LA HEREJÍA POPULISTA. EL POPULISMO SE HA CONVERTIDO EN EL NUEVO “FANTASMA QUE RECORRE EUROPA” Y NO SOLO EUROPA SINO EL MUNDO ENTERO-PRIMERA PARTE

Por José Javier Esparza-© Razón Española

El populismo se ha convertido en el nuevo “fantasma que recorre Europa”. En realidad, ya no Europa, sino el mundo todo. Un fantasma, por otro lado, cuyos contornos son tan vaporosos y difusos que se diría que por todas partes extiende su presencia amenazante. Uno escucha el discurso político oficial y se queda atónito. Trump es populista, como Putin. Maduro es populista, como Orban. Pablo Iglesias es populista, como Marine Le Pen. Ahora bien, cuando distintas personalidades manifiestamente contrarias entre sí reciben un mismo calificativo, una de dos: o hemos hallado al fin una piedra filosofal en forma de adjetivo universalmente válido –que va a ser que no–, o estamos hablando en el vacío. Sospecho que la mayor parte de nuestros analistas, todas esas voces que llenan a todas horas el espacio mediático con el conjuro mágico del “populismo”, hablan simplemente en el vacío. ¿Qué es para ellos un “populista”? Simplemente, alguien que no encaja en el molde prediseñado de la corrección política occidental. O sea, el malo.

Lo que no es el populismo

Desde la caída del Muro de Berlín, en efecto, Occidente ha caminado hacia la construcción de un único espacio político válido definido por cuatro parámetros fundamentales: democracia representativa de partidos, economía encajada en el sistema financiero global, progresiva abolición de las identidades y fronteras nacionales y, en fin, ingeniería social progresista, ese tipo de nihilismo elevado a dogma que se manifiesta a través de las “políticas de género”, entre otros ejemplos. Estos parámetros delimitan el espacio de lo aceptable, aún más, de la única política posible, pues cualquier alternativa –nos dicen– no puede ser sino estafa y demagogia, máscara que oculta las peores intenciones. Todo el que se salga de ese marco, por cualquiera de los cuatro lados –el político, el económico, el identitario o el social–, es sospechoso de pecado. E inevitablemente recibirá el calificativo de “populista” no como definición ideológica, sino como anatema moral. Aún peor: como diagnóstico de una enfermedad infecto–contagiosa.

Antaño el sambenito designaba, genéricamente, a todo el que recurría a endulzar el oído del pueblo con ambiciosas promesas de imposible realización; hoy se juzga imposible realizar cualquier cosa que circule al margen de los parámetros establecidos, de esa “única política posible”, de manera que cualquiera que defienda una transformación sustancial de la democracia de partidos, una economía centrada en lo local más que en lo global, una política identitaria afirmativa o una antropología social de corte natural, queda inmediatamente descalificado como populista: no se discute la viabilidad real de sus ideas, sino que éstas son, de entrada, consideradas nocivas y por tanto literalmente impresentables, y lo que pasa a discutirse es la cualidad moral de su adalid, forzosamente reconducido a la demagogia o a la mala fe. O sea, al “populismo”.

En la cultura política de la segunda posguerra mundial, dominada por la retórica de la izquierda, era común descalificar al adversario con el anatema mayor de “fascista”, acusación incapacitante que de forma automática conducía al acusado al infierno de quien no tiene derecho a la vida pública. Así hoy, los líderes de opinión, generalmente herederos de los viejos mandarines progresistas y criados ideológicamente a sus pechos, sentencian al malo con el estigma “populista”. Estigma que, con frecuencia, se suma al de “fascista”, por supuesto. En realidad estamos ante la misma lógica de la expulsión de la Ciudad.


Lo que sí es populismo

Y sin embargo, el populismo no es una categoría espectral, sin forma ni materia. Al contrario, es uno de los fenómenos políticos más estudiados en los últimos años. Es una corriente con contornos precisos, aunque cambiantes, y definida por una serie de principios ideológicos reconocibles, aunque no haya un “credo” populista, una doctrina cerrada, un padre filosófico ni una escuela. Y aunque la propia evolución histórica se haya encargado de cubrir su camino con densas capas de confusión.

Recordemos lo esencial. Los términos “populismo” y “populista”, en el ámbito académico, aparecen en Rusia hacia 1878 relacionados con el movimiento Narodnichestvo (literalmente, “marchar hacia el pueblo”), que se tradujo al entorno occidental precisamente como populismo. O era realmente un movimiento popular, sino una corriente intelectual que trató de reencontrar la virtud política en el retorno al pueblo, y más específicamente al campesinado. En una perspectiva cercana a la de los socialismos utópicos, aquellos populistas rusos pensaban que el militante revolucionario debía alejarse del intelectualismo burgués y ahondar en la naturaleza profunda del pueblo llano antes de convertirse en su guía. Las comunas rurales y las tradiciones populares constituían, en su mentalidad, las formas naturales del socialismo que había que recuperar. El populismo ruso terminó aniquilado por la incomprensión de la mayoría de los propios campesinos, por la severa represión del régimen zarista y, enseguida, por la inquina de los marxistas, que veían su sujeto revolucionario en el proletariado y no en los campesinos. A partir de ese momento, en la literatura marxista el término “populismo” pasó a identificarse con los movimientos contestatarios, sí, y de clase baja, también, pero de aire campesino y perspectiva nacionalista, es decir, incompatibles con el socialismo “oficial” de la Internacional proletaria.

