migratoria y en el conflicto cada vez más grave entre la Europa central y la Europa occidental. Hoy, por el contrario, se trata de todo eso, más que de la elección de una sola persona. A finales de mayo, es el futuro de Europa lo que nos jugamos. La clave no es saber si serán los socialistas o los conservadores los que obtengan más diputados en Bruselas. Esta vez, varios cientos de millones de europeos se pronunciarán sobre los temas más importantes de la política.

La clave será determinar si la Unión Europea tendrá dirigentes favorables u opuestos a la inmigración. Nos pronunciaremos sobre el destino de Europa: si debe seguir perteneciendo a los europeos, o si debemos ceder el lugar a las masas venidas de otras culturas, de otras civilizaciones. “Sustitución”, la llaman los franceses. Si continuaremos protegiendo nuestra cultura cristiana europea, o si desapareceremos ante el multiculturalismo. Todo esto hace que no sea sorprendente que la línea de fractura entre las fuerzas en presencia ya no corresponda al orden clásico de valores entre la izquierda y la derecha. Mirad, por ejemplo, los cuatro Estados miembros del Grupo de Visegrado y los jefes de gobierno de estos Estados. Pertenecemos, cada uno, a grupos diferentes en el seno del Parlamento Europeo, y no podría decir siquiera que seamos todos de la misma línea ideológica. Entre nosotros hay liberales, socialistas, populares y conservadores, pero estamos de acuerdo sobre lo esencial: queremos que nuestros países y Europa sigan siendo tal y como los hemos conocido. Según el viejo adagio: unidad sobre lo esencial, libertad sobre el resto, pero empatía sobre el todo. El 26 de mayo votaremos sobre lo esencial: la clave es nuestra civilización cristiana. Cuando se fundó la Unión europea tenía una gran alma y un pequeño cuerpo. Hoy es al revés: su alma ha disminuido y su cuerpo ha crecido. ¿Cómo hemos llegado hasta este punto? ¿Cómo hemos podido llegar a una situación en la que tengamos que librar un combate, sobre nuestro propio continente, por la preservación de nuestro modo de existencia, de nuestro modo de vida, de nuestro marco vital natural?

En Bruselas se vive en un mundo virtual de la élite europea privilegiada, fuera de la realidad, fuera de la verdad, de la que se desarrolla, no en Bruselas, sino en los Estados miembros. Esta élite europea no logra comprender la advertencia del general De Gaulle: “La política debe basarse en la realidad, y la política es, justamente, el arte de saber defender un ideal sobre la base de las realidades”. Y estas realidades son las realidades históricas, culturales, demográficas y geográficas.

Son precisamente estas realidades de la vida de los Estados-nación las que la élite que vive en la burbuja bruselense no toma en consideración. En consecuencia, puede suceder que un católico como el señor Weber ofenda regularmente a los húngaros. Un bávaro de Bruselas puede hacerlo, pero un bávaro de Múnich nunca lo haría. Mientras la élite de Bruselas sigue atacando a las naciones de Europa central, la realidad es que la adhesión a la Unión Europea no es tan fuerte en ningún sitio como en Hungría y en Polonia. Podemos decir modestamente que nuestros gobiernos algo han tenido que ver en ello. Hemos hecho mucho para que, en el curso de los últimos años, los húngaros crean en una Europa fuerte y exitosa. La conclusión es que los húngaros, que han defendido a Europa durante mil años, se comprometen con la Unión Europea, pero también están cansados de la forma en que Bruselas gestiona las cosas y desean, legítimamente, un cambio.

Los húngaros llevamos nueve años de controversias con Bruselas. Estas controversias son diferentes cada vez, pero sólo aparentemente; si profundizamos un poco siempre nos llevan al mismo asunto. Se refieren al hecho de que no estamos dispuestos a hacer lo que Bruselas dicta si no es bueno para los húngaros. Querían que permitiéramos a los migrantes cruzar nuestras fronteras, pero en su lugar erigimos una valla. Querían que aceptáramos a los migrantes que sobraban en Europa occidental, pero nos mantuvimos fuertes rechazando el sistema de cuotas obligatorias. Esta es la situación. Llevamos nueve años librando una batalla difícil, pero si la evaluamos a la luz de la situación actual de Hungría, ha merecido la pena. Si nos fijamos en la economía húngara, veremos que cada vez hay más húngaros con trabajo, que el rendimiento de la economía húngara no deja de progresar y que cada año damos un paso adelante. Un paso quizás no tan grande como quisiéramos, pero de todos modos, siempre hacia adelante. No hay comparación entre la imagen de la Hungría actual y la situación que reinaba en 2009 con el último de los gobiernos socialistas. ¡Cuánto tiempo ha pasado desde que se fueron, dejándonos como herencia el FMI y el endeudamiento!

