LA GUERRA FRÍA DE CHINA Y EE.UU. EN LATINOAMÉRICA. Pensemos en Cuba, donde China representa el 30% de su comercio exterior. O Venezuela, donde el Gobierno deberá pagar a China 20 mil millones de dólares en la siguiente década

Instantánea del barrio chino de la Habana. (EFE)

Por, Antonio García Maldonado

Las protestas de distintos gremios y de indígenas por el fin de los subsidios a los carburantes han llevado al presidente de Ecuador, Lenín Moreno, a trasladar el Gobierno a la ciudad de Guayaquil dada la vulnerabilidad de Quito. En el país latinoamericano rige el estado de excepción desde el pasado 3 de octubre tras una huelga general, pero, hasta el momento, los intentos por acallar las protestas han resultado vanos. El presidente Moreno ha culpado a su antecesor, Rafael Correa, de alentar un golpe de Estado, y anunció que las medidas no tienen marcha atrás, pues buscaba estabilizar la economía y la dolarización tras pactar un paquete de ayuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La crisis tiene evidentes razones internas, pero algunas de las claves remiten al juego de alianzas internacional, ahora que cada superpotencia pone prietas las filas ante la guerra comercial y tecnológica en la que estamos inmersos. ¿Qué tiene todo esto que ver con Estados Unidos y China y sus diferendos?

La llegada en los últimos años de capital chino en forma de inversiones, préstamos y compra de deuda pública ha modificado el equilibrio de poder

Fuera de círculos diplomáticos, en su momento pasaron desapercibidos dos hechos que mostraban bien la creciente influencia de China en América Latina o, al menos, la expectativa que genera en muchísimos actores locales. En 2017, Panamá rompía relaciones diplomáticas con Taiwán, la isla díscola que China considera parte de su territorio. Un año después, la República Dominicana tomaba la misma decisión. Aunque las razones aducidas en ambos casos fueron variadas, a pocos escapaba que aquella era una condición innegociable para aspirar a recibir inversiones y apoyo financiero por parte del gigante asiático, así como para formar parte de algunos de los proyectos periféricos de la global Nueva Ruta de la Seda que impulsa el Gobierno del PCCh.

Unos años antes, y dentro del excéntrico y kitsch régimen que el otrora líder revolucionario sandinista, Daniel Ortega, mantiene en Nicaragua con su esotérica esposa, Rosario Murillo, otra promesa del Este sí llamó la atención de gran parte de la opinión pública, expresada en los medios: la construcción de un canal que conectaría el Atlántico y el Pacífico a través del río San Juan, el lago Nicaragua y varias esclusas que serían financiadas por el empresario chino Wang Jing. Aquello fue en 2013, y en junio de este 2019 se cumplieron los seis años que el Ejecutivo nicaragüense dio de plazo al inversor para mostrar que su promesa tenía algún viso de convertirse en realidad. Hace pocas semanas, y pese a los casi nulos avances, Ortega volvió a ratificar su confianza en el proyecto.

La llegada en los últimos años de capital chino en forma de inversiones, préstamos, compra de deuda pública y, en mucha menor medida, apoyo político ha modificado el equilibrio de poder en la región. Sean proyectos reales o meras promesas, todos quieren participar de alguna manera de lo que se percibe como un dinero fácil al no estar condicionado a planes de ajuste —como en Ecuador o Argentina ahora con el FMI— o el respeto de derechos humanos, políticos y sociales, como es el caso cuando el prestamista es una democracia, un organismo internacional o una agencia de ayuda al desarrollo.