Muy poco después, en el mismo ambiente de finales del XIX, pero en los Estados Unidos, aparece el que cabalmente es el primer movimiento político populista propiamente dicho: el People’s Party de 1891. ¿Qué era? Una protesta de los sectores campesinos menos favorecidos frente a la destrucción de su modo de vida por el desarrollo industrial y el capitalismo financiero. El Partido del Pueblo nació dentro del Partido Demócrata como un ala particularmente inclinada hacia la izquierda, de base netamente agraria y abiertamente hostil a las elites urbanas, a las ciudades, al ferrocarril, a los bancos y al oro (de hecho, defendían el bimetalismo, es decir, el doble patrón oro–plata, porque el patrón oro había producido una feroz deflación en los precios agrarios). Los populistas norteamericanos emergieron en el cinturón del maíz (Dakota, Nebraska, etc.) y enseguida encontraron apoyo en los algodoneros empobrecidos de los estados del sur. La experiencia duró hasta 1908, cuando el movimiento populista, por la singular conformación electoral norteamericana, terminó apoyando a los republicanos en unos estados y a los demócratas en otros, lo cual lo condujo al colapso.

Después ha habido otros movimientos considerados como “populistas”. Por ejemplo, el mandato de Lázaro Cárdenas en México (1934–40), con su programa de sindicalismo nacional, su reforma agraria, sus expropiaciones petroleras y su acercamiento a la Iglesia Católica. O el primer peronismo en Argentina (1943–1955), con su base sindical, su política de asistencia social, sus nacionalizaciones de sectores estratégicos, etc. Los gobiernos de Getulio Vargas en Brasil (1930–1954) y de Pérez Giménez en Venezuela (1952–1958), que son más bien “dictaduras de desarrollo” –aún cuando ocasionalmente revistieran formas democráticas–, también suelen ser considerados como sistemas “populistas”, en la medida en que buscaron deliberadamente integrar en el Estado a las capas sociales más desfavorecidas al mismo tiempo que emprendían vastos programas económicos e industriales directamente liderados por el sector público.

Por aquellos mismos años de la segunda posguerra mundial aparecían en Europa dos movimientos que igualmente recibirían la etiqueta de “populistas”. Uno es el Frente del Hombre Cualquiera (Fronte dell’Uomo Qualunque) del italiano Guglielmo Giannini, activo entre 1944 y 1949, con un discurso de reivindicación del ciudadano de a pie frente al poder del Estado, frente al gran capital y también frente al comunismo. El otro es el “poujadismo”, el movimiento liderado entre 1953 y 1958 en Francia por Pierre Poujade, (foto encima de este párrafo) con un brazo sindical que fue la Unión de defensa de los comerciantes y artesanos, y otro electoral que fue el partido Unión y Fraternidad Francesa. El poujadismo era una protesta de la pequeña clase media contra el abuso fiscal del Estado y el pasteleo parlamentario de la IV República, y desarrolló un discurso de carácter antielitista y nacionalista; por eso puede cabalmente ser considerado como un “populismo”.

Origen popular. Defensa de derechos concretos de los desfavorecidos. Simultáneamente, oposición al concepto de lucha de clases. Oposición también al poder oligárquico, sea político o económico, con especial hostilidad hacia el mundo de la gran banca y la gran industria. Desconfianza hacia las intromisiones del Estado en la vida económica privada –especialmente en lo fiscal– pero, al mismo tiempo, tendencia a desarrollar formas de dirigismo estatal en grandes sectores de producción. Desprecio patente hacia los rituales de negociación y transacción de la vida parlamentaria liberal. Estos son algunos de los rasgos característicos –con frecuencia, sí, contradictorios– de los populismos.

En el plano académico, el de la investigación politológica, el populismo no empezó a ser considerado como una corriente específica hasta bien entrados los años 50, cuando el sociólogo de Chicago Edward Shils trazó sus características. Ahora bien, Shils no se fijaba tanto en su contenido ideológico como en su perfil sociológico: lo veía como «una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura». Desde este punto de vista “sentimental”, el impulso populista aparece lo mismo en el comunismo que en el fascismo o, en el caso específico de Norteamérica, en el denominado Macartismo. Si en la perspectiva marxista el populismo era una especie de anomalía, de desviación, en la perspectiva liberal es propiamente una depravación política: movilizar los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites, identificadas éstas, por supuesto, con la democracia liberal.

Este enfoque del populismo como algo sentimental, irracional, ha seguido marcando durante muchos años la interpretación académica del fenómeno. Con frecuencia se pone el acento en el tipo de liderazgo populista, más personal que institucional; en su discurso, más emotivo que racional, o en su manera de concebir la democracia, más plebiscitaria que pluralista. Se pasa por alto el hecho objetivo de que los populismos son esencialmente movimientos populares, que nacen en contextos de palmaria corrupción de la democracia o de abierta injusticia económica, y que en general no son propiamente ataques a la racionalidad liberal, sino consecuencias de la ruptura previa de esa supuesta racionalidad. Al final, el populismo ha terminado siendo etiquetado como una simple “ideología de resentimiento” que por oscuras motivaciones irracionales –sólo falta decir que por maldad– amenaza al buen orden de la democracia liberal, que en este esquema es considerada inmaculada en sí misma. El modelo interpretativo es tan simplista que, evidentemente, hace agua por todas partes. (Continuará)

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