En cuanto a los dirigentes de la Unión Europea, no nos han ayudado mucho en los últimos años. Lejos de reforzarla, han debilitado nuestra casa común, esa Europa que también aloja a Hungría. El balance desde 2014 es que uno de los Estados miembros más poderosos de la Unión, el Reino Unido, se prepara para separarse de Europa, mientras millones de migrantes penetran ilegalmente en el territorio europeo y pueden, como ya hemos podido comprobar, suponer un peligro para la seguridad de los europeos y la identidad cultural cristiana de Europa. Los británicos salen y los migrantes entran: he aquí el balance de la Comisión Juncker.

La mayoría de la población de la Unión teme, con razón, que en el curso de las próximas décadas los migrantes sigan llegando masivamente, sobre todo  desde África. Los europeos consideran una auténtica amenaza que Europa deje de ser europea, porque la mayoría no duda en decir que debemos preservar nuestra cultura y tradiciones cristianas. En Europa occidental este peligro es ya real, aunque sólo el 55% así lo considere. Frente a ello, en Europa central y oriental, la proporción de los que estiman que la preservación de la cultura cristiana es muy importante es del 70%, y sube al 80% en Hungría, y ello pese al grado avanzado de secularización de nuestras sociedades, porque la gente, independientemente de su pertenencia personal a una religión, afirma que es conveniente preservar la cultura cristiana. Es un mandato claro e incontestable al que deben prestar atención los gobiernos.

Una sola conclusión resulta de todo esto: los europeos, simplemente, no quieren más inmigración, por mucho que un tal Timmermans afirme que “en todo el mundo, las sociedades estén llamadas a ser diversas. Tal es el futuro del mundo. Los países de Europa central deben habituarse”. Europa, por tanto, está amenazada por una migración masiva, porque cuando estas masas humanas abandonan su tierra natal para alcanzar otros países, no estamos hablando simplemente de una crisis migratoria, sino de un movimiento de población de alcance planetario.

Nos guste o no, debemos también decir que las grandes migraciones nunca han sido de naturaleza pacífica. Cuando las grandes masas parten en busca de nuevas patrias, se provocan inevitablemente conflictos, porque desean, en general, ocupar territorios donde otros ya viven, donde otros están instalados y que tienen la obligación de defender: defender su territorio, su cultura y su forma de vida. En nuestro caso particular, hoy, el objetivo de la migración de masas es el mundo occidental, y más concretamente Europa occidental, la parte de nuestro continente considerada como el destino más vulnerable. Sin embargo, que se haya convertido en un objetivo vulnerable no es fruto del azar. Toda migración tiene sus propias causas, y en este caso muchos evocan las causas externas que son la pobreza, el hambre, la falta de agua, el cambio climático, la guerra, la persecución… Son causas evidentes, pero no hay que admitir que sean nuevas. La causa principal es la dolorosa constatación de que nacen muchos más niños fuera de Europa que en Europa, y esto permite comprender que la primera causa de la migración masiva, y las crisis que desencadena, debe ser buscada, no en el exterior, sino en el interior. Si nacen tan pocos niños europeos es porque nuestro continente tiene un auténtico trastorno de conciencia y un problema de identidad.

Europa es una comunidad de quinientos millones de seres humanos: somos más numerosos que los rusos y que los norteamericanos juntos. Si Europa quiere, podría detenerse la migración masiva que se dirige hacia el continente, pero lo cierto es que, lejos de intentarse, se propugna y hace todo lo contrario. Los actuales dirigentes de Europa alientan e incitan la inmigración, y no dudan en condenar a aquellos que, como yo o como Matteo Salvini en Italia, se esfuerzan en detenerla. Las medidas que Bruselas ha defendido en los últimos tiempos, y sigue defendiendo, no pueden considerarse más que incentivos a la inmigración. Estas medidas debilitan el derecho de los Estados miembros a la protección de sus fronteras. El Parlamento Europeo ha votado a favor de la introducción del visado migratorio. El Parlamento Europeo ha aprobado un aumento significativo de las cantidades asignadas a las organizaciones que favorecen la inmigración y a los grupos de activistas políticos. Ofrecen también tarjetas bancarias prefinanciadas y lanzan programas experimentales de inmigración con los países africanos. Y, en fin, para dividir a la oposición, ejercen un chantaje, o al menos lo intentan, sobre los países que se resisten, proponiendo sanciones financieras contra los recalcitrantes. Bruselas se prepara a tal efecto. Observad bien: cuando se trata de la inmigración, Bruselas siempre llega al mismo punto. No importa el sentido, al final siempre se llegará, de una manera u otra, a favorecer la inmigración. Es como el viejo chiste heredado del antiguo régimen sobre las piezas de repuesto de una fábrica soviética de bicicletas: cualquiera que sea la forma en que se monten las piezas, siempre saldrá una ametralladora.