La crisis económica global llegó más tarde a América Latina que al resto del mundo, y lo hizo tras ‘boom’ de materias primas de inicios de la década de 2000. Pero desde hace un lustro encadena crisis y dudas económicas, incluso en sus economías más ortodoxas, como Colombia o Chile. Crisis que se extienden por toda la región si la miramos desde el ángulo político. Sufre la economía, se resienten las instituciones, y China, mientras tanto, ha aprovechado para dejar su impronta y hacerse indispensable en el “patio trasero” de Estados Unidos. Una presencia cuya fuerza y números han menguado a medida que la economía China se desaceleraba y la prudencia se imponía a la expansión. Aunque, no obstante, se ha mantenido en niveles asombrosos si nos remontamos a hace una década. ¿Corre peligro La doctrina Monroe (“América para los americanos”)?

Recelos globales hacia China

La Comisión Europea y varios Estados miembros de la UE han establecido mecanismos para controlar la inversión directa china en sectores estratégicos. El miedo a la pérdida de control de activos clave creció como la espuma tras algunos casos señeros como la compra del griego puerto del Pireo por capital chino. Es un miedo legítimo que también existe en América Latina, cuya capacidad para responder a China y rechazar sus capitales es mucho menor. El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, dijo poco después de llegar al poder que “China no está comprando en Brasil; China está comprando Brasil”, pero con el paso del tiempo hubo de ir modulando sus críticas, seguramente al comprobar la dependencia real de la marcha de su economía de una buena relación con los capitales chinos.

China invierte, en mayor o menor medida, en todos los países de la región, y es el destino de aproximadamente el 25% de las exportaciones extractivas, mientras que apenas supone el 3% de bienes manufacturados. Quizás lo más significativo en términos geopolíticos a largo plazo es la creciente participación en la propiedad de litio y otras minas de tierras raras en las salinas que se extienden a través de las fronteras de Chile, Argentina y Bolivia. Materiales esenciales para la nueva guerra por la supremacía tecnológica.

Sufre la economía, se resienten las instituciones, y China, mientras tanto, ha aprovechado para dejar su impronta en el “patio trasero” de Estados Unidos

Pese a la creciente dependencia, solo Ecuador ha mostrado su intención de rebajar esta subordinación acelerada en los años de Rafael Correa. Una relación que iba más allá de lo económico, y que se dejaba notar en la tecnología de seguridad que utilizaba el país, donde, a diferencia del resto de la región, empezó a ser frecuente ver letreros con ideogramas chinos en las calles. Respecto a las tierras raras, es un detalle significativo que China se haya mostrado firmemente reacia a dejar que los países en los que invierte construyan en su propio suelo factorías de tratamiento de estos materiales que extrae.

La hegemonía de Estados Unidos

La mezcla de miedo y fascinación ante el ascenso de China ha sido recurrente en el último siglo y medio. Rudyard Kipling ya se preguntaba en 1889: “¿Qué pasará cuando China despierte de verdad?”. El que fuera ministro de Cultura de Francia con De Gaulle, el escritor André Malraux, dejó anotada en su correspondencia sus impresiones de una China a la que, creía, no estábamos sabiendo interpretar. Sobre la sensación de superioridad y dominio que tenía Europa sobre el Imperio del Centro en la década de 1920, oponía una observación bien distinta: “Europa cree que ha conquistado a todos estos jóvenes que visten sus prendas. Pero la odian. Están esperando a lo que la gente corriente llama sus ‘secretos'”.

En nuestros días, muchos han sido los ensayos que nos hablan de este regreso intempestivo de China al tablero global en todos los ámbitos: el político, el económico, el financiero o el tecnológico. El exsecretario de Estado Henry Kissinger escribió un libro bien interesante sobre China hace unos años, y el actual secretario de Estado, Mike Pompeo, parecía habérselo leído —ese y otros más recientes— cuando el pasado abril, durante una gira por la región, acusó a Pekín de prácticas crediticias “depredadoras” y otros comportamientos “malignos o nefastos” que habían inyectado “capital corrosivo en el torrente sanguíneo económico, dando vida a la corrupción y erosionando el buen gobierno”.

Rudyard Kipling ya se preguntaba en 1889: “¿Qué pasará cuando China despierte de verdad?”

Por su parte, en su muy recomendable ensayo de las ruinas de los imperios: ‘La rebelión contra Occidente y la metamorfosis de Asia’ (Galaxia Gutenberg, 2014), el escritor indio Pankaj Mishra hacía una interesante crónica histórica y política de China —también de la India y del auge del islamismo político—, y concluía “mientras Occidente se refugia en sus neurosis pueblerinas, los países asiáticos parecen más extrovertidos, confiados y optimistas”.

Todo esto es en gran medida cierto, y la fuerza de la reaparición de China no se exagera. La guerra tecnológica y comercial que Trump ha iniciado es una muestra de ello, y no son pocos los dirigentes que en Occidente se lamentan de la entrada en 2001 —año del atentado contra el World Trade Center y el Pentágono, y por tanto de un cambio político de primera magnitud— de China en la Organización Mundial del Comercio. Todo ha cambiado mucho desde entonces, y esos ecos han llegado de forma clara a una América Latina que, en sus crisis recurrentes y en su institucionalidad débil, no puede permitirse desechar, así como así, ninguna oportunidad de crear riqueza. Sus niveles de pobreza y desigualdad siguen siendo escandalosos.

No obstante, cualquiera que haya pasado un tiempo razonable en América Latina se muestra escéptico ante según qué vaticinios. La vida cotidiana en la región tiene un aire estadounidense evidente, tanto en el diseño urbano como en la cultura de masas, en el ocio o en sus aspiraciones. Por no hablar del atractivo como tierra de promisión que Estados Unidos ejerce en tantos latinoamericanos que, año tras año, emigran hacia el norte sin importar el peligro ni las amenazas. Estados Unidos y América Latina están entretejidos por vínculos emocionales y culturales que sobrepasan las remesas o la fuerza laboral que se pueden representar en cifras. Si en algún lugar del mundo persiste el American Dream es, precisamente, en la misma América Latina donde China lleva años invirtiendo y posicionándose. Seguramente, esto explica gran parte del aparente desinterés de la Administración Trump hacia la zona más allá de Cuba y Venezuela: confían en la inercia y la fortaleza de esos vínculos.

Pero la llegada y la fuerza de China tampoco son inocuas, tanto económica como geopolíticamente. Aunque China haya privilegiado los intereses económicos, cuando estos han entrado en colisión con los intereses políticos de Estados Unidos, Pekín no han dudado en defenderlos. Pensemos en Cuba, donde China representa el 30% de su comercio exterior. O, sobre todo, en Venezuela, donde, según su propio Ministerio de Comercio, el Gobierno deberá pagar a China 20 mil millones de dólares en la siguiente década. Algo que explica los préstamos puntuales que China ofrece al régimen de Maduro para que vaya tirando pese a la pérdida de confianza en su gestión. Veremos qué salvavidas lanza Pekín a Ecuador, o si en su cálculo está la caída de Moreno y el regreso de su aliado Correa.

América Latina parece llamada a vivir en un equilibrio inestable entre su querencia cultural occidental y sus intereses económicos, en muchos sentidos cubiertos por la nueva potencia emergente del Este. De momento, y salvo casos puntuales, no está impelida a elegir, porque en la guerra comercial entre los dos gigantes se está beneficiando como suministrador alternativo de materias primas tanto hacia China como hacia Estados Unidos. De modo que todo dependerá de cómo se decante esta guerra lejana, y de si las administraciones norteamericanas exigirán a los gobiernos regionales lealtad económica, además de cultural o política. Aunque desde luego ayudaría que la región se uniera y hablara con algo parecido a una sola voz. En la región de Bolsonaro y Evo Morales, de Maduro o de Piñera, podemos descartarlo a corto y medio plazo. La evolución política y económica de Ecuador nos dará muchas pistas de esa otra guerra remota y que a todos nos incumbe.

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