Bruselas quiere más poder, más poderes por encima de las naciones europeas. Este es el objetivo que persigue el superestado supranacional, el proyecto de los Estados Unidos de Europa. Representa la aspiración al poder de la élite bruselense contra los Estados-nación que constituyen Europa. Y son estos Estados-nación, con su cultura cristiana, los que bloquean la ruta hacia este proyecto. De hecho, en Bruselas los puestos de dirección son ocupados por las fuerzas políticas y los grupos de interés que quieren poner fin a la prioridad de la cultura europea cristiana, sobre la base de un análisis, plenamente asumido, según el cual, si la llegada masiva de inmigrantes de otras culturas permite desplazar al cristianismo, entonces será posible, no sólo poner fin al cristianismo, sino también a las naciones. Los demógrafos calculan que, si la tendencia actual continúa, el número de musulmanes en Europa pasará de los 43 millones de 2010 a 70 millones en 2015, y la población cristiana disminuirá en 99 millones. Los planes de Bruselas no prevén ninguna acción dirigida a ralentizar este proceso, preocupándose, por el contrario, en acelerarlo. Es por ello por lo que nosotros no oímos nada en Bruselas en materia de política familiar, y sin embargo escuchemos diariamente sus consideraciones sobre la importancia de la inmigración. El comisario encargado de la inmigración declaró recientemente que Bruselas no quiere llevar la ayuda allí donde se necesita, sino hacer venir a los migrantes a Europa ‒según él, legalmente‒ durante muchos años y por cientos de miles. Su programa de inmigración “legal” no es otra cosa que la máscara de un programa de cambio y sustitución de la población europea. Sobre esto van las elecciones europeas.

Lo que queremos es que las nuevas generaciones, nuestros hijos, nuestros nietos, puedan decidir libremente sobre su forma de vida, de la misma manera que nosotros lo hacemos hoy sobre la nuestra. Si, por el contrario, Europa se convierte en un continente de inmigración, las nuevas generaciones no tendrán la posibilidad de elegir por sí mismas. No tendrán ni el derecho, ni la posibilidad de decidir libremente. Luchando hoy, nosotros luchamos por ese derecho y por esa posibilidad, porque queremos que estos derechos y estas posibilidades sean también las suyas.

Por todo ello, la crisis de Europa debe ser tratada desde la raíz. Hay que frenar las aspiraciones de poder de la élite bruselense. En cuanto a la inmigración, simplemente debe ser detenida. Resumo en siete puntos lo que deberían ser las medidas de urgencia que deben ser adoptadas en Europa inmediatamente después de las elecciones con el objetivo de detener la inmigración:

Retirar la gestión de la inmigración a los burócratas bruselenses y devolverla a los gobiernos nacionales.

‒ Declarar abiertamente que ningún país puede ser obligado a acoger a migrantes contra su voluntad.

‒ Declarar que nadie podrá ser admitido en Europa sin papeles de identidad en regla.

Suprimir la tarjeta bancaria migratoria y el visado migratorio.

‒ Lo más importante: que Bruselas no conceda más dinero a las organizaciones de George Soros que favorecen la inmigración, y que los fondos así ahorrados se afecten a la compensación por los gastos de protección de las fronteras.

‒ Nadie deberá ser objeto de discriminación negativa en Europa por haberse declarado cristiano.

‒ Que las instancias competentes ‒esencialmente, el Parlamento Europeo y el Consejo de Europa‒ sitúen a dirigentes opuestos a la inmigración a la cabeza de las instituciones de la Unión.

Estos son los puntos esenciales que nos permitirán detener la inmigración y preservar nuestra cultura cristiana.

Creo que nos hemos reunido aquí porque creemos que en una democracia la decisión está en manos del pueblo. En consecuencia, no resulta correcto ver al Partido Popular Europeo asociarse de antemano con la izquierda y los liberales, sin siquiera esperar a la decisión de los electores. Por mi parte, pido a los húngaros, os pido a todos vosotros, suscribir este programa e ir a votar el 26 de mayo. Vayamos a votar y demostremos a Bruselas que no son ni las ONG de Soros ni los burócratas bruselenses con sus opacas políticas los que tienen la última palabra, la cual es siempre la de los electores en la intimidad de las cabinas electorales.» 

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